jueves, 21 de agosto de 2014

16. Retazos de felicidad

Y pasadas las once de la noche, después de una ducha rápida, juntos y hasta que gastamos casi el agua caliente, buscamos un sitio donde cenar… Casi nos tragamos un par de farolas, y tres o cuatro peatones, porque íbamos enlazados por el talle, y besándonos…

Disfrutábamos de cada momento juntos, incluso del aire que nos separaba, y conscientes de que “lo peor” había pasado, la fortaleza familiar había sido conquistada, y nosotros habíamos superado una de las mayores barreras: la intimidad...  y el sudor deseado…

Mientras caminábamos por las calles abarrotadas de gente, que no en vano soplaba la fresca brisa marina, Yolanda empezó a encontrarse con algunos conocidos, al pertenecer sus hermanos a la “Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo”... Y cada vez que le preguntaban por mí, respondía lo mismo: "Es Ismael, mi novio...", y me daba un “piquito”... Para mí, un solitario empedernido, aquellas palabras sonaban a gloria bendita, incluso sin ser creyente...

Si hubiéramos querido mantenerlo en secreto, incluso si no me hubiera besado de aquella manera en la esquina de su casa antes de la “presentación en sociedad”, la mañana anterior, medio Málaga se lo habría contado a su madre, la feroz dragona… de enorme corazón...

Picoteamos en varias tabernas, pero ninguno de los dos tenía demasiada hambre, y le propuse dar un pequeño paseo hasta la playa... tal vez porque, como buen "urbanita", estaba (y sigo estando) enamorado del mar... Así llegamos a “La Malagueta”... Había bastante gente en la zona, las ocasionales parejas disfrutando de la luna llena, un par de locos bañándose, un niño jugando con su perro...

Yo me remangué los vaqueros, ella se quitó las sandalias, y reanudamos aquella alianza, eterna, con el mar... que me temo no le sentó bien a una de mis sandalias: tuve que pescarla entre las olas, pues todavía no llevaba bien la coordinación necesaria para besar, pasear, acariciar, soñar… y la cristalina risa de Yolanda casi logró que se me cayera la segunda… Nos limpiamos la arena entre risas, y nos calzamos de nuevo…

Una vez más, la acompañé a su casa y aunque todo era igual… nada era lo mismo… Era ya muy tarde, y nadie aplaudió nuestros besos, que sin embargo eran mucho mejores que en la “matinée”... y luego, volví a mi habitación... pero sin Yolanda…

Aquella noche la pasé entera soñando despierto... con ella... con un futuro en común… con la felicidad… Aquél ocho de agosto de 1995, estaba seguro de haber alcanzado el punto de inflexión en mi vida, y que en breve tendría que tomar decisiones importantes... pero ya no tenía miedo…

Con la carrera, el primer “Magister Universitario” y los cursos de Doctorado finalizados (como un paso previo para conseguir trabajo de periodista), solo me quedaba un gran reto: terminar la tesis doctoral, y empezar a buscar trabajo, en cualquier lugar... Mil ideas rondaban mi mente, seguía buscando su olor, el leve rastro de colonia, que había dejado entre las sábanas... y sobre mi cuerpo...

Con esa vieja costumbre de ser sinceros cuando nadie nos ve, no tenía más remedio que admitirlo: llevaba muchísimo tiempo deseando hacer el amor con ella... pero nunca supuse que sería así…

 "Hacer el amor..." Por fin comprendía el sentido de aquellas palabras... y que precisamente era aquello lo que pretendían haber evitado sus padres, llenando la casa de gente durante mi breve estancia… Por supuesto, no contaban con los deseos de su hija… ni con los míos [Nota: cuando Claudia sea mayor… ¿Qué haremos nosotros? ¿Seremos padres comprensivos o dictatoriales? Me basta con que sepa kendo, Judo y Jiu-Jitsu, como yo… por si acaso lo necesita…aunque de momento se les da muy bien a las dos el kárate?]

