Siempre me han gustado las historias de amor… Incluso las que terminan
bien… Por eso recuerdo con especial cariño la de Valentín Puerto García, mi
viejo amigo de la infancia y Valentina Lebon Amande… Incluso aunque suponga una
infidelidad, o un adulterio… ¿Quién puede juzgarles, cuando solamente han
perseguido un sueño? ¿Acaso tú puedes realmente, después de tantos días, horas,
semanas y meses... después de tantos sentimientos descubiertos, en lo más
profundo de sus corazones, y que de repente han subido a la superficie, de un
día para otro... acaso puedes tú sentirte moralmente superior, y condenarles?
Es
cierto que al principio, todo fue una historia de amor virtual, nacida en la
red, a través de una amiga, por lo tanto, hija del azar... y quien sabe, si del
destino... ¿Dos almas antiguas que se vuelven a encontrar? Creo que es la única
explicación válida, sin importar que decenas de películas, miles de canciones,
y quién sabe cuántos libros o poemas, puedan servir de pretexto... Pero también
para estos dos amantes, como tantos otros anteriormente, y otros muchos
después, sólo existen sus sentimientos, el hecho de descubrir tantas cosas en
común, que les parece imposible no haberse encontrado antes, hasta aquél
periodo en el que la vida no les ofrece, por desgracia, otro camino que el de
permanecer fieles: a su familia, a los convencionalismos, a las comodidades, a
sus parejas, a sus amores, a sus deberes... y a todas las pequeñas cosas que
forman la rutina...
Sin
embargo, en su imaginación, ellos son libres... y también, en la web... Es
cierto, él es más viejo que ella, seis años nada más, y trabaja en un centro
para niños especiales: con enormes cantidades de amor, de juegos, de
actividades al aire libre, consigue, muchas veces, devolverles las ganas de
vivir... Los niños proceden, casi todos, de familias destruidas, en las cuales
la violencia, el sufrimiento, la desesperación, han sembrado de tristeza su
vida, borrándoles, para siempre, la sonrisa... Él está casado, tiene una hija
de veinte años, una casa medio pagada, y una mujer a quien no está muy seguro
de seguir amando... Se llama Valentín, vive en Toledo, y nació un catorce de
febrero, una explicación más que suficiente para su carácter tan especial, una
peligrosa mezcla de pragmatismo... y de romanticismo...
Ella
se llama Valentina... y también por casualidad, ha nacido un catorce de
febrero... Trabaja en París, en una oficina que es a su vez una filial de la
BNP, en el departamento jurídico... Valentina dedica por lo tanto, casi toda su
jornada al estudio de ficheros, informes, facturas, exponiéndose al mismo
tiempo a mil tristezas y desesperaciones... Cuando sale de la oficina y vuelve
a casa que comparte con su marido (un prestigioso cirujano... pero un esposo y
un amigo mediocre) y con su gato Pituso. Su hijo, Adrián, está terminando el
instituto en Suiza... por lo que realmente, se encuentra muy sola…
En
efecto, son tan parecidos, pero al mismo tiempo tan distintos, que el hecho de
encontrarse era sobre todo, una cuestión de tiempo... Valentín y Valentina...
Sin embargo, fue la sobrina de Valentín quien les puso en contacto, a través
del caralibro... María, diecisiete años, fan de Pink Floyd y de Nino Bravo, con
dos canarios (“Tweet” y “Tweety”), y una tortuga (“Burocracia”),
también es una romántica empedernida: ella tiene la "culpa" de esta ciber relación ilícita, que empieza a dar
frutos desde el intercambio de las primeras fotos, de las primeras canciones...
"Señor, es cierto que tiene unos
ojos preciosos", piensa Valentina... "Podría enamorarme de esa sonrisa", afirma Valentín... Y
después de los ojos y la sonrisa, vino el resto: los brazos, las orejas, la
pequeña nariz de Valentina, pero sobre todo, ese aire de eterna adolescente...
y la cara, las manos, de Valentín, con ese aire de rufián un poco envejecido...
Al
principio, sus conversaciones eran completamente intrascendentes, sobre
literatura, cine, deportes, ocio... pero lentamente, sin darse cuenta,
descubrieron sus pasiones comunes: el mar... la literatura... y después, el
amor... ¿Quién se acuerda, realmente, del comienzo de una relación? ¿Del
momento en que una amistad sincera se convierte, realmente, en el principio de
un amor? De cualquier modo, ni Valentín ni Valentina se dieron cuenta...
Hasta
el momento en el cual Valentín empezó a sonreír, en su trabajo, cada vez que
recordaba su cara... o cuando Valentina se da cuenta de que su humor cambiaba
cada tarde, según se acercaban las siete... pensando en entrar en el caralibro
y en mandarle el pequeño y absurdo mensaje: "¿TAS?",
para que él respondiese "TOI"...
Al
final, Valentín aceptó que ese extraño sentimiento que le obligaba a sonreír, a
soñar, a olvidar pequeñas cosas, tenía sin embargo un pequeño nombre muy fácil
de recordar: amor... Se había enamorado de ella, pero no era esa sensación
imperiosa que había destruido su corazón tantas veces... ni mucho menos... Era
más bien esa complicidad, nacida de la experiencia, de la desilusión, de las
pequeñas decepciones cotidianas... Le tocaba a él, por lo tanto, efectuar el
primer movimiento, expresar lo que sentía con un "Valentina, sabes... creo
que me he enamorado de ti... de tu carácter... de tu personalidad... de tus
ojos... de tu voz, tan rica en matices… incluso de tu enorme tristeza… Es
cierto, no debería sentir este tipo de cosas… Pero creo que me he enamorado de
ti… Me fascinas..."
