Aunque no se trata, ni mucho
menos, de mi estilo favorito, no podía quitarme esa canción de la cabeza… si
fuera el vuelo directo desde Madrid, habríamos tardado unas diecisiete horas en
llegar a nuestro destino, pero como justamente el aeropuerto de Málaga se había
convertido en una escala en los vuelos especiales, duraría casi dos horas
menos… Mientras esperaba a que se apagasen los indicativos luminosos, repasé
las cosas que podía hacer en el avión, al mismo tiempo que daba las gracias mentalmente
a los contables de la corporación por considerarme lo bastante importante para
la empresa y reservarme billetes en clase preferente… con derecho a ventanilla…
Además de
leer y estudiar gramática, podía ver las películas que pusieran, escuchar la
radio, mi “mp4”, y tal vez trabar una
conversación con mi compañero de fila a todas luces un ejecutivo japonés…
siempre y cuando surgiera el momento adecuado, pues de mi trato con Ayako Wada
y Kenji Watanabe, y con otros japoneses de la corporación “Natori Fujita”, comprendí
que si un occidental le dirigía la palabra a un japonés sin ser invitado a
ello, podía considerarse como una falta de respeto. Por lo tanto, me puse a
observar a los demás pasajeros de primera clase: poco más del veinte por ciento
eran occidentales… El avión era muy cómodo, un “Boeing 747”
de la compañía “Iberia”, y estaba
bien acondicionado para este tipo de vuelos transcontinentales. En mis
posteriores paseos por el aparato, pude comprobar que mi viaje habría sido
menos cómodo en clase turista, por la distribución de los asientos…
Por fin se apagaron las señales luminosas, y
mientras preparaba mi movimiento de apertura para dirigirme a mi vecino en un
correcto japonés y preguntarle si me permitía ir al baño (aunque había espacio
de sobra para hacerlo sin preguntarle, no estaría bien visto), él se levantó
dirigiéndose al mismo lugar. Aproveché el momento para realizar mis necesidades
en el incomodísimo aseo de segunda clase, pensando que a mi regreso tendría
compañía, pero no fue así: el asiento estaba vacío, y así permaneció las
primeras horas del viaje… por lo que pude leer, estudiar algo de gramática, y
recordar lo que me habían contado sobre mi función en el organigrama de la
empresa durante aquellos tres meses: impregnarme de cultura empresarial
japonesa, mejorar mis herramientas comunicativas, exponer las tácticas y
estrategias que estaban dando un resultado tan bueno en nuestros hoteles
españoles, y participar en las reuniones con otros delegados de la corporación
en los distintos países, sobre todo europeos. Viviría en un hotel de nuestra
cadena, en las afueras de la ciudad de Hiroshima, asistiría a diversas
reuniones y seminarios, aunque dispondría de los fines de semana para relajarme
y hacer algo de turismo.
Uno de los
aspectos que más valoraba era la presencia de Ayako Wada entre los delegados,
puesto que me unía a ella una fuerte carga afectiva: no en vano se encargó de
enseñarme los rudimentos del idioma y de la cultura japonesa, y nuestra
despedida fue bastante precipitada, ya que me comunicaron su traslado dentro de
la misma semana… Me apetecía que, si era posible, su marido y ella me enseñaran
su ciudad, y de paso, conocerle a él, puesto que las video-conferencias no te
permiten hacerte una idea de cómo es una persona… por lo que en verdad no
conocía a Toshihiro Yamamoto…
Cuando por
fin anunciaron la comida, mi compañero de viaje se sentó a mi lado, saliendo de
lo que parecía ser la cabina del piloto. De manera muy cordial, se dirigió a mí
en perfecto castellano, disculpándose por haber tenido que ausentarse tanto
tiempo. Interpretando correctamente mi mirada de sorpresa, se limitó a señalar
la portada de mi libro de lectura, escrita en español… Acto seguido, me tendió
la mano, presentándose como Matsumoto Ishinasi, agente comercial de una empresa
de computadores, pero sin dar detalles, lo que se correspondía perfectamente
con la idiosincrasia y el secretismo empresarial de los hijos del sol naciente.
