jueves, 21 de agosto de 2014

12. Con el alma rota.

Durante un rato, pensé que perdería el autobús...

A pesar de todo el trabajo realizando, de frotar todas las cacerolas y fogones con arena de la playa, de enterrar todos los desperdicios orgánicos en las zanjas, los ratos llamando por el móvil a la estación de Murcia, preguntando por las combinaciones para llegar hasta Málaga, y sobre todo, para volver con el tiempo suficiente terminar las maniobras...

Después de haber pedido incluso un poco de dinero extra (con el interés habitual) al cabo furriel, que no se iba a ninguna parte, porque tenía demasiadas cosas que hacer... Con todo el material de la cocina y el mío en perfecto orden de revista, que incluso podrías utilizar el fondo de las cacerolas como espejo si querías afeitarte (milagros de la arena de playa)...

Nuestro teniente realizó una inspección sorpresa a la zona de las tiendas de la decimotercera compañía, y descubrió un pequeño alijo de porros... Estuvimos la compañía entera firmes durante casi una hora, hasta que el culpable confesó, bajo la amenaza de arrestar a los noventa soldados de las cuatro compañías nacionales (a los americanos no podía arrestarles, claro está)... Y nos levantaron el castigo... con el tiempo justo para que los camiones nos llevaran a la estación de autobuses… vulnerando unas cuantas leyes de circulación, pero lo conseguimos.

Igual que en las películas románticas, tuve que correr por el andén, puesto que el autobús para Málaga había empezado a desplazarse... y el billete se lo compré al conductor… Iba ligero de equipaje: una pequeña mochila, un par de libros, varias mudas de ropa civil, pero me pasé todo el tiempo pensando en ella… Si algo tenía muy claro, era que no podía perderla, porque mi futuro viajaba en hacia ella... en un sentido o en otro, aquellas veinticuatro horas de “relativa libertad” lo podrían cambiar todo…. O nada…

 El día anterior, viernes trece, había llamado a Yolanda, para decirle que pensaba ir a verla, que necesitaba hablar con ella, y pedirle si me podía buscar algún lugar donde dormir, fuera de su casa, para no molestar a sus padres ni a su familia... No me pareció que le hiciera mucha ilusión la idea, sobre todo porque hacía más de un año y medio que no nos veíamos en persona, y ni las llamadas ni las cartas (menguantes) servían de mucho… Pero, al acomodarme con mi mochila en la zona trasera del autobús y abrir un libro de intriga, solo me importaba que en cinco horas y cuarto podría reflejarme, quizás por última vez, o por primera, en sus ojos azabache...

Estar con ella, engarfiar en su melena negra mi mirada, aspirar una vez más su aroma, besarla en las mejillas, en el cuello, en los labios rojos... ¡Necesitaba tan pocas cosas para ser feliz, y reubicar mi mundo! Solo su amor… o su olvido… Intenté leer un rato, pero las palabras oscilaban ante mis ojos y prefería mirar por la ventanilla, las oscilaciones ocres y terrosas del campo… Sin conseguirlo…

Regresaban promesas y recuerdos incumplidos… No quería enamorarme, me comprometí justamente a mantener nuestra amistad “pura”, a ser el “puerto seguro” donde ella podría refugiarse siempre, el “amigo fiel”, que la escuchaba, y que la orientaba en los mundos de tinta, que le proponía lecturas, le hablaba de escritores nuevos, de grupos musicales, la apoyaba en los estudios, y, por encima de todo, estaba a su lado, de manera incondicional pero a cierta distancia... para lo que fuera necesario…

Pero las cosas pueden cambiar mucho en dos años, cuando tus proyectos, tus planes, se rompen en mil pedazos, sobre todo en el ámbito laboral... imagínate lo que han evolucionado en estos veinte años… Desde aquella tarde, en que empezó el cambio…

 ¿El corazón? Como siempre, escindido, entre mi necesidad de amar, de enamorarme, y la obligación de mantener nuestra amistad: era libre de pensar en cualquier mujer del Planeta y del Multiverso, menos en aquella por quien habría vendido mi alma al diablo (suponiendo, por supuesto, que él existiera... y que mi alma tuviera algún valor)...

