jueves, 21 de agosto de 2014

14: En la boca del lobo.

El octavo día del mes de agosto, de 1995, tuvo lugar la renombrada operación "Por el amor de Yolanda"... Es decir, sincerarme con sus padres... sus hermanos… su abuela…

Ella vino a buscarme al filo de las diez de la mañana, cuando nos habíamos separado pasadas las tres de la madrugada, pues hacía falta realizar un par de cambios en mi aspecto, y adquirir varios complementos si deseaba mejorar el efecto causado en anteriores visitas... algo que tampoco estaba en mis manos, por supuesto…. Pero como decía mi profesora de relaciones políticas internacionales, “la información bien gestionada es el poder”…

Los hermanos fueron los más sencillos de complacer: les había comprado dos camisetas genuinas de los “Boinas Verdes” de mi compañía (en la talla más grande que pude encontrar), y un par de juegos de ordenador basados en un simulador de combate (que conseguí de contrabando durante las maniobras conjuntas con los Marines americanos, gracias a mi “amigo circunstancial y por intereses creados”, el furriel)... El padre era un adicto al chocolate negro, por lo que fuimos a la más prestigiosa pastelería de la ciudad, donde seleccionamos un maravilloso surtido, de esos que te dan granos solo con verlos...

 Y la madre estaba obsesionada con el antiguo Egipto (igual que mi padre), así que la opción estaba clara: "La plaza de la Verdad", escrita por Christian Jacq (aunque por si acaso, lo compré en “El Corte Inglés”...) y que había sido publicado aquél mismo año… Una caja de lenguas de gato y otra de violetas (del sitio que tanto le gustaba a mi madre, “La Violetera”, junto al Museo Arqueológico Nacional) para la abuela...

Terminada la operación de compras, y antes de la entrega de sobornos (públicos), quedaba otra incluso de mayor importancia: borrar de mi cabeza los últimos trasquilones del cabo furriel, que pasó la podadora a toda la compañía con bastante mala leche una semana antes de licenciarnos, molesto porque se le terminaba su chollo del contrabando... y porque era la primera vez en su vida que había tenido poder sobre otras personas…

Supongo que ahora estará de portero en cualquier comunidad de vecinos en Albacete, o de Canarias, protegiéndose detrás de una nube de humo de “Ducados”, puesto que en dos ocasiones afirmó vivir en las dos ciudades por temporadas… y era un genial “conseguidor”…

 Yolanda me acompañó a la que podría ser la peluquería más cochambrosa de la zona centro, atendida por un individuo de corte de pelo infame, en vez de entrar en la siguiente, mucho más limpia, y sobre todo, con un corte de pelo excelente... Yolanda me sentó en la silla, y, después de preguntarme "¿Confías en mí?" y tras besarme una vez más en los labios, le dijo al peluquero: "Le amo... y hoy se lo diremos a mis padres... Haz tu magia, Gerardo...", y se fue a dar un paseo... ¡Tan tranquila!

El peluquero se pasó un par de minutos estudiando mi cabeza como si fuera un experto frenólogo (tal vez estaba buscando en mi cráneo las huellas de mi amor por ella… o de mi locura… que las dos cosas son la misma), y luego, comenzó a ejercer su magia...

Yo, sin gafas ni lentillas, prefería no mirar, puesto que tampoco había mucho pelo tras la última escabechina... Y, sin embargo, cuando dijo "¡Presto!", y abrí los ojos, y me puse las gafas... Bueno, porque sabía que era yo, y no Tom Cruise en una de sus pelis de militar: aquél era mi aspecto, con la cabeza rapada a dos niveles, incluso me había recortado la perilla, el bigote, las patillas, los pelillos de la nariz y el bigote con su afiladísima navaja de hojas desechables...

Escuché una salva de aplausos… Yolanda estaba detrás de mí sonriendo de oreja a oreja, y diciéndome al oído: "¿Comprendes por qué no hemos ido a la otra peluquería?" Y entonces caí en la cuenta...

¿Te importa cambiarte de camisa? Te he comprado algo..." y me entregó un paquete primorosamente envuelto, donde encontré un polo "Lacoste" color turquesa, como los de la “NUMA”... y un bote de desodorante, por si acaso… Después de la pequeña metamorfosis, y de agradecer a Gerardo su magia, nos pusimos en ruta...

Han pasado ya diecisiete años largos, y sin embargo, me estremezco cuando recuerdo aquél paseo hasta la casa de su familia, cogidos de la mano... Mil preguntas bullían por mi mente: "¿Sería bien recibido? ¿Alguien sabe algo de nuestro romance? ¿A quién debo ganarme antes, al padre o a la madre? Porque los dos me dan el mismo miedo... ¡Eso por no hablar de los hermanos: son gigantes, y si no les gusto, o creen que su deber es proteger a Yolanda, soy hombre muerto! ¿Me dejarán hablar siquiera?" Mi cabeza seguía analizando mil y una posibilidades, cada una de ellas más negativa que la anterior, por supuesto... y el corazón me latía tan fuerte, que Yolanda lo notaba en mi mano...

Por eso, cuando faltaban unos metros para llegar a la esquina de su casa, se paró, y me dijo: "Si tienes que preocuparte por algo, que sea por esto..." Acto seguido, me empujó contra la pared con una fuerza que no podía haber imaginado en ella, casi una cabeza más baja que yo... y luego... empezó a besarme, mientras yo dejaba caer las bolsas a nuestros pies.... No sé cuánto duró aquél beso, mi experiencia era tan escasa que no tenía elementos de comparación...

Pero allí estábamos los dos, besándonos como si el mundo se fuera a terminar, con los ojos cerrados, y los corazones muy abiertos...

