El resto del
año 1997 no fue sencillo, para ninguno de nosotros. Mi decisión de abandonar la
capital tal vez pareciese repentina, mas era algo que yo tenía claro desde
aquella lejana tarde de verano, cuando nuestros caminos se cruzaron, al borde
de la piscina. Durante más de un año, con resultados paupérrimos, había
intentado trabajar de periodista, obteniendo solo dos respuestas, y unas
cuantas cartas devueltas... Y pensé que en Málaga, con mi formación y
experiencia me resultaría más sencillo... y así fue, en cierta manera. Tuve que
mandar otra remesa de cartas, acudir a varias entrevistas, y todo esto,
viviendo "de la sopa boba",
es decir, de la asignación que me daban mis padres...
Al final,
conseguí una vacante de cuatro meses en una pequeña agencia de noticias, pero
el sueldo, por desgracia, era proporcional. Se suponía que iba a tratar
básicamente temas culturales (cine, teatro, exposiciones, libros...), pero como
tenía bastantes tablas en Sucesos,
también me encargaron ese tipo de noticias... Por supuesto, mi contrato era de
los más sencillos, el famoso "por
obra o servicio", vivía todo el tiempo pendiente del móvil, y terminé
conociéndome hasta los rincones más sórdidos de la ciudad... pero también los
más selectos...
Cronista de
ambos mundos, al final me quedé prácticamente
un año allí, cubriendo las bajas, aprendiendo cosas nuevas, entre ellas, que no
hay labor periodística más difícil que la de una agencia: siempre de los
primeros en llegar, con premura a la hora de redactar las historias, y con el
peso en la conciencia de haberte podido equivocar en un dato... porque luego,
en demasiadas ocasiones, los demás periodistas no se molestan en comprobarlos... y acabas matando a quien no
debes…
El tiempo que
no estaba trabajando, procuraba dormir un poco, leer, relajarme... En cuanto a
alojamiento, tuve suerte, y conseguí un pequeño estudio, bastante bien de
precio, en la calle de San Lorenzo. Un tercero sin ascensor, cerca de la calle
Linaje... No nos engañemos: al margen del precio, también era muy importante la
cercanía, relativa, a la casa de Yolanda, en la calle Jacinto Verdaguer... A mediados de septiembre,
habiendo firmado el contrato de alquiler, y teniendo ya concertado el trabajo
en la agencia, me despedí de mi familia... Por supuesto, no me llevé todas mis
cosas, pero sí hice una criba de libros (donados casi todos a una serie de ONG), de ropas, y me pasé casi una semana
reciclando papel (parece mentira la cantidad de documentación superflua que genera una tesis
terminada, aunque sea con “Summa Cum
Laude”...). También le traspasé a mi hermana mi habitación, y tiré aquellas
cosas que no podía llevarme a su antiguo cuarto, que se convertiría en el de
los invitados... Y, con el coche cargado hasta los topes de cajas, libros y
ropa, emprendí el camino a Málaga... en solitario, pero con todo el amor del
mundo en el maletero…
Menos mal que
los hermanos de Yolanda se prestaron voluntarios (a cambio de unas cuantas
cervezas) a subir todas las cajas, porque la cultura, y la música, pesan y
ocupan lugar... Después de tres o cuatro viajes cargados como mulas (y menos
mal que encontré un lugar donde estacionar a "Brujita",
aquella mañana de sábado), el estudio estaba abarrotado, y llamamos a "Telepizza"
para que fuera oficial. Yolanda se encargó de la intendencia durante toda la
mañana, distribuyendo mis pertenencias entre las dos habitaciones (un salón y
despacho, la otra, dormitorio) y la pequeña cocina americana y el cuarto de
baño, que se convertirían en mis dominios terrenales durante un par de años...
Por cierto, ¡jamás invites a dos jugadores de baloncesto a comer pizza! ¡Se comieron una familiar cada uno,
una tarrina de helado, se bebieron un
barrilito de “Heineken” cada uno, y
se quedaron con hambre y sed! Después de una comida tardía, y de agradecer una
vez más su ayuda a Borja y a David, nos
quedamos solos... y entonces, aprovechamos para ir corriendo al dormitorio,
tumbarnos sobre la cama... y dormir una siesta de tres horas...
Serían las
siete de la tarde, cuando sonó el telefonillo:
eran sus padres, quienes además de realizar una pequeña visita, querían conocer
de primera mano el piso que Yolanda me había ayudado a conseguir, que las fotos
de internet y las visitas relámpago no
son la mejor de las referencias. Creo que fue el cuarto o quinto que ella
visitó, algunas veces acompañada por sus hermanos "que hay mucho malaje..." Les gustó, a pesar del
desorden de plena mudanza, localizamos la cafetera, y lo estrenamos de forma
oficial.