A las tres menos cuarto de la tarde, llegué a la estación de autobuses de Málaga, en el Paseo de los Tilos... Me quedaría una sola noche en la ciudad, y el domingo dormiría de nuevo en la “zona acondicionada de la vieja base”, por lo que fui de los primeros en pisar el andén...

Y allí estaba ella, mi hermosa y adorada Yolanda... Hacía algo de frío, por lo que llevaba unas botas camperas marrones, pantalón vaquero azul clarito, camiseta negra, y una cazadora vaquera desgastada... Estaba muy hermosa, con las gafas de sol haciendo de diadema, y una sonrisa algo triste de oreja a oreja... Me costó muchísimo no besarla en aquél momento... pero mientras la estrechaba entre mis brazos, tuve la impresión de que mi mundo, por primera vez en demasiados años, estaba completándose...

Tuvimos que coger un autobús hacia su barrio, y nos bajamos muy cerca de su casa, aunque no pasé la noche en ella: me acompañó hasta la pensión de la calle del Salitre número dieciséis (que cerró hace casi una década)... y subió conmigo a la habitación...

Lo que más necesitaba en aquél momento, además de robarle un beso de su cuello, era darme una buena ducha de agua caliente, para quitarme de encima el olor a mil comistrajos, tristezas, amargura y decepciones varias... Ella me esperaba, mirando por la ventana, mientras que yo, lentamente, me iba despojando de todas las capas en el baño, y me metía en la ducha... de la que salí en medio de una nube de vapor inmenso, oliendo todavía a “Brumel”, recién afeitado, y con ropa civil y limpia…
Y ella me esperaba, iluminada por el sol de la media tarde, sentada en la silla de floripondios y cretona… La abracé, sintiendo que se aproximaba un momento en el que mi vida entera podía cambiar, olfatée unos segundos su cuello, prescindí del beso, y tras el marcial y reglamentario taconazo le ofrecí mi ayuda para abandonar la habitación… Se rió… conmigo…

Yolanda... Casi tan duro como el primer "discurso" que le dije a Laura en nuestro paseo de vuelta al colegio desde la piscina (compartiendo las nubes de fresa), fueron las palabras, escasas pero necesarias, que pronuncié en sus oídos, mientras nos dedicábamos a ver a las madres con los carritos de sus hijos en la vieja alameda… Lugar neutro, voz neutra, susurrando casi con las paredes del alma…. Pero el corazón saliéndose de mi pecho…

"Querida Yolanda... Somos amigos desde hace mucho tiempo, pero no tiene sentido engañarnos más tiempo... Estoy enamorado de ti, siempre lo he estado, desde aquella primera vez que nos vimos, y tú lo sabes... He intentado luchar contra mis sentimientos, estar a tu lado, apoyarte... pero ya no puedo más... No quiero verte sufrir, Yolanda, bien sabe Dios que no lo haría si tuviera otra opción... Necesito que estés a mi lado, Yolanda, compartir mi vida contigo, pues esta vez, soy yo quien te necesita… Lo siento, amor, pero no puedo seguir así... Pero solo si tú me aceptas, como soy, como hemos aprendido a conocernos en estos años… y quieres soñar de mi mano…"

No se me ocurrían más cosas que decirle, y de todas formas, tampoco había mucho más que contar...

En aquél momento, me atreví a mirarla, comprobé que ella estaba sollozando... y mientras sus lágrimas amargas descendían por sus mejillas, yo me quedé allí, abrazándola mientras ella me daba la espalda, convencido de que estaba llegando el momento más temido: el final de nuestra amistad... Por eso, la obligué a darse la vuelta, y ella, sin dejar de llorar, buscó refugio contra mi pecho...

