Hasta que
aquella misma mañana no consulté con Roberto Gómez Losa, el Director del Hotel,
que también era abogado y uno de mis mejores amigos, sobre la legalidad de los
trámites realizados, no me quedé tranquilo... Me seguía pareciendo demasiado
bueno para ser cierto, sobre todo, con edad más que suficiente para no creer ni
en Papá Noel ni en los Reyes Magos... pero tal vez estas navidades deje algo de
comida (heno, galletas, una botella de anís, pistachos...) junto a la chimenea,
por si las moscas... Se trata de un documento completamente legal... Supongo de
todas formas que es un proyecto antiguo, pues recuerdo que durante casi cinco
años, aquella propiedad ha estado vallada... y creo que las obras empezaron
poco después de irnos a vivir juntos...
¡Para que
luego alguien le extrañe que yo me lleve tan bien con mis suegros!
El mes de
julio fue una locura, con toda la familia utilizando casi cualquier medio para
localizar los muebles más importantes: comedor, dormitorio, despachos, cuarto
de juegos, y el de Luis, que todavía dormía en nuestro dormitorio, pero que con
un poco de suerte sería tan grande y fuerte como sus primos... quienes por su
parte no tenían demasiado interés en mudarse de casa de sus padres como yo
pensaba... El 28 de julio del año 2000, invitamos a toda la familia, y algunos
amigos y compañeros de trabajo de los dos, entre ellos Ayako Wada, a celebrar
la inauguración de la casa, con una barbacoa...
Los primeros
amigos llegaron sobre las nueve y media de la noche, con más comida, helados,
botellas de cerveza.... y los últimos se fueron sobre las tres de la
madrugada... Fue una de aquellas noches que no se olvidan... Mi compañera Ayako
llevaba uno de sus impecables trajes de pantalón y chaqueta, lo que no podía
contrastar más con Agustina, y sin embargo, estaban bien juntas (creo que ella
también conoce a "los niños perdidos",
a quienes de vez en cuando lleva regalos espectrales)... Hacía calor, como es
lógico por esas fechas, y terminamos todos en la piscina... Interesante
comprobar de qué manera la gente se relaja cuando está a gusto... y yo empecé a
fijarme en algunas miradas que me dirigía Ayako Wada... más culpables que
incitadoras… pero tampoco fue algo sobre lo que pensé demasiado tiempo… tenía
demasiadas cosas en las que pensar: los barriles de cerveza, la gran barbacoa,
la música ratonera, algunos juegos (habíamos montado una red de “voley” en la piscina)…
Por supuesto,
esta era el tipo de fiesta a la que jamás acudiría mi familia... Hace algún
tiempo que el contacto con ellos se había reducido al mínimo imprescindible,
sobre todo por la actitud de mi padre hacia mi trabajo, o mis expectativas...
El mayor problema era que chocábamos los dos, en casi todos los aspectos
importantes de nuestras vidas, y también en los banales... Mi padre, tan "racional" y tan "tradicional", cuyo lema parecía ser
"piensa mal y acertarás",
que se opuso a que yo me fuera a Málaga en un primer momento, y se sintió
ofendido cuando abandoné el periodismo por mi trabajo en el “Hotel Imperial”... Le faltó tiempo para
soltar uno de sus sermones sobre los "repugnantes
especuladores inmobiliarios, que estafaban a todo el mundo, y cuya única
voluntad era el lucro personal..." cuando le comentamos el regalo que
nos habían hecho sus padres, ni jamás había visto la casa ya terminada... No me
compliqué la existencia, aquella noche de agosto, cuando me harté de soportar
semejante cantidad de tonterías... y le colgué el teléfono, a sabiendas de que
tardaría bastante tiempo en hablar de nuevo conmigo, y que de todas formas, mi
madre ya se encargaría de tranquilizarle... Pero nunca supuse que sería
tanto...
Mi relación
con mi padre nunca ha sido demasiado buena, siempre estaba ocupado, con su
equipo y colaboradores en el Centro de Investigación Oncológica, o viajando por
toda España, para aunar esfuerzos de la iniciativa pública o privada... Un par
de veces, D. Manuel Barbacid vino a tomar café en casa, es una de las personas
más empáticas e inteligentes que conozco...
La motivación
de mi padre no podía ser más personal: mi abuela murió de cáncer siendo él muy
joven... En casa, cuando estaba trabajando en su despacho, analizando
documentos en varios idiomas a la vez (porque tenía una gran inteligencia, eso debo reconocerlo) no
podíamos hacer un solo ruido, y muchas veces mi madre nos metía a todos en la
cocina, donde siempre hacía mucho frío, y aquél era nuestro territorio de juego
preferido, entre las piernas de mi madre, y las de mi abuelo...
Era un apasionado de la música clásica, una
eminencia, que sin embargo prefería levantarse dos horas antes los domingos, y
ahorrarse dinero en las entradas del Auditorio Nacional. Y su Dios era D.
Alfredo Kraus... y por él sigo escuchando música clásica... No era un padre
cariñoso, lo intentaba, a veces lo conseguía... pero también tenía esos prontos
de ira que nos aterraban...
