Con siete años, descubrí el sentido de la palabra "infidelidad",
y estuve sirviendo a dos amores, a dos amas exigentes: Eleonor... y Laura...
Por supuesto, para la primera yo no era casi nadie, solo un niño, uno más entre
su pequeña corte de sesenta enanitos que estábamos locos por ella... Bueno, quizás
treinta y siete, porque las niñas la consideraban una rival inalcanzable, y en
mi clase había dos "gays" muy majos, aunque por aquél
entonces los llamábamos "raritos", y tampoco era un problema
jugar con ellos...
Hace algunas
páginas os he presentado a Eleonor, mi profesora de primaria.... Mas ahora,
llega el momento de hablaros de Laura García Gómez... Hoy necesito el recuerdo
de mil amores, para que no me duela tanto el corazón por no estar con
Yolanda... pues ha tenido que viajar a Madrid, y me he quedado solo con Luis,
Claudia, y los dos galgos adoptados, "Atos"
y Porthos"...
Dulce noche,
hazme soñar... con ella... Necesito recordar aquellos tiempos en los que todo
era más sencillo, más puro, la emoción de robar un beso, en la mejilla, la
dulzura de su voz de niña buena... y el brillo de sus ojos cuando me miraba...
Su melena, castaña
muy clarita, que bajaba en suaves ondas hasta la mitad de su espalda, y su
piel, tan blanca en pleno invierno, que parecía increíble aquella mutación a
partir del mes de junio, con el más puro color a café con leche... Sus ojos, de
un verde azulado iridiscente, hacían que mi mundo se estrechase tanto, que solo
me fijaba en ella... Tal vez por eso me tropezaba con el alcorque de los
árboles con cierta frecuencia, o con alguna de las sillas del comedor...
Sí, fue un
extraño amor, que duró un curso entero, hecho de presencias, diminutos roces, y
muchas horas de silencio compartido... que tal vez fueran minutos... o
siglos... Se trataba de aquél momento fronterizo de la infancia, en el cual no
tienes muy clara la diferencia entre los sexos, y no conoces ni siquiera el
significado de aquella hermosa palabra... que empieza por "A"...
Los niños juegan en un lado del patio, las
niñas en el otro; los unos, haciendo pequeños canales para impulsar barcos
improvisados con palitos y hojas (desviando el chorro de la fuente, y haciendo
presas de barro) y jugando a las canicas o a las chapas… o pegando balonazos
contra una pared, para “entrenar” al
portero (que bastante tenía con no ser fusilado)... En aquellos años, no tenían “nintendos” ni “game boys”… el agua la bebíamos a morro de la fuente del patio… y
la merienda era un bocata de chorizo o de cualquier embutido, y los
privilegiados, media tableta de chocolate…
Ellas, se
entretenían con las misteriosas actividades de las niñas pequeñas: jugar con
muñecas, celebrar meriendas con viandas invisibles, y sobre todo, saltar a la
comba o con la goma. La goma, misterioso instrumento de tortura, con el que les
gustaba mucho desconcertar a los chicos, y ponernos en ridículo cuando alguno
de nosotros quería participar, a la hora del recreo grande (después de la
comida, y antes de las actividades de la tarde)...
Fascinación...
No se me ocurre otra manera de explicar, ni con el paso del tiempo, el efecto
que tenía en mí la pequeña Laura... ¡Y que no se te ocurriera llamarla Laurita,
pues su derechazo era temible! Necesité varias semanas, hasta mediados de
octubre, para acercarme a ella, mi habitual timidez no era el mejor acicate...
La observaba, desde el otro lado del patio, durante los recreos: aunque nunca
se me dieron bien las chapas, aquellas semanas marcaron el final de mi "carrera"
como jugador profesional...
Las niñas,
aquél gran misterio que me llamaba la atención... supongo que igual que a los
demás compañeros de clase... La única diferencia era que yo me atrevía a
sostener su mirada, a soportar el calor de sus ojos, en la distancia... Por
desgracia, tenía que moverme rápido, pues otro niño apareció en el horizonte,
un tal Pablito Gil Calvo, que además iba a su misma clase (ella estaba en el
grupo “A”, y yo en el “B”)... y era más alto y más fuerte que yo...
