jueves, 21 de agosto de 2014

47. Libertad… vigilada.

Aquella es, precisamente, una de las cosas que no te enseñan en los cursos de preparación al parto: que no hay vuelta a la normalidad después de un parto, sin importar que sean uno o varios los "entes" que rompan la paz y el silencio de la noche... Nos organizamos, gracias al "sacaleches" (jamás he visto instrumento de tortura tan sádico), para que las distintas tomas de Luis fueran lo más cómodas para los dos... Es cierto, aunque sea el turno del otro de alimentar a la fierecilla, nos despertábamos los dos... La cuna y los demás aditamentos del pequeño Luis, incluyendo el parquecito, el cambiador y la tabla de ejercicios, los instalamos en el famoso dormitorio azul pitufo…

Con el paso de los días, nos fuimos organizando... con la pequeña diferencia de la duración del permiso de paternidad... puesto que en quince días, no tienes tiempo ni siquiera de aprender a distinguir los tipos de berridos, su intensidad, duración, significado... y lo único que realmente lamentas es que los bebés no vengan con un botón o interruptor, de serie, para apagar la sirena, aunque sea por la noche...

Agradecí volver al trabajo, añoraba el sonido del teléfono, las voces del equipo (recuerda, lo importante es tener el teléfono del que sabe, o en su caso, que esté físicamente en tu grupo de trabajo, como me pasaba con la directora de Marketing, Ayako Wada), incluso las respuestas negativas que de vez en cuando obteníamos con nuestras iniciativas: porque una cosa es planear un cambio en la actividad, sobre todo en el público objetivo, y otro, conseguir que el personal se impregne de la necesidad de potenciar el cambio. Casi nunca cojo el coche, como no sea para ir a hacer la compra al centro comercial, o llevar a Yolanda y al niño a la playa... Para todos los demás desplazamientos, prefiero la moto....

Pero nuestra vida de pareja se resentía por la prolongada convivencia en el hogar familiar, es algo en lo que la misma Yolanda está de acuerdo, porque ella se encuentra bien, el parto se  ha producido sin complicaciones, y, la verdad, deseamos estar solos... y no molestar a nadie... Por eso, el viernes veintiocho de mayo, ella saca el tema: "Mamá, papá, hemos pensado que ya es hora de que nos mudemos a otra parte...", dice ella... "Además, no queremos ser una carga para nadie, y con mis ingresos, y los de la agencia, no deberíamos tener problemas para encontrar un piso con ascensor..."

Como siempre, es Catalina quien tiene la última palabra: "No os preocupéis, lo hemos estado hablando, y mientras os haga falta, podéis usar la casa de Benalmádena, en el Paseo del Cortijo... Es una segunda planta, hay ascensor, está lo bastante lejos de la piscina para que no molesten los ruidos, y cerca hay varios sitios para hacer la compra... y creo que estaréis a gusto, además de contar con varios centros médicos por la zona... ¿Y bien, qué decís?"

Es cierto, después de tanto tiempo conviviendo (sin muchos problemas) los seis, igual no daba lo mismo esperar una quincena más... o diez días... pero así es Catalina: bastante mandona, super organizada, y con experiencia en lidiar con la gente... Tal vez por eso se lleva tan bien con mi madre...
  
¿Y qué íbamos a decir, si Julián y Catalina nos estaban ofreciendo su casa, "con la condición de dejar libre uno de los dormitorios, por si tenemos que pasar allí alguna noche"? Por supuesto, aceptamos... Quizás ahora nos pareciera muy precipitado, con los cuidados a la madre, al niño... pero también es cierto que todos necesitábamos nuestra intimidad, nuestro lugar donde trabajar, y estar tranquilos... Porque dos son compañía... pero seis son multitud... El domingo treinta de mayo, a las ocho y media de la mañana, aparcaron delante de casa cuatro furgonetas, de las que se bajaron ocho jugadores del "Unicaja", compañeros de la cantera de Borja y David...

Nos habíamos pasado los tres toda la tarde del sábado empaquetando ropa, y sobre todo, papeles y material de trabajo en cajas recicladas, desmontando nuestro despacho, y guardando libros, películas, compactos... Mientras, Yolanda se ocupaba de Luis; y Catalina, ayudada por Joaquín, preparaba un cargamento de conserva alimentos, para que no nos faltase de nada... Casi siempre, con mi metro ochenta raspadito, me sentía más grande que mis compañeros de clase... pero ahora, con la casa llena de aquellas torres humanas, con una media de estatura cercana a los dos metros, me sentía bajito...

En poco más de una hora, todo estaba listo... El trayecto hasta el apartamento, que con sus cuatro dormitorios, salón y cocina tenía más de casa que de segunda residencia, lo realizamos en poco más de media hora... y la descarga de las furgonetas y el montaje y colocación de las estanterías (que habíamos comprado el día anterior en unos grandes almacenes), lo único que aportábamos a una casa, por lo demás, totalmente montada... El día antes ya habíamos llevado las cosas que teníamos en nuestro piso de soltero, con los mismos transportistas, por lo que solo nos quedaba devolver las llaves al casero… Y el fin de fiesta fue el mismo en las dos ocasiones: a cambio de un contundente soborno a base de comida (nos dejamos una pasta con "Telepizza", y también con tarrinas de helado y cerveza sin alcohol), estuvimos toda la tarde trabajando como bestias, colocándolo todo en su sitio...
 

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