El señor “Hatori Hanzo” me esperaba en su despacho de la vigésimo cuarta planta, contem-plando los reflejos del sol en
los modernos edificios de oficinas, que habían proliferado de manera bastante
anárquica, al menos en apariencia, durante los últimos años… “Después de la bomba, tardamos muchos años en
retirar los escombros, sanear la zona, y conseguir que estos terrenos fueran
adecuados para la supervivencia de los humanos…”, comentó, sin apenas darse
la vuelta…
“Señora
Ayako Wada, puede usted regresar a sus ocupaciones en el departamento. El señor
Ismael Rodríguez Márquez, quien espero habrá tenido un buen viaje, se quedará
conmigo en el despacho hasta las dos, cuando nos reuniremos con usted en el
comedor…” Ella respondió con un respetuoso “Hai”, y salió del despacho tras hacernos una reverencia de igual a
igual, lo que me permitió especular que su posición en la empresa debía ser muy
elevada… y me hizo plantearme, una vez más, lo que se esperaba de mí…
“Su examinador me ha dado unos informes muy
positivos sobre usted, aunque considera que necesita usted un refuerzo con el
japonés de los negocios… y con algunos temas de comida tradicional… De todas
formas, estamos muy satisfechos de los progresos realizados durante estos años,
con sus dos instructores…”, y dicho esto, se dio la vuelta, y ambos
efectuamos una reverencia de cortesía, la mía algo más pronun-ciada, por la
evidente diferencia entre los dos…
Nos sentamos
en ambos lados de su mesa de despacho, y abrimos un par de botellas de agua
mineral. Estuvimos dos horas hablando, sin tomar ningún apunte ni grabar nada,
puesto que básicamente me informó de los motivos de mi estancia en la central;
de los objetivos de la empresa a nivel europeo, de los directivos que estaban
recibiendo el mismo entrenamiento (y a quienes conocería en los próximos días),
y lo que se esperaba de nosotros… Lo que sí entendí claramente es que la
corporación “Natori Fujita” no era
solo una cadena de hoteles repartidos por medio mundo, sino más bien la imagen
amable de una serie de empresas que engloban el turismo, la restauración, la
comunicación corporativa y la implantación de un nuevo modelo de negociaciones
económicas; todo ello regido por una serie de directrices marcadas por los
ministerios de asuntos exteriores y el de economía japoneses. Expansión y
recapitalización del país, para disminuir la dependencia económica de Estados
Unidos y de la Unión Europea.
Por ello,
habían seleccionado a los directivos más adecuados en apariencia para conseguir
estos fines, aunque durante nuestra estancia se llevarían a cabo multitud de
simulaciones de trabajo de equipo y en solitario, se efectuarían estudios
prácticos, varias evaluaciones psicológicas y un constante seguimiento de la
gestión del estrés… y todo ello, dentro de una total confidencialidad, puesto
que para ser capaces de implementar las consignas de la central, era preciso
conocer el negocio en la totalidad de sus ramas, incluyendo las más “comprometidas”… “Y recuerde bien que, aunque disponga usted de tiempo libre, y se le
proporcionen los medios de hacer turismo por el país, no olvide usted nunca que
está trabajando para una de las empresas más importantes del país… Si le parece
bien, podemos bajar a comer al comedor naranja con los demás candidatos…”
“Candidatos”… Debo reconocer que aquella
palabra me asustaba, puesto que llegar a Hiroshima, y superar las pruebas de
selección anteriores, no era más que el comienzo…
Si los
entrenamientos y las clases con Kenji Watanabe me habían parecido duras en su
momento, aquellas jornadas de diez horas y seis días por semana, incluyendo
cultura e idioma japonés, nociones muy avanzadas de economía de empresa,
supuestos prácticos de “marketing de
guerra a la japonesa”, detección y evaluación de fortalezas y debilidades
propias y de empresas rivales (utilizando en muchas ocasiones métodos que
frisaban la ilegalidad) me hacían terminar tan estresado, que en la segunda
semana me compré un bonsái… y a finales de la tercera ya había localizado un
magnífico “dojo” para practicar kendo
a dos manzanas del hotel… Y no me sorprendió nada encontrarme allí, “por casualidad”, a Matsumoto Ishinasi…
mi querido compañero de avión… y examinador… y el primer amigo que hice en
Hiroshima…
Conociendo la
fama que tenemos los españoles de fiesteros, de poco serios, supuse que también
la tendríamos en esta arte marcial… por lo que decidí convertir una supuesta
desventaja en elemento decisorio del combate… Por eso, enlentecí mis
movimientos, aparentando menos seguridad de la que albergaba, para derrotarle
de la manera más honorable posible… pero vencerle de todas formas… Y así
sucedió… En la sauna, me felicitó por mi desempeño… pero quedamos en vernos para