Se repetía la escena más amarga de toda mi vida con Claudia... salvo que amaba mucho más a Yolanda de lo que jamás había querido a la primera... Entonces, y sin decir una sola palabra, ella se zafó de mis brazos, y corrió al cuarto de baño de un bar cercano… y yo, con mis botas militares bien limpias, mi metro ochenta de derrota, la camiseta con un dibujo de Miró y las gafas “Ray-Ban”, me alejé por la alameda, buscando, como siempre, el mar… para que tapase el sonido de sus sollozos, que yo no podía olvidar ni controlar… Pero tuve que contentarme con una fuente, en la que se ahogaron mis propias lágrimas, junto a dos añejos bancos de piedra de respaldo de madera y caliente por el sol…

Me quedé allí, derrumbado, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas recogidas sobre el pecho... Pasaron diez o quince minutos, y por fin, la vi salir…

Me tomó de la mano, y nos sentamos frente a frente, tan cerca como para oler su perfume… pero más lejos que nunca… Empezó a hablar, mirándome a los ojos de vez en cuando, pero yo me escudaba tras las gafas… Seguía avergonzándome de llorar delante y por ella…

"Querido Ismael... Hace ya algún tiempo que soy consciente de tus sentimientos hacia mí... Y quizás la culpa sea mía, por no haberte dicho nada, pero tu lugar en mi corazón es el de mi mejor amigo... no el de mi amado... Si yo fuera una persona racional, te mentiría, te prometería imposibles, mantendría la ilusión en ti de cualquier manera... pero siempre hemos sido sinceros el uno con el otro...
Por eso, debo decirte, que a pesar mío... no te amo... Espero que sepas perdonarme... algún día…"

Una vez dicho esto, se acercó a mí y, dándome un beso en los labios, más bien un aleteo de los que destrozan mil vidas, se levantó, y se fue, dejándome solo en la plaza desierta.... Yo no tenía ganas de hacer nada, ni siquiera de comer o de respirar, solo me apetecía llorar, desaparecer, esfumarme, pues mi vida, en aquél momento, no tenía sentido... No tenía un trabajo, estaba preso dentro de un uniforme, no tenía esperanzas... y, por si fuera poco, la mujer que daba sentido a mi vida, se había marchado llorando y sin despedirse...

Volví a la pensión, dejé el móvil cargándose en la mesilla de noche, y en la recepción, pedí un mapa, y que me indicasen la forma más rápida de llegar a la playa de la Malagueta...Busqué refugio en el único lugar donde podía encontrar algo parecido a la paz: en la orilla del mar... Era uno de esos días ventosos, con amenaza de lluvia, y la playa estaba desierta: solo dos o tres gaviotas me observaban desde el cielo, y, a lo lejos, una persona jugaba con su perro, que no tenía muchas ganas de correr tras su “frisbee” y desenterrarlo de la arena... Me senté sobre una vieja barca a la que habían dado la vuelta para calafatearla, lentamente me fui dejando caer hacia la arena fría, y con la relativa intimidad que otorgan las gafas de sol, dejé que, por fin, salieran las lágrimas negras y desesperadas que torturaban mi alma...

Que los hombres (duros) también lloramos... cuando nos han partido el corazón...

Me gustaría deciros que en aquél momento, una sombra femenina se interpuso entre los rayos del sol y mi cuerpo agotado... y mucho más que fuera Yolanda... y que se arrodillase a mi lado, y me pidiera perdón... pero este tipo de cosas solo pasan en las películas, y ni siquiera en todas ellas... Ni me moví, ni bebí, durante casi siete horas, y las únicas sombras que cortaban el sol eran las de las nubes y las de alguna gaviota... Hasta las nueve de la noche, bastante después de que oscureciese, no me levanté de la arena, y volví a la pensión, dispuesto a recoger mi mochila, y regresar a la base con el primer autobús de la madrugada... pues ya no tenía sentido torturarme por más tiempo… Ni tampoco recordarla…

Y allí estaba ella, mi hermosa Yolanda, esperándome en uno de los butacones de la recepción... No me dejó tiempo de hablar: se lanzó entre mis brazos, y me besó, en los labios, una, dos, tres, cientos de veces, mientras se refugiaba contra mi pecho... "¿Dónde estabas? ¡Te he llamado mil veces, pero no me cogías el móvil! ¡Estuve en la estación, porque tenía miedo de que te fueras sin poder hablar contigo!...Yo también te quiero, Ismael, pero la distancia… Me asusta…" No la dejé seguir hablando, pues lo único que me importaba era tenerla entre mis brazos, besarla por fin, y notar que nuestros cuerpos se amoldaban y mi mundo estaba completo...

