jueves, 21 de agosto de 2014

32. Érase una vez… nuestra boda…

Y llegó, por fin, el día de la boda... Aquél momento, que no dejábamos de esperar con una mezcla de alegría y tristeza, el sábado 19 de septiembre de 1998. Nos sentíamos bien, por dar el paso, una evolución natural en nuestro afecto, y quizás una forma de comprometernos a fondo y celebrar nuestra alegría con los amigos, que ligaría nuestras vidas... No tanto por Yolanda o por mí... como por sus padres...

El "spa" de la despedida de soltero fue un éxito, nos relajamos, bebimos moderadamente, los masajistas masculinos y femeninos resultaron excelentes, y Yolanda y yo, junto a los diez amigos íntimos que participaron, estábamos contentos... Me acosté muy tarde, repasando los planes para el viaje a París y a Lanzarote (la segunda parte era una sorpresa para Yolanda), y terminando de empaquetar los últimos regalos para los invitados: un espejo de viaje pequeño y un mini estuche de pinturas para las mujeres; y un pequeño neceser de viaje para los hombres... Lo habíamos comprado dos meses antes por eBay, a un mayorista de Hong Kong, pero había que terminar de empaquetarlo en las bolsas de tela...
Me despertaron a las siete y media de la mañana Gonzalo y Leyre, en su doble faceta de amigos y fotógrafos, pues la idea era hacerme una especie de "book", en plan torero... Y allí estaba yo, saliendo de la ducha, envuelto en la toalla, afeitándome, con Fernando Piedrafita Gómez, mi mejor amigo, ayudándome a vestirme... todo ello, por supuesto, iluminado con los focos, lámparas, y mil cosas que yo mismo estaba muy acostumbrado en utilizar... ¿El resultado? Un álbum del novio, como pocas veces se ha visto en Málaga...

A la misma hora, es decir, a las siete y media, comenzaba el zafarrancho en casa de Yolanda... Perseguida por las cámaras de Montse y de Marisa, convirtieron la sesión en un canto a la belleza, con escorzos, un magnífico blanco y negro, y luego, los momentos más significativos de los rituales previos a la ceremonia: ponerse el vestido de novia, capa tras capa... Nunca imaginé que algo, en apariencia, tan sencillo, pudiera tener tantas capas... Dos horas y media tardaron en vestirla, perfumarla, maquillarla y peinarla... Ella, que casi nunca se maquillaba, me dijo después que se sentía "rara, como si no fuera yo..." Y para el pelo, trenzaron dos diminutas coletas de su salvaje melena negra, que usaron de tope y diadema, para dejar que su pelo se derramara en cascada por su espalda... Como dictan los cánones, llevaba un sutil velo que era mantenido en su lugar por una pequeña corona de "edelweiss" trenzados... Todo en Yolanda reflejaba el misterio y la magia de una princesa élfica...

A las once y media, con precisión militar, realizamos las fotos con la familia y amigos íntimos en la gran escalinata del “Hotel Imperial” y diversos lugares del recinto; mientras que las de Yolanda eran realizadas en su casa... A las doce en punto, llegué a la iglesia, entrando del brazo de mi madre, y con la satisfacción de ver a mi padre y a mi abuelo sentados en los bancos inmediatos... Ninguno de los dos quería nadie fuera del templo, y por una vez, solo estaban allí los fotógrafos... Con tanta gente esperando, no me sorprendía encontrar grandes cantidades de vecinos del viejo y del nuevo barrio, hasta que vi a nuestra vieja amiga, la boticaria, y sus comadres... que saludaban con la mano, y nos mandaban miles de besos...

A las doce y media, se abrieron de par en par las puertas de la iglesia del Monasterio de San Agustín... y se escuchó la prodigiosa voz de Nino Bravo, con "El amor de mi vida", mientras Yolanda y Julián avanzaban a lo largo de la nave, envueltos en una nube de pétalos de flores silvestres que lanzaban los invitados... Durante aquellos minutos, la miré como si fuera la última ocasión en toda la vida de verla así, lo que de alguna manera, no deja de ser cierto...

El vestido de color crudo en palabra de honor, el corpiño bordado, el velo... Y mirarla, deleitarme con su hermosura, saber que estábamos a punto de casarnos, y que en realidad, nuestra pequeña familia ya estaba gestándose... A nuestro alrededor se arremolinaban los fotógrafos, los cuatro oficiales, y los aficionados... ¡Tenía tantas ganas de besarla, de estrecharla en mis brazos! Pero me tuve que conformar con rozar levemente su mano, cuando se  situó a mi derecha...

La ceremonia fue breve, no hubo grandes discursos, solo un par de poemas, en vez de música religiosa tras la homilía, sonó Danny Daniel con “Por el amor de una mujer”… Incluso conociendo su cuerpo y su alma de memoria, no veía llegar el momento de alzarle el velo, y besarla... No recuerdo casi nada de la ceremonia, no tiramos las arras al suelo (que era lo importante) y tampoco nos equivocamos con los anillos, aunque todo quedó registrado (y editado) por los dos equipos... Preparativos, boda y banquete, en media hora...

De todo ello, para mí lo más importante eran aquellas palabras: "Yo os declaro marido y mujer... Puedes besar a la novia..." Sintiéndome extraño por el brillo del oro en mi dedo, le alcé suavemente el velo, hundiéndome en sus increíbles ojos marrones... y, cerrando despacito los ojos, la besé... Y en aquél momento, sonó una de las más hermosas canciones de todos los tiempos: "Yolanda", interpretada a dúo por Pablo Milanés y Silvio Rodríguez...

 Y nosotros... besándonos... y luego, sonriendo, abrazándonos... y besándonos otra vez...

No recuerdo nada del resto de las gestiones en la iglesia, las firmas ante el funcionario del Registro Civil, los cientos de fotos, con amigos de los novios, la familia... Notarla a mi lado, estrechar su mano, besarla... Salimos a la calle, entre pétalos de flores, con el más hermoso día de sol de la última quincena de septiembre.... Todos los invitados que asistirían al convite subieron a los autobuses, menos nosotros, que nos adelantamos en el coche oficial: una réplica perfecta de un Ford Modelo T, que siempre causaba sensación por las calles de Málaga... y mientras nuestros invitados se dirigían a la segunda etapa del viaje, nosotros recorríamos la ciudad, con escolta de nuestros amigos moteros, hacia algunos lugares obligatorios para las demás fotos, siempre con el compromiso de volver en una hora para el convite… De ese modo, visitamos de Málaga, sin olvidarnos de nuestro bar favorito en la calle Larios, los jardines de Puerta Oscura, la Alcazaba, el Ayuntamiento y sus jardines, para terminar el recorrido en la Playa de la Malagueta, uno de los lugares que con más cariño recuerdo de nuestros primeros años de noviazgo…


Y de esa manera, pasado y presente se unieron el día de nuestra boda… en un círculo de protección mucho mayor que el alcance de nuestros sueños y nuestros besos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario