Mi abuelo
falleció el quince de mayo de 1999, en la ciudad de Madrid, cuando faltaban
pocos minutos pare el amanecer... Murió en la habitación de un hospital,
acompañado por mi madre, mi padre y mi hermana... y yo creo que también por el
espíritu de su mujer, que llevaba esperándole casi treinta años... Yo no estaba
a su lado: estaba en Málaga, con mi mujer, con mi Yolanda... Fue ella quien
respondió a la llamada (el teléfono estaba en su mesilla de noche, y lo sigue
estando, porque yo tengo cierta costumbre de estrellarlos contra la pared)...
No eran ni siquiera las seis y media de la madrugada, escuchó unos minutos,
empezó a llorar, colgó y, volviéndose hacia mí, me dijo "Ya está..."
“¿Ya está? ¿Qué es lo que está?", le
pregunté...
"El abuelo ha muerto hace unos minutos",
me respondió entre sollozos...
Es cierto,
durante los últimos meses, la situación de su pierna había empeorado mucho, le
inyectaban heparina todas las mañanas, necesitaba ayuda para subir de la cama a
la silla de ruedas, y hace tiempo que mi madre y una cuidadora (prima suya), se
encargaban del aseo, pero nunca pensé que se encontrase tan mal... Esa
tendencia a pensar que nuestros seres queridos son inmortales, que siempre van
a estar a nuestro lado... y creer que la gente buena no muere... Casi todas las
noches, cuando llamaba a mis padres (o bien lo hacían ellos), les preguntaba
por él, y cuando estaba lo bastante lúcido, se ponía unos minutos al
teléfono...
"Mi
bisnieto, mi bisnieto... ¿Le contarás cuentos del tres?" Aquella era
su obsesión, conocer a mi hijo, y que le contase el mismo tipo de cuentos que
él me contaba a mí. Pequeños y absurdos cuentos, que con su voz dulce, y sobre
todo el palpitar de su fuerte corazón, me ayudaban a dormir. "Las tres
tostadoras", "Las tres rosas", "Los tres lobitos"...
Pero el que más me gustaba era el de "Las tres locomotoras de madera",
quizás porque tenía una en casa, con sus ruedas amarillas... El único consuelo
era que, salvo los últimos seis meses de vida, y con las limitaciones de
una persona de su edad, tuvo una vida intensa, y plena...
En aquellos
tiempos, todavía no existía el Ave... y tampoco se trataba de ir y volver con
mi coche personal, porque era posible que no pudiera conducir bien por las
lágrimas... Así que cogí un taxi al aeropuerto, con una pequeña maleta, dos
camisas, mudas para dos días, y un par de libros... El viaje fue muy rápido,
poco más de hora y media, a las doce ya estaba en la puerta del hospital, con
mi familia, alrededor de su cama... "Embolia gaseosa por culpa de un
trombo", o algo parecido, me comentaba mi padre...
¿Y a mí qué
demonios me importaba el motivo, si se encontraba mal desde la víspera, le
ingresaron por la tarde, y no me dijeron nada, "para no preocuparme"? ¡Me habían robado la posibilidad de
despedirme de él, de mi abuelo Luis! Eso es algo que jamás les perdonaré... Por
lo menos, le habían retirado ya el respirador, los tubos, las sondas, las
conexiones con sondas y sistemas de soporte vital... Parecía dormido...
Aquella fue
una de las mañanas más tristes de mi vida... Los empleados de la funeraria
llegaron a las doce y media, y se lo llevaron al tanatorio de la M-30... Allí
pasamos varias horas, mas al caer la noche, nos fuimos a casa... La ciudad
dormía, mientras nosotros clasificábamos la ropa, los zapatos, algunos de los
libros, y varios recuerdos... Me quedé con su pin de las fuerzas armadas de la
República, un par de rebecas, y su colección de presos políticos: viejos
muñecos de plástico con la cara de Felipe González, Alfonso Guerra y dos más,
que no recuerdo... pero sigo teniendo en casa...
Odio los
tanatorios, y he visitado unos cuantos... Es un lugar de muerte, funcional, sin
carácter, un depósito de muertos, donde colocarlos unas horas, porque molestan
a los vivos... Por eso, las dos cámaras separadas, con las grandes coronas... Ese
ambiente tan frío, las paredes de colores tan neutros, que dan asco, y esa
acústica, por la que un rezo atruena, y la gente se tiene que ir a hablar
fuera... Me quedé con las ganas de cubrir su pecho con la bandera republicana,
pero todavía no la había conseguido... Antiguo luchador por la República,
superviviente del campo de los Almen-dros, condenado a pena de muerte por
sus actividades políticas, ahora, por fin, estaba en paz...
Me quedé
largo rato delante del cristal, mirándole, recordando mil paseos por el
pasillo, cientos de paseos por el Retiro, todas las veces que me abrazaba
a él cuando tenía miedo o me pasaba algo malo, y todas las veces que le llamaba
en mitad de la noche, para que me trajera un vaso de agua fresquita... Me daba
miedo la oscuridad... Y, sin embargo, desde el mismo momento que me
comunicaron su muerte, comprobé que había olvidado el sonido de su voz...
Entonces fue cuando me puse a llorar... y todo aquél tiempo, solo frente a la
vitrina, sentí a mi vera a Yolanda... De algún modo, estaba allí... Conmigo...
Me hubiera gustado que viniera a Madrid, pero su avanzado estado de gestación
lo impedía: estaba a menos de dos semanas para salir de cuentas, y no debía
viajar en avión...
A las once de
la mañana, lo llevaron al cementerio de la Almudena, y tras una breve ceremonia
sin apenas mensaje religioso (era comunista, republicano y masón) nos hicieron
salir, mientras los rodillos arrastraban en ataúd hacia los hornos... La
segunda tarde fue más triste que la primera, pues comenzamos con los libros, y
cuanto más tiempo pasara, más nos costaría hacerlo... Tiramos muchos panfletos
y folletos comunistas, algunos de ellos incluso en ruso, empaquetamos los
libros más interesantes, y para todo lo demás, vino un ropavejero, que los
compró al peso...
El diecisiete
de mayo, a las ocho de la mañana, nos entregaron las cenizas... Allí nos
congregamos cuatro gatos, por última vez le abracé, aunque fuera la urna, que
envolvimos en su bandera tricolor, conseguida in extremis por uno de mis amigos
de Madrid, Enrique Lause Buedo... y lo depositamos en el fondo de la tumba,
igual que las coronas que no incineramos la víspera... A las seis de la tarde
volví a Málaga, un nuevo taxi me llevó a casa de mis suegros... Solo estaba
Yolanda, los demás habían salido "a
dar una vuelta... y luego quizás al cine...", pero en el fondo,
querían darnos algo de tiempo, para estar solos...
Me llevó a la
habitación azul pitufo, me quitó los zapatos, nos sentamos en la cama... Y
entonces, me giro hacia ella, la abrazo todo lo que permite su estado, y dejo
que fluyan las lágrimas por los ausentes, por el amigo, el confidente, el
protector, el guía... Y todavía lloraba cuando volvieron Julián y Catalina,
Borja y David...
Aquella fue
la última vez que lloré...
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