El viaje de
regreso a Murcia fue bastante amargo, sobre todo por alejarme de la persona
amada, que, además me correspondía...
Miedos veteranos quedan conjurados, y surgen otros nuevos... La distancia, sin
duda alguna, sería un problema a tener en cuenta, que quinientos cuarenta y
cuatro kilómetros (de puerta a puerta y sin perderte) son muchos, incluso para
una simple amistad... aunque, por supuesto, un amor bilateral es algo muy
diferente...
De momento,
el mayor de mis problemas era mantener el tipo, volver a la base de Murcia, y
cuando nuestros mandos lo decidieran, regresar a Madrid...
Aquellos días
fueron muy extraños, ya que tuve que camuflar la felicidad que notaba por
dentro incluso a la familia, pues no me apetecía dar explicaciones a nadie,
hasta que me asentase en mi nueva e ignota realidad de “hombre comprometido oficialmente”... y solamente se trataba de un
acuerdo entre Yolanda y yo, que no había sido refrendado por sus padres (ni por
los míos)... todavía…
¡Pero qué
chapado a la antigua que estoy en algunos aspectos, por Dios!
Los últimos
meses de servicio militar se me pasaron rápido: el trabajo en la oficina de la
compañía no era estresante ni entretenido, y aprendí mucho sobre informática
aplicada para hacer cuadrantes, gestionar sanciones y traducir la jerga de mi
teniente al lenguaje de los seres humanos... Los seminarios a los que pude
asistir eran interesantes, aunque demasiado teóricos para mi gusto… y me
arrestaron los dos últimos días, por una estupidez…
Pero en la
vida civil, tuve ocasión de terminar los cursos de doctorado que me faltaban.
No me puedo quejar, puesto que al vivir en Madrid, solo me quedaba en la base a
pernoctar cuando me tocaba hacer la guardia (casi siempre la tercera
imaginaria, era lógico, puesto que no tenía que correr la pista americana al
alba, sino quedarme en los gimnasios), y las demás noches las pasaba en casa...
Y desde casa,
o desde la base militar, le escribía las cartas a Yolanda, mis “patitas de mosca”, herencia de la
genética, de demasiadas lesiones deportivas, de mil intentos de controlar mi
alma… No era nada nuevo, puesto que llevábamos varios años haciéndolo "como
amigos", pero aquél beso en la estación había sellado nuestro
futuro... Recuerdo una de las primeras cartas que le mandé, ya desde la Base de
San Pedro en Colmenar Viejo:
"Querida Yolanda... Mientras te
escribo estas líneas, el tiempo no para de recordarme que me faltan varios
meses antes de poderte besar otra vez, o hundirme en tus negros ojos, hasta
verme reflejado en ellos... Antes de conocerte, mi vida no tenía demasiado
sentido, sobre todo por no tener con quién compartirla... Pero desde la primera
vez que te vi, con el bañador verde y el pareo, te entregué mi alma...
Amores
difíciles y no correspondidos, ellos son los únicos que he conocido, hasta me
que entregué a ti, a tu amor... ¿Qué me habría pasado, si al final, tú no me
hubieras correspondido? ¿Si en el último momento hubieras cambiado de opinión? ¿Si
no me hubieras encontrado en el hall de la pensión? Creo que me habría muerto
de pena... hasta que, tragándome una vez más las lágrimas, te hubiera escrito una
última carta… Pues ahora, como siempre, solo al recordarte, vivo..."
¡Cosas de enamorados… pero la
conservo más de veinte años después!
A primeros de
agosto de 1995, lanzamos al aire por última vez la “Boina Verde” (que todavía conservo), recogimos los petates, las
boinas que habíamos identificado con nuestras iniciales con gruesos puntos de
hilo negro, y abandonamos por última vez la Base de San Pedro.
¿Resultado,
balance de aquellos nueve meses? Entre las lesiones, la operación, la
rehabilitación... la nueva lesión, la frustración creciente… solo aprendí una
cosa: la importancia de la disciplina en el trabajo. Lo que perdí: la
oportunidad de trabajar en aquella radio (ahora también, televisión), y quizás
de labrarme un camino en el periodismo activo… A cambio… una vida distinta…
Descansé:
aquél mes de agosto, necesitaba recuperar fuerzas... por supuesto, a su lado,
con Yolanda... Por eso, aprovechando uno de los billetes de mi madre, volé de
nuevo a Málaga... Como nuestra relación todavía era "clandestina"
y siempre me ha gustado hacer las cosas “bien”
(“Bastante acojonado, Inseguro, Exaltado
y Neurótico”, ya sabes), reservé por una semana la misma habitación que en
mi viaje relámpago... Y una vez más, allí estaba Yolanda, esperándome en el
aeropuerto, hermosa como nunca con su vestido rojo, morena por el sol y
acompañada por Esther, a quien no había visto desde hace meses, y se había
teñido el pelo de rubia “Marilyn”...
