jueves, 21 de agosto de 2014

19. Persiguiendo a la luna…

Aquellos días posteriores al Puente del Pilar (o el “acueducto de las maripilis”) los recuerdo como los más amargos del otoño, porque nunca es fácil regresar a la fría y amarga realidad, cuando has rozado el cielo... No pude evitarlo, y me quedé con la parte superior de su pijama... que oficialmente fue devorado por la lavadora... y no le devolví hasta un par de meses después, como una especie de regalo de navidad... dentro de un osito rosa de peluche guarda-pijamas…

Siempre vemos perfumes por todas partes, anuncios que nos bombardean desde la televisión, en el cine, incluso en Internet, periódicos y revistas de toda laya... Me habría gustado que ella utilizase cualquiera difícil de encontrar, exótico y carísimo... a base de mirra, sándalo, eléboro, algo único e inconfundible... Pero la fragancia de Yolanda era y sigue siendo... "Nenuco"... y me perseguía de la mañana a la noche...

Tal vez fuera porque de repente se puso de moda, pero cuando bajaba a la calle en el ascensor, esa colonia invadía mis sentidos... Entre los viajeros del metro, también lo reconocía... Incluso en dos o tres de las compañeras del Ateneo estaba presente... Y yo, que no paraba de olfatear, buscando el rastro de mi amada... abandoné el "Agua de Lavanda" que llevaba tantos años usando, y cambié de colonia, para sentirla sobre la piel...

Claudia, mi segundo gran amor, no tardó mucho tiempo en notar el cambio que se había producido en mí desde el verano, y días después del acueducto, estuvimos hablando un rato en nuestro refugio preferido: la cafetería de los "Cines Lumière" en Plaza de España... El plan era conversar primero, y luego ver cualquiera de las películas anunciadas... Pero al final, nos quedamos casi tres horas allí, mientras ingeríamos múltiples tazas de té con limón...

Quizás mi intención, al contarle cómo me sentía, de qué manera me daba esperanza el hablar con ella todas las tardes, y estar cerca pero lejos, juntos en el corazón y en el alma, era obtener consuelo... O tal vez, lo que pretendía era hacerle sentir celos, porque Yolanda se había apoderado de mis sentimientos en poco más de quince días repartidos entre cuatro años (si bien el corazón se lo entregué el primer minuto); mientras que Claudia había sido la reina de mis pensamientos desde aquella lejana mañana de septiembre de 1983, sin convertirse en reina ni princesa por voluntad propia... Necesitaba demostrarle que otra persona había sido capaz de apreciarme, de amarme, que yo no valía tan poquita cosa como tal vez ella pensaba...

Aquella tarde de octubre, me cogió las manos, en silencio... y luego, inclinándose suavemente, por fin me besó, largamente, en los labios... en medio de un remolino de tazas de té de color blanco… Aquella tarde, alcancé el cielo... tras diecisiete años esperándolo... Y nuestra amistad resultó fortalecida... Nunca más volvimos a besarnos... salvo en las mejillas…

Por la noche, se lo comenté a Yolanda, y me sorprendió su respuesta: "Me alegro por vosotros, Ismael: aquél beso estaba demasiado cargado de tristeza, de frustración, de simbolismo... Era algo que tenía que pasar antes o después..." En aquél momento, se quedó en silencio... y después me dijo:"Pero como vuelvas a besarla... se lo digo a mis hermanos, para que te den tu merecido..." Por un momento, me acojoné… Lo dijo super seria, con un fuerte cambio de voz… ¡Menos mal que después soltó una carcajada! Y recuperé la respiración, y creo que el pulso…

Lo único bueno de no tener más trabajo que hacer la tesis doctoral era que no tenía que ceñirme a fechas ni horarios, sino al calendario universitario de Yolanda, por lo que me puse en ruta la madrugada del cuatro de diciembre, bien descansado después de una larga siesta, con el "zapatófono" bien cargado, y el depósito lleno...  Quinientos treinta y tres kilómetros por delante, la antena de la radio firmemente atornillada, y una selección de cintas para amenizar el viaje, además de varias botellas de agua y un termo de té bien caliente... Es decir, tiempo y espacio más que suficiente para pensar en ella, y en nosotros...

Fue aquella noche, escuchando "The Wall", cuando tomé una decisión importante, que en última instancia cambiaría mi vida: en cuanto terminase la tesis (la defensa en el tribunal estaba prevista para la segunda quincena de mayo de 1996), empezaría a buscar trabajo en Málaga, de cualquier cosa, con tal de estar con ella... bueno, menos algunas salvedades… era demasiado joven para hacer de gigoló francés... y demasiado mayor para aprender a tocar la harmónica… O tal vez me pondría a buscarlo un poco antes, para estar con ella, y con nuestras familias, el mes de agosto, pues ya se empezaba a hablar de irnos todos (mamá, papá, el abuelo, mi hermana y yo) a unos apartamentos en Benalmádena, para que se empezaran a conocer... aunque, admitámoslo, no me hacía demasiada ilusión el brillante plan, urdido por mi madre...