Su madre, tan previsora como siempre, había
preparado una bolsa con las cosas más esenciales: café, azúcar, leche
desnatada, mantequilla, pan Bimbo,
embutido, cepillos de dientes y pasta, gel de baño, champú, y una pequeña
maleta, con un camisón, ropa interior y un juego de mudas de recambio... "Es
sábado... Si queréis, venís a comer mañana con nosotros... prepararé mi lasaña
especial de la casa..."
Aquél era
nuestro pacto... De lunes a viernes, Yolanda estaría en casa de sus padres,
porque había empezado el cuarto año de carrera, y los fines de semana los
pasaríamos juntos... Algunos de los
puentes iríamos los dos a Madrid, pero el resto del tiempo, no saldríamos de
Málaga... Si la situación hubiera sido al revés, es decir, si yo hubiera sido
la chica en la pareja, ¿mi madre habría permitido el acuerdo? Mucho me temo que
no...
Y fueron
pasando los días, con la emoción de estar juntos, de poder llamarnos por
teléfono, o quedar en cualquier cafetería para merendar, incluso mirar juntos
la misma estrella, desde la misma ciudad… y la misma ventana... Los primeros
meses resultaron un tanto difíciles, mi rodilla se resentía de la lesión por el
ejercicio, y sobre todo, la humedad procedente del mar... algunas mañanas, si
dormía con la ventana entreabierta, escuchaba las sirenas de los barcos... Pero
no había nada mejor que despertarme a su lado, los sábados y domingos de pereza
y relax, notar su cuerpo cálido junto
al mío, y ser consciente de que estaba junto a la mujer de mi vida...
Terminó el
invierno, y también mi contrato por obra y servicio de la agencia... No fue una
mala experiencia, porque aprendí a moverme por toda la ciudad “y parte del extranjero”. Mis notas de
agencia, al estar firmadas, servían de carta de presentación, sobre todo porque
muchos de los medios que visité las habían usado, y mi reputación en general
era buena... pero de todas formas, era algo de lo que no me solía preocupar
mucho, pues no estaba en mis manos…
Me ofrecieron
el mismo trabajo, por algo más de dinero, en otra agencia, y estuve tentado de
aceptar... pero durante aquellos cinco meses había comprobado una cosa muy
importante: que no me interesaba seguir en esa rama del periodismo, que además
me impedía hacer otras cosas, experimentar con otro tipo de colaboraciones, por
ejemplo con agencias de viajes, o sacar partido de mis idiomas, escribiendo
para algunos periódicos extranjeros... Eso sin contar con mi sueño: volver a
una emisora de radio, seguir aprendiendo cosas, perfilando mi estilo... y hacer
algo todo lo nuevo posible…
Tenía que
comer, y pagar las facturas, por lo que, al final, terminé aceptando el
contrato de la agencia, y buscándome un trabajo, tres tardes en semana, en la
recepción de un hotel céntrico... que más tarde sería reconvertido en el famoso
“Hotel Imperial”… El trabajo era
bueno y sencillo, disfrutaba hablando y ayudando en lo posible a los turistas,
manejando programas informáticos, gestionando reservas para comer o cenar en
los restaurantes más prestigiosos de Málaga... Con el paso de los meses, me
apunté a un curso a distancia sobre la atención al cliente... y aprendiendo más
cosas cada día sobre el trabajo en la recepción de un hotel, me di cuenta de
que me gustaba de verdad...
¿Abandonar el
periodismo, con una tesis doctoral "magna cum laude", para
trabajar más horas en el hotel? La reacción de mi padre fue de total rechazo;
mi madre lo comprendió algo más, pues era consciente de hasta qué punto me
había hartado de buscar trabajo "en lo mío"; y mi hermana se
limitó a un lacónico "haz lo que te parezca mejor para Yolanda y para
ti"... "Groucho
nº 17" no se pronunció, igual le había sentado mal que yo le dejase
en Madrid, o bien mi hermana no le entendía...