Solo
estábamos juntos en el patio, en el comedor, en la biblioteca, y durante las
clases de natación, pues todos los pequeños compartíamos el vestuario...
Nuestro colegio alquilaba varias mañanas por semana las instalaciones a otro
centro... Se suponía que los a los siete
años, no nos fijábamos en las diferencias entre los sexos, y por eso nos
ubicaban en un ancho pasadizo (la antesala a la piscina), con largos bancos de
madera a los dos lados, y dejaban a la mamá naturaleza que se encargase de
distribuirnos, bajo la atenta mirada de los monitores... pero nunca pasaba
nada…
Lo más
habitual era que las madres nos pusieran el bañador en casa, y que después de
las clases, nos duchásemos y nos pusiéramos nuestra ropa interior seca, que
llevábamos en las mochilas... en una alegre convivencia de niños semi-desnudos
(algunos, desnudos del todo), haciendo la cabra loca, y persiguiéndose a
toallazos por los bancos... mientras casi todas las niñas se agrupaban por
clanes y se cambiaban con mucha elegancia… No lo sé, quizás fuera por la forma
en que el pelo, empapado, le caía por la espalda, o por el brillo de su piel
mojada bajo las luces de neón, la condensación... Aquella mañana del mes de
octubre de 1977, decidí que hablaría con ella... aunque no tenía claros ni mis
sentimientos, ni cómo conseguirlo...
Yo no era un
paladín de cuento de hadas, ni tampoco destacaba por mi fortaleza o mi aspecto:
era un chico del montón, de pelo oscuro, delgadito, y bastante tímido por
añadidura... eso sin contar las gafas... Mi rival, Pablito, me sacaba media
cabeza, y tenía el físico de un descargador de barcos de dibujos animados... y
posiblemente la misma inteligencia... Mis únicas ventajas eran mi gran
imaginación, mi afición a la lectura, y la capacidad de escuchar... Tal vez no
pareciera mucho, pero era todo lo que podía ofrecer... y funcionó...
Lo planeé
como si fuera una de las aventuras de "Los Cinco":
observando con detalle su entorno, fijándome en los colores de ropa que le
gustaban (odiaba el rosa y los vestiditos verdes que le ponía su madre los
martes), tomando nota del tipo de chuches que le hacían brillar los ojos (las
nubes de fresa) y me enteré de varias conversaciones “privadas” con otras
chicas, aprovechando mi excelente oído, que tanto me hace sufrir en las
ocasiones sociales... Empecé a acercarme, lentamente, a su grupo de amigas,
mirando sus curiosos rituales de juego, incluso hice prácticas varios días en
mi casa con la goma de saltar de mi hermana, sujetándola con varias sillas... y
hostiándome como no podía ser de otra manera... derribando las cuatro sillas y
un jarrón…
Y una mañana
de martes, mientras compartíamos el vestuario las dos clases y que los
profesores relajaban un poco la disciplina durante el trayecto (teníamos que
recorrer varias manzanas, cruzando tres semáforos, pero siempre por la misma
acera), me puse a su lado mientras esperábamos que se pusiera verde el semáforo
y, tras llamarle la atención tocando levemente su mano derecha, pronuncié el
discurso más importante de toda mi vida: "Hola... He visto que te
gustan las nubes... ¿Las compartimos hasta el cole?", al mismo tiempo
que le enseñaba la bolsa, que había escondido detrás de la espalda...
Mi dulce y
tierna Laura... Fueron unas semanas y meses mágicos, únicos, irrepetibles, el
primer contacto con miembros de la otra especie alienígena que puebla el
planeta “Gaia”… las niñas...
Seguíamos separados durante las clases, es cierto, ella en el grupo "A",
y yo en el "B"... Pero los recreos nos pertenecían, aunque
tuviéramos que mantener las apariencias de cara a nuestros amigos, siempre
había algún momento para un leve roce, compartir una bolsita de chuches (por
supuesto, yo invitaba... gracias a la financiación de mi abuelo...), bajar
juntos la escalera desde la primera planta, y los ratos de esparcimiento en el
agua cálida de la piscina... Mejoré bastante gracias a ella: me hacía nadar
para alcanzarla, en los minutos que nos dejaban para jugar... me enseñó a
bucear… y quizás compartimos el primer beso de burbujas en la piscina de sus
padres…
Por supuesto,
en primavera "lo nuestro" era ya un secreto a voces, y
quitando una pelea con Pablito, que se saldó con un ojo morado (el mío), y uno
de los famosos alzamientos de D. Javier: esta vez sí que le crecieron las
orejas al maleante... en medio del típico coro de risitas de las niñas,
celebrando su pública humillación.... Creo que fuimos bastante felices:
nuestros padres nos llevaron varias veces al cine, recuerdo una de Disney,
"Un candidato muy peludo" (se me quedó grabada la fórmula:
"in canis corpore transmuto"), y aquella semana santa,
cuando las dos clases pasamos unos días en una granja escuela... Pablito no
apareció... aunque yo me había pertrechado con unas cuantas bolsas de polvos
pica-pica... conseguidas de contrabando...
El contraste
con nuestra vida de urbanitas no podía ser más grande, los inmensos campos
verdes con valla de alambre de espino, el mugir de las vacas y sus inmensas
cagadas (o bostas) en medio del camino, la brisa entre los árboles, los mil y
un reflejos del sol en el cabello de Laura... Todas las actividades eran conjuntas,
participábamos varias clases, y casi siempre pude formar equipo con ella…
Nos encantaba
lavar la ropa en el viejo lavadero del pueblo, esas pastillas de jabón “Lagarto”, porque solo podíamos usar
productos ecológicos, para que las vacas, cuyo abrevadero estaba cerca y en el
que terminaban nuestras dosis de espuma, no se pusieran malas (debían de ser
las cuadrúpedas con el colon más limpio del mundo)… Un par de veces nos “escapamos” con una manta al prado tras
el albergue, para dormir la siesta juntos… como casi todos los niños,
dispuestos en ordenadas hileras, pero lo bastante lejos para, aunque los
profesores y monitores lo sabían perfectamente, y nos vigilaban desde una
ventana del desván, mantener esa “magia”
tan especial, que deriva de la ilusoria intimidad…
De noche, el
mundo cambiaba, era un lugar mucho más oscuro y amenazador, pero también con
sus cosas buenas: el crepitar de la chimenea por la noche, las voces de los
monitores al contar viejas leyendas, como "El arroyo del retorno",
el inevitable sonido de las guitarras, y los grillos y las cigarras, que
cantaban, estoy seguro, nuestra historia de dulce, tibio e inocente amor...
Volvimos a
Madrid... Empezaron los calores de la primavera... Después de clase, ella se
vino un par de veces a mi casa, que estaba cerca del colegio: a veces, su madre
no podía ir a buscarla por temas de trabajo, y su padre estaba en cualquier
parte, con sus proyectos de ingeniería... Y para mí, aquellos ratos, con Laura,
en mi casa, en mi cuarto, haciendo garabatos, o soñando con los ojos abiertos
en cualquier futuro, eran lo mejor de toda la semana, del mes, y del año... Mi
madre nos daba de merendar, y si queríamos, nos tumbábamos en el salón a ver
una peli de niños, bajo la atenta y cómplice mirada de mi abuelo... Muchas
veces María, mi hermana pequeña, se unía a nosotros, y parecíamos los tres mosqueteros,
acechando un montón de chuches... pero intentando saborearlas…
Un par de
sábados a mediados de mayo, sus padres me invitaron a ir a su casa... Casi una
hora antes de la pactada para la recogida, yo estaba en la escalera, sentado
sobre mi bolsa de deporte (incluyendo otro alijo de nubes), releyendo un libro
de Salgari (¿"Los tigres de Mompracem"?)... Llegó Manuel, su
padre, con su “Mercedes”… Me gustaba
aquél coche, con olor a tapicería de cuero, y por supuesto, libre de tabacazo
(mi padre era un fumador empedernido…)
Su casa
estaba en “La Moraleja”, lo que
parecía casi otro mundo… y era enorme, al menos, para un niño pequeño... Su
padres nos dejaron solos en el jardín, cerca de la piscina, bajo la atenta y
divertida mirada de su madre… quien se reía al vernos tan juntos, tumbados sobre
la hierba en nuestras toallas, haciendo la digestión tras la merienda… Mientras
yo continuaba con Salgari, Laura leía uno de mis libros recién comprados sobre
la toalla: “Los cinco y el páramo
misterioso”, de Enyd Blyton… Por supuesto, no tuvo tiempo suficiente para
acabarlo (hicimos muchas más cosas aquél día: acechar caracoles, mirar
hormigas, jugar con una gran pelota roja, disfrutar del calor en nuestra piel),
y se lo presté hasta el mes de septiembre... El sol, el agua fresca, pero sobre
todo, el estar con ella, disponer de toda su atención, de todo su cariño y
hacer el ganso (nunca mejor dicho) en la piscina se convirtieron en lo mejor
del verano... También fue la primera vez que la vi con su bikini de margaritas
(en las clases de natación del colegio, todas llevaban bañador de cuerpo
entero), y su ombliguito me volvió loco...
