Aquellos días
posteriores al Puente del Pilar (o el “acueducto
de las maripilis”) los recuerdo como los más amargos del
otoño, porque nunca es fácil regresar a la fría y amarga realidad, cuando has
rozado el cielo... No pude evitarlo, y me quedé con la parte superior de su
pijama... que oficialmente fue devorado
por la lavadora... y no le devolví hasta un par de meses después, como una
especie de regalo de navidad... dentro de un osito rosa de peluche
guarda-pijamas…
Siempre vemos
perfumes por todas partes, anuncios que nos bombardean desde la televisión, en
el cine, incluso en Internet, periódicos y revistas de toda laya... Me habría
gustado que ella utilizase cualquiera difícil de encontrar, exótico y carísimo... a base de mirra, sándalo, eléboro, algo único e inconfundible... Pero
la fragancia de Yolanda era y sigue siendo... "Nenuco"... y me perseguía de la
mañana a la noche...
Tal vez fuera
porque de repente se puso de moda, pero cuando bajaba a la calle en el
ascensor, esa colonia invadía mis sentidos... Entre los viajeros del metro,
también lo reconocía... Incluso en dos o tres de las compañeras del Ateneo
estaba presente... Y yo, que no paraba de olfatear, buscando el rastro de mi
amada... abandoné el "Agua de Lavanda" que llevaba tantos años
usando, y cambié de colonia, para sentirla sobre la piel...
Claudia, mi
segundo gran amor, no tardó mucho tiempo en notar el cambio que se había
producido en mí desde el verano, y días después del acueducto, estuvimos
hablando un rato en nuestro refugio preferido: la cafetería de los "Cines
Lumière" en Plaza de
España... El plan era conversar primero, y luego ver cualquiera de las
películas anunciadas... Pero al final, nos quedamos casi tres horas allí,
mientras ingeríamos múltiples tazas de té con limón...
Quizás mi
intención, al contarle cómo me sentía, de qué manera me daba esperanza el
hablar con ella todas las tardes, y estar cerca pero lejos, juntos en el
corazón y en el alma, era obtener consuelo... O tal vez, lo que pretendía era
hacerle sentir celos, porque Yolanda se había apoderado de mis sentimientos en
poco más de quince días repartidos entre cuatro años (si bien el corazón se lo
entregué el primer minuto); mientras que Claudia había sido la reina de mis pensamientos
desde aquella lejana mañana de septiembre de 1983, sin convertirse en reina ni
princesa por voluntad propia... Necesitaba demostrarle que otra persona había
sido capaz de apreciarme, de amarme, que yo no valía tan poquita cosa como tal
vez ella pensaba...
Aquella tarde
de octubre, me cogió las manos, en silencio... y luego, inclinándose
suavemente, por fin me besó, largamente, en los labios... en medio de un
remolino de tazas de té de color blanco… Aquella tarde, alcancé el cielo...
tras diecisiete años esperándolo... Y nuestra amistad resultó fortalecida...
Nunca más volvimos a besarnos... salvo en las mejillas…
Por la noche,
se lo comenté a Yolanda, y me sorprendió su respuesta: "Me alegro por
vosotros, Ismael: aquél beso estaba demasiado cargado de tristeza, de
frustración, de simbolismo... Era algo que tenía que pasar antes o
después..." En aquél momento, se quedó en silencio... y después me
dijo:"Pero como vuelvas a besarla... se lo digo a mis hermanos, para
que te den tu merecido..." Por un momento, me acojoné… Lo dijo super
seria, con un fuerte cambio de voz… ¡Menos mal que después soltó una carcajada!
Y recuperé la respiración, y creo que el pulso…
Lo único
bueno de no tener más trabajo que hacer la tesis doctoral era que no tenía que
ceñirme a fechas ni horarios, sino al calendario universitario de Yolanda, por
lo que me puse en ruta la madrugada del cuatro de diciembre, bien descansado
después de una larga siesta, con el "zapatófono"
bien cargado, y el depósito lleno... Quinientos treinta y tres kilómetros
por delante, la antena de la radio firmemente atornillada, y una selección de
cintas para amenizar el viaje, además de varias botellas de agua y un termo de
té bien caliente... Es decir, tiempo y espacio más que suficiente para pensar
en ella, y en nosotros...