Yo pensaba que me iba a desmayar por falta de aire (nunca pensé que fuera tan difícil besar y respirar a la vez), cuando Yolanda, con un mordisco travieso en el labio, se separó de mí... y entonces nos dimos cuenta de que nos había rodeado una pequeña multitud, entre la que se encontraban vecinos, amigos, la tendera, el panadero... y su propio padre, que había salido a comprar el periódico...

Aquél fue uno de los momentos "¡Cágate lorito!" más absolutos de toda mi vida, sobre todo porque su único comentario fue: "Veremos cómo se lo contamos a su madre..."

Al final, fue más sencillo de lo que pensaba, por la ayuda de Yolanda y de Julián... Después de que toda la familia se hubo acomodado en el salón (nosotros compartíamos un sillón de orejas), ella dijo: "Mamá, papá, Borja, David, abuela, os presento a Ismael... Es mi mejor amigo... pero también mi novio... y le quiero con todo mi ser… aunque tengo tanto miedo como él de confesaros lo que siento…"

Aquél era mi momento, el que llevaba esperando toda la vida, la ocasión perfecta de lucirme ante ellos, de cautivarles con mi ingenio y mis anécdotas...

Tenía la boca tan seca, que intenté beber un poco de agua... pero me atraganté... y me puse a toser... Tardé varios minutos en recuperar el control sobre mi garganta, sobre todo por los palmetazos que me propinaban Borja y David en la espalda (ignoro si con su mejor intención, o como revancha por haber callado)... y entonces, por fin, empecé a hablar... como si tuviera que pronunciar un discurso regio...

"Señor García, señora Montes... Ya sé que no me conocéis casi nada, pero tampoco creo que sea algo demasiado importante... Porque sólo podéis estar seguros de una cosa: amo a vuestra hija, hermana, nieta, más que a mi propia vida... y así lo he vivido durante muchos años, desde que nos conocimos en la casa de Benalmádena... aunque ella ha tardado más de dos años en dar su brazo a torcer (aquí se escucha claramente el sonido de una colleja)… Pero solo ahora se han dado las condiciones adecuadas, para cambiar nuestra relación...

 Soy periodista, he sido militar, he trabajado en muchas cosas, pero lo único importante, es que por Yolanda, por su amor, estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario, incluso a abandonar Madrid y todo lo que conozco... y empezar de nuevo, en cualquier parte del mundo... a su lado..."

Ni más ni menos, aquellas fueron mis palabras exactas, lo sé… porque David las grabó desde el sofá con un magnetófono de bolsillo, "con fines históricos", según me comentó después... Los leones se quedaron con hambre, aquella mañana de agosto, porque tuve la enorme suerte de caerle bien, a su madre... y todo el mundo sabe que son las mujeres quienes llevan los pantalones en casa: "Supongo que sería demasiado tarde para negarme a que os vierais, sobre todo por lo que me ha comentado la vecina del segundo... y la del tercero… También sois lo bastante mayores para poder escoger... Pero solo te digo una cosa, Ismael: no hagas llorar a mi hija... jamás..."

En aquél momento, yo me esperaba una escena tipo "El Padrino", hablando de los valores familiares... pero sin cabeza de caballo sobre la almohada, por favor... y fue entonces cuando la abuela, doña Clotilde, salvó la situación, diciendo: "Vale, vale, muy bien.... pero... ¿podemos abrir ya los regalos?"

Entonces Borja y David se pusieron en pié, para recibir sus camisetas y los juegos de ordenador, lo que no les impidió decirme muy bajito: "como hagas llorar a nuestra hermana, la engañes o la trates mal... despídete de tu hombría..." Y, no sé por qué, viniendo de dos bicharracos que superaban el metro noventa... me lo creí... aunque yo solo era diez centímetros más bajo que ellos… y casi tan fuerte…

Reparto de regalos, besos, abrazos... Una fantástica “fideguá” y una ensalada... De postre, tarta de chocolate casera, café e infusiones... Y, sobre todo, el placer de estar a su lado, en su casa, sin tener que escondernos o preocuparnos por las apariencias... Todo estaba buenísimo, y comí con gran apetito... Sentir el calor de su pierna a través del vestido, los ocasionales roces de nuestras manos sobre la fuente del pan, el simple hecho de respirar el mismo aire que ella...

Yolanda...

Luego, vino la visita turística... Era una casa grande, como se podía esperar de su nivel de ingresos y del precio del terreno cuando la construyeron, con un dormitorio para cada hijo (todos ellos equipados con una cama nido), el de los padres, la abuela, dos baños, una gran cocina, y un enorme salón... con otro sofá cama…

"Comprenderás que no podíamos dejarte dormir en casa antes de conocerte, por mucho que Yolanda nos hablase bien de ti... La próxima vez, David te cederá su habitación, o bien la compartirás con alguno de ellos, esta vez no es posible, porque tienen unos entrenamientos de baloncesto, y se van a quedar varios compañeros del equipo estas noches...", me dijo Catalina, como sintiéndose culpable por mandar al novio de su hija a dormir en la pensión... pero creo que los tres enrojecimos un poco…

Hubo más besos, más abrazos, y nos fuimos los dos a dar un paseo, y estar solos... Hacía calor, pero yo, mientras caminaba a su lado, lo único en lo que pensaba era en ella, Yolanda, mi único amor verdadero, el que justificaba tanta soledad, tanta espera, porque me daba esperanza con cada latido de su corazón...


Yolanda, mi dulce y valiente Yolanda, que había sido capaz de plantarle cara a la familia, para replantearse sus estudios a mitad de curso... La mujer de quien me enamoré a primera vista, que por segunda vez defraudó las expectativas familiares al cambiar de carrera y ponerse a estudiar Psicología... Quizás estuviera llegando la hora de un nuevo comienzo... Juntos...

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