No pude evitar sentirme un pelín raro entre las dos, más o menos como Don
Hilarión, cuando cantaba aquello de "Una morena y una rubia, hijas del
pueblo de Málaga..."
Una cosa es
cierta: del mismo modo que Esther me besó en los labios, quizás para
chincharme, luego me dio una señora colleja, por "no haberme dicho
nada de lo vuestro...", tendría que haberle dado otra colleja a
Yolanda... pero en lugar de eso, también la besó en los labios, y su beso fue
un pelín más largo que el mío... Donde se demostró una vez más que las mujeres
son extrañas e incomprensibles... sobre todo, para aquella especie que comparte
el planeta con ellas: los hombres de todas las edades…
Una semana
con ella, ¿qué más se puede pedir? Bueno, es cierto, siempre se puede pedir
más, como un bocata de calamares de los que me he comido tantos en “El Diamante”, justo después de ir
cerrando garitos por Malasaña, al sonido de “Gwendolyn”... Salvo que no dormiríamos bajo el mismo techo: creo
que sus padres no se fiaban demasiado de nosotros… especialmente de mí... Vale,
yo tampoco me fiaría de mí mismo en aquellas desconocidas circunstancias, con
tantas hormonas masculinas y femeninas en el aire; y por eso sus hermanos
habían recibido el encargo de someternos a uno de sus famosos placajes, que ha
hacían cantera en el “Unicaja”…
Lo que no me
extraña mucho, puesto que yo tampoco me fiaba de mí... ni de ella, en otras
circunstancias, si la barrera del sudor no la hubiéramos traspasado en la otra
visita... La feria empezaba el día once, y se prolongaba hasta el treinta: una
de las más largas que recuerdo... Aquella vez no la viví por completo: llegué a
la ciudad el lunes siete, y me marché el día catorce, para aprovechar las
tarifas especiales...
El primer
día, en cuanto dejé la maleta en la pensión, hicimos una rápida visita a casa
de sus padres, pero no había nadie en casa, salvo a Doña Clotilde, quien se
alegró mucho por nosotros… Y durante un paseo, Yolanda me habló de sus padres,
sus manías, expectativas… porque hasta aquél momento, apenas nos habíamos
tratado… desde un punto de vista formal, y como “novio”…
Julián García
Fernández, su padre, no pasaba mucho tiempo en casa, al llevar la gestión de
varias promotoras turísticas en la zona de Benalmádena Costa y de Mijas,
incluyendo una de ellas un nuevo campo de golf, y era el típico progenitor
ausente pero alimenticio, siempre sacaba unos minutos para un abrazo, una risa,
o una caricia… sin importar lo ocupado que estuviese, algo por lo que yo
siempre la he envidiado...
Catalina
Montes Claros, su madre, que trabajaba por las mañanas en una gestoría cerca de
casa, buscando subvenciones, o viabilidades y proyectos de empresas, era harina
de otro costal... Siempre he tenido la impresión de que podía leer la mente, o
al menos, eso afirmaban sus hijos (en la primavera de 1995), por aquél entonces
Borja tenía veinte años, y David quince, eran dos auténticos colosos...
Yolanda y yo
nos fuimos a comer de tapeo cerca de su casa, los calamares y las patatas al “ali-oli” estaban de lujo y un par de
cervezas sin alcohol nos sentaron muy bien… Después de tantos meses, me parecía
increíble estar otra vez juntos, y no escondernos de nadie… Menos mal que
nuestra relación ya era semi-pública, porque nos encontramos con su padre, que
estaba comiendo en otra mesa con algunos clientes, y nos invitó al almuerzo “por los nuevos tiempos”… Pocos minutos
después, cuando caminábamos rumbo a la pensión, Borja y David, que estaban
probando la moto de unos amigos, nos dieron un buen susto… Cuando me despedí de
ella a la hora de la siesta, seguía preguntándome qué diosecillo caprichoso y
cordial había conseguido que una de las más bellas hijas de Afrodita se
enamorase de mí, un pobre mortal… y yo de ella…
Por la tarde,
Yolanda me recogió en la puerta, y nos fuimos a dar un paseo por la costa,
caminando descalzos por la arena... Para ella, el mar, omnipresente, nunca ha
sido algo especial, mas creo que esa fue una de las primeras cosas que
cambiaron en ella al hacernos novios… comenzó a amarlo… “porque su ronca voz me recordaba la tuya en el alba y en el ocaso, si
habías fumado una de tus pipas de brezo, también te buscaba… y ese imposible
rayo verde cuando tú estabas lejos”, me dijo años después…
El
anochecer... las olas... la brisa marina... el ruido de las gaviotas...
ocasionales ráfagas de aire frío… Yolanda entre mis brazos... El calor de su
cuerpo junto al mío... Abrazarla... y besarla... mientras un rayo verde surge
en el horizonte...
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