Hasta aquella madrugada, cuando Yolanda me habló
mientras yo seguía arrodillado a sus pies, pidiendo a un diosecillo mayor o
menor, incluso a los antiguos cultos de la Madre Tierra, que por favor no me la
arrebatase, porque sin ella nada, ni mi vida, ni el mundo, tenía sentido; en
esos momentos, en los que nada se encuentra en su sitio; y cuando habría
vendido mi alma al diablo (suponiendo que tuviera algún valor para alguien, y
que yo creyera en esas cosas), no había tenido tanto miedo a perderla...
Escuchar de nuevo la voz de Yolanda, aquellas dos
palabras, "Levántate, amor", me hicieron reaccionar... Era
casi un milagro, verla de nuevo, poder hundirme en sus inmensos ojos negros,
para encontrar en ellos la fuerza de mil mundos... Todavía llorando (seguro que
fue una mujer quien escribió que "los hombres duros no lloran",
y nosotros hemos sido tan imbéciles como para seguir defendiendo aquella
teoría, garabateada quién sabe en qué ciudad en cualquier momento de la
historia), cogí su mano, con miedo, por la cantidad de tubos, cables, sensores
y monitores a los que estaba conectada...
Y la besé... no pude evitarlo... porque entonces y
solo entonces, recuperé la esperanza...
Nos pasamos la noche en vela, hablando a ratitos, de todos
aquellos temas para los que jamás habíamos tenido tiempo, desde el nombre de
nuestro hijo (se llamaría Luis, por mi abuelo), hasta las actividades
extra-escolares en las que participaría (mi sugerencia de la esgrima no fue
aceptada... pero sí la del Judo), o si tendría un perro o un gato como mascota
(en eso nos equivocamos: la primera que tuvo fue una culebra de agua... y la
capturó él solito, a los seis años)...
Pero también reflexionamos sobre nuestra vida, a corto
y medio plazo: después de un problema como éste, no era prudente, según el
doctor Pedraza, que Yolanda estuviera subiendo y bajando escaleras durante una
temporada, incluso lo más adecuado sería que mantuviera reposo durante un mes,
prácticamente sin salir de casa... Esto descartaba, al menos de momento, el
regresar a nuestro pisito... pero aquél era un tema que ya habíamos tratado
Catalina y yo la tarde anterior: el vivir con ellos una temporada, siempre que
a Yolanda le pareciera bien...
Al principio, se asustó un poco: "¡Vivir de nuevo
todos juntos, pero estando casados! ¡Con el carácter que tienen mis hermanos, y
lo mandona que es mi madre! ¿Lo habéis pensado bien?" Sin embargo, un
solo gesto bastó para que accediera: sin soltar su mano izquierda, la llevé
sobre su vientre, donde ya era bastante evidente la presencia de nuestro
hijo... "Vale...", me dijo, sonriendo... "pero si
surgen problemas con mis hermanos, te encargas tú..."
En algún momento de aquella larguísima madrugada, me
quedé dormido, sin por ello soltar la mano de Yolanda... y fueron su cara, sus
labios, sus ojos, lo primero que vi al despertar... Segundos antes de que Borja
me acercase una taza de café del "Starbucks"... No me atrevía
a cogerla, sobre todo, porque no me fiaba mucho de él y de su peculiar sentido
del humor, pero aquella vez no dijo nada raro: "Toma, hermanito, que te
lo has ganado..." Que te dijera esto una persona a quien le sacabas
casi diez años, pero de dos metros y pico de alto, te hace sentir, como poco,
extraño... que alguien tan bromista como Ron Winslow “cometiera” semejante bondad era como poco, sospechoso Luego
comprendí su venganza: me había puesto...¡¡¡sacarina!!!