El final de
curso de 1997 resultó especialmente duro para mí, pues ahora trabajaba en el "Hotel
Principal" cinco días por semana, de nueve de la mañana a cuatro de
la tarde, y luego asistía a clases de "Gestión de la Realidad
Turística" en la facultad... Por suerte, me convalidaron muchas de las asignaturas
comunes con el Master, y en dos años tenía la intención de terminar los
estudios, al mismo tiempo que Yolanda... Cuando llegaba el momento de hacer los
trabajos de fin de trimestre, solíamos quedar en la Biblioteca, para buscar los
datos necesarios... y algunas madrugadas de domingo, tenía que arroparla con la
manta, porque se había quedado dormida junto al portátil... sobre la mesa del
comedor/despacho... Aunque pasábamos todo el tiempo pendientes del viernes...
Yolanda solía
esperarme en casa, me recibía con un enorme beso, preparábamos la cena... no
sé, mil pequeñas cosas, que hacen las parejas... y que nos hacían sentir una
profunda felicidad... El resto de la semana, buscaba el olor de su pelo en la
almohada, en su toalla, acariciaba incluso su cepillo... todo, en el pequeño
piso, me recordaba a ella, era como si durante aquellas dos noches, la casa
entera se cargase de su olor, de su esencia, y la fuera liberando, desde el
momento en que la puerta se cerraba detrás de ella... El cansancio y las leyes
de la naturaleza, a veces nos impedían amarnos, pero de todas formas, eran
tantas las hermosas combinaciones de estar respirando el mismo aire…
Trabajar y
estudiar, en el fondo, mi rutina no había cambiado demasiado... Salvo que me
encontraba solo, en una ciudad ajena, lejos de la familia y de algunos amigos,
y de multitudes de seres indiferentes y algunos enemigos formida-blemente
mediocres... pero en el fondo, era más feliz que en toda mi vida, porque estaba
con Yolanda, mi ¿chica? ¿Novia? ¿Amante? ¿Compañera? Lo llames como lo llames,
lo único importante era que mi corazón y mi alma estaban completas...
Aquél verano
de 1998, solo tuve derecho a una semana de vacaciones en agosto, por tratarse
de la temporada alta del hotel, y decidimos pasarla juntos, con parte de la
familia, en el piso de Benalmádena...
Al menos, aquella era la idea, pero teniendo en cuenta que los otros compañeros
serían Borja y David, y que las fiestas
y parrandas que organizaban eran tremendas, nos pareció mucho más prudente ir
nosotros, una semana antes...
Es cierto, ya
me había acostumbrado a compartir el espacio con ella todos los fines de
semana; salvo los puentes, que pasábamos en Madrid, y algún día especial, como
el de nuestros aniversarios, el de conocernos en mi tercer viaje a Málaga en
1991; aquella tarde en primavera de 1995... Y nuestros cumpleaños... Nunca celebramos
"San Valentín",
también conocido como "San Corte Inglés", quizás porque el
mejor de los regalos era cada momento que estábamos juntos... durante todo el
resto de días y de noches del año…
A partir del
mes de octubre de 1997, empecé a colaborar con la "BBC", ya sabes, haciendo fotos de
Bodas, Bautizos y Comuniones, puesto que el mercado era bastante prometedor, y
siempre me gustó la fotografía... Que no te engañen: cualquier boda, hasta la
de más alto copete, se puede reducir a cuarenta fotos clave, no hacen falta
doscientos cincuenta planos de las manos, los rostros, los arreglos florales y
demás tonterías... Lo más curioso es que, si alguna de aquellas imágenes
especiales no se hacía, todo el mundo lo notaba...
Por eso, mi
amigo Gonzalo Comyns Blanch
y yo decidimos apostar por la calidad del producto dentro de una pequeña
agencia especializada en bodas: nuestros álbumes
contenían siempre aquellas fotos, y de gran calidad; además, por supuesto, de
las mejores de las otras fotos, que se reducían a unas veinte más... Todos los
clientes podían estar seguros de nuestro precio, de la calidad de nuestro
trabajo. También quiso participar del proyecto nuestra amiga Leyre Segura Paidós, lo que facilitaba mucho algunas fotos
de la novia cuando la estaba vistiendo... esa pizca de erotismo que aporta una
excelente fotógrafa, con un especial cariño por lo virginal… Cada boda en la
que participásemos era como una misión de los "Cazafantasmas": cinco o seis cámaras con sus objetivos, varias antorchas,
la cámara de vídeo...
Lo malo fue
que el proyecto nos salió muy bien... El "boca a boca"
empezó a funcionar, y nos llamaban para cubrir bodas casi todos los fines de
semana... Yolanda estaba terminando su carrera de Psicología, y si cumplíamos
el compromiso familiar de vernos solamente los fines de semana, lo cierto es
que no teníamos casi tiempo de estar juntos... Se imponía un cambio de
estrategia...
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