La primera vez que Yolanda tuvo
que dejarme a Luis, para que lo llevase a la guardería que estaba junto al
hotel, no sé quién lloró más, si la madre o el hijo… Al principio, los cuatro
meses y medio de permiso de maternidad te parecen un mundo, demasiados días
incluso, y quizás por eso mi mujer aprovechó para formarse en otras ramas de la
psicología… Pero nada podía prepararla para el trauma de separarse de “su hijo”… y menos si me lo llevaba en moto… Estuve buscando
distintos tipos de petos, para ubicarlo sobre mi pecho o sobre mi espalda
(según lo que me parecía más cómodo o más seguro en cada momento), y le puse
también unas gafas y un casco de motorista a su medida, que también protegía
sus oídos… aunque casi siempre que salía
con él o lo llevaba a la guardería, optaba por coger el coche de Yolanda, un “Smart” que se nos estaba quedando
pequeño, pero de momento no teníamos fondos suficientes para plantearnos un
cambio de vehículo…
Antes de
aquél primer viaje en moto, ya habíamos dado unas cuantas vueltas a la manzana,
salido varias veces a la carretera, y Luis parecía disfrutar con ello… No se
asustaba por el tiempo, ni el viento, ni nada, mi pequeño explorador de cinco
meses, y el rugido del motor le ayudaba a dormir… En ese aspecto, nunca ha sido
un chico “normal”, ni siquiera cuando
empezó a gatear… Pero sigamos con su rutina de “bebé que se incorpora al mundo porque su mamá trabaja”. Las
primeras veces que le dejé en la guardería, no fue sencillo: en cuanto
bajábamos de la moto, se ponía a llorar, intentaba agarrarse con sus manos
diminutas al mono de cuero… Sin embargo, se tranquilizaba en los brazos de
Agustina Golden García, creo que si fuera un gato, incluso se pondría a
ronronear… No sé, hay algo en la mirada de esta mujer, que inspira confianza:
sabes que con ella no puede pasarle nada malo, ni a ti…
A la hora de
comer, seguía en la guardería, a pocas calles de distancia de la casa de los
abuelos, y después de la siesta, Catalina iba casi siempre a buscarle… Es
cierto, a veces rezongaba, comentando que “es
una vergüenza, estos padres desnaturalizados que abandonan a sus retoños”,
pero siempre con una sonrisa en los labios, y paseando, orgullosa, a su nieto
por las calles aledañas, y en algunas ocasiones, cogía el autobús, para
llevarlo a la playa. Era una suerte el que ella tuviera las tardes libres, para
hacerse cargo de Luis, porque nos habría sido difícil hacerlo nosotros. Un par
de veces, aparqué la moto a varias calles de distancia, y la seguía en
silencio, o me quedaba en el quicio de un portal… En cierto modo, era como ver
a Yolanda de mayor, pues Catalina era también una mujer menuda, atractiva, bien
conservada… Siempre tiendes a hacer comparaciones entre una madre y su hija,
pero sin hay algo de lo que estaba seguro, era de que Luis y yo nos
encontrábamos en las mejores manos posibles…
Quien llevaba
peor la separación cada mañana era Yolanda, intentaba demorarla todo lo
posible, con un último abrazo, un último beso, revisando la mochila con sus
cosas, comprobando que el pañal estuviera bien puesto. Estoy seguro de que
varias veces, llamaba a la guardería “Angelito
Negro” para comprobar que todo iba bien… Su trabajo en la consultoría de
empresas estaba bastante lejos de la guardería y de casa de sus padres, y nos
poníamos de acuerdo para efectuar la recogida, aunque de todas formas, más de
una tarde aparecíamos los dos delante de la casa de Julián y Catalina. Si
llovía o hacía mal tiempo, dejaba la moto en el garaje, y cogía el “Smart”. Es un cochecito majo y apañado,
pero solo cabemos Luis y yo...
Terminó
octubre, y se realizaron cambios, a mejor, en el “Hotel Imperial”. Parece que teníamos una epidemia de embarazadas
entre el personal: de las cincuenta mujeres (en todos los rangos) de la
plantilla, más del treinta por ciento estaba embarazada, a punto de parir, o
con bebé en edad de estar en una guardería. Por eso, nos reunimos con Ayako
Wada (directora de Marketing) y Francisco González Campos (de RRHH), para poner
en marcha un nuevo proyecto, dentro de la renovación de la imagen corporativa
de la empresa: una guardería gratuita para todos nuestros empleados y los
clientes. Por su proximidad a la salida de emergencia, y por dar al jardín
particular, se ubicaría entre la sala de reuniones existente y las habitaciones
113, 114 y 115, las tres más grandes de la primera planta. Las reformas,
mínimas pero necesarias para ajustarse a los requisitos municipales y garantizar
la comodidad de todo el mundo, pero sobre todo de nuestros clientes,
permitieron de disponer de dos espacios divididos en zona de juego y de
descanso, incluyendo un pequeño “office”
y un cambiador. Estimamos que nos bastaría con cuatro personas, divididas en
dos turnos, y yo propuse que una de ellas fuera Agustina Golden García… El paso
del tiempo me dio la razón en este aspecto…
Un mes
después, en noviembre, se realizó una encuesta de valoración de la iniciativa
por parte de los empleados y de los clientes, y los resultados no pudieron ser
más positivos… salvo un extraño comentario, donde hablaba “la gran labor de Agustina Golden con los olvidados y los dolientes”...
¿Olvidados y dolientes? Por alguna razón extraña, aquél comentario despertó mi
interés, y me prometí localizar a la persona que había escrito aquellas
palabras… Pero en la esquina superior derecha estaba marcada la casilla de “cliente”… no había ningún teléfono de
contacto… y terminé ocupándome de otros asuntos más urgentes… Como preparar la
gran cena de Fin de Año, con el Cotillón incluido… y la velada especial de
Navidad.