Fue aquella
noche, escuchando "The Wall", cuando tomé una decisión
importante, que en última instancia cambiaría mi vida: en cuanto terminase la
tesis (la defensa en el tribunal estaba prevista para la segunda quincena de
mayo de 1996), empezaría a buscar trabajo en Málaga, de cualquier cosa, con tal
de estar con ella... bueno, menos algunas salvedades… era demasiado joven para
hacer de gigoló francés... y demasiado mayor para aprender a tocar la
harmónica… O tal vez me pondría a buscarlo un poco antes, para estar con ella,
y con nuestras familias, el mes de agosto, pues ya se empezaba a hablar de
irnos todos (mamá, papá, el abuelo, mi hermana y yo) a unos apartamentos en Benalmádena, para que se empezaran a conocer...
aunque, admitámoslo, no me hacía
demasiada ilusión el brillante plan, urdido por mi madre...
Habiendo
salido de Madrid al filo de la medianoche, a las cuatro de la mañana me paré en
un bar/gasolinera de carretera, para repostar y estirar las piernas...
Estábamos, literalmente, cuatro gatos,
dos cucarachas, el barman y tres
camioneros, pero el combustible era barato, y el café, negro y fuerte como la
noche... También aproveché para lavarme la cara, hacer "mis
cositas" en el arenero y darme una pequeña vuelta por los
alrededores, aprovechando la luz de la luna...
No muy lejos del círculo exterior de las
luces, se alzaba el enorme cadáver de un algarrobo, con casi todas las ramas
tronchadas por la última tormenta (a primeros de septiembre) y, cobijada en las
sombras, se encontraba una vieja caseta de señales, fabricada con recias
piedras y pizarra de la zona... Por un momento, me pareció ver una luz en el
interior, y la silueta de alguien que se movía entre las más profundas sombras,
con un candil, hacia la puerta... En ese momento, unas densas nubes cubrieron
la luna, y yo volví con "Brujita",
emprendiendo una vez más el camino, hacia ella... y alejándome de aquella
presencia que había intuido entre las sombras…
Seis de la
mañana del dos de diciembre de 1996... He conseguido aparcar cerca de su casa
y, como de todas formas no voy a presentarme tan pronto allí (sobre todo porque
no les avisé del viaje, para que no se preocupasen), busco una cafetería abierta
y me zampo un desayuno regio... además de fumarme un par de cigarrillos... y
luego, con la amanecida, me vuelvo a subir al coche, para ir a la playa... No
estoy cansado, a pesar de toda la noche en vela y conduciendo... Con "Umaguma" sonando en el "walkman" (el tatarabuelo de los
"mp4" y "mp6", que funcionaba con cintas
de casete), me descalzo, y camino hasta la orilla... El agua está congelada,
sube por mis gemelos... y me hace pensar en cómo me sentiría, si Yolanda no estuviera conmigo...
Son las ocho
y media de la mañana cuando aparco de nuevo junto a su casa, y llamo al telefonillo... Me responde al primer toque,
diciéndome: "Sabía que estabas de camino, amor..." Es
posible que su madre se molestase un pelín
conmigo, porque en cuanto dejé la maleta en el suelo, junto a la puerta,
Yolanda se lanzó a mis brazos, con su camisón de vacas locas y las arruguitas del sueño en las mejillas...
Aquella fue la primera vez, en más de un mes, que me sentía realmente vivo,
completo, y feliz... Borja y David también
salieron a saludarme (pero repitiendo en voz baja la amenaza tradicional, "como
hagas sufrir a nuestra hermana, despídete
de tu hombría")... El fin de semana fue de relax, el sábado casi no salimos de casa, y
me retiré muy pronto a la habitación de Borja,
quien se había mudado temporalmente a
la cama nido de su hermano David... El domingo nos acercamos a Benalmádena, para comprobar qué tal estaba el
piso...