Se aproximaba
el final del curso, Laura y yo pensábamos con ilusión en el verano, el tiempo
libre, los amigos, la playa... Es cierto, cada uno por separado, ella en
Santander, y yo en Cullera... pero nos bastaba con estar juntos en el
pensamiento, mirar el cielo, hacia la Estrella Polar, y la distancia dejaba de
ser importante… Creo que al final, ella también se enamoró un poquito de mí... Al
despedirnos, una soleada tarde de junio, el último día de clase, me besó, en la
puerta del colegio... Sus labios, con esencia de nubes de fresa y tan dulces
como el azúcar, se posaron sobre los míos... Yo la abracé, con un poco de
torpeza tal vez, y volví a besarla, con uno de aquellos besos de película
(versión niños), incluyendo un leve atisbo de lenguas que se encuentran, y un
pelín de saliva... Nada ni nadie parecía existir, más allá del espacio
comprendido entre mis brazos, y el mundo entero no tenía importancia...
Curiosamente, no se formó ningún corrillo, nadie se rió, ni siquiera Pablito…
porque todos teníamos bastante prisa en comenzar “oficialmente” el verano…
Cuando nos
separamos, con su maravillosa melena refulgiendo al sol, su vestido de verano
de algodón de color crema con algunas flores de color azul, su piel ligeramente
tostada, noté un súbito dolor en el corazón, por no verla en todo el verano, y
fue la primera vez en toda mi vida que las puertas del colegio al cerrarse tras
nuestras espaldas me sonaron como las de una cárcel, dejando en su interior
tantos buenos recuerdos… No hubo ningún presentimiento, ni corrientes de aire
frío que me envolvieran cuando la vi marchar, de la mano de su madre... pero
algo había pasado...
Yo me fui de
vacaciones con mi familia, el mes de julio en Canillejas, y agosto en
Cullera... y durante aquellas noches de calor y mosquitos, escogiendo entre los
ronquidos de la familia para aquellos que no me dejaban dormir, cuando sentía la nostalgia de mi dulce Laura,
miraba la Estrella Polar (aquél había sido nuestro pacto), y pensaba en ella...
Pasaron julio y agosto, renové mi compromiso con las aguas del mar, hice
infinitos castillos de arena con mi hermana María y otros niños, nadé bastante,
leí mucho, y mi padre nos llevó más de una vez a mi hermana y a mí como si
fuéramos pequeñas alfombras bajo sus brazos, con tal de llegar a tiempo a la
sesión que nos gustaba del cine al aire libre… el olor a chorizo frito y la
grasa caliente, los crujidos del pan, el sabor de las pipas al punto de sal…
Según se acercaba el mes de septiembre, mi ilusión se agigantaba: dentro de
pocos días, volvería a verla, a “mi”
Laura, y le daría una bolsa llena de nubes, que compraría la víspera del gran
momento, para compartirlas con ella...