Yo pedí “sushi”, y lo mismo hizo mi compañero de
asiento. Me sorprendieron gratamente la frescura y la calidad del menú, y
después me enteré de que lo habían embarcado directamente en Málaga, tal vez en
alguno de los restaurantes de nuestros proveedores. La azafata pasó varias
veces por nuestra zona, ofreciéndonos una copita de sake, algo a lo que no pude
negarme, aunque el sabor no me agradaba demasiado.
Tras haber
disfrutado de una comida bastante agradable, me fui a lavar los dientes… y al
regresar, comprobé que mi compañero se había ausentado nuevamente, por lo que
me enfrasqué en la lectura de mi novela. Igual me quedé traspuesto, pero cuando
miré el reloj, comprobé que mi vecino estaba de nuevo a mi lado, mirando con
curiosidad mis libros de gramática, que había metido en el bolsillo del asiento
delantero. “¿Estudia usted japonés?”,
me preguntó el señor Matsumoto; cosa que yo le confirmé: “Sí, desde hace varios años, en cumplimiento de las directrices marcadas
por mi empresa…”
“¿Y no le ha parecido complicado, una lengua
tan distinta de la suya?”, fue su respuesta…
“Al principio, me parecía casi imposible,
pero tuve la fortuna de tener a dos grandes profesores, y de recibir un buen
entrenamiento suplementario en otras disciplinas… Además de hablar otros cuatro
idiomas, lo que implica un cierto grado de facilidad para el estudio…”
En aquél
momento, se formuló la pregunta que llevaba un cierto tiempo temiendo: “¿Le importa que hablemos en japonés un par
de horas? Supongo que a usted le vendrá bien una prueba de fuego antes de la
llegada a Hiroshima, y para mí sería un verdadero placer recordar mi idioma, y
contarle cosas sobre mi ciudad natal…”
Justo
entonces, el famoso genio de Aladino emergió desde mi subconsciente, diciendo “!Peligro, peligro, peligro¡”, puesto no
le había comentado que mi destino fuera Hiroshima, y el avión seguiría su viaje
hasta otras dos ciudades antes de terminar… Recordé también la necesidad de ser
prudente al hablar con extraños, puesto que lo que en España se puede
considerar un comen-tario sin importancia, según la mentalidad empresarial
japonesa se convertiría en una falta muy grave, incluso una vulneración de la
confidencialidad… Por eso, y con el
mayor cuidado, me dispuse a disfrutar con la conversación, pero sin hablar de
temas confidenciales: ni el nombre de la empresa (solo “la corporación”), ni mi función exacta dentro de la misma (el
departamento de comunicación), ni mucho menos los nombres de mis superiores, o
el objeto real de mi viaje o el tiempo de permanencia en Japón… Esto nos dejaba
pocos temas: la familia, algunos detalles sobre el trabajo, la hermosura de
Málaga, nuestro segundo embarazo, las máximas de Sun Tzu y de Hagakure, y en
todo caso, los combates de Kendo como hobby…
Y cada vez
que mi acompañante trataba de derivar la conversación a otras materias, yo le
preguntaba por la ciudad, en la que estaría “algunas semanas”, por su historia, los mejores lugares para comer o
cenar auténtica comida japonesa, y los gestos o expresiones que podían causar
rechazo a mis anfitriones (como el contacto físico excesivo)… También pude
comprobar que él se evadía de todos los asuntos comerciales o confidenciales
con maestría, mediante algunas rondas rápidas de preguntas, o tratando temas de
cultura general japonesa, como los grandes maestros del cine, o la importancia
de Yukio Mishima y de otros grandes escritores…
A medida que
iba pasando el tiempo, me sentía más cómodo con el idioma, la conversación, los
datos que Matsumoto Ishinasi me
proporcionaba sobre la ciudad… En varias ocasiones pedimos botellas de agua
fría, y tras cuatro horas de amena charla, optamos por intentar dormir, pues ya
habíamos cruzado el ecuador del viaje…
Cinco horas
más tarde, nos despertó la misma azafata de fascinantes ojos violeta, para
ofrecernos el desayuno, totalmente occidental, y con un café de sorprendente