entrenar y combatir dos veces a la semana, puesto que igual podía enseñarme “un par de nuevos trucos a mi querido Kenji
Watanabe”…
Dos días
después, repetimos el combate… y pude comprobar que él también había estado
rindiendo menos de su capacidad… aunque volví a ganarle… Como nuestros combates
se habían vuelto regulares, no me atraía el seguir utilizando una armadura
alquilada o prestada, a pesar de su utilidad, por lo que a finales de mayo, una
vez terminadas las sesiones de la jornada, nos fuimos a una tienda
especializada en su confección a medida, donde la prepararían en pocos días…
Cuando fui a pagarla con mi tarjeta visa personal (también tenía la de la
empresa), Matsumoto negó con la cabeza, pasando la suya, al mismo tiempo que me
decía “Felicidades, Ismael-sama, hoy es
su cumpleaños…” ¡Tanto estrés, tanto estudiar, y se me había olvidado! “Domo arigato, Matsumoto-sama”, le
respondí… al mismo tiempo que encendía el móvil y me alejaba unos pasos, para
escuchar los mensajes…
Y, por
primera vez en mucho tiempo, tuve ganas de llorar, puesto que allí estaban los
mensajes, las voces de toda la familia: mi madre y mi hermana habían llamado a
las ocho de la mañana (hora de Madrid); Borja y David a las cuatro de la tarde;
Julián y Catalina un poco después; Yolanda y Luis hace media hora, y mi hijo
decía “te quero mucio, paaaapa…”
Habían estado esperando hasta que terminasen mis clases, es decir, hasta la
madrugada, para hablar conmigo… Me metí en uno de los probadores, y les llamé…
Necesitaba escuchar su voz otra vez… Hablé con Yolanda diez minutos, aunque en
el fondo me limitaba a decirle “te
quiero… te añoro… te echo de menos… amor… Cuidaos mucho… y a la niña… y muchos
besos…”
Salí del
probador, con los ojos todavía humedecidos por las lágrimas, aunque ninguno de
los dos fingió darse cuenta, pues los japoneses son muy reservados con los
sentimientos… Matsumoto y yo terminamos la tarde en un “sushi-bar”, y brindando con sake por la familia y la prosperidad…
Aquella fue la ocasión en que estuvimos más tiempo juntos, es decir, fuera del
entorno controlado del Hotel y del “dojo”…
Y también cuando hablamos de su vida y su familia… Él era uno de “los hijos de la bomba”, de quienes sobrevivieron a las radiaciones, solo para
encontrarse con las ruinas de una ciudad casi devastada… aunque nació varios
años después del fin de la guerra, su genética también había sido alterada:
afortunadamente, era estéril, por lo que su mujer y él no habían tenido que
someterse a ninguna operación para evitar que se propagasen las taras
provocadas por las radiaciones… Ahora, llevaban un par de años en lista de
espera para la adopción de un niño “sano”,
y esperaban lograrlo con el apoyo de “Hatori
Hanzo”…
Mientras que
yo comía, él bebía sake con parsimonia, pero manteniendo en todo momento la
compostura, y comentándome más datos sobre su mujer: se llama Michiru Ueda,
también tiene treinta y cuatro años, y trabaja en una de las filiales de la
corporación… Hoy tiene su “noche de
chicas”, donde quedará con otras vecinas del bloque y compañeras de trabajo
para ver “alguna película romántica
americana, como “City of Angels” o cualquier otra similar…” Él casi siempre
aprovecha para practicar en el “dojo”,
ir al santuario sintoísta que está cerca del Hotel, o acercarse al salón de
masaje oriental, puesto que no hay mejor manera de olvidarse de las preocu-paciones…
Me invita a acompañarle: es todo un complejo ritual, que incluye el aseo
completo por dos hermosas “geishas”,
un tiempo de descanso en el “spa”,
para después ser sometido a todo tipo de torsiones, golpes, incluso que se
suban a tu espalda y caminen por encima de tu columna, y otro tipo de
movimientos que me hacen pensar en una tortura, muy educada y fina, pero
tortura retorcida de todas formas… Y, por supuesto, al terminar, un par de
tazas de té verde… Para mí, una experiencia a no repetir… Nos separamos a la
salida, y regreso caminando al hotel…
A mediados de
junio, nos dejan unos días libres, y yo me escapo, con mi colega francés
François Moussier, para hacer dos cosas: acercarme al Monte Fuji, y visitar la
Ciudad Imperial… Además de hacer un poco de turismo, y saltarnos de una vez la
dieta sana del Hotel: ¡me moría por una buena hamburguesa, con rodajas de
cebolla y tomate! ¡Y por una cerveza alemana! Nos encontramos con un grupo de
turistas españoles dentro de una taberna típicamente vasca llamada “La Zurriola”, probamos una versión
bastante aceptable de nuestros añorados “pintxos”,
y le di al chef la receta de uno que lleva queso de brie y cebolla
caramelizada; y otro, con un trozo de morcilla y dos huevos de codorniz… Espero
que los probase, porque son fantásticos… Un rato después localizamos un rebaño
