Dentro del programa de
radio, siempre hemos intentado fomentar la creatividad de los oyentes, con una
serie de concurso de relatos, de cuentos, incluso de cartas de amor… Y la
respuesta ha sido muy buena, hasta tal punto de que hemos recogido algunos de
ellos, y los hemos publicado dentro de un libro colectivo… Este fue uno de los
relatos que ganaron nuestro concurso de la primavera del año 2009… Nos gustó a
todo el equipo, sobre todo a Beatrice Golden y a mí… Pero también fue muy bien
acogido por la audiencia…
“Querida Hija: cuando leas estas
líneas, lo más seguro es que yo haya muerto hace algún tiempo... por eso, en
vez de dejarla con mis cosas, se la dicto al tío Marcial, que es tan
despistado, para que te la dé cuando hayan pasado varios meses desde mi
muerte... ¿que cual es el motivo que tengo para hacerlo? En el fondo, el más
noble: intentar mitigar tu dolor... y despedirme…
Te conozco muy bien, hija mía...
Siempre estás haciéndote la fuerte, la dura... Te haces responsable no solo de
tu hermano pequeño, sino también de tu padre... Y te dedicas a interiorizar el
dolor, y te niegas incluso a llorar, a sentir... Y llegará un momento en el que
te negarás incluso a ser feliz, porque yo no estaré a tu lado…
Una de las pocas cosas
"buenas", si es que tiene alguna el cáncer, es que te permite hacerte
una idea del tiempo que te queda por vivir... Sé que va a ser muy poco, hija
mía, cuestión de semanas, por eso quiero escribirte esta carta, aunque tenga
que dictársela a tu tío Marcial, mi hermano, desde la cama del hospital (nunca
he querido morir en casa, prefiero que conserves un buen recuerdo de la casa en
la que hemos sido tan felices los cuatro)...
¡Son tantas las cosas que me
gustaría decirte, y tan poco el tiempo que me queda, que me cuesta mucho
decidir por dónde empezar! Comencemos por lo más sencillo: te quiero, Montseta,
hija mía. Te quiero como posiblemente nunca te volverán a querer... porque hay
pocos amores más fuertes que el que una madre puede sentir por su hija... Es
una comunicación especial, el haberte llevado nueve meses dentro de mí, que
además fueras nuestro primer hijo, y que papá y yo te quisiéramos tanto antes
incluso de tu nacimiento...
Sí, es cierto, a tu hermano también
le queremos mucho, pero no es lo mismo: él es un hombre, se parece tanto a tu
padre, y le cuesta más expresar sus sentimientos... He tenido la gran suerte de
verte crecer, de estar a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu
vida, desde el mismo día en que te agarraste con fuerza a mi pecho, y empezaste
a chupar como si te fuera en ello la vida...
Recuerdo tus primeros pasos,
aquella tarde del mes de marzo, en el jardín de la comunidad, cuando caminaste
entre papá y yo, los dos tan pendientes para evitar que te cayeras y te
hicieras daño... Tus primeros intentos con el triciclo, la cara de velocidad
que se te ponía mientras te lanzabas por el pasillo a toda velocidad... y el
colchón de goma espuma que tuvimos que poner una temporada en la esquina de la
pared de la cocina, para protegerla de tus topetazos...
Y la primera vez que te vestiste de
señorita, con tu vestido blanco, los zapatitos, bolsito... te sacamos a la
calle, para presumir un poco de ti con los vecinos... ¡Y no tardaste ni dos
minutos en sentarte en el alcorque de un árbol, y ponerte de barro hasta las
cejas! ¡Y estabas tan feliz!
El primer día de clase,
extrañamente, no hubo traumas (con tu hermano, sin embargo, fue todo un número,
parecía que le íbamos a quitar la vida por separarle de las piernas de tu
padre, a las que se abrazaba con tanta fuerza)... Pero tú te dejaste llevar
como una campeona, dando quizás muestra de la fuerza que has tenido (y tendrás)
toda tu vida: solo una lágrima, y luego, empezaste a sonreír de nuevo, Montseta...
Aquella tarde, volviste a casa con
un roto en el vestido, un ojo morado y la nota de tu profesora: "Su hija
se ha peleado en el recreo con un niño mayor... por decir que no existen los
Reyes Magos..." y tú estabas bien orgullosa del roto y del morado... ¿Cómo
no estarlo, si defendías tus ideas y tus
creencias? Aquella fue la primera vez que plantaste cara al mundo...
