Ahora, con la
perspectiva que solo puede dar el paso del tiempo, quizás no fuera tan malo, o
tan bueno, es algo que solo el tiempo lo dirá... Perdí a una de las personas
más importantes de toda mi vida... pero también nació nuestro primer hijo,
Luis... Despedimos 1998 en el espigón del puerto, un año durante el cual nos
quedamos embarazados, nos casarnos, fuimos a París y Lanzarote y, al regresar a Málaga, fundamos
la empresa "La Magia de tus ojos" (Las fotos de tu boda) y participamos en "TodoBoda 1998".
Los primeros
meses de 1999 fueron algo caóticos... por supuesto, todos nosotros
participábamos en la nueva aventura sin dejar nuestros trabajos o estudios,
salvo Gonzalo, que lo hacía a tiempo
completo, gestionando desde el local de la calle Granada la empresa, y
elaborando, junto a Leyre (quien
abandonó su trabajo de auxiliar en una empresa de la competencia, porque no le
daban la oportunidad de demostrar sus conocimientos en fotografía) gran parte
de las reglas de comportamiento de la empresa y del proyecto de negocio...
Nuestro volumen de negocio en el primer trimestre de actividad (de diciembre 1988 a febrero de 1989) no
fue malo, ni mucho menos, sobre todo porque varias de las más prestigiosas tiendas de trajes de novias de
Málaga y Marbella nos contrataron para
elaborar su catálogo de la temporada "Primavera Verano"... Y
por supuesto, en ellos aparecía nuestro nombre, y nuestra web... “quid
pro quo”, que hoy en día se ha traducido en “hoy por ti, mañana por mí”…
También
funcionó muy bien la recomendación directa, de clienta a clienta,
y exponíamos un par de fotos de cada boda en nuestro local... Seamos sinceros,
nuestra ubicación era de capital importancia, porque estábamos a tiro de piedra
de la Catedral, y de las más importantes iglesias de la zona, por lo que
tampoco fue demasiado complicado conseguir los permisos para dejar algunos de
nuestros folletos en lugares estratégicos,
como el despacho del sacristán... a cambio de la promesa de una pequeña
comisión por cada boda en la que participásemos...
En principio,
nos especializamos en las bodas de fin de semana, porque en ellas, éramos
capaces de organizar el trabajo de forma tal que no necesitásemos contratar a personal externo,
manteniendo los principios de calidad a buen precio... Algunos fines de semana,
hacíamos ocho bodas, otros, solo tres, por lo que no te podías permitir
abandonar los demás trabajos... pero de todas formas, eso de disfrutar de un
solo día libre el fin de semana, nos parecía casi tan utópico como la lotería
primitiva...
El nueve de
febrero, martes para más señas, nos vimos obligados a modificar nuestros
hábitos de trabajo, pues nos pidieron que nos encargásemos de cubrir la boda de
los herederos de las dos mayores fortunas de Málaga, los Montánchez de Castro y
los Mazagón y Tres Torres, a quienes Yolanda conocía desde el colegio... Aquél
fue nuestro salto definitivo hacia la alta sociedad, para quienes era más
importante la calidad extrema que el dinero... La boda tuvo lugar en la
Catedral, a las cinco de la tarde, aunque jamás hemos vuelto a verla tan
iluminada... El convite se celebró en el hotel más lujoso, trayendo ex-profeso al mejor chef de Europa y su equipo, quienes sin
embargo elaboraron un espectacular menú con platos de la tierra, recetas de
toda la vida... Y allí estábamos nosotros, los seis, realizando la cobertura
integral, desplazándonos en nuestras motos de gran cilindrada (alquiladas para
la ocasión), con la sensación de estar haciendo historia...
