Y llegó, por
fin, el día de la boda... Aquél momento, que no dejábamos de esperar con una
mezcla de alegría y tristeza, el sábado 19 de septiembre de 1998. Nos sentíamos
bien, por dar el paso, una evolución natural en nuestro afecto, y quizás una
forma de comprometernos a fondo y celebrar nuestra alegría con los amigos, que
ligaría nuestras vidas... No tanto por Yolanda o por mí... como por sus
padres...
El "spa"
de la despedida de soltero fue un éxito, nos relajamos, bebimos moderadamente,
los masajistas masculinos y femeninos resultaron excelentes, y Yolanda y yo,
junto a los diez amigos íntimos que participaron, estábamos contentos... Me
acosté muy tarde, repasando los planes para el viaje a París y a Lanzarote (la
segunda parte era una sorpresa para Yolanda), y terminando de empaquetar los
últimos regalos para los invitados: un espejo de viaje pequeño y un mini
estuche de pinturas para las mujeres; y un pequeño neceser de viaje para los
hombres... Lo habíamos comprado dos meses antes por eBay, a un mayorista de
Hong Kong, pero había que terminar de empaquetarlo en las bolsas de tela...
Me
despertaron a las siete y media de la mañana Gonzalo y Leyre, en su doble
faceta de amigos y fotógrafos, pues la idea era hacerme una especie de "book", en plan torero... Y allí
estaba yo, saliendo de la ducha, envuelto en la toalla, afeitándome, con Fernando
Piedrafita Gómez, mi mejor amigo, ayudándome a vestirme... todo ello, por
supuesto, iluminado con los focos, lámparas, y mil cosas que yo mismo estaba
muy acostumbrado en utilizar... ¿El resultado? Un álbum del novio, como pocas
veces se ha visto en Málaga...
A la misma
hora, es decir, a las siete y media, comenzaba el zafarrancho en casa de
Yolanda... Perseguida por las cámaras de Montse y de Marisa, convirtieron la
sesión en un canto a la belleza, con escorzos, un magnífico blanco y
negro, y luego, los momentos más significativos de los rituales previos a la
ceremonia: ponerse el vestido de novia, capa tras capa... Nunca imaginé que algo,
en apariencia, tan sencillo, pudiera tener tantas capas... Dos horas y media
tardaron en vestirla, perfumarla, maquillarla y peinarla... Ella, que casi
nunca se maquillaba, me dijo después que se sentía "rara, como si no fuera yo..." Y para el pelo, trenzaron dos
diminutas coletas de su salvaje melena negra, que usaron de tope y diadema,
para dejar que su pelo se derramara en cascada por su espalda... Como dictan
los cánones, llevaba un sutil velo que era mantenido en su lugar por una
pequeña corona de "edelweiss"
trenzados... Todo en Yolanda reflejaba el misterio y la magia de una princesa
élfica...
A las once y
media, con precisión militar, realizamos las fotos con la familia y amigos
íntimos en la gran escalinata del “Hotel
Imperial” y diversos lugares del recinto; mientras que las de Yolanda eran
realizadas en su casa... A las doce en punto, llegué a la iglesia, entrando del
brazo de mi madre, y con la satisfacción de ver a mi padre y a mi abuelo
sentados en los bancos inmediatos... Ninguno de los dos quería nadie fuera del
templo, y por una vez, solo estaban allí los fotógrafos... Con tanta gente
esperando, no me sorprendía encontrar grandes cantidades de vecinos del
viejo y del nuevo barrio, hasta que vi a nuestra vieja amiga, la boticaria, y
sus comadres... que saludaban con la mano, y nos mandaban miles de besos...
A las doce y
media, se abrieron de par en par las puertas de la iglesia del Monasterio de
San Agustín... y se escuchó la prodigiosa voz de Nino Bravo, con "El amor de mi vida", mientras
Yolanda y Julián avanzaban a lo largo de la nave, envueltos en una nube de
pétalos de flores silvestres que lanzaban los invitados... Durante aquellos
minutos, la miré como si fuera la última ocasión en toda la vida de verla así,
lo que de alguna manera, no deja de ser cierto...
El vestido de
color crudo en palabra de honor, el corpiño bordado, el velo... Y mirarla,
deleitarme con su hermosura, saber que estábamos a punto de casarnos, y que en
realidad, nuestra pequeña familia ya estaba gestándose... A nuestro alrededor
se arremolinaban los fotógrafos, los cuatro oficiales, y los aficionados...
¡Tenía tantas ganas de besarla, de estrecharla en mis brazos! Pero me tuve que
conformar con rozar levemente su mano, cuando se situó a mi derecha...
La ceremonia
fue breve, no hubo grandes discursos, solo un par de poemas, en vez de música
religiosa tras la homilía, sonó Danny Daniel con “Por el amor de una mujer”… Incluso conociendo su cuerpo y su alma
de memoria, no veía llegar el momento de alzarle el velo, y besarla... No
recuerdo casi nada de la ceremonia, no tiramos las arras al suelo (que era lo
importante) y tampoco nos equivocamos con los anillos, aunque todo quedó
registrado (y editado) por los dos equipos... Preparativos, boda y
banquete, en media hora...
De todo ello,
para mí lo más importante eran aquellas palabras: "Yo os declaro marido y mujer... Puedes besar a la novia..."
Sintiéndome extraño por el brillo del oro en mi dedo, le alcé suavemente
el velo, hundiéndome en sus increíbles ojos marrones... y, cerrando
despacito los ojos, la besé... Y en aquél momento, sonó una de las
más hermosas canciones de todos los tiempos: "Yolanda", interpretada a dúo por Pablo Milanés y Silvio
Rodríguez...
Y nosotros... besándonos... y luego,
sonriendo, abrazándonos... y besándonos otra vez...
No recuerdo
nada del resto de las gestiones en la iglesia, las firmas ante
el funcionario del Registro Civil, los cientos de fotos,
con amigos de los novios, la familia... Notarla a mi lado, estrechar
su mano, besarla... Salimos a la calle, entre pétalos de flores, con el
más hermoso día de sol de la última quincena de septiembre.... Todos los
invitados que asistirían al convite subieron a los autobuses,
menos nosotros, que nos adelantamos en el coche oficial: una réplica perfecta
de un Ford Modelo T, que siempre causaba sensación por las calles de
Málaga... y mientras nuestros invitados se dirigían a la segunda etapa del
viaje, nosotros recorríamos la ciudad, con escolta de nuestros amigos moteros,
hacia algunos lugares obligatorios para las demás fotos, siempre con el
compromiso de volver en una hora para el convite… De ese modo, visitamos de
Málaga, sin olvidarnos de nuestro bar favorito en la calle Larios, los jardines
de Puerta Oscura, la Alcazaba, el Ayuntamiento y sus jardines, para terminar el
recorrido en la Playa de la Malagueta, uno de los lugares que con más cariño
recuerdo de nuestros primeros años de noviazgo…
Y de esa
manera, pasado y presente se unieron el día de nuestra boda… en un círculo de
protección mucho mayor que el alcance de nuestros sueños y nuestros besos…
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