Principios de
los años 90... El tiempo de la formación, los estudios universitarios, los
sueños por cumplir, las anclas sentimentales, y los conocimientos de todo tipo,
algunos de ellos no muy recomendables... Lo que más aprecié de la carrera de
Periodismo en el CEU San Pablo (adscrito a la UCM) fue el salir de un ambiente
estudiantil en el que no me quedaban ya esperanzas de cambiar ni de
evolucionar, puesto que todos los roles estaban ya asignados casi desde el
principio... y la posibilidad de encontrar mi sitio bajo el sol era inviable… porque
siempre había soñado con ser periodista... Otra cosa muy distinta era que lo
consiguiese o no...
El primer año
de ciencias de la información, pensé que era posible comerme el mundo, me
relajé en los estudios, y al final, me quedaron cuatro para septiembre... Por
supuesto también pensaba que sería fácil recuperarlas... pero no resultó como
yo creía, y “Pensamiento Político
Universal” se convirtió en mi peor pesadilla, a pesar de encontrarla
fascinante... La única asignatura que me hizo disfrutar de verdad fue "Redacción
Periodística"... y el resto, salvo "Comunicación no verbal
", no me aportaron gran cosa...
Fue una época
de transición, durante la cual se mantuvieron dos constantes: mis sentimientos
hacia Claudia como bote salvavidas frente a la soledad, aunque empezamos a
distanciarnos incluso un poco más…. y el comienzo de mi amistad con Esther, el
paso a otro nivel no solo epistolar, sino sus invitaciones para que yo
fuera su casa y a su ciudad... No es
sencillo mantener una relación a distancia con alguien, y más todavía cuando no
logras ubicarte entre las pantanosas aguas de la amistad y el amor...
Logré ser
bastante feliz... No me sentía tan solo como antes, la proporción de chicas en
el aula era bastante elevada, y conseguí establecer algunas amistades leves y
circunstanciales (como casi siempre), pero que me permitían colaborar en grupos
de estudio, disfrutar de un relativo anonimato, compartir pellas (ir al CEU no
implica que no te fumes alguna clase) y, sobre todo, algunos pinchos de
tortilla con mayonesa y una cervecita sin alcohol a la hora del aperitivo... o
directamente, un “Martini” blanco...
Dos nombres
de mujer surgen con fuerza en aquél periodo: Natalia Vázquez Muro y Ruth López
Soler... Dos amigas que no podían ser más dispares entre sí, pero que generaban
en mí el mismo interés, porque eran fuertes y seguras de sí mismas, la primera
rubia, la segunda morena... Natalia era mucho más conservadora, Ruth era bastante “cabra loca”, y lo más importante era que yo les caía bien… y
formábamos un buen equipo en los dichosos trabajos que los profesores se
inventaban siempre en los últimos días del trimestre… Nunca olvidaré aquella
tarde de abril, cuando fui a casa de Natalia para terminar un trabajo, y me
recibió Ruth, envuelta en un enorme albornoz blanco y con el pelo mojado,
recién salida de la ducha: tuve ganas de besarla en aquél momento, pero como
siempre, no me atreví…
Por supuesto,
seguía estando en parte enamorado de mi hermosa Claudia (supongo que es un
sentimiento que mantendré mientras viva), pero aprendiendo a diversificar mis
afectos, y no conformarme con lo que encontraba en los linderos de la vida...
Podría citar otros nombres, pero de todas formas no dejarían de ser otra cosa
más que nombres, caras, sueños, sonrisas (y algún que otro desprecio) que se
llevó el viento...
También
fueron años de fiestas en casas de amigos, y dos en la mía, aunque el resultado
fue muy malo: a partir de aquél momento, las únicas fiestas algo locas fueron
en el jardín de la casa de mi abuelo, en Canillejas, bajo la forma de barbacoas
para dos o tres parejas y un barreño de cervezas “sin”… o bien en nuestra casa de Benalmádena (muchos años más
tarde)… Cuando mezclamos nuestros invitados con los de Borja y David, avisamos
un par de días antes a la Comisaría, por si acaso alguno de los vecinos
protesta… y también a los vecinos más protestones… Casi siempre, después de
participar en la primera fiesta, nos hacemos amigos de ellos… Mis cuñados, que
son muy sociables y muy liantes, se llevan bien con todo el mundo, y ser
jugadores del “Unicaja” ayuda
muchísimo…
Pero recuerdo
una de aquellas fiestas de disfraces, que se celebró en casa de Natalia... Esta
historia se remonta como poco a la época de los Césares... Tiempos remotos, de
la Universidad, en los que todo parecía más sencillo, el futuro era más
brillante, y por supuesto, el corazón estaba más libre, y más alocado... Bueno,
ahora sigue estando bastante loco, mi corazón, pero se conforma con mi mujer y
con mi musa (que no son la misma persona... mi musa ni siquiera existe en el
plano real...).
