Durante un
rato, pensé que perdería el autobús...
A pesar de
todo el trabajo realizando, de frotar todas las cacerolas y fogones con arena
de la playa, de enterrar todos los desperdicios orgánicos en las zanjas, los ratos
llamando por el móvil a la estación de Murcia, preguntando por las
combinaciones para llegar hasta Málaga, y sobre todo, para volver con el tiempo
suficiente terminar las maniobras...
Después de
haber pedido incluso un poco de dinero extra (con el interés habitual) al cabo
furriel, que no se iba a ninguna parte, porque tenía demasiadas cosas que
hacer... Con todo el material de la cocina y el mío en perfecto orden de
revista, que incluso podrías utilizar el fondo de las cacerolas como espejo si
querías afeitarte (milagros de la arena de playa)...
Nuestro
teniente realizó una inspección sorpresa a la zona de las tiendas de la
decimotercera compañía, y descubrió un pequeño alijo de porros... Estuvimos la
compañía entera firmes durante casi una hora, hasta que el culpable confesó,
bajo la amenaza de arrestar a los noventa soldados de las cuatro compañías
nacionales (a los americanos no podía arrestarles, claro está)... Y nos
levantaron el castigo... con el tiempo justo para que los camiones nos llevaran
a la estación de autobuses… vulnerando unas cuantas leyes de circulación, pero
lo conseguimos.
Igual que en
las películas románticas, tuve que correr por el andén, puesto que
el autobús para Málaga había empezado a desplazarse... y el billete se lo
compré al conductor… Iba ligero de equipaje: una pequeña mochila, un par de
libros, varias mudas de ropa civil, pero me pasé todo el tiempo pensando en
ella… Si algo tenía muy claro, era que no podía perderla, porque mi futuro
viajaba en hacia ella... en un sentido o en otro, aquellas veinticuatro horas
de “relativa libertad” lo podrían cambiar todo…. O nada…
El día anterior, viernes trece, había llamado
a Yolanda, para decirle que pensaba ir a verla, que necesitaba hablar con ella,
y pedirle si me podía buscar algún lugar donde dormir, fuera de su casa, para
no molestar a sus padres ni a su familia... No me pareció que le hiciera mucha
ilusión la idea, sobre todo porque hacía más de un año y medio que no nos
veíamos en persona, y ni las llamadas ni las cartas (menguantes) servían de
mucho… Pero, al acomodarme con mi mochila en la zona trasera del autobús y
abrir un libro de intriga, solo me importaba que en cinco horas y cuarto podría
reflejarme, quizás por última vez, o por primera, en sus ojos azabache...
Estar con
ella, engarfiar en su melena negra mi mirada, aspirar una vez más su aroma,
besarla en las mejillas, en el cuello, en los labios rojos... ¡Necesitaba tan
pocas cosas para ser feliz, y reubicar mi mundo! Solo su amor… o su olvido… Intenté
leer un rato, pero las palabras oscilaban ante mis ojos y prefería mirar por
la ventanilla, las oscilaciones ocres y terrosas del campo… Sin
conseguirlo…
Regresaban
promesas y recuerdos incumplidos… No quería enamorarme, me comprometí
justamente a mantener nuestra amistad “pura”,
a ser el “puerto seguro” donde ella
podría refugiarse siempre, el “amigo fiel”,
que la escuchaba, y que la orientaba en los mundos de tinta, que le proponía
lecturas, le hablaba de escritores nuevos, de grupos musicales, la apoyaba en
los estudios, y, por encima de todo, estaba a su lado, de manera incondicional
pero a cierta distancia... para lo que fuera necesario…
Pero las
cosas pueden cambiar mucho en dos años, cuando tus proyectos, tus planes, se
rompen en mil pedazos, sobre todo en el ámbito laboral... imagínate lo que han
evolucionado en estos veinte años… Desde aquella tarde, en que empezó el
cambio…
¿El corazón? Como siempre, escindido, entre mi
necesidad de amar, de enamorarme, y la obligación de mantener nuestra amistad:
era libre de pensar en cualquier mujer del Planeta y del Multiverso, menos en
aquella por quien habría vendido mi alma al diablo (suponiendo, por supuesto,
que él existiera... y que mi alma tuviera algún valor)...
