Necesitaba
tiempo libre, para estar con mi mujer, con mi hijo, a quien ni siquiera podía
ver despierto muchas noches, porque surgía algún problema: dentro del hotel,
a pesar de la limpieza efectuada en las antiguas cocinas por uno de los
más afamados exorcistas, seguían pasando "cosas
raras" al anochecer... y todos sabemos lo supersticiosos que son los
pinches y lo marmitones, ¿verdad?... y, aunque suene a chascarrillo, en la
habitación número 13 también pasaban cosas extrañas; y fuera del hotel, el
mayor inconveniente lo representaban ciertos proveedores, que llevaban muchos
años con nosotros, pero que nos daban problemas, bien por la escasa calidad del
producto suministrado (tuvimos que rechazar dos palés de jabones de manos que
olían a vainilla podrida... y una partida de papel higiénico, que parecían
lija)... o por incumplimiento de los plazos de entrega...
Por lo visto,
nadie se había dado cuenta de hasta qué punto las cosas se tenían que hacer
"a la japonesa", es decir, con
disciplina, trabajo duro y responsabilidad... Y eso se aplicaba a todos los
aspectos en el “Hotel Imperial”...
Hubo despidos, era algo inevitable: dos o tres camareras que se encargaban de
la limpieza de ciertas habitaciones, donde desaparecían pequeños objetos de los
clientes; uno de los encargados de mantenimiento, que pasaba más tiempo dormido
y borracho en su cuartucho del sótano que en su puesto de trabajo; los dos
mozos, que insistían demasiado en recibir propinas; un pinche de cocina y un
cocinero, por la falta de higiene al manipular y cocinar los alimentos; y mi
sustituto en la recepción, por organizar juergas en tablaos flamencos y bodegas
por el doble del precio establecido, a cambio de jugosas comisiones de los
locales contactados.
La plana
mayor del Hotel estaba de acuerdo en estas sanciones y despidos, desde el
Director General, pasando por el de Marketing, y terminando con Recursos
Humanos... y por mí mismo. Los cuatro debíamos actuar por mayoría, y eso
garantizaba más ecuanimidad en las decisiones. También se implementó un sistema
detección de potencialidades y de ascensos por capacidades, para cubrir las
vacantes y los puestos de nueva creación con personal "de la casa". Por ejemplo, se nombró
una limpiadora-encargada de planta, con el cargo de gobernanta, lo que
facilitaba un mayor control de los suministros, la calidad y la abundancia de
los materiales, agilizando la gestión del stock. Para evitar desapariciones de
material, se habilitaron un almacén en la zona de la buhardilla, y otro en el
sótano.
Y fue un
golpe de suerte el darnos cuenta del tremendo potencial de uno de los nuevos
mozos, un chaval de veintidós años, que necesitaba un trabajo cualquiera para
ayudar en su casa, pero que no había mencionado sus conocimientos de idiomas
(francés, español, italiano y alemán) al efectuar su solicitud. Se le ofreció
realizar un curso (pagado por la empresa) de recepcionista de Hotel,
compaginándolo con un aprendizaje directo por las mañanas, y los módulos a
distancia (telemáticos). Resultó ser uno de los recepcionistas más competentes
de toda la ciudad… y sigue trabajando con nosotros…
También
descubrimos que uno de los "plongeurs"
era un chef maravilloso en comida vietnamita y tailandesa, al venir su novia de
Tailandia, y que tenía nociones de cocina india, lo que nos permitía ampliar
nuestra carta.
En cuanto a
la organización de eventos y banquetes, lo más eficaz era externalizar los
servicios, sobre todo en cuanto a mobiliario: no teníamos ni tiempo ni espacio
para almacenar mesas para doscientos comensales, ni tampoco platos, cubiertos y
demás accesorios, pero sí era posible, con cuarenta y ocho horas de antelación,
el alquilárselo a una empresa de catering, a cambio de publicidad,
recomendaciones positivas, y unas tarifas asequibles. Los camareros, sobre todo
cuando se utilizaban las carpas exteriores en primavera, verano y otoño, se
contrataban con otras empresas. Para la seguridad diaria estaban contratados
tres vigilantes fijos en turnos de ocho horas, a través de Prosegur; y para los
grandes actos (por ejemplo, los finales de campaña), se gestionaba un
refuerzo... con personal de paisano.
El “Hotel Imperial” se estaba convirtiendo,
gracias al esfuerzo combinado de los cuatro directivos y de todo el personal,
en una referencia para el "turismo
de negocios" en Málaga, y con las nuevas instalaciones de Marbella,
donde se iba a comenzar en breve la construcción de un nuevo Hotel de cinco
estrellas, en primera línea de playa, y con todas las especificaciones de la
corporación. El solar era perfecto, más de tres mil metros de extensión,
se trataba de una antigua propiedad de un indiano de principios del siglo XX y fabricada en madera al estilo nórdico,
que murió sin herederos, y de la cual permanecían en pie solamente una vieja
capilla de piedra tallada, con un puñado de árboles en lo que antaño fuera un
enorme y cuidado jardín. La casa había ardido hasta los cimientos hace cinco
años.
Lo que en
principio sería un mero trámite con el Ayuntamiento, en quien había recaído la
gestión del patrimonio, se convirtió en pesadilla al presentarse un segundo y
un tercer postor, con lo que el precio de venta final abonado por la
corporación se duplicó. Y por si esto no bastase, la comisión de Patrimonio
ordenó que se adjudicase la máxima categoría de protección arquitectónica a los
restos de la capilla, aconsejando en todo caso su restauración por su "excepcional valor, perteneciendo a los
restos de una iglesia parcialmente derruida del siglo IX... por lo que se
consideraban bien de interés cultural". Esto implicaba construir el
hotel sin derribar la capilla, excavar los cimientos de la vieja iglesia,
conservarlos adecuadamente... y supondría un retraso para todas las obras, pero
el trece de julio de 2001, viernes para más señas, cien estudiantes de tercer
curso de Arqueología de la Facultad de Málaga comenzaban las labores de
cuadriculación en la zona de la vieja iglesia; mientras un equipo de obreros
efectuaba el desescombro en los cimientos y paredes de la casa; y dos
prestigiosos arquitectos de la fundación Nakatomi actualizaban el plano del
futuro hotel.
Toda esta actividad complementaria no impedía que Kenji Watanabe
y yo continuásemos con nuestras lecciones de kendo, de japonés, de cultura
general, además de implementar y exportar “técnicas
de comunicación y de marketing de guerra”, orientado hacia los objetivos
del grupo... No me podía quejar, es cierto, pero tanta actividad estaba
ocasionando problemas en mi vida matrimonial... Yolanda también estaba agotada,
con sus dos trabajos, además de cuidar a Luis, y siempre sin sobrecargar a sus
padres... que entre otras cosas, ya tenían su gran dosis de trabajo...
Pero aquellas
noches, de cenar tarde y poco, casi siempre cosas que preparábamos y conge-lábamos el fin de semana, y grandes cantidades
de comida preparada... Ya ni podía recordar, tras el fin de semana en enero que
pasamos en el balneario, no habíamos vuelto a estar solos y tranquilos. Sí, es
cierto, había besos, y abrazos, y mimos, pero casi todo el tiempo estábamos
demasiado cansados para hacer nada en la cama, al margen de dormir...
Discutíamos... eso era lo peor: los dos nos echábamos la culpa de poner nuestra
carrera profesional por delante de la vida familiar... y lo peor de todo era
que los dos teníamos razón... Se imponía un cambio de rumbo... en nuestras
vidas...
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