El lunes
cuatro y el martes cinco, en la facultad de Psicología no hacían puente... por
lo que aproveché las dos mañanas para actualizar el “currículum vitae” (también llamado “currículo”, “curri” para
los amigos… y “novela de ciencia ficción”
a la hora de mencionar los conocimientos de informática y de inglés)…
Llegaba por
lo tanto el momento de recuperar viejos hábitos, antesalas inmensas, colas de
sobrecogedores en caza de incautos, y capturadores de sueños, promesas sin
cuento, bonobuses o billetes de tren a precio reducido, infames furgonetas de
reparto convertidas en unidades móviles de emisoras de radio…. El bonito y
entrañable mundo del becario…
Igual que en
algunas películas románticas de las que tanto nos gustan, pensábamos en base de
dos… Madrid seguía pareciéndome la ciudad de las frustraciones y de las
tristezas... además de no tener costa... que por mucho que digan del
Manzanares, no es lo mismo que “mi” Mediterráneo…
La primera
impresión fue bastante favorable, empezando por el soberbio desayuno a base de
productos de la tierra: café con leche, zumo de naranja recién hecho, una barrita
de pan caliente y un exquisito “unto”
con tomate natural…
Para aquellas
dos mañanas, llevaba una agenda de citas digna de un ministro de los de antes,
fruto de muchas llamadas telefónicas nacionales y locales… El procedimiento en
sí mismo, igual que en casi todas partes: tomaron nota de mis datos, cotejaron
los más oportunos (incluyendo los niveles de idiomas extranjeros, que en
malagueño seguía andando un poco bajo)… Algunos redactores jefes y
subdirectores de periódicos, siempre muy amables, pero tajantes, me dijeron que
la situación no estaba mucho más fácil que en Madrid, pero que de todas formas,
no perdía nada por intentarlo… También me facilitaron algunos contactos de
segunda mano en otros medios, y por lo menos… me sentí escuchado, que eso era
mucho más de lo que obtuve durante todas mis poco gloriosas escenas matritenses…
Ambas tardes
las pasé con Yolanda y sus hermanos, volando cometas junto al puerto, y con los
típicos "desafíos de machotes", de los que conseguí salir
bien parado, gracias a los conocimientos residuales de judo... y un par de tácticas muy sucias que
aprendí de Gaspar Macarro Suárez,
compañero en la mili... y bastante buen
tipo en general hasta que se mosqueaba con alguien…
Miércoles y
jueves... Casi un sueño... Más entrevistas y compromisos de envío de
información complementaria que en medio año en la capital… Pero lo más
destacable fue el “fin de fiesta”,
muy particular: sus padres y hermanos nos volvieron a dejar el piso de Benalmádena... y también nos reservaron un
circuito termal, como bienvenida en la familia y felicitaciones por nuestro
esfuerzo y sueños compartidos. Quizás fuera un poco pronto, pero lo
necesitábamos, pues se avecinaba otra separación en la que no deseábamos
pensar…
Es cierto, en
la casa hacía bastante frío... pero nada que no se arreglase con un par de
mantas, y estando piel contra piel... Y en cuanto al "Spa"... nunca he estado más
relajado, que durante aquellas dos horas, en las distintas piscinas, para
terminar con un masaje con esencia de chocolate... Yolanda estaba radiante, con
un bikini negro, y el colgante de
turmalina que le compré en una feria de esoterismo... Yolanda... mi amor...
Le comenté
las gestiones que había estado realizando los dos días anteriores, y aunque le
hizo mucha ilusión, tal vez le dio un poco de miedo...
No es lo
mismo una relación a distancia, ver a la persona amada una vez al mes, y el
resto del tiempo suplirlo con los móviles y las cabinas, que estar en la misma
ciudad... Por eso, tomé una decisión: si conseguía en posteriores intentos un
trabajo interesante, me llevase el tiempo que me fuese, y una vez terminada la
tesis doctoral, lo aceptaría sin dudarlo, con tal de seguir juntos… pero
manteniendo toda la paciencia del mundo… Patria, bandera, pasado, presente… todo
lo daría sin dudarlo por el amor, correspondido, de una mujer… y lo encontraba
en ella… igual que hoy…
Es posible
que aquella última noche de cariño y juegos fuera un poco más de lo que ambos
estábamos a admitir en nuestro interior, el dichoso miedo a la distancia, al
compromiso, a los sueños que se rompen… Y por eso, a la mañana siguiente,
cuando me desperté liado entre sus larguísimos cabellos que convertían mi mundo
en telarañas de su esencia, mirando sus increíbles ojos tan de cerca, y con el
sabor de aquél último beso aleteando en los labios desde la noche anterior…
