Y pasadas las
once de la noche, después de una ducha rápida, juntos y hasta que gastamos casi
el agua caliente, buscamos un sitio donde cenar… Casi nos tragamos un par de
farolas, y tres o cuatro peatones, porque íbamos enlazados por el talle, y
besándonos…
Disfrutábamos
de cada momento juntos, incluso del aire que nos separaba, y conscientes de que
“lo peor” había pasado, la fortaleza
familiar había sido conquistada, y nosotros habíamos superado una de las
mayores barreras: la intimidad... y el sudor deseado…
Mientras
caminábamos por las calles abarrotadas de gente, que no en vano soplaba la
fresca brisa marina, Yolanda empezó a encontrarse con algunos conocidos, al
pertenecer sus hermanos a la “Cofradía de
Nuestro Padre Jesús Cautivo”... Y cada vez que le preguntaban por mí,
respondía lo mismo: "Es Ismael, mi novio...", y me daba un “piquito”... Para mí, un solitario
empedernido, aquellas palabras sonaban a gloria bendita, incluso sin ser
creyente...
Si hubiéramos
querido mantenerlo en secreto, incluso si no me hubiera besado de aquella
manera en la esquina de su casa antes de la “presentación
en sociedad”, la mañana anterior, medio Málaga se lo habría contado a su
madre, la feroz dragona… de enorme corazón...
Picoteamos en
varias tabernas, pero ninguno de los dos tenía demasiada hambre, y le propuse
dar un pequeño paseo hasta la playa... tal vez porque, como buen "urbanita",
estaba (y sigo estando) enamorado del mar... Así llegamos a “La Malagueta”... Había bastante gente en
la zona, las ocasionales parejas disfrutando de la luna llena, un par de locos
bañándose, un niño jugando con su perro...
Yo me
remangué los vaqueros, ella se quitó las sandalias, y reanudamos aquella
alianza, eterna, con el mar... que me temo no le sentó bien a una de mis
sandalias: tuve que pescarla entre las olas, pues todavía no llevaba bien la
coordinación necesaria para besar, pasear, acariciar, soñar… y la cristalina
risa de Yolanda casi logró que se me cayera la segunda… Nos limpiamos la arena
entre risas, y nos calzamos de nuevo…
Una vez más,
la acompañé a su casa y aunque todo era igual… nada era lo mismo… Era ya muy
tarde, y nadie aplaudió nuestros besos, que sin embargo eran mucho mejores que
en la “matinée”... y luego, volví a
mi habitación... pero sin Yolanda…
Aquella noche
la pasé entera soñando despierto... con ella... con un futuro en común… con la
felicidad… Aquél ocho de agosto de 1995, estaba seguro de haber alcanzado el
punto de inflexión en mi vida, y que en breve tendría que tomar decisiones
importantes... pero ya no tenía miedo…
Con la
carrera, el primer “Magister
Universitario” y los cursos de Doctorado finalizados (como un paso previo
para conseguir trabajo de periodista), solo me quedaba un gran reto: terminar
la tesis doctoral, y empezar a buscar trabajo, en cualquier lugar... Mil ideas
rondaban mi mente, seguía buscando su olor, el leve rastro de colonia, que
había dejado entre las sábanas... y sobre mi cuerpo...
Con esa vieja
costumbre de ser sinceros cuando nadie nos ve, no tenía más remedio que
admitirlo: llevaba muchísimo tiempo deseando hacer el amor con ella... pero
nunca supuse que sería así…
"Hacer el amor..." Por fin
comprendía el sentido de aquellas palabras... y que precisamente era aquello lo
que pretendían haber evitado sus padres, llenando la casa de gente durante mi
breve estancia… Por supuesto, no contaban con los deseos de su hija… ni con los
míos [Nota: cuando Claudia sea mayor…
¿Qué haremos nosotros? ¿Seremos padres comprensivos o dictatoriales? Me basta
con que sepa kendo, Judo y Jiu-Jitsu, como yo… por si acaso lo necesita…aunque
de momento se les da muy bien a las dos el kárate?]
