Algunas
veces, la barrera entre el cielo y el infierno es tan escasa, que no te das
cuenta cuando la cruzas; y un buen día, nada tiene sentido, has dejado pasar
una gran oportunidad... y sobre todo, has perdido la confianza en ti mismo...
Por eso, en mi caso, los dos vas ligados... El curso 1993-1994 fue lo más
parecido al cielo, porque realicé el “Máster de RNE”, es decir,
aprender miles de cosas sobre el mundo de la radio, en un buen ambiente, con
gente interesante y buenos profesores... También disfruté con las prácticas,
durante el verano... Y me quedó tiempo para hacer el primer curso de
doctorado... seguir leyendo y soñando... y escribiendo guiones, muchos de ellos
los rellenitos veraniegos para los informativos locales de RNE, con la
complicidad de Maria Jesús Cañellas, la redactora jefe del àrea… pero yo
descubría un nuevo mundo... Sí, por supuesto, podría haberlo hecho todo mejor,
haber impostado más la voz, reaccionado
mejor en ciertas entrevistas o metido menos la voz menos nasal en el directo,
pero fui casi feliz... profesionalmente hablando...
Pero un par
de años antes, había cometido un error garrafal, al ir aplazando la
incorporación al servicio militar, y no fui considerado apto para las milicias
universitarias por ser miope… Era algo paradójico: no me quedaba más remedio
que presentarme a filas, con el 4º re-emplazo
de 1994 en el CIR de Cáceres…
No pudo ser,
y esto supuso, entre otras cosas, perder
la oportunidad de entrar en una emisora de radio que estaba comenzando, que nos
había ofrecido esa posibilidad a todos los titulados del Máster... También estuve enviando decenas,
centenares de currículos, a casi todos
los medios de comunicación de Madrid y
su provincia... Solo conseguí dos respuestas, y unas cuantas cartas
devueltas...
Por eso, allí
estaba yo, en la estación de Atocha, con mi billete, la pequeña maleta (con
varios libros y lastrada de miedo a lo desconocido), y el billete para llegar
al CIR de Cáceres... Se nos reconocía, por la cara de
susto... Un largo viaje en camiones del Ejército hasta el cuartel... y las
típicas rutinas, para que dejes de sentirte un civil lo antes posible: largas
formaciones en el patio, intermi-nables
arengas, las órdenes del día... pero hasta que no te encuentras, por primera
vez, con la cabeza rapada, el uniforme de "mimeta", la
gorra, y sobre todo, no has pasado la primera noche en el cuartel, no tienes ni
idea de lo que te va a pasar... y después, tampoco…. Es el imperio del miedo…
A los dos o
tres días, vienen las distintas compañías de captación de las fuerzas
especiales; con sus mensajes perfectamente
ensayados, sus promesas de espíritu de cuerpo, de camaradería, de acción... Y
yo, aventurero y montañero ocasional, y con hambre de nuevas sensaciones, me
presenté voluntario para las “Boinas
Verdes”... Superé todas las pruebas psicológicas (por lo menos, tenía 500
preguntas el dichoso cuestionario) y, sin demasiado problema, las pruebas
físicas, aunque noté cierta tirantez en la rodilla izquierda... A bordo del
autobús militar (al que nos subieron sin tiempo para llamar a la familia), los
"elegidos para la gloria" llegamos a la Base de San Pedro en
Colmenar Viejo (Madrid)... Más del ochenta por ciento del territorio pertenecía
a los "pistolos",
incluyendo por supuesto todas las instalaciones comunes (duchas, comedor,
gimnasio, cantina); y el resto era de los “Boinas
Verdes”, los más duros entre los duros... sin contar con la Legión y la
BRIPAC o los soldados de Alta Montaña de Jaca… Todos duros… pero en su entorno…
Bueno... de
la dureza de los entrenamientos y de las maniobras puedo responder en primera persona...
Durante una de las carreras matinales campo a través, noté que se me rompía
algo en la rodilla izquierda... pero de todas formas, logré llegar solo a la
meta... Al día siguiente, estaba en el Hospital Militar, y un teniente médico,
tras revisar unas placas, me dijo "usted
se queda conmigo... vaya avisando a su familia"... Mi padre hizo todo
lo que pudo por agilizar los trámites, utilizando sus contactos en el Ejército…
pero solo vino un par de veces a verme, durante mi internamiento… y una de
ellas me dijo: “He intentado sacarte de
las Boinas Verdes, pero sin éxito, porque firmaste como voluntario… Podría
haberte metido en el Ministerio de Defensa, pero esto es lo que querías,
¿verdad? No deberme nada…” La operación se demoró por culpa del puente de
la Almudena, durante el que hubo muchos
accidentes de soldados mucho más graves que el mío... Y tres meses después,
habiendo superado una dolorosa rehabilitación,
volví a la base...
Tres meses,
durante los cuales mis antiguos compañeros de armas habían sufrido una larga
serie de entrenamientos, marchas, prácticas con fuego real, habían realizado la
fase de orientación, comenzado a manejar explosivos... Y por supuesto habían
cavado un profundo foso entre la "operativa" (los auténticos
guerrilleros, quienes disparaban con los nuevos cetmes, las nuevas “mini uzzis”, organizaban los golpes de
mano en plena noche)… Y los de la "plana", es decir, los
soldados que representaban funciones
auxiliares, como el furriel, los de oficina del teniente, los cocineros, y los
rebajados del servicio por causas médicas...
Terminaron para siempre mis sueños de gloria... y
aquél mes de abril de 1995, sobre todo notaba una gran amargura... y la
necesidad de certezas... sobre Yolanda... Releer sus cartas fue uno de los
mejores momentos de la mili, aunque dejé casi todos mis recuerdos en casa,
porque las taquillas no eran tan “invulnerables”
como parecía…
Una semana al mes, los guerrilleros se van de
maniobras; y mientras los "operativos" entrenan con todo tipo de “cosas”, los de la "plana", básicamente, cocinan, baldean, friegan,
barren, evitan broncas... No recuerdo los kilos de patatas que he podido pelar
durante aquellos seis meses, pero desde entonces tengo una alergia bastante
fuerte en las manos cada vez que las toco... Mas de todas formas, siempre disfruté con las
maniobras, por las actividades complementarias que realizábamos, y los recuerdos
que me traían de mis aventuras (pequeñas y medianas) en la vida civil: participé
en un desembarco aerotransportado a bordo de un helicóptero “Chinook”, además de un par de marchas de
media dificultad cargando con una ametralladora MG al hombro, y nunca sabes
cuándo vas a necesitar en la vida civil manipular explosivo plástico, ¿verdad?,
o decapitar a alguien utilizando un cable de sierra, o colaborar en una toma
nocturna de prisioneros… Me fueron mucho más útiles, a posteriori, los
conocimientos de informática muy elemental… y hacerme invisible de vez en
cuando…
Pero aquella vez... aquella vez, era especial,
puesto que las maniobras se prolongarían más días de lo habitual (era la famosa
fase de agua, y participarían también varias compañías de soldados americanos),
y tendrían lugar en una base abandonada de Murcia, con cañones de gran calibre
en desuso y mosquitos casi igual de grandes... Lo que me daría tiempo de
acercarme a Málaga en autobús... de ver a Yolanda, aunque fuera unas horas...
Porque si en algún momento, desde que nos conocimos, desde que surgió la
posibilidad de enamorarnos, yo necesitaba tener alguna certeza, sentirme
querido, era precisamente aquél...
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