Habiendo salido de Madrid al filo de la medianoche, a las cuatro de la mañana me paré en un bar/gasolinera de carretera, para repostar y estirar las piernas... Estábamos, literalmente, cuatro gatos, dos cucarachas, el barman y tres camioneros, pero el combustible era barato, y el café, negro y fuerte como la noche... También aproveché para lavarme la cara, hacer "mis cositas" en el arenero y darme una pequeña vuelta por los alrededores, aprovechando la luz de la luna...

 No muy lejos del círculo exterior de las luces, se alzaba el enorme cadáver de un algarrobo, con casi todas las ramas tronchadas por la última tormenta (a primeros de septiembre) y, cobijada en las sombras, se encontraba una vieja caseta de señales, fabricada con recias piedras y pizarra de la zona... Por un momento, me pareció ver una luz en el interior, y la silueta de alguien que se movía entre las más profundas sombras, con un candil, hacia la puerta... En ese momento, unas densas nubes cubrieron la luna, y yo volví con "Brujita", emprendiendo una vez más el camino, hacia ella... y alejándome de aquella presencia que había intuido entre las sombras…

Seis de la mañana del dos de diciembre de 1996... He conseguido aparcar cerca de su casa y, como de todas formas no voy a presentarme tan pronto allí (sobre todo porque no les avisé del viaje, para que no se preocupasen), busco una cafetería abierta y me zampo un desayuno regio... además de fumarme un par de cigarrillos... y luego, con la amanecida, me vuelvo a subir al coche, para ir a la playa... No estoy cansado, a pesar de toda la noche en vela y conduciendo... Con "Umaguma" sonando en el "walkman" (el tatarabuelo de los "mp4" y "mp6", que funcionaba con cintas de casete), me descalzo, y camino hasta la orilla... El agua está congelada, sube por mis gemelos... y me hace pensar en cómo me sentiría, si Yolanda no estuviera conmigo...

Son las ocho y media de la mañana cuando aparco de nuevo junto a su casa, y llamo al telefonillo... Me responde al primer toque, diciéndome: "Sabía que estabas de camino, amor..." Es posible que su madre se molestase un pelín conmigo, porque en cuanto dejé la maleta en el suelo, junto a la puerta, Yolanda se lanzó a mis brazos, con su camisón de vacas locas y las arruguitas del sueño en las mejillas... Aquella fue la primera vez, en más de un mes, que me sentía realmente vivo, completo, y feliz... Borja y David también salieron a saludarme (pero repitiendo en voz baja la amenaza tradicional, "como hagas sufrir a nuestra hermana, despídete de tu hombría")... El fin de semana fue de relax, el sábado casi no salimos de casa, y me retiré muy pronto a la habitación de Borja, quien se había mudado temporalmente a la cama nido de su hermano David... El domingo nos acercamos a Benalmádena, para comprobar qué tal estaba el piso...

El lunes cuatro y el martes cinco, en la facultad de Psicología no hacían puente... por lo que aproveché las dos mañanas para actualizar el “currículum vitae” (también llamado “currículo”, “curri” para los amigos… y “novela de ciencia ficción” a la hora de mencionar los conocimientos de informática y de inglés)…

Llegaba por lo tanto el momento de recuperar viejos hábitos, antesalas inmensas, colas de sobrecogedores en caza de incautos, y capturadores de sueños, promesas sin cuento, bonobuses o billetes de tren a precio reducido, infames furgonetas de reparto convertidas en unidades móviles de emisoras de radio…. El bonito y entrañable mundo del  becario…

Igual que en algunas películas románticas de las que tanto nos gustan, pensábamos en base de dos… Madrid seguía pareciéndome la ciudad de las frustraciones y de las tristezas... además de no tener costa... que por mucho que digan del Manzanares, no es lo mismo que “mi” Mediterráneo…

La primera impresión fue bastante favorable, empezando por el soberbio desayuno a base de productos de la tierra: café con leche, zumo de naranja recién hecho, una barrita de pan caliente y un exquisito “unto” con tomate natural…

Para aquellas dos mañanas, llevaba una agenda de citas digna de un ministro de los de antes, fruto de muchas llamadas telefónicas nacionales y locales… El procedimiento en sí mismo, igual que en casi todas partes: tomaron nota de mis datos, cotejaron los más oportunos (incluyendo los niveles de idiomas extranjeros, que en malagueño seguía andando un poco bajo)… Algunos redactores jefes y subdirectores de periódicos, siempre muy amables, pero tajantes, me dijeron que la situación no estaba mucho más fácil que en Madrid, pero que de todas formas, no perdía nada por intentarlo… También me facilitaron algunos contactos de segunda mano en otros medios, y por lo menos… me sentí escuchado, que eso era mucho más de lo que obtuve durante todas mis poco gloriosas escenas matritenses…           