Harto de dar
mil y una vueltas sobre las sábanas (nunca he podido hacerme el dormido y cazar
al mosquito de cabecera), a las dos de la madrugada, me siento en la silla (la
ropa está colgada en el armario), con un libro en el regazo… No lo abro, ni lo
uso para planchar al mosquito, ni enciendo la luz, solo me quedo quieto,
pensando, recordando, imaginando…
En el mejor
de los mundos posibles, la ventana de mi habitación daría al mar, a la playa, y
según avanzase la noche, cuatro sirenas de rubia cabellera se acercarían a la
orilla, y cantarían para mí… Pero en el mundo real, mi ventana da un patio
interior, y enfrente se alza otro edificio, muy parecido al mío… con ventanas
semi abiertas, cobijando tal vez los sueños de los afortunados…
Dejo el libro
del momento sobre la pequeña mesa, y me alegro de tenerlo forrado con papel de
estraza: estoy leyendo “La caza del
Diablo”, de Richard Lourie, sobre la persecución policial de Andrei
Chikatilo, también conocido como “El
carnicero de Rostov”… Sí, es cierto, de lo más edificante para alguien tan
enamorado como yo… pero también llevo en la mochila una edición en formato
bolsillo de “La isla del Tesoro” de
Robert Louis Stevenson… que me regaló mi padre hace años…
Son las cinco
de la mañana, cuando dejo que el acre sabor del tabaco rubio americano llene
mis pulmones, y caliente antes la vieja cachimba de brezo… A Yolanda no le
gusta que fume, pero en aquél momento, lo necesito… Es una especie de “ritual chamánico”: todo ese tiempo
despierto, casi inmóvil, mirando las estrellas (en Madrid casi nunca las he
visto tan brillantes), y recordando cómo ha sido mi vida hasta aquella tarde…
Pero también,
con ese extraño miedo a dormirme aunque fuera unos minutos, y luego despertarme
en cualquier otro tiempo y lugar, donde no existiera Yolanda, o no me amase… A
las siete de la mañana, y tres minutos, encuentro un pedacito de almohada que
me huele a ella… y me quedo dormido, sujetándolo entre el pulgar y el índice…
Y Yolanda me
despertó con un beso de mariposa y otro de morsa loca (broma difícil de
explicar) a las nueve de la mañana: había convencido a Doña Matilde Generoso
Pérez, la dueña de la pensión, para que la dejase subir a verme… Aquella
mañana, con fiera escolta, regresaríamos al lugar donde nos enamoramos, a la
casa de sus padres en Benalmádena… por primera vez...
Todos cambiamos, con el paso de los años... Yolanda había perdido
algunas redondeces de su adolescencia, y su cuerpo se había ido perfilando,
puliéndose por el deporte (le encantaba hacer “footing”... algo que yo no concibo sin un “peaso” león que corra detrás tuyo)…
Y también tenía algunas ojeras, por tantas noches de estudio para
avanzar con Psicología… Una vez más, estábamos juntos y solos en la piscina, y
nos entregamos a las caricias del sol... antes de dormirnos sobre una enorme
toalla amarilla…
Después de
ducharnos y cambiarnos de ropa, comimos con sus hermanos, que habían estado
remando con los “kayaks” para
fortalecer brazos y hombros, y a media tarde, después de una reparadora siesta
(en habitaciones separadas... por el “dichoso
qué dirán”…), regresamos a Málaga, para ver nuestra primera película
juntos, que se ha convertido, para nosotros, en la más romántica de todos los
tiempos...
"Estallido", con Robin Williams, que habla de una epidemia
provocada por un mono que llega de contrabando a Estados Unidos, y de los
esfuerzos del CDC por controlarlo...
Vale, hay
películas más "pasteleras", “comerciales”, “románticas”
y dignas de ese nombre, como "Ghost", "City of
Angels", "Más allá de los sueños", "Carta
de una desconocida" o bien "El fantasma y la señora Muir"...
y todas ellas las he visto con Yolanda durante estos años...