El resultado
fue soberbio, aquellos contraluces, transparencias, la mezcla del blanco y
negro del color, desde las fotos más tradicionales con cámara analógica, a la
absoluta libertad de la fotografía digital, un campo en el que Leyre demostró su maestría y sus ganas de
innovar... En cuanto a los precios, los adaptamos, como siempre, a las
necesidades y e intereses del cliente... con el esmero que requería ajustarnos
también a los deseos del cliente en lo que a abonar nuestros servicios se
refería… “Demasiado barato” hubiera
resultado el peor de los insultos en nuestras bodas de postín… por lo que el
comentario del patriarca de los Montánchez, “un precio correcto y ajustado a la gran calidad del trabajo realizado”,
representó el mejor espaldarazo publicitario que seis campañas virales al mismo
tiempo: durante varios meses, nos llovieron los encargos de la alta y media
sociedad…
El éxito no
implicaba para nosotros el engreimiento, pues seguimos realizando reportajes de
bodas mucho más humildes "pro bono", es decir, sin cobrar ni
siquiera por los materiales o el tiempo invertidos, de personas que deseaban
casarse, a quienes incluso ayudábamos con el traje de bodas de segunda mano en
tiendas especializadas (mi suegra Catalina, creo que tiene contactos hasta en
el infierno...)… Cada uno pagaba según sus medios, y en aquellas ocasiones,
hicimos grandes amigos… que más tarde estuvieron a nuestro lado, casi al modo “Corleone”…
Y pasaban los
meses, trabajando cada día más: mientras yo terminaba el curso de acceso a
director comunicación empresarial de un hotel, Yolanda había cambiado la
orientación de su trabajo: quería especializarse en la ayuda psicológica para
personas maltratadas, y empezar desde abajo, es decir, por los centros de
salud, las Urgencias de los hospitales públicos y privados... Todo esto, con un
embarazo que progresaba sin muchos problemas, pero que de todas formas
dificultaba mucho sus movimientos...
A las once en
punto de la mañana del nueve de marzo, recibo una llamada telefónica, mientras
estoy reunido con uno de los directores de Recursos Humanos de la cadena, que
estaba evaluando en aquél momento mi idoneidad para un "futuro puesto
de responsabilidad"... Era el móvil de Yolanda: "Cariño,
estoy en casa de doña Edelmira,
la vecina del primero... Creo que algo va mal... ¿Puedes venir a buscarme, y
avisar a la ambulancia?... Estoy sangrando..."
No me lo
pensé dos veces: con la mayor cortesía que pude, y todo esto cogiendo el casco
y las llaves de la "Harley Davidson"
que me esperaba en el garaje, le expliqué lo que pasaba, y le pregunté si
podíamos terminar la entrevista en cualquier otro momento... porque mi mujer y
mi hijo me necesitaban... "Por supuesto, ya recibirá noticias
nuestras... y espero que no sea nada..." Estreché su mano, me puse el
casco, y salí disparado...
Con el
teléfono integrado del casco, realicé la llamada a Urgencias, pidiendo la
ambulancia e informando de la situación... Mi “Ángel de la Guardia Motorizado” trabajó de firme, aquella mañana de
marzo, apartando coches y peatones, poniendo en verde los semáforos, asustando
a los camiones... Recorrí todo el camino
en un tiempo record, y llegué incluso
antes que la ambulancia... Yolanda estaba sentada en el sillón de orejas de
doña Edelmira, envuelta en una manta,
sudando y, por encima de todo, muy asustada... Me acerco a ella, la beso, tomo
su mano y la acaricio, mientras repito, bajito
y como un mantra "todo
terminará bien... todo terminará bien..."
Son las once
y veinticinco cuando llega la ambulancia. La tumban en el suelo, la estabilizan
con solución salina, y le ponen un par de unidades de suero... ella, siempre de
tez tan morena, está muy pálida, y tiene frío... "Es la hemorragia, no
se preocupe..." Le ponen algo parecido a un pañal gigantesco entre
las piernas... No pueden llevarme, "situación muy inestable... La
llevamos al Hospital General Carlos Haya"... Conozco la ruta, no
puedo dejarla sola, y salgo con la moto, en persecución de la ambulancia,
utilizándola casi de ariete...
El viaje es
infernal, pero consigo llegar sin problemas, aparco la moto cerca de la entrada,
la encadeno a uno de los soportes, lo que me garantiza una mirada de
reprobación de un médico y dos enfermeras, pero me da igual, porque tengo que
encontrarla, a mi Yolanda, mi vida... Voy corriendo por los pasillos, con mi
traje de chaqueta, el casco de la moto, el teléfono móvil... Llego a la zona de
Urgencias, a tiempo para ver que la están ingresando, y hacerme cargo de los
papeles, que me entregó la vecina en el último momento... Quiero estar con
ella, pero no me dejan: van directamente
a quirófano, y me ruegan que mantenga la tranquilidad...