A las tres
menos cuarto de la tarde, llegué a la estación de autobuses de Málaga, en el
Paseo de los Tilos... Me quedaría una sola noche en la ciudad, y el domingo
dormiría de nuevo en la “zona
acondicionada de la vieja base”, por lo que fui de los primeros en pisar el
andén...
Y allí estaba
ella, mi hermosa y adorada Yolanda... Hacía algo de frío, por lo que llevaba
unas botas camperas marrones, pantalón vaquero azul clarito, camiseta negra, y
una cazadora vaquera desgastada... Estaba muy hermosa, con las gafas de sol
haciendo de diadema, y una sonrisa algo triste de oreja a oreja... Me costó
muchísimo no besarla en aquél momento... pero mientras la estrechaba entre mis
brazos, tuve la impresión de que mi mundo, por primera vez en demasiados años,
estaba completándose...
Tuvimos que
coger un autobús hacia su barrio, y nos bajamos muy cerca de su casa, aunque no
pasé la noche en ella: me acompañó hasta la pensión de la calle del Salitre
número dieciséis (que cerró hace casi una década)... y subió conmigo a la
habitación...
Lo que más
necesitaba en aquél momento, además de robarle un beso de su cuello, era darme
una buena ducha de agua caliente, para quitarme de encima el olor a mil
comistrajos, tristezas, amargura y decepciones varias... Ella me esperaba,
mirando por la ventana, mientras que yo, lentamente, me iba despojando de todas
las capas en el baño, y me metía en la ducha... de la que salí en medio de una
nube de vapor inmenso, oliendo todavía a “Brumel”,
recién afeitado, y con ropa civil y limpia…
Y ella me
esperaba, iluminada por el sol de la media tarde, sentada en la silla de
floripondios y cretona… La abracé, sintiendo que se aproximaba un momento en el
que mi vida entera podía cambiar, olfatée unos segundos su cuello, prescindí
del beso, y tras el marcial y reglamentario taconazo le ofrecí mi ayuda para
abandonar la habitación… Se rió… conmigo…
Yolanda...
Casi tan duro como el primer "discurso" que le dije a Laura
en nuestro paseo de vuelta al colegio desde la piscina (compartiendo las nubes
de fresa), fueron las palabras, escasas pero necesarias, que pronuncié en sus
oídos, mientras nos dedicábamos a ver a las madres con los carritos de sus
hijos en la vieja alameda… Lugar neutro, voz neutra, susurrando casi con las
paredes del alma…. Pero el corazón saliéndose de mi pecho…
"Querida
Yolanda... Somos amigos desde hace mucho tiempo, pero no tiene sentido
engañarnos más tiempo... Estoy enamorado de ti, siempre lo he estado, desde
aquella primera vez que nos vimos, y tú lo sabes... He intentado luchar contra
mis sentimientos, estar a tu lado, apoyarte... pero ya no puedo más... No
quiero verte sufrir, Yolanda, bien sabe Dios que no lo haría si tuviera otra
opción... Necesito que estés a mi lado, Yolanda, compartir mi vida contigo,
pues esta vez, soy yo quien te necesita… Lo siento, amor, pero no puedo seguir
así... Pero solo si tú me aceptas, como soy, como hemos aprendido a conocernos
en estos años… y quieres soñar de mi mano…"
No se me
ocurrían más cosas que decirle, y de todas formas, tampoco había mucho más que
contar...
En aquél
momento, me atreví a mirarla, comprobé que ella estaba sollozando... y mientras
sus lágrimas amargas descendían por sus mejillas, yo me quedé allí, abrazándola
mientras ella me daba la espalda, convencido de que estaba llegando el momento
más temido: el final de nuestra amistad... Por eso, la obligué a darse la
vuelta, y ella, sin dejar de llorar, buscó refugio contra mi pecho...