Lunes 12 de
septiembre de 1978: solemne apertura del curso escolar... Todos los niños, con
sus padres, en perfecto orden de revista en el patio del colegio, a las ocho y
media de la mañana... Todos con mochilas nuevas, libros aún más nuevos y recién
forrados, y el equipo indispensable para los recreos: peonzas de madera, las
omnipresentes gomas para saltar, las combas, algún "frisbee",
escuadrones de nuevas y relucientes chapas con los colores de equipos de fútbol
pintados a mano, o con los nombres de ciclistas, para jugar al "Giro
de Italia", incontables canicas de cristal con misteriosos
torbellinos de colores atrapados en su interior, además los peligrosísimos y
cotizadísimos "boloncios de acero" (en verdad, rodamientos
de las ruedas de los coches), auténticos asesinos de canicas...
Casi todos
estábamos contentos de volver, unos por jugar con los amigos, otros por
aprender cosas nuevas, alguno de ellos por leer nuevos libros, aunque el
principal motivo de mi inquietud tenía nombre de mujer… Todos contentos, menos
los más pequeños, a cuya categoría por supuesto no pertenecíamos, porque con
ocho años, éramos unos profesionales de la educación, y ya no llorábamos ni
pataleábamos como el curso anterior, tampoco nos lanzábamos al suelo de
adoquines ni volcábamos el contenido de nuestras mochilas al separarnos de
nuestras madres...
Pasaron los
minutos, mientras la directora pronunciaba un pequeño discurso inaugural (el
mismo que todos los demás años, casi con la misma entonación… en 1988, me lo
conocía casi de memoria) y las profesoras y profesores iban recorriendo las
filas, con paso mesurado... y todavía lo recuerdo en parte:
“Queridos niños y niñas de todas las edades:
hoy comenzamos juntos una nueva aventura, un nuevo sueño… Es el momento del
cambio, y puede convertirse en el año más importante de vuestras vidas: algunos
encontrarán el amor, otros la estabilidad, las viejas amistades podrán
renovarse, y también surgirán otras nuevas. Pero nunca debéis olvidar una cosa:
la enorme suerte que tenéis de de poder estudiar en el “Lycée Le Petit
Nicolas”… y tampoco que el futuro se labra a golpes de presente…”
A las nueve
en punto, llegó el momento de entrar en el edificio, para comenzar una nueva
aventura...
Mi madre me observaba, apretando suavemente mi
mano... "¿Estás bien?", me preguntó, algo inquieta...
¿Y qué le iba
a decir yo... cuando Laura no había venido, aquél primer día de clase?¿Que
estaba preocupado por ella?¿Que tenía un mal presentimiento?¿Que necesitaba a
toda costa volver a verla?¿Que mi corazón latía, desbocado, por ella? Muchas de
aquellas palabras no las conocía entonces, pero ahora, me vienen de forma
natural a la punta de los dedos...
Laura no
volvió al colegio, ni aquél día, ni ningún otro... Se esfumó... Mi madre
preguntó a la directora, unos días más tarde, "porque no hay otra
forma de que te quedes tranquilo, ¿verdad?"... La esperé en la puerta
del despacho...
Le dijeron
que habían trasladado a su padre a otra ciudad de Europa (creo que a Berlín o a
Venecia), él era un prestigioso ingeniero de obras públicas, y su empresa, una
multinacional centrada en autopistas, carreteras, viaductos, necesitaba sus
servicios... Y por supuesto, se había llevado a su familia, incluyendo a "Chester",
su gato rubio... y a su hija Laura...