Los demás
días siguieron más o menos el mismo rumbo: pereza por la mañana; un poco de
turismo, playa, volver a casa o a la pensión para dormir la siesta (vale,
algunas veces, hacíamos algo más interesante)... un paseo por la tarde por el
casco histórico, para merendar o tomar una copa de helado...
Y, sobre
todo, hablar, poner en común nuestros sueños, aspiraciones, deseos... Se acercaba
el día de mi regreso a Madrid... quizás por eso nos extrañó tanto a los dos la
decisión de su madre: dejarnos las llaves del apartamento de Benalmádena,
aprovechando que "las fieras" (sus hijos) estaban de gira,
participando en un torneo de baloncesto en l´ Hospitalet de LLobregat...
Aunque lo que
nos dejó mas sorprendidos fue el comentario de su padre: "No hagas
nada de lo que te puedas arrepentir... pero si los dos estáis de acuerdo… la
cosa cambia"… Abandoné la pensión aquella misma mañana del doce de
agosto de 1995, no sin antes darle un pequeño regalo a Doña Matilde (una de
esas figuritas de perrito de porcelana que tanto le gustaban) y, con la pequeña
maleta a cuestas, nos subimos al autobús...
Supongo que
debe de ser muy duro para un padre, y mucho más para una madre, que su hija se
vaya a pasar unas “mini-vacaciones”
con un perfecto desconocido, al menos en la faceta de novio, puesto que ya
había sido "presentado en sociedad"... pero igual pensaron
que era mejor darnos un voto de confianza, al mismo tiempo que superábamos la
prueba de la convivencia...
No es lo
mismo estar enamoradísimo de alguien...que pasarte media vida recogiendo su ropa
interior sucia... o aguantando sus "manías de joven"... En
nuestro caso, fueron muchas más las coincidencias que las discrepancias: nos
unía el amor por la literatura (en su caso desarrollado durante los últimos
cuatro años), por el estudio, el sentido de lo que es justo, la pasión por los
viajes (¿y a quién no le llaman la atención?), los perros y los gatos...
Y nos
separaban su interés por el baloncesto y el fútbol, las procesiones de Semana
Santa (de las que yo solo aceptaba su faceta estética y musical, pero no la
religiosa), y la orientación política (yo siempre he sido más de izquierdas)...
Pero nuestra
mayor pasión, era la capacidad de pensar en un futuro juntos, de mirar en la
misma dirección... A Yolanda le faltaban tres años para terminar la carrera, yo
necesitaba renegociar con mi director de tesis la orientación de la misma... y
tampoco podía permitirme seguir estudiando, si pretendía estar con Yolanda...
Aunque no se lo dije en aquél momento, me
agobiaba bastante la diferencia de nivel económico, puesto que su padre era un
hombre que se había hecho a sí mismo, y su madre gozaba de poder y buena
posición; mientras que mi familia, sin ser pobre ni mucho menos, no podía
compararse en ese sentido...
Estuvimos
juntos dos noches y tres días, hablando, riendo, soñando... y amándonos...
Jamás olvidaré aquella estancia...
La mañana del
14 de agosto, lavamos y dejamos en el tendedero del salón las sábanas de la
cama de sus padres, las toallas de todos los cuartos de baño, y de la mitad de
los manteles... También borramos todas las huellas de nuestra estancia, incluso
las fresas con chocolate en la jamba de la puerta, y regresamos a la ciudad...
Sus padres estaban en casa, esperándonos, y se despidieron de mí con dos besos
y un "Cuídate, hijo mío..." que me hizo sentir parte de algo
nuevo, mucho más grande que mi pequeña familia...
A las
dos de la tarde, Yolanda, con su vestido azul petróleo y sus finas
sandalias de cuero, y su enorme pamela “contra
las pecas en la nariz” (con su melena negra recogida en un práctico moño) me
daba un último beso en la escalera del autobús, y se quedaba esperándome,
callada, en el andén... Yo subí al autobús, validé el billete y solo entonces, cuando
ella no podía verme… me permití el lujo de empezar a llorar...
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