Normalmente,
y según lo indicaban los años anteriores, la ocupación en las habitaciones del
Hotel descendía al cuarenta por ciento, antes incluso de habernos especializado
en dar apoyo logístico para las grandes ferias y eventos. Nadie quiere estar
fuera de casa en Navidad, ni lejos de los suyos, y menos aún, en otro país. Es
más, la temporada más floja del año solía ser precisamente la comprendida entre
ambas fechas…
Siempre se pueden hacer cosas distintas,
tratar de explorar nuevos mercados, buscar grupos de personas que puedan estar
interesados y aprovecharse de nuestras ofertas. Hay que reconocerlo: en Málaga
nos da mucha pereza, mucho coraje, el tener que trabajar con y para la familia,
en ciertas fechas. Y seguro que hay gente interesada en una agradable cena de
navidad con la familia al completo, aprovechándose de buenos precios y de la
inmejorable calidad de nuestros restaurantes, que estaban considerados entre los
diez mejores de Málaga... Quizás fuera una apuesta arriesgada, pero decidimos
convertir la cena de Navidad en un acontecimiento familiar, incluyendo “bufé” libre o platos a la carta, tanto
fríos como calientes, de forma que todos los miembros de la familia encontrasen
platos de su agrado, con veinte primeros, veinte segundos, cuarenta postres,
además de los platos especiales bajo pedido. Como en este tipo de eventos, se
podían hacer reservas para familias, para grupos, con mejor precio… y luego,
estaba la oferta para parejas, que incluía si el cliente lo deseaba, la
habitación de hotel para pernoctar.
Solo
organizamos un turno de cenas, comenzando a las ocho y media de la tarde… Fue
necesario contratar un grupo especial de pinches, para garantizar que la comida
estuviera siempre reciente, y de la mejor calidad. Todo lo que eran platos
fríos comenzamos a prepararlos a media tarde (ensaladas, “crudités”, gazpachos, cremas frías, macedonias, frutas del
tiempo…), y los primeros platos calientes, a las siete menos cuarto (¡benditas
bandejas con calienta-alimentos!). Por supuesto, teníamos funcionando a pleno
rendimiento las dos cocinas, los dos “chefs”,
Auguste Gousteau y Jean Valjean, y la colaboración especial de Mortimer Blake…
Yo quería
estar con mi familia, en aquella fecha tan señalada, por ser la primera de
Luis, así que gestioné con los compañeros de la recepción (a quienes no dudaba
en apoyar cuando era necesario) para conseguir billetes de avión a buen precio
para mis padres, mi hermana y su novio (un bohemio llamado Alfonso Coronel
Blanco, fotógrafo de cierto prestigio en el mundo de la moda madrileña y
arqueólogo de profesión), además de dos noches de hotel, que pagué con mi
tarjeta de crédito. Por si acaso Catalina, Julián, Borja y David deseaban apuntarse,
se lo consulté… y me respondieron que estaban encantados, pero “solo si vienen también nuestras novias,
Cristina Cifuentes D´Orso y Catalina Contreras Smith”… Después de haber
conocido y presentado a una lista de “novias,
amigas y rollitos” demasiado larga como para ser recordada, tanto ante la
familia como en “petit comité”, las
dos familias ya estaban algo cansadas de tanto baile de nombres, caras, edades
y aspiraciones, por lo que pusimos la condición de un mínimo de seis meses de
relación (fuera la que fuera, eso es cosa de la pareja) antes de nuevas
presentaciones en sociedad… La idea, como casi todas las de Catalina, demostró
su utilidad… y la velada fue realmente inolvidable, y preñada de futuros
momentos agradables.
Por si acaso,
y conociendo tan bien a mis hermanos políticos, los coloqué en dos “junior suite”… igual que para Yolanda y para mí… El pequeño Luis dormiría
con mis padres aquella noche… Ninguno de nosotros podía saber que aquella sería
una de las últimas ocasiones en las que toda nuestra familia estaría reunida…
La cena de
Navidad fue todo un éxito: el comedor estaba abarrotado, se sirvieron más de
seiscientas cenas completas y, continuando con la misma política, todas las
bandejas que tenían comida sin tocar se empaquetaron enseguida, y se
distribuyeron entre los distintos comedores sociales y asilos de la ciudad… con
un servicio de catering especialmente organizado por el Hotel…
No hubo
ninguna queja, el personal propio y el contratado para la ocasión demostró su
competencia de manera excepcional… Los cocineros y todo el personal fueron
invitados dar una vuelta de honor a
medianoche, y ovacionados por todos los clientes y personal del Hotel. Incluso
las críticas de los medios de comunicación más cercanos fueron positivas… En
cuanto a las pernoctas, alcanzamos el ochenta por ciento de ocupación, más del
doble de cualquier otra navidad desde que la corporación “Natori Fujita” había adquirido y reformado el Hotel hace varios
años. Y sobre nuestras familias… todos nos quedamos a dormir allí… Aunque mis
padres se hicieron cargo de Luis aquella noche, quizás como regalo o
agradecimiento, o simplemente porque les apetecía…
Y Yolanda y
yo pudimos disfrutar tranquilamente de la noche por primera vez en mucho
tiempo… Igual que Borja y David (y sus novias formales, Cristina y Catalina)… y
mi hermana con su eterno novio, porque cuando coincidimos en el comedor al
mediodía, todos teníamos la misma cara de sueño… y al mismo tiempo, de haber
disfrutado, que terminamos riéndonos los ocho… muy bajito, por culpa de la
resaca…
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