tuve que besarla de nuevo…
Aquél
amanecer, ya me sabía casi de memoria sus miedos, sus posibles dudas, y
pronunciamos aquellas frases casi a la par, mas con una sonrisa en los labios: "No
quiero repetir errores, amor... Déjame
pues un poco de tiempo, terminemos las cosas que nos quedan pendientes (mi
carrera, tu tesis)… pues de todas formas, siempre estaremos juntos... amor..."…
cerrando el pacto con un beso, y una caricia en el cuello…
¿Y qué representarían otros siete u ocho meses de
trabajo duro, de rompernos los cuernos en todos los sentidos, si aquella
mañana, quizás con el intercambio de algún olvidado voto frente a la Diosa
Madre, ya nos habíamos convertido en uno solo? Las dudas permanecían, es
cierto, llevábamos tan poco tiempo juntos, y los amores pasados o soñados ya no
eran nada, frente a un futuro compartido…
Yo seguiría siendo el chico el chico tierno,
alto pero fibroso, con los ojos marrón oscuro y el pelo comenzando a clarear en
las sienes, con las primeras canas (o “aladares
plateados” de los que tanto hablaba mi madre, cuando su actor favorito
aparecía en la pantalla); siempre quise tener una barbilla de “tío duro”, pero el miedo a las
operaciones y sobre todo la falta de presupuesto eran un poderoso aliciente,
para envidiar a Kirk Douglas…
Mas de todas
formas, era inevitable el regreso a Madrid, la ciudad de mis fracasos y malos
recuerdos salvo por dos o tres personas especiales de quienes ya os he hablado;
y aquella pasión compartida por la literatura, el cine y “Pink Floyd”, “Frank Sinatra”,
“Nino Bravo” y tantos músicos y
grupos que intercambiamos grabándonos los vinilos con nuestras canciones
favoritas, y añadiéndolas a nuestras cartas, nos ayudaría a seguir adelante con
nuestros proyectos…
Mis dudas…
eran también parecidas, al margen de la clase social que demostró no ser un
problema, por nuestras semejanzas en tantas cosas; ni los distintos trabajos o
enfoques vitales de las familias; en el fondo, siempre tuve el miedo de no ser
nunca lo bastante bueno para “merecerme”
estar un solo minuto más en la Tierra a su lado, y se me partía el corazón,
literalmente, cada noche, cuando colgábamos el teléfono de la cabina, en medio
de susurros de amor… Un par de meses más de noviazgo, y habríamos alcanzado las
doscientas tarjetas telefónicas de prepago… ¿Ñoño? Es posible, pero incluso
ahora, veinte años más tarde, conservamos muchas de ellas, en varias cajas de
galletas alemanas, y tocarlas es regresar en el tiempo… y me hace llorar
todavía, pero de felicidad…
El lunes once
de diciembre nos levantamos casi de madrugada, para ducharnos una vez más
juntos, desayunar el “sumito de naranja”
con las tostadas y mi café negro (a ella siempre le gustó el dichoso “Cacao Maravillao”), la acompañé a las
clases de la Facultad de Psicología, pero de camino, hicimos una breve parada
en la lavandería junto al edificio, para dejar en el buzón de recogidas del
señor Liu-Ping-Ma las sábanas, toallas y otros enseres que pudieran haberse porque
el chocolate tibio tiene la mala costumbre de manchar sábanas, albornoces y
toallas), y de repasar casi todas las superficies de la casa que hubiéramos
podido desordenar por casualidad… Aquella mañana, de todas formas, Andrea, una
vecina jubilada que venía del pueblo y
solía encargarse de realizar pequeñas limpiezas después de las vacaciones y
completar la pensión de viudedad, se encargaría de darle un repaso a la casa…
Y mi única duda, cuando intercambiamos en el
hall de la facultad las pequeñas cruces ansatas de oro que habíamos comprado en
la tienda esotérica la tarde anterior, era qué habría sido de mi vida de no
haberla conocido antes, o si jamás se hubiera cruzado en mi existencia…
Y yo en la
suya…
Un grupo de
alumnos de Erasmus, muy madrugadores o trasnochadores, según se mire,
celebraron con “¡Olés!” y el zumbido
de sus cámaras Nikon y Minolta, aquél último beso, donde se fundían una vez más
las almas y los cuerpos…
Mi sorpresa
fue tremenda, el día de nuestra boda, cuando apareció una de aquellas fotos,
con su marco de palisandro, en la suite de nuestro hotel tras la noche de
bodas… Una de las estudiantes era Pilar
Dégamo Visiego, antigua amiga de Yolanda… y cuando viene a casa a recordar
viejos tiempos, y ve la foto, todavía se sonríe, y hace que resalten las patas
de gallo que las risas y los llantos han puesto en las comisuras de nuestros
labios y ojos, para recordarnos que hemos vivido mucho…
Amor…
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