Harto de dar mil y una vueltas sobre las sábanas (nunca he podido hacerme el dormido y cazar al mosquito de cabecera), a las dos de la madrugada, me siento en la silla (la ropa está colgada en el armario), con un libro en el regazo… No lo abro, ni lo uso para planchar al mosquito, ni enciendo la luz, solo me quedo quieto, pensando, recordando, imaginando…

En el mejor de los mundos posibles, la ventana de mi habitación daría al mar, a la playa, y según avanzase la noche, cuatro sirenas de rubia cabellera se acercarían a la orilla, y cantarían para mí… Pero en el mundo real, mi ventana da un patio interior, y enfrente se alza otro edificio, muy parecido al mío… con ventanas semi abiertas, cobijando tal vez los sueños de los afortunados…

Dejo el libro del momento sobre la pequeña mesa, y me alegro de tenerlo forrado con papel de estraza: estoy leyendo “La caza del Diablo”, de Richard Lourie, sobre la persecución policial de Andrei Chikatilo, también conocido como “El carnicero de Rostov”… Sí, es cierto, de lo más edificante para alguien tan enamorado como yo… pero también llevo en la mochila una edición en formato bolsillo de “La isla del Tesoro” de Robert Louis Stevenson… que me regaló mi padre hace años…

Son las cinco de la mañana, cuando dejo que el acre sabor del tabaco rubio americano llene mis pulmones, y caliente antes la vieja cachimba de brezo… A Yolanda no le gusta que fume, pero en aquél momento, lo necesito… Es una especie de “ritual chamánico”: todo ese tiempo despierto, casi inmóvil, mirando las estrellas (en Madrid casi nunca las he visto tan brillantes), y recordando cómo ha sido mi vida hasta aquella tarde…

Pero también, con ese extraño miedo a dormirme aunque fuera unos minutos, y luego despertarme en cualquier otro tiempo y lugar, donde no existiera Yolanda, o no me amase… A las siete de la mañana, y tres minutos, encuentro un pedacito de almohada que me huele a ella… y me quedo dormido, sujetándolo entre el pulgar y el índice…

Y Yolanda me despertó con un beso de mariposa y otro de morsa loca (broma difícil de explicar) a las nueve de la mañana: había convencido a Doña Matilde Generoso Pérez, la dueña de la pensión, para que la dejase subir a verme… Aquella mañana, con fiera escolta, regresaríamos al lugar donde nos enamoramos, a la casa de sus padres en Benalmádena… por primera vez...

Todos cambiamos, con el paso de los años... Yolanda había perdido algunas redondeces de su adolescencia, y su cuerpo se había ido perfilando, puliéndose por el deporte (le encantaba hacer “footing”... algo que yo no concibo sin un “peaso” león que corra detrás tuyo)…  Y también tenía algunas ojeras, por tantas noches de estudio para avanzar con Psicología… Una vez más, estábamos juntos y solos en la piscina, y nos entregamos a las caricias del sol... antes de dormirnos sobre una enorme toalla amarilla…

Después de ducharnos y cambiarnos de ropa, comimos con sus hermanos, que habían estado remando con los “kayaks” para fortalecer brazos y hombros, y a media tarde, después de una reparadora siesta (en habitaciones separadas... por el “dichoso qué dirán”…), regresamos a Málaga, para ver nuestra primera película juntos, que se ha convertido, para nosotros, en la más romántica de todos los tiempos...

 "Estallido", con Robin Williams, que habla de una epidemia provocada por un mono que llega de contrabando a Estados Unidos, y de los esfuerzos del CDC por controlarlo...

Vale, hay películas más "pasteleras", “comerciales”, “románticas” y dignas de ese nombre, como "Ghost", "City of Angels", "Más allá de los sueños", "Carta de una desconocida" o bien "El fantasma y la señora Muir"... y todas ellas las he visto con Yolanda durante estos años...

