jueves, 21 de agosto de 2014

26. Vida de aquella abuela…

Aunque hacía bastante tiempo que había abandonado el periodismo "activo", una de mis viejas costumbres, sobre todo para las nuevas ideas para mis cuentos, era llevar siempre encima una mini-grabadora, con pilas y cinta, y como poco un micrófono de corbata... Yolanda me miraba con cara uno poco rara, por mis preparativos, pero silencié sus preguntas con un beso, le puse el micro en el cuello de su cazadora (de vez en cuando, el sonido de su voz se perdía por el viento, y otras, por los latidos de su corazón) y le dije: "Ahora, háblame de ella... como tú quieras... pero ayúdame a conocerla..." Y Yolanda empezó... con el eterno presente…

"Clotilde es, sobre todo, una mujer de su tiempo... Nacida en el seno de una familia de campesinos, en Manilva, un pequeño pueblo de la sierra cercano a Málaga en 1920, no son los mejores tiempos para ser la única hembra en una familia de siete varones, contando con el padre, y la presencia callada pero constante, de la madre. Sus labores se reducían a mantener la casa limpia, cuidar a las aves y animales de los corralones, y gestionar como buenamente podían los magros ingresos de la familia. La tierra no les pertenecía, eran aparceros, pero de todas formas, y con grandes sacrificios, lograban ir haciendo frente a las nuevas exigencias de los propietarios..."
           
"¿Para ellos, no hubo reforma agraria, ni nada por el estilo, verdad?", le pregunté...

"No, más bien, seguían arando los campos con la fuerza de los mulos, y si esta fallaba, con la familia... ¡La de veces que me ha contado ella esa escena, todos tirando a la vez de un arado de forja! Y ella, la más pequeña, corriendo de uno al otro, llevando el cántaro de agua fresca, o el cubo y el cucharón con algo de sopa o cualquier magro  alimento...

 Si mala era la época de la siembra por la escasez de alimentos y la carencia de medios, en la recolección, si no se unieran a veces los campesinos del mismo patrón, no habría sido posible conseguirlo... Y luego, cuando no quedaba ya ni un fanega de trigo en los campos, venían los representantes de los señoritos, a llevarse todo lo que podían, sin importar que fueran los sacos de trigo, o el importe de su venta... igual que la iglesia..."

"¿Y durante la Guerra Civil, las cosas fueron difíciles?"

"Mucho... Su padre, Agapito, y sus dos hermanos mayores, Segundino y Toribio, estaban en zona nacional cuando se produjo el alzamiento... Los reclutaron a los tres... Ella se quedó en casa, con Marcial, Sempronio, Rómulo y Fernando... Los campos fueron requisados por las autoridades competentes, fueran del signo que fueran... Se dio la orden de repartir el grano entre los habitantes de los pueblos, lo que no impidió que los recaudadores también hicieran lo mismo, reclamando “lo suyo”  horas más tarde: era el sálvese quien pueda...

 Marcial llegó a la ciudad, se enroló en un pesquero, pues dijo que prefería sentir el mar en la cara... Y los bombardeos, que destruyeron la mitad de Málaga en los primeros días de la campaña, no cambiaron su opinión...

Fernando, el más joven y más idealista, se alistó en el bando republicano en 1937, y murió muy lejos de casa, en la Batalla del Ebro. Agapito, Secundino y Toribio murieron también allí, pero en el otro bando."

"Al terminar la guerra, todo cambió...", le pregunté...

"Sí... los de siempre volvieron a hacer las mismas cosas... Su madre, Pascuala, murió de un infarto en los campos... Los "señoritos", más exigentes que nunca, amenazaban con matar a los campesinos partidarios de la República... Y allí estaban los tres, Sempronio, Rómulo y Clotilde, una niña de quince primaveras, haciendo el trabajo de una familia entera... Empezaron a volver soldados del frente, de todos los frentes, entre ellos, un buen mozo, tuerto, llamado Agustín...

