A primeros de
2003, tuve lo que se puede considerar una crisis de identidad, o más bien la
impresión de estar perdiendo el rumbo... Sí, estaba consiguiendo el
éxito, el equipo funcionaba muy bien, los viajes eran menos necesarios, aunque
todavía estaba fuera de Málaga de seis a ocho días al mes. Me gustaba mi
trabajo, es más, me apasionaba... y lo mismo le pasaba a Yolanda, por las
mañanas fuera de casa en la empresa de consultoría, y por las tardes, con su
asesoría y ayuda en el caso de menores maltratados en casa y en los colegios,
que le quitaba buena parte de su tiempo libre.
Era un
trabajo muy duro, sobre todo al principio, cuando casi todo era cuestión de
buenos sentimientos, fuerza de voluntad, análisis de riesgos y capacidad de
improvisación... Casi siempre, eran cosas sencillas de resolver, pero si hacía
falta un especialista, le pasaba todo el expediente a Servicios Sociales, y
allí es donde terminó encontrando su verdadera vocación, y su destino.
Le ofrecieron
incorporarse al departamento, aprovechando una ampliación temporal de plantilla
de tres meses, durante los cuales trabajaría por las mañanas en la elaboración
de los dossier, redacción de expedientes, buscando informaciones comple-mentarias
y realizando en algunas ocasiones trabajo de campo; y por las tardes, de tres a
cinco, un curso de formación y capacitación, para adquirir sobre todo los
rudimentos de psicología y de atención especializada a los menores.
Se trataba de
una apuesta muy fuerte, pues incluso en 2003 era muy complicado pedir una
excedencia de tres meses en una empresa de cazatalentos, y por supuesto
renunciar a su altísimo sueldo y a las comisiones por cada "adquisición"... Pasaron aquellos
tres meses... y el Ayuntamiento de Málaga la animó a perseverar, pues en breve
se convocaría una plaza de promoción interna, para la que se la consideraba “muy capacitada”... Es cierto, al final
requirió un poco más de tiempo, pero el diez de mayo le era adjudicada la plaza
en propiedad, con lo que renunció oficialmente a la consultoría, y comenzó a
dedicarse por completo a lo que la llenaba en realidad, el trato con los niños,
con los adolescentes y sus familias. Pensando que le sería de utilidad, se
apuntó a varios módulos complementarios de psicología y, mostró un repentino
interés por las artes marciales, sobre todo el kárate, y se desplazaba al dojo “Kempai” tres tardes por semana... Más
tarde, me explicó que, igual que yo,
necesitaba descargar mucha energía negativa, y aprender a controlarse
mejor, puesto que trabajaba con muchas personas que habían sufrido demasiado en
la vida…
En cuanto a
mí, la reorganización de las tareas, la confianza depositada en el equipo, me otorgaba
ciertas parcelas de libertad: seguía con mis clases de "kendo", y con la práctica diaria de
esta disciplina, Kenji Watanabe pensó que ya podíamos pasar al nivel superior,
y utilizar espadas reales, por supuesto, de prácticas, y sin filo. Tal vez no
fuera el lugar más adecuado, pero desde comienzos de abril, en vez de entrenar
en el gimnasio, como veníamos haciendo desde el principio, optamos por
trasladarnos a una mini-suite adyacente a nuestro nuevo despacho y convertirla
en un espacio reservado para la práctica de nuestro deporte, lo que consumaba
la fusión entre nuestros dos departamentos...
Con el buen tiempo de mediados de mayo,
escogimos el pabellón japonés en medio del jardín para nuestros entrenamientos.
Como salíamos del hotel por la puerta de servicio con los trajes de
protección y las máscaras especiales,
era difícil no percatarse de nuestros entrenamientos, primero alguno de los
huéspedes, cuya terraza daba al jardín, y luego, varios empleados... Nos
enteramos de que se hacían pequeñas apuestas sobre el resultado de los combates
de los viernes, y pensamos que podíamos convertirlo en una buena causa.
Nuestros trajes eran idénticos, nuestra altura muy parecida, y la única
diferencia entre nosotros era el dorsal, rojo o azul, que llevábamos en
la espalda.
