jueves, 21 de agosto de 2014

24: De la muerte y la vida.

Quizás no fuera el mejor modo de plantearlo, pero se trataba de un tema que llevaba demasiado tiempo dando vueltas por mi cabecita loca, y yo, a mis casi treinta años, las dos careras y sobre todo, un ascenso a jefe de recepción en el turno de mañana del Hotel, me sentía lo bastante preparado... Ahora, se trataba de hablarlo con Yolanda, y de efectuar aquellos movimientos que me permitieran garantizarme la aprobación de la familia...

De todas formas, la mayor de las dudas seguía siendo... la opinión de Yolanda... Nunca le había dado demasiada importancia al matrimonio, tal vez porque mi vida estaba a su lado, y lo de menos era una simple indicación o testimonio para el estado civil... Claro, también había que pensar en los niños, que llevasen nuestros apellidos, la primera generación fruto de nuestro amor... Suena extraño, mezclar así dos "linajes", como dirían los caballeros medievales... Sin embargo, yo me encontraba listo para ser padre, y con los dos trabajos, mas la incorporación de Yolanda a una empresa de consultoría y selección de personal en septiembre, lo más posible era que nuestra situación se modificase...
           
Y así sería... aunque de momento yo no era consciente de ello...

El mes de agosto, con el ascenso, me ofrecieron dos semanas de vacaciones, coincidiendo con el apogeo de la feria, quizás por la renovación que se pensaba efectuar en la estructura interna del hotel al ser incorporado en breve a la corporación “Natori Fujita”… o como felicitación por el trabajo realizado…

 Que yo recordase, era la primera vez, desde que estábamos juntos, en verano y durante un periodo tan largo. Sí, nos hubiera gustado mucho poder irnos lejos, hacer turismo de coche manta y carretera, conocer lugares exóticos y lejanos como Escocia, Italia, alguna zona de Francia (¡París!), pero nos conformamos con disponer una vez más de la residencia familiar en la costa durante unos días: aquél verano, la salud de doña Clotilde era muy delicada; mis suegros contrataron dos auxiliares de clínica para cuidarla...

Mis "hermanos políticos" estaban con nosotros, pero no tenían ganas de nada, ni de juergas, ni de fiestas, ni de ligar con extranjeras, y se pasaban el día de la playa a la piscina (parecían dos langostinos al vapor), nadando, entrenando cuerpo y alma para alcanzar su máximo desarrollo deportivo y personal... Cada uno se había traído sus vicios: Borja, la consola; David, una maqueta de un avión; y como cargamento comunitario, una maleta llena de libros para los cuatro... Con la caída de la noche, a veces jugábamos al póker, otras al cinquillo y a la canasta, pero en todo caso, siempre conscientes de la posibilidad de un fatal desenlace... Varias veces al día, llamábamos a su casa; y todas las tardes uno de nosotros estaba allí, incluso sabiendo que las dos cuidadoras se encargaban de todo...

El once de agosto de 1999, sonó el teléfono, cuando estábamos a punto de salir Yolanda y yo... Era Ilduara Pintor Maraeda, la cuidadora del turno de día, que nos decía, entre sollozos: "doña Clotilde ha muerto hace diez minutos... El párroco le había dado la extrema unción por la mañana... No ha sufrido, pero doña Catalina se encuentra muy mal... Vengan cuanto antes..."

 Llamamos un taxi, porque a ninguno de nosotros nos apetecía conducir aquella tarde; media hora después, estábamos subiendo en el ascensor... No había lágrimas en nuestros ojos (esas vinieron después), pero sí el desconcierto de haber perdido a una persona que formaba parte de nuestra vida... Abrazos, en grupo, besos, miles de besos, para todo el mundo, yo incluido, a pesar de que técnicamente seguía siendo "el novio de la niña"... Llegamos a la casa a las cuatro y media de la tarde, el agente de la funeraria ya había terminado todos los trámites, y al filo de las seis, vinieron a llevársela... Yo me mantuve en segundo lugar, como siempre, pues aunque no me da miedo la muerte en sí, me inspira respeto, la forma en que el calor va abandonando poco a poco el cuerpo...