Los demás días siguieron más o menos el mismo rumbo: pereza por la mañana; un poco de turismo, playa, volver a casa o a la pensión para dormir la siesta (vale, algunas veces, hacíamos algo más interesante)... un paseo por la tarde por el casco histórico, para merendar o tomar una copa de helado...

Y, sobre todo, hablar, poner en común nuestros sueños, aspiraciones, deseos... Se acercaba el día de mi regreso a Madrid... quizás por eso nos extrañó tanto a los dos la decisión de su madre: dejarnos las llaves del apartamento de Benalmádena, aprovechando que "las fieras" (sus hijos) estaban de gira, participando en un torneo de baloncesto en l´ Hospitalet de LLobregat...

Aunque lo que nos dejó mas sorprendidos fue el comentario de su padre: "No hagas nada de lo que te puedas arrepentir... pero si los dos estáis de acuerdo… la cosa cambia"… Abandoné la pensión aquella misma mañana del doce de agosto de 1995, no sin antes darle un pequeño regalo a Doña Matilde (una de esas figuritas de perrito de porcelana que tanto le gustaban) y, con la pequeña maleta a cuestas, nos subimos al autobús...

Supongo que debe de ser muy duro para un padre, y mucho más para una madre, que su hija se vaya a pasar unas “mini-vacaciones” con un perfecto desconocido, al menos en la faceta de novio, puesto que ya había sido "presentado en sociedad"... pero igual pensaron que era mejor darnos un voto de confianza, al mismo tiempo que superábamos la prueba de la convivencia...

No es lo mismo estar enamoradísimo de alguien...que pasarte media vida recogiendo su ropa interior sucia... o aguantando sus "manías de joven"... En nuestro caso, fueron muchas más las coincidencias que las discrepancias: nos unía el amor por la literatura (en su caso desarrollado durante los últimos cuatro años), por el estudio, el sentido de lo que es justo, la pasión por los viajes (¿y a quién no le llaman la atención?), los perros y los gatos...

Y nos separaban su interés por el baloncesto y el fútbol, las procesiones de Semana Santa (de las que yo solo aceptaba su faceta estética y musical, pero no la religiosa), y la orientación política (yo siempre he sido más de izquierdas)...

Pero nuestra mayor pasión, era la capacidad de pensar en un futuro juntos, de mirar en la misma dirección... A Yolanda le faltaban tres años para terminar la carrera, yo necesitaba renegociar con mi director de tesis la orientación de la misma... y tampoco podía permitirme seguir estudiando, si pretendía estar con Yolanda...

 Aunque no se lo dije en aquél momento, me agobiaba bastante la diferencia de nivel económico, puesto que su padre era un hombre que se había hecho a sí mismo, y su madre gozaba de poder y buena posición; mientras que mi familia, sin ser pobre ni mucho menos, no podía compararse en ese sentido...

Estuvimos juntos dos noches y tres días, hablando, riendo, soñando... y amándonos... Jamás olvidaré aquella estancia...

La mañana del 14 de agosto, lavamos y dejamos en el tendedero del salón las sábanas de la cama de sus padres, las toallas de todos los cuartos de baño, y de la mitad de los manteles... También borramos todas las huellas de nuestra estancia, incluso las fresas con chocolate en la jamba de la puerta, y regresamos a la ciudad... Sus padres estaban en casa, esperándonos, y se despidieron de mí con dos besos y un "Cuídate, hijo mío..." que me hizo sentir parte de algo nuevo, mucho más grande que mi pequeña familia...


A las dos de la tarde, Yolanda, con su vestido azul petróleo y sus finas sandalias de cuero, y su enorme pamela “contra las pecas en la nariz” (con su melena negra recogida en un práctico moño) me daba un último beso en la escalera del autobús, y se quedaba esperándome, callada, en el andén... Yo subí al autobús, validé el billete y solo entonces, cuando ella no podía verme… me permití el lujo de empezar a llorar...

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