Pensar en
Ella, en Claudia Galán García, mi segundo amor (aunque lo de Laura fue mucho
más fugaz) me lleva a recordar algunas de las mejores cosas de mi
adolescencia... Fue también la primera vez que tenía una amiga de verdad, sin
contar los veranos con la pandilla en Canillejas...
Hay muchísimos tipos de amistad, desde la
camaradería al realizar una actividad deportiva, lo que llaman "el
espíritu de cuerpo" si haces la mili, los "colegas"
con quienes te tomas unas cervezas cuando te vas de baretos, las bandas, los “fumadores de medio pelo” y “pintores de brocha gorda” cuando se
trataba de ayudar a un colega... pero yo aspiraba a ser su amigo, solamente… Fracasé
estrepitosamente: en tres días de septiembre de 1984, estaba enamorado de ella
“hasta las trancas”, y así estuve,
durante los mejores años de mi estancia en el “Lycée Le Petit Nicolas”, cerrando los ojos a dos verdades
fundamentales: la primera, que Claudia nunca estuvo enamorada de mí; y la
segunda: que no se puede jugar con los sentimientos de las personas... y la
tercera, que siempre fue consciente de mis sentimientos hacia ella… ¿Por qué me
enamoré? Quizás… porque solo podía ser ella… quien me robase por segunda vez el
alma…
Quedan,
eso sí, las canciones, que escucho en la “Harley”
de camino al trabajo, y muchas de las cuales he compartido años después con
Yolanda… La más importante era “Strangers
in the Night”, incluso le quité un par de veces la gabardina a mi padre, en
aquellas raras noches de niebla madrileña, soñando con cobijarla a mi amparo…
pero jamás fui ni siquiera la décima parte de convincente que Frank Sinatra… ni
siquiera cuando me callaba…
Luego, “Careless
Whisper”, del grupo Wham… La de cuarentones que ahora sonreímos al recordar
aquellos sentimientos, aquellos tiempos donde todo, al menos, parecía un poco
más sencillo que ahora… solo un poquito…
¿Que si ella
me quería...? No… Solamente como amigo, como compañero, incluso como profesor
de matemáticas, pero nada más... Me costó mucho tiempo decidirme a expresar mis
sentimientos, porque al margen de ellos, y tal vez incluso por encima, estaba
nuestra amistad... Fue una de las primeras veces en mi vida, que escuché esa
terrible frase: "Te quiero mucho... pero como amigo...", mas
al final, seguimos siendo grandes amigos, hasta que salimos del instituto...
Luego… nos separamos…
Es cierto,
igual la vida me habría tratado mejor en lo sentimental si, en vez de aferrarme
a ella, me hubiera atrevido a sentir más por alguna de las chicas que conocí
aquellos años... El esquema era y sigue siendo, en buena parte, el mismo:
conozco una adolescente que me gusta, por motivos tan extraños como su sonrisa,
su voz, sus manos, su cuerpo, y casi siempre, a través de terceros porque es cierto que en persona me costaba
mucho más lanzarme, pues por aquél entonces era muy tímido... y todavía lo sigo
siendo… Son chicas guapas e inteligentes, y sobre todo, que tienen alma y
sentimientos... y siempre detecto en ellas algo que me fascina... una sonrisa
pícara e incitadora… unos ojos soñadores que guardan secretos… a veces,
hoyuelos en las mejillas…
Con un poco
de suerte, algunas de ellas se convierten en mis amigas, y aquél sentimiento no
se modifica... Al final, tienes un número considerable de buenas amigas, una
cantidad menor de las que estás enamorado (nunca más de dos o tres a la vez),
jamás te falta alguien en quien pensar, ni una chica con quien estar a gusto… y
muchos de tus compañeros de clase te preguntan por "tu secreto"...
que no es otro que aparentar ser inofensivo… y no saber qué demonios hacer con
tus largas manos… incluso lo que una de ellas definió como “mirada de cachorro”…
También
influían ataques de romanticismo compartido, películas como “Ghost”, saber escuchar de verdad, mirar
a los ojos cuando hablas (y no a los pechos o a las piernas si llevan
minifalda… y si lo haces, que sea de
forma recatada), memoria fotográfica para las letras de muchas baladas (y no
saber cantarlas más que al oído)… Pero supongo que también influye, siempre, la
complexión física: casi un metro ochenta, por fin ensanché de hombros gracias
al deporte (iba al gimnasio todos los días desde 1986 para hacer pesas, además
de los entrenamientos de yudo) y el típico flequillo canalla, perilla y bigote,
que se convirtieron en mi símbolo… Aunque cada mañana, cuando me miraba al
espejo para afeitarme, no tenía más remedio que admitir la verdad: tenía tantas
amigas, porque me consideraban inofensivo…
Pero tú
sigues pensando que tu vida es una canción de Nat King Cole: "triste
es mi vida, sin tu cariño/ lloro en silencio, mi desventura... Voy por el mundo
cruel de fracaso en fracaso; llamo a la puerta del Cielo que nunca traspaso;
rendido y cansado, de tanto sufrir..."