Los médicos hicieron su visita a las nueve de la
mañana, y consideraron que podríamos volver a casa, en ambulancia, la mañana
siguiente... Se había producido un pequeño desgarro en la pared del útero,
desprendiéndose parte de la placenta, pero con la intervención realizada la
víspera (una laparoscopia, creo) se habían conseguido suturar los vasos y
reubicarlo todo en su sitio... A mí, todo esto me sonaba a chino, pero lo único
importante era que Yolanda y nuestro futuro bebé estaban bien... Durante toda
la jornada, vinieron algunas visitas, por suerte no demasiadas, aunque yo no
tuve más remedio que coger un taxi, pasarme por el hotel para llevarle una
fotocopia del parte de baja a mi jefe (el entrevistador del grupo se había
marchado ayer por la tarde, comentando que "nos comunicaría los
resultados de la valoración de aptitudes directivas en su debida
forma y momento"), seguí la ruta hasta la consultoría donde
trabajaba Yolanda (¡y yo me quejaba de los interrogatorios en los
procedimientos de selección!), y conseguí llegar a casa, no sin antes hacer una
escala en el piso de nuestra vecina, para darle las gracias, subí como pude los
últimos escalones y me desplomé, agotado, sobre la cama, cuando faltaban unos
minutos para las doce de la mañana...
Uno de mis últimos pensamientos fue que, de haber
tenido un perro, aquella mañana, tendría que haber usado el cuarto de baño... y
tirado de la cadena…
A las cinco de la tarde, la insistente sirena del
móvil me despertó de un sueño corto pero reparador... Mientras me duchaba,
programé la cafetera, me puse ropa limpia y cómoda, pues todo lo que había
llevado el día anterior estaba impregnado de olor a hospital, y no es uno de
mis aromas favoritos... También preparé una pequeña maleta, con ropa limpia
para Yolanda: me dijeron que lo mejor serían un par de vestidos de entretiempo,
algún abrigo ligero o gabardina, y sobre todo, un calzado cómodo...
¿Qué tendrá el aroma del café recién hecho, que
resucita incluso a los muertos? Le puse dos cucharadas y media de azúcar, un
tercio de leche de soja, y me senté unos minutos, para contemplar los que,
durante tantos meses, habían sido nuestros dominios... La cocina americana, con
su barra de separación, los electrodomésticos, la vitro... Lugares con
recuerdos propios... El salón - comedor - despacho compartido, con la mesa
sobre borriquetas… En su casa habíamos dejado un pequeño tablón de fotos, “para
que puedan vernos, aunque no estemos allí"), y por eso, en nuestro
dormitorio, habíamos puesto otro corcho, también, lleno de fotos y de
recuerdos, entre otros las entradas del Louvre,
los billetes y la factura del restaurante en la Tour Eiffel, un par de folletos de "los Jameos del Agua"
de César Manrique... y, por supuesto, la primera foto que nos hicieron
juntos, la mañana en que nos conocimos... orgullosos de habernos encontrado,
con nuestros bañadores y mi camiseta de la “Operación
Mata Rangi”, y ese inverosímil flequillo, ahora en franca recesión…
A las seis de la tarde, cogí un taxi para ir al
hospital (la moto la había dejado en una zona de aparcamiento permitido, porque
no me encontraba en condiciones de conducir aquella mañana), dispuesto a pasar
una noche más, con la mujer de mis sueños, mi mejor amiga, mi compañera (y mil
otras cosas más, que en aquél momento no acudían a mi mente): Yolanda... Borja,
David y Catalina se habían encargado del turno de día, organizando relevos para
las comidas, y preparando algunas cosas en casa de sus padres: nos habían
instalado en la habitación de Yolanda, porque no tenía mucho sentido que
durmiéramos separados después de casarnos, ¿verdad? Pues bien, lo más curioso
es que eso fue precisamente lo que recomendaron los médicos en su visita de la
tarde: "es mejor que la paciente
duerma sola una semana, para evitar presuntos golpes o roces que puedan afectar
a la zona de la operación..."
Por supuesto, lo que yo no podía imaginar era con
quién pasaría algunas de esas noches... Pero esa es otra historia....
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