No tenía muchas ganas de ir a la fiesta que
organizaba mi amiga, pues nunca he llevado muy bien el hacer el ridículo, y
para mí, disfrazarse es la máxima humillación… Alto, delgado, con capa… ya
está: iría de vampiro, con lo que encontrase en la tienda de artículos de broma
y dentro del armario ropero de mi padre...
Lo que más castigo me daba era estar toda la
noche acarreando o pendiente de la ropa de recambio... pero lo tenía todo bien
preparado. En formato anuncio, sería así: "dientes postizos de
vampiro, 100 pesetas; sombra negra para ojeras, 100 pesetas; caber en el
esmoquin de tu padre y convertirlo en disfraz de vampiro, para estar toda la
noche mordiendo cuellos femeninos, no tiene precio..."
Y allí estaba
yo, en la fiesta de Natalia Vázquez Muro, mi compañera de clase, jugue-teando tras la
barra, antes de las vacaciones de semana santa del segundo curso de carrera
(por cierto, conseguí recuperar las tres asignaturas que me habían quedado),
sin conocer a casi nadie, pero con “moderadas”
ganas de pasármelo bien...
Era una
fiesta muy animada, con un hermoso bufé de comida, varios ambientes (había una
maravillosa azotea con césped artificial y zona de hamacas para los “tranquilotes”, y una pista de baile (con
su Dj vocacional), además de una zona
cubierta con sillones y sofás), y mucha y buena música... Yo disfrutaba
preparando cócteles, sobre todo "Malibú con piña colada",
"tequila sunrise", "vodka pasión", y
algún que otro invento como "muerte blanca", por lo que
después de comer algo, me atrincheré detrás de la barra... Nunca me ha gustado
beber, por eso mi límite estaba en dos copas, y el resto de la noche, con
zumos... Pero allí estaba yo, un vampiro mordisqueando cuellos femeninos,
alguno de sexualidad confusa, preparando
cócteles, pasando un tremendo calor con la capa de mi abuelo y aprovechándome
del anonimato… es decir… lo de siempre...
Entonces la
vi a ella, sentada, con su hociquito pintado de negro y bigotes a juego, su
body negro muy ceñido, sus collares y las botas de tacón, en uno de los
sillones de paja, y fumando un cigarrillo mentolado en boquilla larga de
carey... No había ningún chico a su lado, lo que no dejó de sorprenderme, pues
yo la encontraba muy atractiva...
Abandoné la
barra unos minutos, para llevarle un "tequila sunrise" muy
suave, lo mismo que el otro "barman vocacional" (iba
disfrazado de hombre lobo, y sudaba a mares) le había servido casi una hora
antes... Su voz era muy dulce, con un toque de angostura... "¿Es para
mí? ¿Cómo sabías lo que deseaba tomar?" En vez de responder, indiqué
con un leve gesto su vaso... Por supuesto, era distinto, al estar fuera de la
barra, pierdes la ventaja que otorgan las luces indirectas y el manejo de la
coctelera... pero tienes que hacer frente al problema de cómo darle
conversación a una fascinante gatita... llamada Isabel Ruiz Gómez...
Tuve suerte,
todavía lo pienso... Ella terminaba primero de
Periodismo en el CEU, y me la había cruzado unas cuantas veces en las
escaleras del centro, pero nunca encontré hasta ese momento la ocasión de
hablar con ella... Esa dichosa manía de llegar un pelín tarde a todas partes...
Aquella noche fue bastante extraña, no exactamente mágica, pero poco le
faltó... La pasé casi entera, hablando con Isabel, hasta la madrugada "del
piú e del menno", es decir, de todo y de nada... De libros, sobre
todo... de sueños, de perseguir el sol en un coche sin combustible, y de
viajes...
Ella también
era una viajera empedernida, tanto dentro como fuera de Europa, en la realidad
y en su imaginación, y sentíamos la misma fascinación por la cultura maya, los
olmecas, los señores del Chilbalba... Era un poco como hablar con alguien que
te complementaba, las mismas pasiones, inquietudes, tal vez sueños... Algo, en
todo caso, extraño, novedoso e interesante, para un solitario empedernido como
yo... que a finales de segundo de carrera no estaba muy a gusto con su cuerpo,
aunque mi altura no dejaba de jugar a mi favor…
¿Acaso fue el
disfraz de vampiro lo que me ayudó a desinhibirme?¿Conseguí motivar un poquito
más a Isabel, con los "Tequila Sunrise" suavecitos?¿Tal vez
ella se limitó a aprovechar la ocasión, para hablar conmigo en medio de la
relativa intimidad que otorga la multitud? Pasé media noche detrás de la barra,
hablando con ella, con mi gatita loca... quien al final también se animó a
preparar algunas copas, cada vez con menos alcohol, para el grupito de
incombustibles bebedores que llegó con vida a las cinco de la madrugada... y la otra media, escondidos en dos enormes
sillones de cañizo, que alguien había arrastrado en la terraza, bebiendo zumos
de piña y fumando cigarrillos mentolados…
También
estuvimos bailando, menuda pareja, solo nos interesaban los lentos, quizás
porque ninguno sabía bailar: para mis dos pies izquierdos, bastante tenía con
aplicarle a cualquier baile el compás "un, dos, tres" del
vals... A veces, incluso contaba en voz baja... No pudimos evitar una
carcajada, cuando sorprendí a Isabel contando los pasos al mismo tiempo que
yo...
Serían las
seis de la mañana de un espléndido sábado de primeros de junio en Madrid
cuando, habiendo ayudado a Natalia y a su novio a recoger un poco la terraza de
su piso, nos bajamos los cuatro a dar un paseo por la ciudad, cuyas calles
bostezaban, agotadas por una noche tan larga... El objetivo de nuestra
expedición de castigo no podía ser otro que una chocolatería cercana, donde
atendieron a un vampiro con mucho sueño y sin un colmillo, una gatita (muy)
sexy y femenina, una dominatrix (con taconazos de cuero y corpiño negro... es
Sebastián Alameda Hernández, el novio de Natalia) y una geisha sugerente
(Natalia, la incitadora)...
A las ocho de
la mañana, nos despedimos con un beso de grupo (con achuchón incluido) en la
Plaza de Colón... con la promesa de vernos en la facultad... Volví a casa, me
encontré con mi madre en la cocina, dos besos, y me fui a la cama... Unos días después, me descontaron de mi
asignación semanal el coste de la tintorería… Isabel y yo nos vimos un par de
veces más aquél trimestre, fuimos al cine, a desayunar juntos, coincidimos en
algunas fiestas, compartimos un pincho de tortilla y un par de cervecitas,
incluso le regalé un libro por su cumpleaños, "Ilusiones",
de Richard Bach, nos encontramos un par de veces en varias fiestas (ninguna de
disfraces)... Y lentamente, regresamos al anonimato, a los saludos cordiales en
la escalera, puesto que a mis veinte años recién cumplidos, yo era "demasiado
mayor" para ella, que acababa de cumplir dieciocho... Como se suele
decir en estas ocasiones, “fue muy
hermoso mientras duró”…
¿Y mis otros
amores, los que me importaban de verdad? Claudia y yo seguíamos manteniendo una
extraña relación, como los matrimonios ni se aman, ni se quieren, pero siguen
como apéndices extracorpóreos del otro... El caudal de amor que sentía por ella
se iba dulcificando, ella había conocido un par de chicos interesantes en su
facultad, y yo seguía siendo su mejor amigo…
¿Esther? Las
cosas no fueron sencillas, nunca lo son, cuando dos personas que han compartido
un par de horas optan por convertirse en amigos, y empezar a escribirse... No
teníamos nada en común, salvo nuestro cariño por Claudia, y nuestra pasión por
el mar y el sol… Gran ternura, pero no amor, ni siquiera me lo llegué a
plantear...