Y te fuiste haciendo mayor,
Montseta, llegó y pasó tu primera bici... tu primer amor: te pasaste media
tarde llorando en mi regazo, en el salón, porque Mauricio te había dicho que
eras fea... ¿Fea tú, mi amor? ¿Con esos tremendos ojos negros, que volvían
locos a todos los chicos? ¿Con esa larga melena, que te gustaba recoger en una
coleta cuando jugabas fuera de casa? ¿Con esa hermosa boquita? ¿Y con esa
personalidad, esa forma de ser tan alegre, que cautivaba incluso a quienes no
te conocían más que de oídas?
Todo esto, hija mía, para
recordarte que he estado a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu
vida, que siempre te he querido, y que por supuesto, siempre te querré... Hay
dos momentos, únicamente, que me dolerá mucho perderme... El día de tu boda,
cuando camines hacia el altar, “blanca y radiante…”, como dice la canción...
con la marcha nupcial resonando en la parroquia... Y con tu padre, vestido con
su mejor traje, llevándote de la mano, intentando estar serio y concentrado...
pero sin parar de mirar hacia el banco donde yo estaría de seguir con vida... Y
tu hermano, tan brutote, hará lo de siempre, para remontaros el ánimo: es
decir, el ganso, poniendo su mejor cara de boxeador noqueado, y levantando los
pulgares...
A él, a tu futuro esposo, no puedo
ponerle cara... porque todavía no le conoces (o eso me aseguras... mirando
hacia otro lado, señal clara de que hay alguien que te gusta...)... Y puedo
imaginarme las fotos, con los amigos, con la familia, con tu nueva familia, en
aquél momento tan importante... y el banquete de bodas, con lo bonita que es
Barcelona, seguro que encontrareis un lugar hermoso... Pero procura no perder
mucho tiempo con las fotos antes del banquete, porque os estarán esperando
vuestros invitados… Será el comienzo de una etapa muy feliz en tu vida…
El segundo momento que me dolerá
mucho perderme, hija mía, será cuando tú también seas madre... Es algo que no
se puede explicar a un hombre... Y no me refiero solamente a los cambios
hormonales, alimenticios, los antojos (el mío fueron los espárragos de Navarra
con mayonesa recién hecha... a cualquier hora)... Es todo eso, y mucho más...
la sensación de estar llevando en tu interior una nueva vida, fruto del amor,
creo que no hay nada más bonito... El parto... curiosamente, el tuyo fue mucho
más sencillo que el de tu hermano, con él estuve casi doce horas... Y luego,
cuando por primera vez le veas la carita a tu hijo (seguro que el primero será
un hijo) y lo escuches llorar, y lo laven y te lo pongan sobre el pecho para
que empiece a mamar...
En ese momento, si yo estuviera contigo, se
cerraría el círculo, y yo me quedaría a tu lado, mirándote, sin necesidad de
decir una sola palabra, pues entre madre e hija, a veces no es necesario...
No, hija mía, no voy a poder estar
cerca de ti en esos dos momentos... ni tampoco en los miles de pequeñas ocasiones
en las que me echarás de menos con el paso de los años... Cuando pongan en la
tele una de las películas románticas que nos gustaban a las dos, sobre todo
"Ghost"... Cada vez que escuches por la radio una de nuestras
canciones (por ejemplo, de “My inmortal”, de "Evanescence", ese grupo
que empecé a escuchar por ti)... Cuando veas una madre con su hija, paseando de
la mano por Las Ramblas...
Y al principio, te sentirás
fatal... No tendrás ganas de hacer nada, ni de vivir casi... Espero que al
menos hayáis dado lo antes posible casi toda mi ropa al asilo, menos esa
gabardina y el jersey negro de cuello vuelto que tanto te gustaban ya de
adolescente... Y muchos días, al despertarte, te acordarás de repente de que yo
no estoy contigo, y te pondrás a llorar contra la almohada, para que nadie se
entere, y dirás que es por la alergia...
Pero ya no puedes seguir así, amor
mío...Tienes que atreverte a vivir... a seguir viviendo... a rehacer tu vida, y
recuperar tu ilusión, poco a poco... No puedes seguir siempre así... Tienes que
animarte, volver a sonreír, a tener ilusiones...
Si no lo haces por ti misma, hazlo
por mí... sabes que no me gusta verte triste, que no puedo soportar ver que tus
preciosos ojitos están empañados por el llanto, ni que tu sonrisa se esconda
como un caracol tímido... Yo siempre te he querido, Montseta, desde antes
incluso de tu nacimiento... Y siempre te querré... porque el amor entre madres
e hijas es mucho más fuerte incluso que la propia muerte... Aunque no me veas,
yo siempre estaré a tu lado, y notarás mis besos en el viento...
Te quiere, ahora y siempre... Mama”
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