calidad, y un vaso de zumo de naranja recién hecho y unas fantásticas tostadas,
en las que no faltaba ni siquiera el “pringue”
de tomate machacado, ni el aceite de oliva…
Comimos en
silencio, otro de los requisitos de cortesía de la cultura japonesa, y luego
pasamos un rato agradable, hablando siempre en japonés, de aquellos platos de
gastronomía que debería evitar al principio, como el famoso pez globo, y sobre
el trato a las mujeres tanto dentro como fuera de la empresa, de los límites
que establece la decencia (“!Peligro,
peligro¡”), y algunos consejos sobre el trato con los superiores y los
inferiores…
Finalmente,
anunciaron el inminente descenso hacia el aeropuerto de Hiroshima, y pude comprobar, tal y como yo suponía, que
el señor “Matsumoto Ishinasi”
continuaba el viaje… No sin antes decirme: “Felicidades,
señor Ismael… Ha superado usted con nota el examen de capacitación empresarial:
ha sido discreto sobre su empresa, su función en la misma, los motivos y
duración de su viaje, en todo momento ha demostrado un buen conocimiento de la
lengua y la cultura japonesa. No dude usted que el informe para sus jefes será
positivo… Por cierto… ¿Cuándo empezó usted a sospechar?”
Y yo le
respondí con una sola palabra: “Hiroshima”…
Y me despedí de él con un fuerte apretón de manos de lo más occidental… y una
reverencia, de las que se realizan solamente entre iguales…
Un chófer me
esperaba una vez realizado el control de aduanas, y me llevó directamente al “Hotel Imperial” de Hiroshima. En la
recepción me esperaba Ayako Wada, tan hermosa como siempre, a quien saludé con
una reverencia. Ella me dio la bienvenida con una pequeña copa de sake, se
interesó por el viaje y me comunicó que me alojaría en la habitación seiscientos
veintiséis. Me acompañó a los ascensores, mientras que uno de los mozos nos
acompañaba llevando las maletas… La habitación era espaciosa, cómoda, y gozaba
de buenas vistas sobre la ciudad. “El
señor “Hatori Hanzo” le transmite sus mejores deseos por su feliz llegada al
país, y le espera dentro de dos horas en su despacho del ático. Le aconsejo que
intente descansar un poco, yo vendré a recogerle a la hora señalada, las doce
de la mañana según la hora local…” Con una leve reverencia, salió de la
habitación, y me quedé solo. Cambié la hora del reloj de pulsera, el
despertador y el móvil, dejé preparado el traje de chaqueta, la camisa, zapatos
y demás parafernalia, y tras mandarle un mensaje a Yolanda por el teléfono
encriptado, me sumí en el sueño durante una hora, dispuesto a comenzar el
primer día de la mejor manera posible…
Me desperté
muy desorientado, cuando “El Aullador”
(el único despertador capaz de hacerme levantar de la cama, sobre todo porque
lo pongo lejos de la mesilla de noche) lanzó al viento su sirena, y me fui
directamente al cuarto de baño, para afeitarme a conciencia, darme una buena
ducha de agua helada, que al menos me ayudó a quitarme de encima parte del
cansancio y, tras revisar a conciencia el traje (benditas maletas grandes,
donde no se arruga la ropa), consideré que ya estaba listo para la entrevista
con “Hatori Hanzo”…
A las doce
menos diez (hora japonesa), mi colega Ayako Wada (o quizás fuera ya mi
superior, al encargarse de las relaciones con España y América Latina) llamó a
la puerta de la habitación. Se había retocado el maquillaje, y vestía muy
elegante con un traje de chaqueta mil rayas de color gris y una blusa color
marengo, con zapatos negros. En el ascensor, me ajustó el nudo de la corbata, y
yo aproveché para felicitarla por su matrimonio y su maternidad, puesto que era
consciente de que igual pasaría mucho tiempo hasta que tuviéramos ocasión de
volver a estar juntos, y que la etiqueta no permitía cierto tipo de
conversaciones… Ella me dio las gracias, me felicitó también por el reciente
embarazo de Yolanda y me besó fugazmente en la mejilla… asegurándose después de
no haber dejado huellas de carmín…
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