En un puerto
de mar, el clima es casi siempre más templado que en Madrid, por lo que la
primavera irrumpe, casi de un día para otro, como si hubieran pulsado un
interruptor... Pero si hay un motivo especial para que recuerde con cariño
aquél periodo de 1998, fue el comenzar una nueva vida, juntos bajo el mismo
techo... A pesar de la oposición inicial por parte de su familia a causa de
tema de los estudios (pesaba como una losa que a Yolanda le había quedado una
asignatura en el trimestre anterior)...
Pero también
es cierto que, entre mi trabajo en el “Hotel
Imperial”, los estudios, y las colaboraciones cada vez más numerosas con la
agencia, no teníamos apenas tiempo de vernos ni siquiera el fin de semana...
Hicimos mil combinaciones para sacar tiempo libre para nosotros... hasta que se
nos ocurrió, por un incremento de trabajo, incluir otra persona, para con dos
equipos de foto y vídeo, poder aumentar un poco los ingresos de nuestra pequeña
empresa, todavía en los límites de la ilegalidad y de la amistad...
Recordé
aquellas fotos de la familia que había observado en mis anteriores visitas en
casa de sus padres, sobre todo en el pasillo de los dormitorios, aquellos
increíbles contraluces, primerísimos planos, sombras chinescas, experi-mentos
altamente visuales, testimonio de una vida… y al preguntarle a Borja quién era
el respon-sable, me dijo: "Yolanda... ¿Acaso en todos estos años no se
lo habías preguntado?" Después de revisarlas una vez más, pensé que
ya teníamos a la persona que nos faltaba... y le permití que me diera una
merecida colleja…
Desde aquél
fin de semana, Gonzalo y Leyre comenzaron a trabajar por su cuenta, igual que
Yolanda y yo... Siempre ofrecíamos las fotos imprescindibles, en el contrato
básico, además de aquellas que la familia quisiera de verdad... Nuestros
precios eran un poco más bajos que los de la competencia, y algunas veces
nuestro margen de beneficios era muy pequeño, pero de todas formas, salimos
adelante... Cuando se trataba de una boda de postín, es decir, de aquellas a
las que acudía casi toda la alta y media sociedad de Málaga, parte de Marbella
y del extranjero, era necesario un desembolso monetario más importante, aunque
solo fuera para alquilar los trajes adecuados... Y nos poníamos en marcha todo
el equipo, para ofrecer la mejor cobertura... Otra de nuestras peculiaridades
era que editábamos las cintas, reduciendo las tres o cuatro horas de metraje
habituales, a poco más de media hora, incluyendo mínimos efectos de imagen y
sonido... como si fuera un reportaje de Informe
Semanal…
Por lo menos,
uno de nuestros proyectos funcionaba como es debido, que nuestra vida personal
seguía siendo un desastre, además, no es lo mismo pasar juntos el finde en
casa, o de viaje, que trabajando juntos, y demasiadas veces, robándole horas al
día... Por eso, como si se tratara de una operación militar, decidimos que había
llegado el momento de vivir juntos...
Fue al
terminar una de nuestras comidas dominicales, el a finales de febrero de 1998,
cuando dimos la campanada: "Papá, mamá, hermanos, Ismael y yo nos
vamos a vivir juntos..." Se hizo un silencio sepulcral en la mesa...
que fue roto, en pocos segundos, por los aplausos y palmadas en la espalda de
Borja y David, más o menos como harían los hermanos Weasley, quienes, al grito
de "¡Ya era hora! ¡Felicidades!" nos hicieron levantar de la
mesa, y saludar... A Clotilde, la abuela, le daba igual, "esas
moderneces.... lo que importa es que seáis felices...". Julián, el
padre, intentaba ganar tiempo llenando la cazoleta de su pipa de brezo...
esperando, prudentemente, que se manifestase Catalina y le permitiera
encenderla, pues era el símbolo de los grandes momentos familiares...