A finales del
cuso escolar de 1988, y gracias a Claudia, conocí a Esther... Era un momento
especial, en el “Lycée Le Petit Nicolas”
celebrábamos la tradicional fiesta o
"kermesse" de fin de curso, que en esta ocasión,
también era la despedida de la última promoción de alumnos que habían terminado
toda su escolaridad entre aquellas cuatro paredes, techos, patios... pues el colegio había llegado a un acuerdo con
el “Lycée Français de Madrid” para
hacerse cargo de los alumnos de secundaria…
Sería también
una de las últimas veces en que vería a Claudia en aquél ambiente, paseando por
algunas de las clases y lugares donde fuimos felices... Y cuando teníamos por
delante unas horas preciosas para estar juntos, me dice que "ha venido
mi prima de Málaga, llamada Esther, que es muy maja, y que si te importa mucho
que esté con nosotros..." ¿Y qué le puedo responder? Pues al mismo
tiempo que le confirmo que "no, para nada...", me pongo a
buscar una cabina telefónica con desesperación (en aquellos tiempos, los
móviles eran el privilegio de unos pocos, y yo no estaba entre ellos), rebusco
en los bolsillos de los ridículamente estrechos tejanos las escasas monedas que
me quedaban, para pedirle a uno de mis compañeros de clase que vivía cerca,
David Blas de Otero, que me hiciera el favor de venir a la "kermesse"
(cosa que no pensaba hacer), para hacerse cargo de la "primita"...
Lo que yo no
podía prever es que Esther Galán Cuevas sería una de las adolescentes más
hermosas que había visto en toda mi vida... ni que me quedaría fascinado por
ella desde su primera sonrisa tímida (ella era dos años menor que yo)... y me
pasaría toda la tarde y un par de horas de la noche tan pendiente de ella...
que dejé tirada a Claudia y a mi compañero David, que apenas se soportaban
mutuamente, y ambos tardaron mucho tiempo en olvidarlo...
Esther era y sigue siendo preciosa, con su
pelo rubio y rizado, sus pechos pequeños, su talle de avispa, y sus piernas y
brazos largos y torneados, una aparición casi angelical... pero con cierto aire
de motera… Nos fuimos a dar una vuelta por el “viejo barrio”, dejamos plantada a la otra involuntaria pareja, y
nos tomamos unas cañas en el viejo bar, bajo cuya mesa todavía estaban grabadas
a navaja mis iniciales y las de Claudia, casi seguro que lo hice fumando uno de
mis cigarrillos y bebiendo un café solo y negro… Pero aquella noche, solo
deseaba caminar con ella, mirarla, con esa molesta sensación de que puede ser
la última vez que estarás con alguien que podría ser muy importante en tu vida…
Incluso le dejé mi cazadora de motero (porque su piercing del ombligo se estaba
enfriando)…
Prometimos escribirnos, aunque yo no estaba
muy seguro de que la magia permaneciese intacta en la distancia, ni tampoco la
manera en que nos afectaría el poder conocernos mejor... Nuestras cartas se
cruzaron en el camino… y nos hicimos amigos… Con el paso de los años…
Claudia y yo
perdimos el contacto un año después de salir del Instituto, han pasado casi
veinte años desde aquél momento, pero muchas veces, al escuchar algunas de las
canciones que compartimos en algún momento ("You make me feel so
good" (me haces sentir tan bien), "J´ai perdu la tête" (He
perdido la cabeza), "I got you under my skin" (Te tengo bajo
la piel) entre otras ), su recuerdo, su mirada y su sonrisa volvían a mi
memoria...
Hoy he vuelto
a quedar con ella, uno de sus vuelos la trajo hasta mi ciudad, y hemos comido
juntos, y la magia permanece: mi reflejo distante en sus ojos aguamarina... y
cómo sus largas, finas y pálidas manos acompañaban los movimientos de su cuerpo
al hablar... De repente, el recuerdo de aquél segundo gran amor regresó entre
nosotros... aunque nunca estuvo demasiado lejos, desde que la vi apoyada en la
barra del restaurante, observándola más como hombre que como mejor amigo, y
apreciando cada curva de su cuerpo mientras se daba la vuelta, sonriéndome… Tomo sus manos entre las mías... Me siento tan
joven de repente, tan inexperto, que incluso me quedo sin voz... como en
aquellos tiempos, cuando el mundo era distinto... y nosotros también...
Mientras la
risa cristalina de Yolanda nos devuelve a la realidad, al comentar: “¡Qué tierno! Pero si parecéis dos
adolescentes ñoños…” Y de repente, estamos de nuevo en la calle Larios,
compartiendo unas tapas, y yo le pido a un camarero que nos haga una foto a los
tres… Y, por la cuenta que me trae, sonrío, porque estoy entre las dos mujeres
más importantes de mi vida… Y sin Claudia, jamás habría conocido a Yolanda…Y
sin Yolanda… jamás me habría atrevido a ser yo mismo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario