Las parejas
se pueden dividir en muchos grupos... pero lo más habitual es hacerlo entre
"los que tienen hijos" y "los que no tienen hijos"...
Todo lo demás es superfluo: si lo tienen porque lo andaban buscando, por un
error, por amor, por una decisión madurada, por una noche loca... y, por
supuesto, está nuestro caso, el de Yolanda e Ismael, quienes habían hablado
varias veces del tema, pero sin darle mucha importancia, con un trabajo, un
nivel de ingresos aceptable, el apoyo de la familia... y salud, por encima de
todo, salud...
Quizás, para
mí todo fuera más fácil: estaba completamente enamorado de Yolanda desde el año
1991 (desde el primer momento en que nos vimos, junto a la piscina), y también
tenía claro que ella era la mujer de mi vida... Simplemente, tuve la suerte, y
el coraje, de ir a buscarla, desde Murcia (donde estaba realizando unas
maniobras en la mili con los Boinas Verdes) hasta Málaga, en uno de los
periodos más amargos de mi vida... Y la enorme suerte de que tantos años
escribiéndonos, hablando por teléfono, intercambiando mensajes, nos hubieran
colocado en el lugar preciso, en el limbo entre la amistad y el amor...
Mas ahora
mismo, no me atrevo a imaginar lo que habría sido mi vida, si ella, Yolanda, me
hubiera respondido que no...
Aquella
tarde, la del "laticidio" en las escaleras de la calle San
Lorenzo, incluso con la surrealista escena del "predictor",
fue una de las más felices de toda mi vida, por lo menos, hasta el momento...
"Estamos embarazados", aquellas fueron sus palabras
exactas... En aquél momento, como dos auténticos novatos en estas lides,
empezamos a preguntar a ciertos amigos de confianza, a buscar datos en
internet, leer todo lo que nos parecía útil...
Lo de
casarnos, fue toda una aventura, pero Málaga es una ciudad pequeña, y es más
fácil admitir que un "teórico sietemesino" nazca con el peso
de un bebé de nueve meses (tres kilos ochocientos, ni más ni menos), a que una
pareja "más o menos bien" tenga un hijo fuera del matrimonio...
El legado, y sobre todo la condición de doña Clotilde como Benefactora del Monasterio
de San Agustín nos ayudó sin duda alguna a acelerar los trámites... La aventura
del traje de la novia fue digna de recordarse: nuestra costurera, casi hasta el
último momento, estuvo ajustando el fajín, la cola, añadiendo bandas elásticas
por si fuera necesario, y cosiendo las últimas puntadas sobre el cuerpo de
Yolanda (“la increíble mujer extensible”,
como decía ella), cuando faltaban menos de dos horas para la boda....
Menos mal que
hasta aquél momento, no había engordado mucho... Más tarde, se escucharon
muchos comentarios del tipo: "¡Pero qué guapa está la novia, como una
embarazada!", o bien "Blanca, por supuesto, pero radiante...
no... ¡Hermosísima!"
Cuando
regresamos de nuestro viaje de bodas por París y Lanzarote, quedamos con los
amigos más íntimos en una cafetería de la calle Larios, y por supuesto, les
contamos la verdad... Y nos respondieron que ya lo sabían, casi desde la
aventura del "predictor", pues se lo contó la boticaria...
Un cariñoso saludo para ella...
Y aquí
estábamos, dispuestos a comenzar nuestra vida de padres primerizos, sonriendo
con cara de bobos, mientras las visitas pasaban a la habitación, alababan
siempre a la madre y al bebé (y al padre, que le den), y luego nos dejaban
algún regalito para la "feliz pareja"
(parece que allí también entraba yo)... En los dos días de internamiento,
cayeron: cuatro "mañanitas"
para recién nacido, tres pijamas amarillos, dos azules, y uno rosa (¿no sabía
que era un niño?), un cambiador de viaje, diez cajas de bombones (algunas de
ellas no salieron de la habitación)...
Pero lo que
más ilusionó a Yolanda fue... un jamón de Jabugo pata negra, con su jamonero y
cuchillo… Nunca le han entusiasmado los embutidos, pero el jamón serrano
siempre ha sido su debilidad... Tuve que prometerle abrirlo con ella, en casa,
porque amenazaba con empezar a devorarlo allí mismo, a mordiscos si hacía
falta...
Y volvimos a
casa de sus padres... y sin familiares ni amigos (todos ellos tenían que
trabajar), le haces frente a los quince días más duros de toda tu vida: solito,
en casa, con tu mujer (que suele estar bastante maltrecha), y pobre de ti como
le hayan hecho la "episiotomía"...
Pero también estás con "eso",
que parece ser una miniatura de los dos... hasta que se hace notar, y siempre
de tres maneras, tal vez cuatro: cagar, mear, vomitar y llorar...
Es curioso,
todo el mundo te habla de lo "hermoso
que es ser padre", de "todas
sus satisfacciones", de la alegría de "tener a tu hijo en los brazos", de la "paz que trae su sonrisa”... Pero, curiosamente, nadie te dice
que es algo hermoso, hasta que se hace caca en los pañales, y te parece
increíble que puede oler tan mal la mierda de una cosa tan pequeña... Y por
supuesto, nadie te enseña cómo limpiarlo... Yo vomité... las tres primeras
veces: siempre he tenido superpoderes, hiper-olfato, hiper-acusia,
hiper-imaginación. Quizás cuentan como "satisfacción" el ponerle en tu hombro, y darle un par de
caricias, para que eche los gases... pero se olvidan de comentar que puede
vomitarte encima, con esa mezcla de leche materna parcialmente digerida y
cualquier otra cosa extraña...
Una de las
máximas satisfacciones de Luis era hacerse caca, pero con ganas, cuando yo era
el único adulto "hábil" en
la casa... Me equipaba como un científico: guantes dobles, gorro, bata que
quirófano, mascarilla, tapones de cera perfumada en las narices, pinzas para
manipular el pañal... Él, tan tranquilo, berreando; Yolanda, desde la
habitación preguntaba "¿Va todo
bien?"...
Y yo pensando en cualquier otra cosa para
evitar las arcadas, abrir el pañal sobre el cambiador, extirpar al bebé de esa
"cosa", limpiarle con las
toallitas húmedas, y por supuesto, ir tirando todas aquellas "cosas" que me molestaban al cubo de
basura rojo, con la inscripción "Peligro
biológico", que nos regalaron los hermanos... Y luego, cuando tienes
todo más o menos listo, y le coges, como en las películas, para comprobar si va
todo como es debido... es cuando se te hace pis en la cara...
Además... hay
veces en las que el niño te sale cantante de ópera, sobre todo a la hora de la
siesta... o a las tres de la madrugada... Ya comprendo la insistencia en que
los hombres tengamos quince días de permiso por nacimiento de nuestro hijo: las
hormonas se nos disparan hasta la estratosfera, sobre todo las feromonas (creo
que incluso estuve generando leche un par de días...), y todo nuestro universo
se limita a dos personas: a nuestra mujer... y a nuestro hijo...
¡Si al salir
a la calle para comprar el pan y el periódico, lo hacía con el teléfono móvil
encendido, por si pasaba algo! Bueno, y si me pasaba una hora fuera, típico, ir
a la farmacia a recoger los pañales, cremitas y mil cosas parecidas, poco menos
que me esperaba una hecatombe... Olvidando, por supuesto, que Yolanda era una
mujer perfectamente válida, y que había "criado" durante varios años a sus hermanos... Yo, sin embargo,
no sabía nada del tema: era algo tan sumamente nuevo para mí, que pensaba que
Luis (jamás le hemos llamado "Luisito",
ni él lo ha consentido) se me podía romper si lo cogía en brazos, o se tirase
desde el cambiador (cosa que nunca hizo)... A veces, con todo el equipo al
completo (Yolanda, sus padres, sus hermanos... y alguna vecina), el que parecía
sobrar en aquél ambiente lógico y ordenado, era yo...
Pero tuve la
grata sorpresa de comprobar que yo no era imprescindible... Necesario, siempre,
puesto que en aquellos momentos, era quien mejor conocía el mundo de la
comunicación empresarial y corporativa; y mi "desbordante imaginación" era muy necesaria, pues hasta aquél
momento, el “Hotel Imperial” se había
dedicado por completo al turismo ordinario, y nuestro equipo pretendía
reorientarlo hacia el empresarial...
Durante
aquellos quince días, sobre todo, aprendí a hacer frente a lo imprevisible,
comencé a entrenarme para tener perro (si podía limpiarle el culo a un bebé
embadurnado...), a reanudar el sueño en mitad de la noche cuando Luis nos
dejaba...
Y también
comprendí que me estaba embarcando, con Yolanda, en la aventura que deseaba
desde hace tantos años: ser padres...
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