A los trece
años, comenzaron los enfrentamientos directos entre los dos, empecé a vestirme
de heavy, de macarra sobre todo para que le diera vergüenza salir conmigo, y lo
conseguí... Terminaron los conciertos, los cines, las comidas en los
restaurantes, salvo algunas salidas culturales que me interesaban de verdad, o
aquél verano en Cambados (La Toja)... y tantos viajes por España… Yo buscaba mi
estilo, o mi falta de estilo si lo prefieres así, pero cumpliendo el principio
básico: Siempre, antes lobo que cordero... Más o menos como sigo vistiendo
ahora cuando no tengo que trabajar en el “Hotel
Imperial”, con mi traje de chaqueta, corbata, zapatos...
Él odiaba las
motos, y creo que solo por eso, me empeñé en sacarme también aquél carnet...
Dejamos de ir al cine toda la familia, menos mi hermana, que lo sacaba de paseo
los domingos, yo prefería ir al cine con Claudia, o a pasear con mi amigo
Antonio, o con mi tocayo, "Ismael el
canario", que también era un apasionado del cine...
Desde que me
vine a Málaga, creo que solo vi tres veces a mi padre: el día de nuestra boda,
el del bautizo de Luis, y aquella semana que pasaron con nosotros en la casa de
la playa, cuando se vino con un montón de libros, y se indignaba por tener que
"fumar en la calle, como los pobres"...
Muchas veces, Yolanda quería que hablase con él, que me acercase, porque se iba
haciendo mayor... pero teníamos demasiadas cosas pendientes, y sobre todo,
demasiado orgullo como para dar el primer paso… Nunca tuve ocasión... de
intentarlo…
El
veinticinco de noviembre de 2000,
a las ocho de la tarde, una de sus ayudantes, mientras
supervisaba los últimos experimentos de la jornada, se extrañó de escuchar a
Pavarotti, "E lucevano le stelle",
saliendo de su despacho... No era raro que se quedase hasta tarde, sobre todo
porque seguía fumando a escondidas, lo que era un secreto a voces... Al abrir
la puerta, se lo encuentra derrumbado sobre la mesa de trabajo... Pensó en
avisar a la ambulancia, pero al tomarle el pulso, llamó directamente al equipo
forense, para determinar la causa del fallecimiento lo antes posible, una
especie de trato especial por tratarse de uno de los suyos... El examen previo
de los ojos permitía suponer una muerte natural, "ocasionada por un aneurisma cerebral, aunque en la lengua se aprecian
los síntomas inequívocos de un cáncer de lengua de tipo III...", según
nos confirmaron horas después con los resultados de la autopsia…
Mi madre me
llamó cerca de la medianoche, llorando... "Papá ha muerto hace cuatro horas... Está en el Tanatorio de la M-30..."
No me lo pensé dos veces, era mi padre y, a pesar de todo lo que había pasado
entre nosotros, alguna parte, escondida, recóndita, de mí... le quería... le
sigo queriendo, a pesar de todo…
Desperté a
Yolanda (Luis ya estaba despierto por la llamada), le conté lo que había
pasado, y me puse el mono integral de cuero, guardé unas pocas prendas para
cambiarme en las alforjas, me puse el casco especial con los auriculares con el
teléfono incorporado, conecté el GPS, me subí a la “Harley” y comencé el viaje a la una y cuarto de la madrugada. El
MP4 desgranaba una extraña selección de canciones, estilos, aleatorio, pero que
me ayudaba a no pensar... o a pensar... Ignoro cuántas veces rebasé el límite
de velocidad, aquella madrugada, pero no llegó ninguna multa, ni tuve problemas
por el viento o la arena en ciertas zonas… supongo que mi ángel de la guardia
motorizado, una vez más, estuvo haciendo horas extras por mí aquella noche…
No había
amanecido por completo, en todo caso eran sobre las seis y media de la mañana,
cuando aparqué en la puerta del tanatorio, en la zona reservada a los
familiares. Es cierto, igual mi mono negro integral y mi casco polarizado, sin
contar con las gruesas botas y los guantes de cuero, intimidaban un poco, pero
conseguí que me dijeran dónde habían puesto a mi padre: en la cabina número
3...
Estaba solo,
tras el cristal, su rostro era sereno, no recordaba que tuviese tantas
arrugas... y como deferencia hacia su profesión, o sugerencia de mi hermana,
llevaba puesta su bata de hospital, por encima de un elegante traje de
chaqueta...
Siguiendo con
el plan previsto, saqué de la pequeña mochila un segundo MP4, donde estaban
algunas de aquellas arias y movimientos de música clásica que él tanto amaba,
lo conecté a unos diminutos altavoces, y lo puse todo sobre la mesita,
orientado hacia el cristal. Al menos, aquella madrugada no fue el silencio su
compañero, sino "su música",
que muchas veces quedaba ahogada por mis sollozos... Entraron un par de veces,
supongo que personal de mantenimiento, o de atención al cliente, pero al verme,
con una rodilla en tierra, mirándole fijamente, ansiando poder tocarle por
última vez, yo, todo un hombretón con mi metro ochenta y poco, pero que en
aquél momento parecía más bien un caballero de negra armadura velando a un rey
muerto... fuera quien fuera, ambas veces, volvió a salir...
"La
mort de mon père"... La muerte de mi padre... Lo que yo estaba
muy lejos de imaginar era que no había vivido, todavía, el momento más
amargo...
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