Por decisión de doña Clotilde, no quería que nadie se quedase con ella por la noche, solo Yolanda y yo cogimos el coche de la familia (el mío estaba en Benalmádena), y nos encargamos de los últimos preparativos... Llegamos al Parque Cementerio, nos esperaba el agente de Santa Lucía, revisamos los últimos papeles... ¡Es algo tan frío y tan impersonal! Como si fueras un bulto a mandar por correo... "El 234 va al 6, coronas de flores estándar, velas eléctricas, música clásica genérica. Se queda sola..." Al menos, así es como me sentí entonces, y como me sigo sintiendo con cada muerte... que ha ido salpicando mi pequeña familia…

Volvimos a la casa... Catalina, la mujer fuerte, decidida, que a diario dictaminaba sobre el bienestar y la supervivencia de otras personas y empresas… Catalina, aquella luchadora que tanto me recordaba a mi propia madre, y que siempre sacaba fuerzas de flaqueza… y en quien yo adivinaba tantas cosas el futuro de Yolanda… estaba derrumbada en el suelo, apoyada en el quicio de la puerta del dormitorio de su madre…

El resto de la familia formaba un círculo protector, de lágrimas, que solo yo me atreví a romper, arrodillándome a sus pies, y llevando su mejilla contra mi pecho, mientras le acariciaba su melena, como si fuera una niña… Durante un largo rato, lloramos juntos, abrazados… y luego, con Yolanda, la llevamos al salón, y la tumbamos en el sofá, mientras sus hijos se arrodillaban a su lado, extraña y casi mística encarnación de una “Virgen Dolorosa” o de un “Descendimiento”…

No podía seguir allí, mirando el campo de minas en el que se había convertido el cuarto de su madre, y por eso, con la ayuda de Julián, empezamos a llevar tantos recuerdos amargos al trastero: cama y colchón anti-escaras (que desenchufé), silla de ruedas, camita auxiliar para la cuidadora si era necesario… Y a pesar del barullo, quedó reducido a su esencia: una serie de estampas religiosas sobre la mesilla, un crucifijo de latón sobre madera noble (que ahora tenemos en el comedor, y que llevaba más de cuarenta años en la familia), su cama de uno veinte, y un armario de dos puertas bastante pequeño, en el que sin embargo cabía casi toda su ropa: desde la muerte de su marido en 1983, siempre vistió de negro...

Catalina, al comprobar lo que estábamos haciendo, recuperó algo de su presencia de ànimos, y tras pedirme que me fuera al dormitorio a ponerme otra camiseta, “que la tuya la he dejado perdida de lágrimas”,  se dirigió a la cocina…

Yolanda, dándome un beso, me pidió que la siguiera, para traer varias bolsas de basura... ¿Acaso estaba pensando en cribar ya la ropa de su abuela, que todavía estaba (relativamente) caliente en el tanatorio? Pues aquello es precisamente lo que hicieron, en silencio, vaciar percha tras percha y balda tras balda de aquél armario ropero... Los zapatos y la ropa en buen estado, fueron al Asilo de las Hermanitas de los Pobres... Aquellos que, por algún motivo, deseaban conservar, como aquella rebeca negra que le compramos las últimas navidades, o la típica manta de cuadros escoceses, se dejaron sobre una silla... En la vieja gramola sonaban en sordina varios tangos de Don Carlos (Gardel) y de Don Astor (Piazola)… Nadie durmió mucho aquella noche…

En el fondo del segundo estante, Catalina encontró un tesoro: una caja de zapatos, donde estaba recogida la historia de la familia desde los bisabuelos, en 1896, a través de una densa colección de fotos, y todas ellas, identificadas... Yo también estaba en ellas, que no en vano llevaba varios años dentro de la familia...

Aquél sería el “proyecto secreto” de Catalina por las tardes del mes de agosto: pasar todas las fotos a varios álbumes de estilo antiguo, e incluir una nota con los datos recopilados por su madre...

Y mientras ellas realizaban su labor, los hombres preparábamos algo de cena: jamón, queso, ensalada, algo que pasta, varias frutas... porque tampoco nos parecía muy apropiado andar mirando la ropa interior de la abuela... Ellas no querían salir del dormitorio, "hay muchas cosas por hacer", decían...

 Pero al final, las convencimos... Una de las cenas más tristes y más deprimentes que recuerdo... y, sin embargo, cuando nos fuimos al dormitorio, Yolanda se abrazó a mí, con desesperación, con el dolor de la muerte, y la necesidad de reafirmarnos en la vida… En cuanto cerramos la puerta, y empezó a besarme, como si le fuera el alma en ello, pareciendo que la vida necesitaba perpetuarse frente a la agorera presencia de la muerte... nuestras camisetas terminaron desgarradas sobre la alfombra, la ropa interior confundida en un marasmo de tejidos… y nuestros cuerpos se fundieron en el consuelo primigenio…

 Hicimos el amor como solo pasa en los sueños, adivinando y anticipando los deseos del otro, intentando no hacer ruido, para no molestar a la familia... Entonces, en el momento justo del goce, mientras ella me cabalgaba, se lo pregunté: "¿Yolanda... quieres casarte conmigo?" Y ella me respondió, con un gemido quedo antes de derrumbarse sobre mí, "Síííííííí... Amor mío, siíí…Pero... ¿Te parece el momento más oportuno de hacerlo?"


Y lo que no protestaron padres y hermanos por nuestras actividades... lo hicieron por nuestras risas...

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