Y Catalina lo
hizo, brindando con una chispa de “Málaga
Dulce” para todos, antes de hablar: "Los términos del acuerdo se
mantienen: que sigáis estudiando vuestras carreras y sacando buenas notas. Por
cierto, aquí no tenemos un servicio de lavandería, que vuestro piso está bien
equipado. Aunque se admite el tráfico de tápers para transporte de víveres. No
habrá visitas sorpresa, a nadie le importa lo que hagáis en la intimidad. Y
nosotros conservaremos una llave en caso de emergencias. Si estáis de acuerdo
con las nuevas condiciones... ¡venid a darme un abrazo, pedazo de
chorlitos!"
Y, como en
una de las típicas escenas de familias americanas, nos dimos uno de esos
achuchones que hacen época... Solo en aquél momento, Julián se decidió a
hablar: "me encanta que los planes salgan bien...", en su
mejor imitación hasta el momento de Hannibal Smith, lo que generó una nueva
carcajada...
¡Parece
mentira la de cosas que tienes que preparar, para instalarte en una casa! Y
menos mal que, salvo la colección de vinilos y mis libros, tampoco tenía gran
cosa en mi piso... Yolanda, por su parte, se trajo un par de maletas con la
ropa de temporada, y por supuesto, al elefante azul que le regalé, hace tanto
tiempo... Es cierto, llevábamos unos cuantos años acostándonos juntos, y
pasando todo el día solos, tanto en Benalmádena, como en aquellos días en
Lanzarote que constituyeron el regalo de su familia por su cumpleaños y el mío...
Pero la experiencia de cambiar las sábanas de la cama, dejarlo todo listo para
desayunar, irnos a dormir, y saber que a la mañana siguiente estaríamos todavía
juntos... La noche del catorce de marzo de 1998, dormimos y nos despertamos
juntos, por primera vez, y de manera oficial el 19 de marzo... en nuestra
casa...
Las madres
son muy especiales, sobre todo cuando la hija levanta el vuelo, y se va a
convivir con un chico... Yo sabía, por Borja y David, que Catalina muchas veces se paraba delante de su cuarto,
abría la puerta, y se quedaba en el umbral, mirando tantos recuerdos de su
infancia, que Yolanda no se había querido llevar: la colección de peluches, los
pósters, muchísimos libros, recuerdos un poco absurdos, como una rosa de papel
que ganó en un certamen de baile cuando tenía once años... Demasiadas cosas, en
todo caso, para un pisito tan pequeño... Pero la comida se convirtió en la
mayor de sus preocupaciones: se pasaba horas cocinando en casa, y luego, más o
menos cada dos días, enviaba a Borja y a David a que nos llevasen provisiones,
y recoger los "tápers"
fregados...
Y mientras
tanto, durante lo que se convirtió en el cuatrimestre más duro de nuestra vida
de pareja, comprendimos que la convivencia tenía algunos pequeños
inconvenientes...
Los horarios
de comida no eran un problema: yo así siempre me llevaba una tartera, y comía
en la facultad, o bien me tomaba un bocadillo; a veces, coincidía con Yolanda,
en aquella media hora mágica, contando con el tiempo de desplazamiento desde su
centro (psicología) al mío (turismo)... Vernos, estar juntos, nada más
importaba... Luego, ella volvía a casa, se ponía a estudiar, a media tarde
solía hacer algo de compra, y yo solía volver a nuestro piso sobre las ocho, en
función de las clases que tuviera ese día... Entre los dos, preparábamos la cena,
y casi siempre a las diez, veíamos algo en la tele, o una de nuestras
películas...