Se repetía la
escena más amarga de toda mi vida con Claudia... salvo que amaba mucho más a
Yolanda de lo que jamás había querido a la primera... Entonces, y sin decir una
sola palabra, ella se zafó de mis brazos, y corrió al cuarto de baño de un bar
cercano… y yo, con mis botas militares bien limpias, mi metro ochenta de
derrota, la camiseta con un dibujo de Miró y las gafas “Ray-Ban”, me alejé por la alameda, buscando, como siempre, el mar…
para que tapase el sonido de sus sollozos, que yo no podía olvidar ni
controlar… Pero tuve que contentarme con una fuente, en la que se ahogaron mis
propias lágrimas, junto a dos añejos bancos de piedra de respaldo de madera y
caliente por el sol…
Me quedé
allí, derrumbado, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas recogidas
sobre el pecho... Pasaron diez o quince minutos, y por fin, la vi salir…
Me tomó de la
mano, y nos sentamos frente a frente, tan cerca como para oler su perfume… pero
más lejos que nunca… Empezó a hablar, mirándome a los ojos de vez en cuando,
pero yo me escudaba tras las gafas… Seguía avergonzándome de llorar delante y
por ella…
"Querido
Ismael... Hace ya algún tiempo que soy consciente de tus sentimientos hacia
mí... Y quizás la culpa sea mía, por no haberte dicho nada, pero tu lugar en mi
corazón es el de mi mejor amigo... no el de mi amado... Si yo fuera una persona
racional, te mentiría, te prometería imposibles, mantendría la ilusión en ti de
cualquier manera... pero siempre hemos sido sinceros el uno con el otro...
Por eso,
debo decirte, que a pesar mío... no te amo... Espero que sepas perdonarme...
algún día…"
Una vez dicho
esto, se acercó a mí y, dándome un beso en los labios, más bien un aleteo de
los que destrozan mil vidas, se levantó, y se fue, dejándome solo en la plaza
desierta.... Yo no tenía ganas de hacer nada, ni siquiera de comer o de
respirar, solo me apetecía llorar, desaparecer, esfumarme, pues mi vida, en
aquél momento, no tenía sentido... No tenía un trabajo, estaba preso dentro de
un uniforme, no tenía esperanzas... y, por si fuera poco, la mujer que daba
sentido a mi vida, se había marchado llorando y sin despedirse...
Volví a la
pensión, dejé el móvil cargándose en la mesilla de noche, y en la recepción,
pedí un mapa, y que me indicasen la forma más rápida de llegar a la playa de la
Malagueta...Busqué refugio en el único lugar donde podía encontrar algo
parecido a la paz: en la orilla del mar... Era uno de esos días ventosos, con
amenaza de lluvia, y la playa estaba desierta: solo dos o tres gaviotas me
observaban desde el cielo, y, a lo lejos, una persona jugaba con su perro, que
no tenía muchas ganas de correr tras su “frisbee”
y desenterrarlo de la arena... Me senté sobre una vieja barca a la que habían
dado la vuelta para calafatearla, lentamente me fui dejando caer hacia la arena
fría, y con la relativa intimidad que otorgan las gafas de sol, dejé que, por
fin, salieran las lágrimas negras y desesperadas que torturaban mi alma...
Que los
hombres (duros) también lloramos... cuando nos han partido el corazón...
Me gustaría
deciros que en aquél momento, una sombra femenina se interpuso entre los rayos
del sol y mi cuerpo agotado... y mucho más que fuera Yolanda... y que se
arrodillase a mi lado, y me pidiera perdón... pero este tipo de cosas solo
pasan en las películas, y ni siquiera en todas ellas... Ni me moví, ni bebí,
durante casi siete horas, y las únicas sombras que cortaban el sol eran
las de las nubes y las de alguna gaviota... Hasta las nueve de la noche,
bastante después de que oscureciese, no me levanté de la arena, y volví a la
pensión, dispuesto a recoger mi mochila, y regresar a la base con el primer
autobús de la madrugada... pues ya no tenía sentido torturarme por más tiempo…
Ni tampoco recordarla…
Y allí estaba
ella, mi hermosa Yolanda, esperándome en uno de los butacones de la
recepción... No me dejó tiempo de hablar: se lanzó entre mis brazos, y me besó,
en los labios, una, dos, tres, cientos de veces, mientras se refugiaba contra
mi pecho... "¿Dónde estabas? ¡Te he llamado mil veces, pero no me
cogías el móvil! ¡Estuve en la estación, porque tenía miedo de que te fueras
sin poder hablar contigo!...Yo también te quiero, Ismael, pero la distancia… Me
asusta…" No la dejé seguir hablando, pues lo único que me importaba
era tenerla entre mis brazos, besarla por fin, y notar que nuestros cuerpos se
amoldaban y mi mundo estaba completo...