De esa forma, nació el combate de los viernes,
que todavía se mantiene en vigor... y el dinero de las apuestas, gane quien
gane, lo destinamos a una ONG. En varias ocasiones hemos recibido luchadores
invitados, procedentes de otros "dojos",
y el nuestro, como no podía ser de otra manera, se llamaba "El Dojo Imperial", algunos de ellos
incluso han salido en la prensa y en distintos medios, que no es muy habitual
ver a dos directivos de alto nivel combatiendo de esa manera.
Con el paso de
los años, la relación con Kenji Watanabe había ido cambiando, quizás no
fuéramos "amigos" en el
sentido estricto de la palabra, sino más bien, "complementarios", cada uno dentro de su campo, con sus
especialidades, pero también con la certeza de la honradez y la profesionalidad
del otro, y de su equipo. Nuestras respectivas mujeres se hicieron amigas, y no
era de extrañar que se fueran de compras juntas... y curio-samente, Ayumi,
siendo una reputada chef de comida japonesa tradicional, se volvía loca con la
pasta italiana, sobre todo la lasaña casera de Yolanda, receta de su madre... Y
a nuestro hijo Luis, a punto de cumplir cuatro años, le apasionaba el sushi,
incluyendo el "pez globo",
que por supuesto nunca se lo dimos a probar: era arenque noruego...
Pasaba casi
todas las tardes en casa, salvo cuando me tocaba la guardia en el departamento
(unas seis o siete veces al mes), y tenía ganas de aprender algo nuevo, algo
distinto, y me compré un par de Dvd’s de "thai chi", que ponía en el monitor de plasma del comedor. Me
relajaba, y me sigue relajando mucho, pero lo más importante era que podía
compartirlo con mi hijo, a quien encontré un par de semanas después sepultado
por dos sillas, al ensayar uno de los movimientos detrás de la mesa... Es algo
especial, y me sentí muy privilegiado, por compartir aquellas experiencias con
Luis, quizás en el fondo era lo que más añoraba de mi padre: solo nos unía, y
durante un tiempo, la música clásica, o las exposiciones, y por supuesto, la
lectura, uno de los placeres más solitarios… pero no eran cosas que yo desease
hacer realmente... con él…
Me habría
encantado practicar el sende-rismo con él, o que se hubiera comprado una bici,
para montar juntos, practicar algún deporte, compartir algo más nuestra vida...
Yo recordaba muy bien algunos fragmentos de su carta: “Mi mayor problema,
al menos uno de los principales, ha sido mi incapacidad de dar muestras de
cariño… tengo miedo de haberte transmitido esa incapacidad... y espero que
Yolanda y mi nieto te ayuden a compensarlo...” No podía olvidarme de aquella frase, por
eso intentaba dedicarle a mi hijo todo el tiempo que me era posible…
Viviendo a tan poca distancia del mar,
enseguida nos acostumbramos a practicar una serie de actividades, desde volar
cometas, hasta jugar al voley (no tardó mucho en ganarme, esa maldita
coordinación…), incluso nos atrevíamos con el "body board"... Pero me adelanto en el tiempo, a los cuatro
años, bastante teníamos con volar las cometas, y el "thai chi"… y diseñar castillos en la arena… y saltar olas… El
sueño de toda mi vida se había cumplido…
También
necesitaba mi propio tiempo, es cierto, para investigar argumentos de
historias, de novelas, pues aquella era mi auténtica pasión, por mucho que me
gustase mi trabajo. Y me metía en mi despacho de la planta baja, preparaba una
batería de compactos en el tocadiscos, y empezaba a escribir... Yo creo que mi
hijo estaba atravesando por esa etapa de fascinación por el padre, y aunque a
veces podía ser un poco plasta, sobre todo cuando necesito estar solo un
rato... Pero cada vez que se abre la puerta de mi despacho, con ese pequeño
chirrido tan especial, sé dónde puedo encontrarle: tumbado sobre la alfombra, a
los pies de mi mesa, y con un par de tebeos y un paquete de galletas al alcance
de la mano...
No hay comentarios:
Publicar un comentario