Nunca comprendí
que se fuera sin despedirse, sin mandarme una nota, una postal, porque yo no he
cambiado de dirección durante muchísimos años... Ni que me dejase tan solo, con
tantos recuerdos, y tantos sueños sin cumplir... Jamás terminé "Los
cinco y el páramo misterioso" de Enid Blyton, aunque mi padre se
ofreció a comprármelo de nuevo (y todavía sigue faltando en mi colección)... Me
sentía traicionado, triste, y tan solo, sin ella... No comprendía que se hubiera marchado de esa
manera, que se olvidase de mí, de su más rendido admirador…
Le mandé una
carta a su antigua casa, mi madre me ayudó a pasarla a limpio, porque siempre
he tenido muy mala letra... Era el mensaje de amor de un niño solitario,
entristecido por su ausencia, y que durante muchos meses había estado viviendo
solo bajo la luz de sus ojos… Era la última esperanza de recuperar lo que tal
vez jamás hubiera tenido que sentir, el lamento por el abandono y el olvido…Ella
sigue afirmando que fue una de las cartas de amor más hermosas que jamás había
leído... Me la devolvieron un par de semanas después, con el membrete de "Se
ausentó sin dejar señas"... y aquello me partió, al menos durante
unos meses, el corazón... porque me sentí utilizado, prescindible, para no
merecer ni siquiera una triste postal…
La he
buscado, ¿sabéis?... Sobre todo en internet... He pagado las típicas cantidades
que te exigen por acceder a los expedientes completos... pero sin las fotos
(que de todas formas serían recientes, y si yo he cambiado en estos años, ella
con más motivo), no tengo mucho que hacer... Además, llamarse Laura García
Gómez tampoco ayuda mucho...
¿Te imaginas,
por ejemplo, mandar una invitación de amistad a todas las Laura García Gómez
que puedan aparecer en el "facebook" o en “twenty”, con un
mensaje? "Querida Laura, es muy posible que ya no te acuerdes de mí,
pero soy Ismael Rodríguez Márquez, el niño de siete años que se enamoró por
completo de ti en el colegio/instituto “Lycée Le Petit Nicolas” en Madrid, pero el destino
nos separó, y te fuiste sin dejar dirección... Te he estado buscando muchos
años de mi vida, pero sin suerte... Si por casualidad eres "mi"
Laura, por favor, responde a mi mensaje..."
Mandarlo no
sería lo peor, ni mucho menos... Lo peor sería que me respondiera... Que por
una de esas casualidades extremas de la vida, la encontrase... y que le
apeteciera verme... y mucho más, que estuviéramos viviendo en la misma ciudad,
o al menos, cerca... ¿Y si no le gusto... que no en vano, estoy más gordito, un
pelín calvo, y mucho más cansado que en aquellos meses felices? ¿Y si es ella
quien no me gusta, porque se haya convertido en una matrona pasada de peso? ¿O
mucho peor, si no tenemos nada en común, incluso nos caemos mal? Eso, sin
contar con que tengo mi vida con Yolanda, con nuestros hijos, y con nuestros
galgos consentidos... y que con ella, soy feliz... inmensamente feliz…
Quizás sea
mejor dejar las cosas como están... Tardé muchos años en volver a comer nubes
de fresa, sin notar el sabor de las lágrimas en mi garganta...
Aunque tal
vez, aquella sea la “madurez”… olvidar sueños, personas, esperanzas, para
evitar que se te parta el corazón sin demasiado motivo…
En el fondo,
solo me gustaban porque eran su pasión secreta… y yo ansiaba tanto estar de
nuevo a su lado… y no sentirme solo…
Todavía la
siento, esa congoja, ese regusto ácido en el fondo de la garganta, esas ganas
de llorar por la pérdida de quien jamás has tenido a tu lado…Y sigo sin poder
comerlas… Mucho menos tostadas al fuego…
Añoro mucho
más otras cosas, como el primer beso robado de los labios de Claudia, usando como
excusa un cachito de nata que se resbalaba por su mejilla mientras compartíamos
unas crepes… o el sabor del “Ketchup”
de sus labios…. Y por encima de todos, el de las fresas con zumo de naranja que
tanto le gustaban a mi Yolanda, a todas horas…
No me arrepiento, son cosas que forman parte de mi vida. De mis
recuerdos. De aquello que me hace mejor o peor persona… De todas las cosas
grandes y pequeñas que me arraigan con mi pasado, y con la esperanza de un
futuro que se encarna en los ojos de Yolanda, de Luis y de Claudia, y de
nuestros dos galgos adoptados… Y por supuesto, de los amigos que compartimos y
que nos separar (ese dichoso “Unicaja,”,
cuando pierde)… Y mis dos pequeñas familias…
No hay nada
más…
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