¡Dios
mío, lo largos que fueron aquellos minutos, antes de obtener su respuesta!... Y
esta fue: “Yo también... siento algo por
ti…” Al menos, ella respondió con prudencia, pues se trataba evidentemente
de una situación muy complicada... Es cierto que Valentina ya no era feliz con
su marido, que la relación atravesaba un momento especialmente complicado... Y
que lo mismo podía decirse de Valentín... Siguieron por lo tanto con su
amistad, con las canciones, los mensajitos, como los adolescentes que, habiendo
superado el momento más difícil, saben que el resto del camino será más
agradable y placentero... Las palabras más complicadas ya habían abandonado sus
labios, y el resto del camino sería más fácil, pues los sentimientos más
complicados ya habían sido expuestos bajo la luz de la Razón y la Tradición, de
la Moral, de la Dignidad...pero sin resolver por ello sus problemas, ni
modificar su vida... y dependiendo, cada día un poco más, de los minutos
arrancados al sueño para estar juntos...
Algunas
semanas después, Valentín lanzó la bomba: "¿Y
si nos vemos en San Sebastián? Es una ciudad maravillosa... Solamente un viaje
cortito, ida y vuelta en el día, con un billete low-cost... Piensa en ello,
sería una forma muy hermosa de conocerse..." Decir que Valentina se
sobresaltó al leer aquellas líneas, sería quedarse corto... si bien es cierto
que la idea no carecía de atractivo... De todas formas, respondió: "¿Estás loco? ¡Es cierto, los dos
estamos casados... pero cada uno con su pareja, y no entre nosotros! Si no eres
capaz de comportarte como un adulto, quizás deberíamos dejar de ser
amigos…"
Mas pese a todos sus reticencias y sus
palabras, la idea empezaba a gustarle...
A
principios de abril, con los primeros atisbos de la primavera, las flores de
temporada aparecen en el Bois de Boulogne, con la esperanza de cambios, de
futuros… Y fue más o menos el mismo día que Valentina decide que está harta de
su marido (que la ignora), de su hijo (siempre ausente), de su jefe (un
auténtico imbécil... característica al parecer muy común)... Y por todo ese
conjunto de razones, Valentina le envió un mensaje a su enamorado: "¿Podrías reunirte conmigo en San
Sebastián, el quince de mayo? Ya te he comprado el billete, y te lo he mandado
por mail, los dos llegaremos a las ocho de la mañana... Y volveremos a nuestras
vidas con el de las diez y media de la noche... El resto del día, lo pasaremos
juntos..."
Os
podréis imaginar su respuesta, ¿no?... "Allí
estaré..."
Los
días pasan, lentos, grises, tristes, aburridos, salvo los momentos, más bien
las horas, que pasaban hablando de todo y de nada, de la extraña sensación de
conocerse desde hace mucho tiempo, en otra vida, de la impresión de haber
vivido y envejecido juntos, quién sabe... Dos almas gemelas que se vuelven a
encontrar, una vez más...
Y
el decimoquinto día del mes de mayo, San Isidro para más señas, llegó
finalmente para Valentín y Valentina... Al principio, la situación era
ligeramente cómica, pues ninguno de los dos se atrevía a acercarse demasiado al
otro... Fue por lo tanto un intercambio de miradas, los dos con un extraño
brillo en los ojos, mas al final, fue Valentina quien se acercó a él, besándole
en las mejillas, y diciendo: "Pareces
mucho más joven con esa luz..." El día era magnífico, la ciudad se
había engalanado para los amantes, y el sol lucía espléndido... en los ojos de
Valentín... y de Valentina...
Fue
un día memorable, caminando de la mano, a lo largo de la Playa de la Concha,
mirando escaparates, admirando el encanto señorial de las tiendas de lujo, el
ambiente decadente de algunas tabernas, bebiendo "txiquitos" y disfrutando de la gastronomía local...
Y
buscando refugio en una encantadora pensión, que ambos conocían de otro viaje,
durante varias horas de una tarde de primavera... Hace años que ninguno de
ellos se desnudaba delante de otra persona que no fueran sus respectivas
parejas pero entre caricias, y besos,
terminó en el suelo la última prenda de ropa... Y buscaron refugio entre las
sábanas... Amándose como si no hubiera un mañana, pero a la vez, como un
regreso al pasado... Y terminan su aventura bajo la ducha, para después secarse
con mimo el uno al otro, y en aquél momento, recuperar el pudor...
Dos
almas gemelas que, habiendo tocado el paraíso durante doce horas, tenían que
separarse una vez más... con un beso en los labios, en el último momento... y
el recuerdo del cuerpo del otro en sus brazos, del calor de su piel, para el
resto de sus vidas...
¿Quién
puede entonces juzgarlos, por su pequeña escapada hacia el País Vasco? ¿Quién
tiene el derecho de establecer los límites de la moralidad? ¿Y si por esas
horas de comunión, de intercambio, han conseguido equilibrar sus universos? ¿Si
con esta comunión de las almas entre las sábanas, han fortalecido, para
siempre, su amor? Es cierto que todavía son jóvenes, y que se reunirán otras
veces, en París, con la familia, pues Valentín se acuerda de las crèpes que ha
comido hace más de veinte años, al pié de la Torre Eiffel... Quién sabe, igual
sus hijos se hacen amigos... Y ellos seguirán hablando, de todo y de nada, en
la web...
Pero
siempre se acordarán de aquella escapada del quince de mayo... de ese día perfecto
que han compartido en una ciudad maravillosa: San Sebastián... y de haber
confirmado que las almas antiguas pueden, a veces, volver a encontrarse...
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