Y allí, entre las eras, a base de trabajar juntos de sol a sol, pasó lo que tenía que pasar: se enamoraron, se quedó preñada, y se casaron, o quizás fuera al revés... Aquél mismo año de 1941 nació mi padre; dos años después mi tía Nieves, y en 1944 tuvieron su último hijo, Aniceto... Algunos dicen que Agustín se quedó estéril por una paliza que le dieron los guardias civiles durante un interrogatorio, sobre unos sacos de grano que no aparecían... otros, que fueron los maquis…"

"Pero ahí no terminan los problemas..."

"No... en 1954, mi padre decidió que no soportaba más tiempo "comer tierra", y aprovechando que aparentaba más edad que los 13 años que realmente tenía, se bajó a la capital, a buscarse la vida... Entonces, la industria del ladrillo devoraba cargamentos humanos con gran facilidad, los accidentes eran muy comunes, y la mano de obra muy barata... Julián, mi padre, siempre tuvo la cabeza muy bien amueblada, era de los pocos mozos que sabía leer y escribir, y no tardó mucho en convertirse en el encargado de una cuadrilla que aplicaba métodos americanos de construcción (gracias a los libros que le mandaba desde Nueva York su hermano Fernando, que cambió su vida en el pesquero por la marina mercante), lo que le permitía aprender, mejorar, y formarse...

 Al cabo de tres o cuatro años, ya en 1957, mi padre tenía una posición estable, pues su pequeña empresa de construcciones estaba empezando, y deseaba formar una familia... Ellos dicen siempre que se cogieron de la mano en la feria para bailar una sevillana, y que desde entonces, no se han vuelto a separar...

"Julián y Catalina, tus padres..."

"Bueno, y también de Borja y de David, no lo olvides... Mis abuelos vivieron siempre en Manilva, aunque perdieron algunas de las tierras, mas conservaron una huerta, en la parte posterior de la casa... Allí pasaba mi abuelo Agustín su tiempo, observando crecer los vegetales, las legumbres, tomates... Era su afición, y un modo de completar sus pensiones... Pero en 1983, un aneurisma cerebral lo fulminó sobre el plantel de las cebollas... al menos, murió haciendo lo que más amaba en este mundo: cultivando su pequeño huerto…

Después del entierro, mi abuela se vino a vivir con nosotros... Y así han pasado los años, una mujer sencilla, una buena persona, siempre pendiente de nosotros, un elemento pacificador cuando hemos precisado su consuelo…

Nunca le ha gustado la gran ciudad, prefería nuestro barrio, esas diez o doce calles, en un territorio cada vez más reducido, porque padecía fuertes a taques de reumatismo… Era una lectora voraz, calidad que nos contagió a todos nosotros, una observadora eficaz, y de una dulzura… Los últimos meses, hablaba mucho de nosotros, sabes… y para bien, para defender nuestro noviazgo, nuestros sentimientos, nuestro derecho a ser felices… Es cierto, su último paseo, con la silla de ruedas y el autobús, fue hasta la playa de la Malagueta, para despedirse del mar, hace dos semanas… Yo estaba allí, con ella, Ismael, y me pidió que llenase un pequeño cubo de agua salada, para sentirlo por última vez sobre su piel, al meter las manos en su interior… Aquella fue su despedida, además de un paseo hasta la Calle Larios, para tomar su última ración de pescaíto frito en El Chinitas…

Ahora, creo que ella se daba cuenta de su enfermedad, de su estado, y que se quería despedir de algunos de sus lugares preferidos... Mi abuela. Doña Clotilde, ha muerto en paz…

 Con tantos años en el barrio, y siendo tan sociable, verás muchas cara conocidas en el funeral o en el entierro... Gente normal y corriente, vecinos, porque ella formaba parte de sus vida: era una persona prudente y cabal, como amiga, confidente, mujer sabia, costurera... y ellos la querían, igual que el resto de la familia, y como yo..."


En este punto, Yolanda se puso de nuevo a llorar, paré la grabadora, le quité el micrófono, y una vez más, se puso a llorar sobre mi pecho... Y yo no podía evitar sentirme mal... porque no era capaz de sellar sus llantos...  Y se hizo de noche... Yolanda seguía llorando... Y el olor del mar se mezclaba con la sal de sus lágrimas...

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