Aquella noche
del once de agosto de 1998 fue la última que doña Clotilde pasó sobre la tierra... Como en casi
todos los funerales de personas muy mayores, a no ser que tengan una familia
muy grande o hayan realizado una labor muy importante en la vida, muchas de las
personas que acudieron a la mañana siguiente ni tan siquiera se conocían entre
sí…. De los siete hermanos, y siendo ella la segunda de menor edad, no quedaba
nadie salvo Sebastián, su mellizo,
quien a sus setenta y ocho años estaba confinado en una silla de ruedas, y
permaneció en la residencia: "Prefiero recordarla más joven...",
fue su único comentario... El otro superviviente, Marcial, no pudo viajar desde
Nueva York.
¿Los demás asistentes? Un extraño conglomerado
de sobrinos nietos, tíos terceros, algún que otro vecino, los dos porteros de
la finca... La única nota disonante la puso el pastelero, quien trajo una
cajita de lenguas de gato de chocolate, con la petición de que, "si
era posible, las metan en la caja..."
Y yo, que
había tenido que acudir a primera hora de la mañana, para comprarme zapatos,
pantalones de vestir, camisa de duelo y corbata... ¿Mi lugar? Un segundo
puesto, detrás de Yolanda... pues no habíamos comentado a nadie nuestra
decisión de anoche... y tampoco era el momento más adecuado... Nunca me han gustado
los tanatorios, son máquinas de procesamiento industrial de la muerte, sin personalidad, alienantes, para los difuntos
sobre todo, y para los familiares...
La abuela
parecía muy tranquila, los maquilladores
habían conseguido que se desprendiese de la lividez cadavérica: desde que se
mudó a Málaga desde el pueblo, fue siempre una señora, incluso a mediados de
los ochenta, si salía a dar una vuelta, lo hacía protegida por una sombrilla, y
con sus rudas manos de campesina, que jamás ocultaba con guantes ni aderezos...
No sé, igual no estaría muy contenta de tener tan “buen color” ahora...
Ese cristal,
grueso, que separaba más que cualquier otra cosa los dos mundos, la vida y la
muerte, tal vez consiga apagar el sonido de las lágrimas, los sollozos, los
comentarios como "qué tranquila está...", "parece dormidita...", incluso el esperpéntico "¡pero qué buena pinta
tiene!" Yo solo tenía un deseo: que el tiempo pasase rápido, que
diera la una y media, para proceder a la incineración...
Por respeto,
y por mis creencias bastante poco religiosas, me quedé en la puerta de la
capilla, mientras efectuaban la ceremonia... Nos hicieron salir a todos, cuando
se puso en marcha el mecanismo que cerraba las cortinillas y hacía avanzar el
ataúd hacia el incinerador... Me acordé de mi amigo Ignatius B. Salmon, y de su teoría según la
cual el calor de las llamas y del gas era tan fuerte que provocaba el estallido
de la cavidad craneal al hervir el cerebro... Por mucho que intenté estar
pendiente, no escuché el "plop"...
y en aquél momento, mi mirada se cruzó con la de Borja... y empezamos a reírnos, por lo bajo,
de lo que no podía ser otra cosa que una leyenda urbana... ¿Verdad?
Volvimos a
casa sobre las tres... varias vecinas se presentaron un momento, para dejarnos
algo de comida en la mesa y en la nevera, pero en verdad, nadie tenía demasiada
hambre... Creo que todos necesitábamos
estar solos con nuestros recuerdos, así que nos fuimos a nuestras habitaciones
para cambiarnos de ropa... Yolanda se puso una especie de túnica moruna, las
"sandalias Cleopatra" que le regalé hace algún
tiempo, un sombrero de algodón de ala ancha y un coletero... además de las
ganas de sol…
Yo había
recuperado mis pintillas habituales,
con pirata de camuflaje, camiseta heavy
y sandalias... Yolanda, como yo, estaba muy unida a su abuela y lo peor que
podía hacer era quedarse derrumbada, sollozando, contra el quicio de la puerta
de su abuela, donde todavía quedaban tantos recuerdos... Por eso, me agaché a
su lado, la cogí de las manos y la obligué a recostarse
contra mi pecho... ¡Qué poco podía imaginar yo que menos de un año después,
ella repetiría conmigo el mismo gesto!
Estuvimos así
unos minutos, llorando, abrazados, con sus inmensos ojos hundidos en mi pecho,
como buscando mi corazón, y notando todos los exquisitos relieves de sus
pechos... y la fuerza de sus latidos... Quizás estuvimos media hora así, luego,
la llevé al baño para que se lavase un poco la cara y, cogiendo mi mochila con
el equipo estándar (dos botellas de agua medianas, dos paquetes de kleenex, y por supuesto, mi cachimba con mezcla especial, y las gafas de
sol), me la llevé de casa... Porque los dos necesitábamos
aire libre, el sol sobre la piel, y sobre todo, el aroma a libertad del mar...
Nos fuimos
caminando lentamente, en pos de una sombra que se empeñaba en ser a cada minuto
más esquiva, trazando nuestra ruta entre las partículas de polvo llevadas por
la brisa... Quizás no fuera la mejor idea del mundo, dar un paseo con todo ese
calor, pero lo que Yolanda no podía hacer era seguir en casa...
Pasamos cerca
de nuestro piso, pues en una ciudad como Málaga, todo está cerca..., sobre todo
comparado con Madrid... Y llegamos a la playa, nos quitamos las sandalias, y
nos pusimos a caminar, junto a la orilla, dejando que las olas nos lamiesen,
perezosas, los pies... Yo siempre estuve enamorado de Yolanda, es cierto...
pero jamás tuve tantas ganas de protegerla, abrazarla, besarla, que durante
aquél paseo... Y, sin embargo, me limité a caminar a su lado, en silencio,
puesto que en el fondo, poco más podía hacer, aparte de unas leves caricias,
para que supiera que estaba allí...
Íbamos
persiguiendo el sol, yo tenía bastante con estar a su lado, aquél era mi
lugar... y lo había sido siempre... Nos sentamos en una de las pocas tumbonas
que todavía no habían recogido, se sequé las lágrimas que todavía estaban
manando de sus ojos, y entonces, con ternura, con besos, incluso como terapia,
la misma que ella utilizaba con sus pacientes, le pedí que me hablase de ella...
que me presentase formalmente a quien tan importante había ocupado en su vida,
y por quien yo sentía un gran afecto…
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