Lo más
sencillo hubiera sido subir a la habitación, y puedo prometer que no fue por
falta de ganas por ambas partes… sino por amor y respeto... ¿Qué imagen me
quedaría de mi ideal, de mi amiga, mi amada, si el mismo día en que le revelo
mis sentimientos, ella accede a acostarse conmigo? ¿O cómo podría justificarme,
con mis ideales caballerosos, si me aprovechaba de su momento de mayor debilidad?
Por eso,
salimos una vez más a la calle, para dar una pequeña vuelta, cogidos de la
mano, o bien enlazando su cintura con mis brazos de gorila... La noche era un
pelín fresca, y no nos sobraban las cazadoras vaqueras... Me llevó a un lugar
especial, de sus favoritos, "La taberna del Herrero" (ya
sabes, en la calle Compositor Lehmberg Ruiz) y un par de lugares más... Me
enseñó “su Málaga”, en una ventosa
noche del mes de abril…
Hablamos de
muchas cosas, del amor, del futuro, los sueño, los estudios, la búsqueda de un
trabajo en condiciones para los dos (aunque era el mío el que corría más prisa,
y que fuera compatible con la tesis doctoral, que pensaba iniciar en breve), la
reacción de la familia cuando le dijéramos que estábamos juntos (de momento lo
mantendríamos en secreto, al menos con Borja y David, cuyas reacciones eran
bastante imprevisibles)… Y si conseguiríamos o no mantener una relación a
distancia (precisamente lo que Yolanda siempre quiso evitar)... Pero el paso
más complicado podría ser el cambio de "mejores amigos",
primero a “novios”, y luego a “pareja”...
La dejé en la
puerta de su casa después de las tres de la madrugada... y luego me
volví a la pensión... donde logré dormir algunas horas, con el sueño de
los justos...
Yolanda vino
a buscarme a la pensión a las diez y media de la mañana, pues teníamos por
delante menos de cinco horas para estar juntos... La hermosa malagueña de mis
sueños, con su piel morena, los ojos y la melena negrísimos, pero el corazón
tan necesitado de amor como el mío... y el periodista rapado y con tantas cosas
pendientes...
Que no os
engañen: lo más hermoso de enamorarte de tu mejor amigo es precisamente la
complicidad, y la ausencia de secretos inconfesables... Era una mañana de
primavera soleada, Yolanda llevaba un vestido largo en todos azules, y una
rebeca de punto blanca, además de las famosas "Sandalias Cleopatra"
que tanto me gustaban desde que las descubriera anudadas alrededor de los
gemelos de Eleonor (mi profesora de pre-escolar)... y un sombrero de paja de
ala ancha, con un ancho lazo blanco para sujetarlo…
Desayunamos
tardíamente en el mismo lugar que la vez anterior, salvo que hubo más caricias,
y más besos, y más mimos... y el mismo camarero se acercó a preguntarnos si queríamos una foto juntos…
Seguimos paseando sin rumbo fijo por el casco antiguo, mirando escaparates, la
gente, el sol, fabricando recuerdos nuevos con ella, y para despedirme del mar,
que me da la vida... y de sus ojos negros, que me robaban el alma…
Cogimos un
autobús para llegar a la estación, y mientras esperábamos el que me llevaría de
regreso a Murcia y a la realidad, abrazados en la estación, la emisora local
puso "Malagueña Salerosa", que años después se convertiría en parte de la
película “Kill Bill”... y comprendí que había sido escrita para nosotros, para
que la escuchásemos en aquél momento, pues explicaba mis sentimientos en aquél
momento (y en todos los demás): “Malagueña
salerosa, besar tus labios quisiera,
besar tus labios quisiera, malagueña salerosa. Y decirte niña hermosa…eres
linda y hechicera, eres linda y hechicera, como el candor de una rosa…”
Aquella fue
la segunda de nuestras canciones (la primera fue “Yolanda”), para que nos pudiéramos despedir por primera vez de
corazón a corazón, agitando la mano desde detrás del cristal, con el alma
rota... pero al mismo tiempo, inmensamente felices... por el nuevo camino que
emprendíamos, juntos…
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