de franceses, mientras un guía los llevaba a todo trapo por las calles de la
ciudad… y terminamos todos, de nuevo, en la taberna… Una noche un poco loca, me
temo, durante la cual abusé de la comida, pero no bebí más que agua, porque al
trabajar para una corporación, te vuelves un poco paranoico… quizás en eso
consiste nuestra “japonesización”…
El treinta de
junio regresamos todos de nuevo al hotel, después de unas mini-vacaciones bien
merecidas… durante las que hubiera dado cualquier cosa por regresar a Málaga,
para estar con Yolanda, pero eran dos días de viaje para tres de estancia, con
lo que habría sido mucho peor el regreso a Japón… Nos reunieron a los sesenta
candidatos en el salón de actos, y fueron diciendo los nombres de una serie de
compañeros, a quienes rogaban que se dirigieran al salón azul… Creo que fueron
veinte personas, las expulsadas por el bajo rendimiento académico y
empresarial, y por la “revelación de datos
confidenciales de la empresa a terceras personas, conducta lasciva y poco
honorable, y un consumo exagerado de bebidas alcohólicas”… Se demostraba,
una vez más, que en el ámbito empresarial, los japoneses son muy distintos:
mucho más serios… y que mi paranoia sobre el sentirme observado no era tampoco
tan extrema… Desde aquella mañana, no he vuelto a ver a François Moussier, mi
fugaz compañero de taberna, pero me comentaron que todos los rechazados
volvieron a sus ciudades de origen… en segunda, por supuesto… y los demás, nos
adentramos en el tercer y último mes de formación…
Si hasta
entonces las condiciones de estudio nos habían parecido duras, a partir de
aquél momento, se volvieron infernales: las simulaciones de proyectos se
mezclaban con proyectos auténticos, tanto en curso, como futuros; teníamos
reuniones de planificación y estrategia, para solucionar disfunciones reales
del sistema, algunas de ellas, como la baja motivación de los proveedores o
agilización de licencias y trámites ya las conocía… otras, no se me habrían
ocurrido jamás… Eso cuando no nos trasladaban a otra ciudad, para efectuar en
un día un análisis de fortalezas y debilidades de un establecimiento propio, o
de la competencia, todo esto sin intérprete, pero con el respaldo, en caso de
necesidad, que nos proporcionaba la tarjeta personal de “Hatori Hanzo”, a quien todo el mundo parecía temer y respetar a
partes iguales… Nos hacían trabajar en dúos o tríos, incluyendo a
nacionalidades que no tenían nada en común salvo el idioma japonés, o bien
prohibiéndonos utilizar otra lengua…
No tiene
mucho sentido, ni siquiera después de tanto tiempo, el dar más detalles sobre
lo que hicimos en aquellos lejanos días de 2003, lo que aprendimos, porque de
todas formas, sigue siendo materia reservada, aquél viaje y los demás que he
seguido haciendo en los siguientes años… pero es cierto que regresé a Málaga
cambiado…
Los últimos días de estancia fueron algo menos
frenéticos, para darnos tiempo de despedirnos de la ciudad: una noche cené con
Ayako Wada y Toshihiro Yamamoto, en su pequeño piso no muy lejos del hotel, y
pude conocer a su hijo… Les enseñé unas fotos de Luis que Yolanda me había
mandado al móvil aquella mañana… y también una de su tripita…
Otra noche,
estuve con Matsumoto Ishinashi y su mujer, Michiru Ueda, quienes vivían algo
más lejos, en la periferia, y me dijeron que ya les faltaba menos para
conseguir su bebé… Se les veía llenos de ilusión… ahora, ya tienen dos… y están
perfectamente sanos…
Por supuesto,
organizamos un combate de kendo a modo de despedida, igual que en mi ciudad,
con los colores azul y rojo como única pista… Asistió el mismísimo “Hatori Hanzo”, se hicieron numerosas
apuestas… y el resultado se donaría a una organización benéfica, que se encarga
de los nietos de la bomba, aquellos niños con graves malformaciones genéticas
hereditarias, que siguen muchos de ellos en los asilos… Fue un enfrentamiento
muy duro, creo que todo el mundo apostaba por
Matsumoto Ishinashi, al ser japonés y tener más experiencia, y que sin
ninguna duda llevaría el color rojo de la bandera imperial, mientras que el “gai-jin” utilizaría el azul… Bueno… pues
era yo el que iba de rojo… y gané, con gran dificultad, pero lo hice…
También
conseguí las katanas, con certificado de origen, para mis cuñados… y las mandé
por una empresa de paquetería especializada… y terminé las últimas compras para
la familia…
Mi última
gestión en Hiroshima fue acudir, en señal de respeto, al santuario por las
víctimas… Y el treinta y uno de julio de 2003 me despedí de “Hatori Hanzo”, y de aquellos amigos que
echaría de menos… A las doce y media, el avión de “Iberia” emprendió el vuelo… y yo me dormí casi enseguida…
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