Lo más sencillo hubiera sido subir a la habitación, y puedo prometer que no fue por falta de ganas por ambas partes… sino por amor y respeto... ¿Qué imagen me quedaría de mi ideal, de mi amiga, mi amada, si el mismo día en que le revelo mis sentimientos, ella accede a acostarse conmigo? ¿O cómo podría justificarme, con mis ideales caballerosos, si me aprovechaba de su momento de mayor debilidad?

Por eso, salimos una vez más a la calle, para dar una pequeña vuelta, cogidos de la mano, o bien enlazando su cintura con mis brazos de gorila... La noche era un pelín fresca, y no nos sobraban las cazadoras vaqueras... Me llevó a un lugar especial, de sus favoritos, "La taberna del Herrero" (ya sabes, en la calle Compositor Lehmberg Ruiz) y un par de lugares más... Me enseñó “su Málaga”, en una ventosa noche del mes de abril…

Hablamos de muchas cosas, del amor, del futuro, los sueño, los estudios, la búsqueda de un trabajo en condiciones para los dos (aunque era el mío el que corría más prisa, y que fuera compatible con la tesis doctoral, que pensaba iniciar en breve), la reacción de la familia cuando le dijéramos que estábamos juntos (de momento lo mantendríamos en secreto, al menos con Borja y David, cuyas reacciones eran bastante imprevisibles)… Y si conseguiríamos o no mantener una relación a distancia (precisamente lo que Yolanda siempre quiso evitar)... Pero el paso más complicado podría ser el cambio de "mejores amigos", primero a “novios”, y luego a “pareja”...

La dejé en la puerta de su casa después de las tres de la madrugada... y luego me volví a la pensión... donde logré dormir algunas horas, con el sueño de los justos...

Yolanda vino a buscarme a la pensión a las diez y media de la mañana, pues teníamos por delante menos de cinco horas para estar juntos... La hermosa malagueña de mis sueños, con su piel morena, los ojos y la melena negrísimos, pero el corazón tan necesitado de amor como el mío... y el periodista rapado y con tantas cosas pendientes...

Que no os engañen: lo más hermoso de enamorarte de tu mejor amigo es precisamente la complicidad, y la ausencia de secretos inconfesables... Era una mañana de primavera soleada, Yolanda llevaba un vestido largo en todos azules, y una rebeca de punto blanca, además de las famosas "Sandalias Cleopatra" que tanto me gustaban desde que las descubriera anudadas alrededor de los gemelos de Eleonor (mi profesora de pre-escolar)... y un sombrero de paja de ala ancha, con un ancho lazo blanco para sujetarlo…

Desayunamos tardíamente en el mismo lugar que la vez anterior, salvo que hubo más caricias, y más besos, y más mimos... y el mismo camarero se acercó  a preguntarnos si queríamos una foto juntos… Seguimos paseando sin rumbo fijo por el casco antiguo, mirando escaparates, la gente, el sol, fabricando recuerdos nuevos con ella, y para despedirme del mar, que me da la vida... y de sus ojos negros, que me robaban el alma…

Cogimos un autobús para llegar a la estación, y mientras esperábamos el que me llevaría de regreso a Murcia y a la realidad, abrazados en la estación, la emisora local puso "Malagueña Salerosa", que años después se convertiría en parte de la película “Kill Bill... y comprendí que había sido escrita para nosotros, para que la escuchásemos en aquél momento, pues explicaba mis sentimientos en aquél momento (y en todos los demás): “Malagueña salerosa,  besar tus labios quisiera, besar tus labios quisiera, malagueña salerosa. Y decirte niña hermosa…eres linda y hechicera, eres linda y hechicera, como el candor de una rosa…”


Aquella fue la segunda de nuestras canciones (la primera fue “Yolanda”), para que nos pudiéramos despedir por primera vez de corazón a corazón, agitando la mano desde detrás del cristal, con el alma rota... pero al mismo tiempo, inmensamente felices... por el nuevo camino que emprendíamos, juntos…

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