Ella y su familia fueron siempre geniales,
maravillosos conmigo desde el primer momento: me abrieron las puertas de su
casa dos de las veces que volé a Málaga (ventajas de que mi madre trabajase en
“Iberia”), y también me cedieron el
cuarto de invitados... aunque pusieran un pestillo en el cuarto de Esther, que yo
no dejaba de ser un chicarrón del norte de un metro ochenta (¡por Dios, qué
bien suena!), con la extraña manía de viajar con una maleta de libros… y un
pequeño ramo de rosas secas, de color azul, para regalárselas a ella,
sacándolas de detrás de su oreja… y su hija una cabra loca, bellísima, es
cierto, pero cabra…
Allí comí los
mejores “huevos estrellados con patatas”
de toda mi vida... Esther vino un par de mañanas a despertarme, con un tazón de
café recién hecho y con mucho azúcar… algo que dudo mucho que hiciera felices a
sus padres, porque en verano no uso pijama, solo un “bóxer” de la “Disney”… Muchas
noches, me las pasaba mirando sus fotos, iluminadas por las estrellas
fosforescentes en los rincones de su cama… Pero jamás la toqué… Era más una
relación de mascotas consentidas y felices que de humanos…
Y con ella
viví una de las noches de feria más intensas, más absolutamente alocadas de
toda mi vida... Aquellas horas en la calle Larios, comiendo "pescaíto
frito", "pijota", "bienmesabe"...
y vino fino, tal vez demasiado... Me presentó a sus amigos, pero a la mañana
siguiente no recordaba (casi) nada de lo que había hecho, aunque a los
diecinueve años, el hígado parece recargable (¡No lo es!)… el corazón
inagotable (tampoco lo es…) y además, tenía una resaca monumental, seguro que
por culpa del hielo de garrafón…
En un par de ocasiones, cociné para ellos, y
siempre he pensado que Cosme Galán Dueñas (inspector de Hacienda) y Pilar
García Prieto (agente de la Policía Nacional) me trataron como un hijo, en todo
momento, y no dudaron en abrirme las puertas de su casa, cuando su hija hacía
menos de un año que me conocía, y no tenían otras referencias que sus opiniones…
Reconozco que a veces puedo resultar un poco intimidante, sobre todo recién
levantado y con el pelo por la cara, y esa palidez cadavérica que me persigue
hasta que me paso la primera semana al sol… Demasiadas ocasiones mi reflejo a
primera hora me hacía recordad a “Eduardo
Manos Tijeras”…
Yo fumaba bastante, pero nunca en casa…
procuraba respetar todas las normas (aunque si por mí fuera, me levantaría
mucho más tarde) y siempre estaba pendiente de Esther, como si fuera una
hermana pequeña… exquisitamente torneada por el mejor alfarero del mundo…
Ambos
cambiamos con el paso del tiempo… yo me volví más viejo… y Esther bastante más
loca que antes, pero no por mi influencia ni mis encantos o culpa… En la
tercera visita, dormí en la casa que compartía con su novio, aunque bien poco
recuerdo de aquella última ocasión, compartiendo el sofá del comedor con un
tremendo perrazo de color blanco, muy peludo, y con muchísima halitosis...
Nunca olvidaré aquella tarde de playa en la “Malaguetta”, riéndonos del calor del sol, por estar vivos, vestidos
de negro a pleno sol, con Esther y su amiga Marjolein Van Braam Morris, cuando
las invité a merendar, y entre las dos me compraron un mechero "Zippo"
americano de siete barras, que todavía conservo... igual que las fotos que nos
hicimos haciendo el ganso, subidos en la moto de un amigo (pero montando los
tres en ella, y del revés)... o bien a las dos arrancándose por sevillanas…
Mientras que yo ponía cara de duro, sin dejar de repetir, a voz en grito “!Arsa!”… Incluso nos lanzaron un par de
monedas…
Pero lo más
importante de aquél tercer viaje a Málaga... fue conocerla a ella, Yolanda...
la mujer que me ha dado la vida... pero que me robó el alma... desde la primera
mirada… Y que consiguió lo que en mí era imposible: que me enamorase al mismo
tiempo de su cuerpo y de su alma…
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