¿Mantener la calma, cuando no sé lo que está pasando, y mil imágenes de documentales sobre neonatos pasan por mi cerebro? Mientras
imagino el peor escenario, un desprendimiento de placenta, incluso un aborto,
me desplomo en uno de los asientos, horrendos, de plástico azul, y tengo las
fuerzas justas para llamar a Catalina, antes de ponerme a llorar... Con esas
lágrimas de quien teme haberlo perdido todo en esta vida...
Alguien se
detiene a mi lado, y me pone la mano en el hombro... Hace mucho frío, de
repente... Es una auxiliar, muy jovencita,
con un pijama de hospital blanco... "No tenga miedo, señor, verá que
no pasa nada... Es un susto, nada más... Dentro de unas horas, podrá estar de
nuevo con Yolanda, y su bebé se pondrá bien..." Se agacha a mi lado,
veo su nombre en una etiqueta, se llama Eloísa,
me mira directamente a los ojos y,
aunque sigo teniendo frío, estoy más tranquilo...
En ese momento, llega Catalina, todavía no sabemos
nada de Yolanda, pero al menos, somos dos... Media hora después, sale el doctor
Domínguez De Dios, y nos confirma lo
que ya sabía: han podido contener la hemorragia, aunque Yolanda deberá guardar
reposo varias semanas, y no se aconseja que suba escaleras... Catalina promete
hacerse cargo de todo, algo que veo bastante complicado, porque nuestra casa
sigue siendo un tercero sin ascensor...
Mientras
esperamos que la lleven a la habitación (tendrá que permanecer ingresada varias
noches, como poco hasta el día doce), me acerco al control de enfermería,
dispuesto a encontrar y darle las gracias a aquella auxiliar tan delgadita, de irreales ojos verdes, que supo
darme confianza...
"Hola,
buenas tardes, pregunto por una de sus compañeras, que me ha atendido hace un
ratito... "
"Si
es usted tan amable de facilitarme el nombre, le haré llegar el mensaje",
me responde, sin mirarme...
"Por
supuesto. El mensaje no podía ser oro que "Muchas gracias por tranquilizarme cuanto más lo
necesitaba. Mi mujer se va a poner bien, tal y como me decías"... ¿Cree
que le gustarán los bombones?"
"Si
me dice el nombre, se lo puedo indicar..." me responde la enfermera,
un poco más sonriente...
"Por
supuesto, es una auxiliar, lleva un uniforme blanco con un ribete azul en el bolsillo,
que parece algo más antiguo que el suyo, y su nombre es Eloísa..."
En ese momento, escucho que se ha caído algo
en el control de enfermería: una de las auxiliares (con unas mechas rubias
bastante llamativas) ha tirado una bandeja de aluminio, cargada de
instrumental... La enfermera (después descubriré que era la enfermera jefe de
la planta), bastante más pálida que antes, consigue dominarse, y termina de
anotar el mensaje, asegurándome que "se lo daremos... y no se preocupe
por los bombones..."
Pasan otros
diez minutos, Catalina sigue esperando en la puerta de Urgencias, esperando que
la lleven a la habitación 223, y mientras estoy delante de la máquina de café,
alguien me dice: "Lo único decente en este sitio es el capuchino... Y
en cuanto a Eloísa, no
se preocupe, ella ya lo sabe... Me llamo Lucía, y soy la que tiró la
bandeja..."
"Sí,
la he reconocido: menudo susto que nos hemos llevado todos por su
culpa..." le respondí medio en broma, medio en serio...
"Normal,
es lo que pasa, cuando surge el nombre de Eloísa en una conversación..." me responde, con
bastante lástima en la mirada... Cuando le pregunto el motivo, me cuenta una de
esas historias... que preferirías no creer... y sin embargo, te crees...
"Eloísa era una auxiliar del turno
de noche, que trabajaba en la UCI
de neonatos, y en
Maternidad, hace más de diez años. Todo el mundo la quería, menos la enfermera
jefe, por la paciencia que demostraba con todos los pacientes, por su cariño en
los peores momentos para los padres, por estar allí... Una noche, estaba sola
en el nido, como siempre... Hubo un problema con las tuberías de drenaje de uno
de los nidos, y se formó un charco en el suelo... El monitor de uno de los
bebés lanzó la señal de alarma...
Ella
corrió hacia el fondo de la sala, pero resbaló en el charco... Se golpeó en la
cabeza contra el pie de una cuna... Debería haber muerto enseguida, pero no lo
hizo, al menos, no del todo...
Tenía que
salvar al bebé... El doctor Corominas Díaz,
de neonatología, estaba
en la salita de descanso,
trabajando en un informe, cuando sintió una presencia detrás de él:
"Disculpe, doctor, el bebé H-23 necesita con urgencia sus
cuidados..." y cuando ya se iba de la habitación, le dijo: "Y por
cierto, avise a mantenimiento, hay una fuga de agua muy peligrosa..."
Ni que
decir tiene que el buen doctor salió corriendo por el pasillo, hacia el nido...
Allí estaban los dos: el bebé, cianótico, porque se le había movido la cánula
del respirador, y que no fue muy complicado de estabilizar... Y Eloísa, muerta a pocos metros de
la cuna, en medio de un enorme charco de sangre, pero con una sonrisa en los
labios...
Nadie lo
entiende, pero desde entonces, desde aquella noche, siempre que ha notado que
alguien estaba sufriendo en esta zona, como tú, y que ella podía consolar a la
persona o devolverle la esperanza, ella ha aparecido, anticipándose muchas
veces a las noticias de los médicos, y a los resultados de las pruebas... Y
aquí la tienes, Eloísa,
la auxiliar fantasma... el secreto mejor guardado del Hospital... Ahora tengo
que dejarte... Y para que compruebes que soy real...", y me besó en
los labios...
¿Cuánto
tiempo estuvimos hablando junto a la máquina del café, mientras el capuchino se
enfriaba en el vaso? Tal vez diez minutos, en todo caso, el suficiente para que
llegasen Borja y David, casi a las dos
de la tarde. Me dejan pasar a ver a Yolanda: está muy pálida todavía, pero me
sonríe, sus magníficos hoyuelos aparecen en las mejillas, y me dice, mientras
yo me arrodillo a su lado: "Tranquilo, amor, todo saldrá bien..."
A las tres de la tarde, la suben a la habitación, y empiezan a desfilar los
amigos, socios, clientes, incluso los vecinos, y por supuesto, doña Edelmira, que fue la primera en atenderla
(cumpliendo la promesa que me hizo en la farmacia, tantos meses atrás)... y a
quien regalé al día siguiente una caja de lenguas de gato, que la apasionan...
Me costó mucho echar a todo el mundo, sobre todo a mis hermanos políticos,
hablé con mis padres y mi hermana cuando todo estuvo un poco más tranquilo, y mi
madre se enfadó porque no lo hiciera a primera hora de la tarde... como si
fuera tan sencillo para ella ausentarse de Madrid...
Aquella noche
la pasé al lado de Yolanda, despierto, en el sillón de las visitas, mirándola,
viéndola dormir, pensando en los miles de cosas que habían cambiado en mi vida,
en todo lo que me había regalado, desde su amor, hasta aquél hijo que igual nos
devolvería la esperanza... Y recordando todas y cada una de las ocasiones en
que me había animado a hacer lo correcto, como la tesis doctoral, o seguir
estudiando Turismo mientras trabajaba en el hotel, y tantas y tantas cosas que
hacían inconcebible la vida, sin ella... Yo, que nunca he sido creyente, me
arrodillé a los pies de la cama, quizás dando gracias a un diosecillo en quien no creo, por haberla
puesto en mi vida... y por no habérmela arrebatado hoy... y, sin poder mantener
el tipo por más tiempo, en el corazón de la noche más oscura, me puse a
llorar... por todo... por toda la mierda que tuve que tragar en el pasado... por
toda la tristeza, la desesperación...
por las veces que la vida me trató a patadas...
Y fue
entonces cuando escuché su voz... "Levanta, amor..." Yolanda
estaba despierta, tenía mejor cara... y en sus ojos encontré, como siempre, la
fuerza de mil mundos...
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