Nunca antes
de aquél viaje he agradecido tanto el uso de las gafas de sol, y la relativa
intimidad de los asientos de ventanilla... Sentado en el lateral derecho, junto
a una abuelita de cabello blanco y piel surcada por innumerables
arrugas que no paraba de hacer punto, dejé que las lágrimas fluyeran, hasta
vaciar por completo mi alma... Porque, en el fondo, seguía temiendo que aquella
semana en Málaga (y Benalmádena),
durante la cual viví tantas cosas con Yolanda, pudiera ser un sueño...
"¿Mal de amores?", escuché decir a
la abuelita...
"¿Perdone?",
le respondí, quizás un poco brusco, por lo que representaba de intromisión en mi esfera
personal...
"Te
pregunto si lloras por el mal de amores... porque no se me ocurre otra cosa
para que un zagal como tú lleve más de una hora llorando en silencio...",
me respondió, al mismo tiempo que me daba un kleenex
con olor a lavanda... típico de
abuelita de película americana… Quizás fuera porque necesitaba hablar, o por su
gesto de amabilidad, o porque me recordaba a mi abuela que murió hace mil años,
tantos que casi no la recordaba, salvo por las fotos... Pero, muy despacio, fui
desgranando mi historia... hasta que alcanzamos el punto más comprometido...
"¿Estás seguro de amarla, o siquiera de conocer
el sentido de aquella palabra?" me preguntó la abuelita, de nombre Leocadia Cascos Ibañez... "Porque el
amor no es confundir la noche con el día, ni cualquier estupidez por el
estilo... El amor es no poder vivir sin la otra persona... sentir que algo de
ti se muere cuando te alejas... y que el día más soleado del año se convierte
en la más oscura y fría niebla, si estás lejos de ella... El amor verdadero...
duele..."
Me quedé un
rato pensando en sus palabras, analizando al mismo tiempo lo que sentía por
Yolanda, y es cierto, aquellos años durante los cuales había estado
relegado a la posición de "mejor amigo" no habían conseguido
otra cosa que incentivar mi soledad, mi tristeza, y mi insatisfacción por no poder tenerla...
"¿Cuando
preparabas el equipaje en tu ciudad... tuviste mucho cuidado en escoger las
prendas más nuevas, las que mejor te sentaban, con tal de agradarla a ella?" Y respondí que era cierto...
"¿En
los últimos meses, incluso en el gimnasio de la mili, has procurado hacer algo de
deporte, para sentirte más seguro, más a gusto contigo mismo, en el momento en
que te tumbases a su lado en la playa?" Una vez más, era cierto...
"¿Has
venido a Málaga con la intención de hacer el amor con ella… o al menos, de
intentarlo?" Y,
aunque me puse rojo como la grana (o más bien, amarronado), tuve que admitir que aquella
era, precisamente, mi intención: aclarar por fin las cosas entre nosotros... y
sobre todo, conociendo su forma de ser... "Sí, le respondí... En
principio, vine para aclararme las ideas en lo sentimental, encontrar
mi lugar en su vida... pero estaba soñando con recorrer todo su cuerpo con mis
caricias..."
"Supongo
que te darías cuenta de algo muy importante: que detrás de la imagen que te
habías formado de ella, se encontraba una mujer real, con sus sueños,
necesidades, expectativas... Y que si la amas, tendrás que estar a su
lado..."
Sus palabras
me hicieron reflexionar, porque las notaba llenas de verdad... de vida... y al
mismo tiempo, no estaban exentas de tristeza... "¿Y usted, por qué
viaja, un lunes como este, con todo el calor?"
"Nunca
hago todo el viaje... ni siquiera hasta Jaén... a no ser que alguien me
necesite... Mi Florencio
era conductor en esta línea de autobuses... Hace un par de años, ya jubilado,
se desplomó en la puerta de casa... Solo dijo una palabra:
"autobús"... Y por eso, una vez a la semana, cojo este autobús...
Para recordarle... Nunca pierdas la ocasión, Ismael, de luchar por tu
Yolanda... y de demostrarle cuanto la amas..."
Haciéndole
una señal al conductor a la entrada de Jaén, Leocadia
se levantó trabajosamente del asiento,
y se bajó del autobús... No sin antes dejar en mi regazo una bufanda azul
marino, que había estado tejiendo en los últimos viajes, pero terminado para
mí, "como recuerdo"...
Llegué a
Madrid sin pena ni gloria, nadie me esperaba en la estación... pero la primera
cosa que hice, al llegar a casa, fue guardar la bufanda en el cajón, para
usarla durante el invierno... Tantos años después, todavía me la pongo… Más tarde,
y aprovechando que la casa estaba vacía, llamé a Yolanda... y estuvimos una
hora entera, hablando, cómo no, del amor y de la vida que nos esperaba...
juntos…
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