Es
curioso, la sensación de seguridad, de pertenencia, que te da encontrar alguien
en casa, cuando regresas... y la de tonterías que haces para sorprenderla...
para halagarla... o algo tan simple como compartir experiencias... A los dos
siempre se nos ha dado bien dar masajes, más bien deportivos... Pero desde que
vivimos juntos, nos pusimos a estudiar (y experimentar...) con los masajes
relajantes... Es todo un ritual, desde la selección de los aceites, preparar la
cama (si no quieres dejarla pringada de aceite de rosa y jazmín), escoger por
supuesto un día en que le pueda apetecer (el síndrome pre menstrual no es
adecuado para nada)... Y luego, ir jugando, y disfrutando... Es cierto, si
hubiéramos tenido una bañera más grande... Las mejores ocasiones eran los
viernes por la tarde, cuando yo no tenía clase... pero con las dichosas
emboscadas que tanto nos gustaba preparar, era muy difícil hacer planes en
cualquier sentido…
Llegó y pasó
mi cumpleaños, lo celebramos con su familia, pues cayó en martes, y nos
compraron un par de cosas que necesitábamos urgentemente para la casa, como una
sandwichera, y una aspiradora... Aquél fue el único día del mes de mayo que
estuvimos tranquilos, pues el final del curso avanzaba a toda velocidad, y yo
seguía compaginando trabajo y estudios... y amor…
Muchas
noches, nos acostábamos de madrugada, cada uno de nosotros terminando trabajos,
o preparando los apuntes... Como Yolanda no fumaba, y yo tampoco había
adquirido un hábito demasiado grave con la pipa, procuraba no fumar nunca en
casa... Aquellos paseos, vueltas a la manzana en realidad, contribuían a que
fuera conociendo un poco mejor el barrio, los vecinos, comerciantes... Me gustaba,
sobre todo, pensar en aquellas cosas que me gustaría hacer, experimentar, con
ella, incluso planeaba el viaje de bodas a París, aunque el tema no había sido
tratado aún, y sobre todo, el tipo de vida que nos esperaba...
Durante uno
de aquellos paseos humeantes cuando me di cuenta de una cosa: Yolanda y yo
nunca habíamos hablado de casarnos, ninguno de los os había sacado el tema...
ni mucho menos, el de los hijos... Es más, incluso nuestros padres y abuelos guardaban
un prudente silencio sobre ambos asuntos, aunque los yayos, de vez en cuando,
lo mencionaban con una nota de tristeza... Era una de tantas cosas que siempre
dejas para otro momento... y a veces, el momento nunca llega...
El mes de
junio fue infernal, tuvimos que reducir las actividades de la agencia, porque
nosotros estábamos demasiado ocupados con los exámenes y otras tonterías
parecidas... Hasta la tercera semana no entregamos los últimos trabajos para
subir nota, y a partir del lunes 22, los profesores comenzaron a hacer públicas
las actas... Yolanda aprobó, y tres de ellas con matrícula, todas las
asignaturas del curso, el 5º de Psicología... Yo también aprobé las últimas
asignaturas que me quedaban de Turismo...
Llamé a mis
padres para darles las noticias, nos felicitaron a los dos "por el
esfuerzo realizado", y nos preguntaron si queríamos bajar a Madrid
aquél verano, o quedar en otro sitio...Tal como estaba mi abuelo, con una
pierna casi paralizada por una rotura de cadera, era una utopía que vinieran
ellos... A sus padres les comentamos la noticia enseguida, y se ofrecieron a
invitarnos a cenar aquella noche en la pizzería "La Piccolina",
en la calle Luis Barahona... pero tras mirarnos un momento, les respondimos: "¿Os
importa si lo dejamos para el viernes? Tenemos unas cuantas cosas que
hacer..." Borja no se pudo contener: "¿Y eso? ¡Pero si
estamos a Lunes!"
Y nuestra
respuesta fue simultánea: "Sí... pero llevamos semanas sin dormir más
de tres horas... Nos vemos el viernes, a las ocho y media..."
Llegamos a nuestro pisito, apagamos los fijos y los móviles, y después de ir al
baño, nos tumbamos, abrazados, sobre la cama... Y allí nos despertamos dos días
más tarde... con un "Hola, amor..." prendido en los
labios...
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