Ambas tardes las pasé con Yolanda y sus hermanos, volando cometas junto al puerto, y con los típicos "desafíos de machotes", de los que conseguí salir bien parado, gracias a los conocimientos residuales de judo... y un par de tácticas muy sucias que aprendí de Gaspar Macarro Suárez, compañero en la mili... y bastante buen tipo en general hasta que se mosqueaba con alguien…

Miércoles y jueves... Casi un sueño... Más entrevistas y compromisos de envío de información complementaria que en medio año en la capital… Pero lo más destacable fue el “fin de fiesta”, muy particular: sus padres y hermanos nos volvieron a dejar el piso de Benalmádena... y también nos reservaron un circuito termal, como bienvenida en la familia y felicitaciones por nuestro esfuerzo y sueños compartidos. Quizás fuera un poco pronto, pero lo necesitábamos, pues se avecinaba otra separación en la que no deseábamos pensar…

Es cierto, en la casa hacía bastante frío... pero nada que no se arreglase con un par de mantas, y estando piel contra piel... Y en cuanto al "Spa"... nunca he estado más relajado, que durante aquellas dos horas, en las distintas piscinas, para terminar con un masaje con esencia de chocolate... Yolanda estaba radiante, con un bikini negro, y el colgante de turmalina que le compré en una feria de esoterismo... Yolanda... mi amor...

Le comenté las gestiones que había estado realizando los dos días anteriores, y aunque le hizo mucha ilusión, tal vez le dio un poco de miedo...

No es lo mismo una relación a distancia, ver a la persona amada una vez al mes, y el resto del tiempo suplirlo con los móviles y las cabinas, que estar en la misma ciudad... Por eso, tomé una decisión: si conseguía en posteriores intentos un trabajo interesante, me llevase el tiempo que me fuese, y una vez terminada la tesis doctoral, lo aceptaría sin dudarlo, con tal de seguir juntos… pero manteniendo toda la paciencia del mundo… Patria, bandera, pasado, presente… todo lo daría sin dudarlo por el amor, correspondido, de una mujer… y lo encontraba en ella… igual que hoy…

Es posible que aquella última noche de cariño y juegos fuera un poco más de lo que ambos estábamos a admitir en nuestro interior, el dichoso miedo a la distancia, al compromiso, a los sueños que se rompen… Y por eso, a la mañana siguiente, cuando me desperté liado entre sus larguísimos cabellos que convertían mi mundo en telarañas de su esencia, mirando sus increíbles ojos tan de cerca, y con el sabor de aquél último beso aleteando en los labios desde la noche anterior… tuve que besarla de nuevo…

Aquél amanecer, ya me sabía casi de memoria sus miedos, sus posibles dudas, y pronunciamos aquellas frases casi a la par, mas con una sonrisa en los labios: "No quiero repetir errores, amor... Déjame pues un poco de tiempo, terminemos las cosas que nos quedan pendientes (mi carrera, tu tesis)… pues de todas formas, siempre estaremos juntos... amor..."… cerrando el pacto con un beso, y una caricia en el cuello…

¿Y qué representarían otros siete u ocho meses de trabajo duro, de rompernos los cuernos en todos los sentidos, si aquella mañana, quizás con el intercambio de algún olvidado voto frente a la Diosa Madre, ya nos habíamos convertido en uno solo? Las dudas permanecían, es cierto, llevábamos tan poco tiempo juntos, y los amores pasados o soñados ya no eran nada, frente a un futuro compartido…

Yo seguiría siendo el chico el chico tierno, alto pero fibroso, con los ojos marrón oscuro y el pelo comenzando a clarear en las sienes, con las primeras canas (o “aladares plateados” de los que tanto hablaba mi madre, cuando su actor favorito aparecía en la pantalla); siempre quise tener una barbilla de “tío duro”, pero el miedo a las operaciones y sobre todo la falta de presupuesto eran un poderoso aliciente, para envidiar a Kirk Douglas…

Mas de todas formas, era inevitable el regreso a Madrid, la ciudad de mis fracasos y malos recuerdos salvo por dos o tres personas especiales de quienes ya os he hablado; y aquella pasión compartida por la literatura, el cine y “Pink Floyd”, “Frank Sinatra”, “Nino Bravo” y tantos músicos y grupos que intercambiamos grabándonos los vinilos con nuestras canciones favoritas, y añadiéndolas a nuestras cartas, nos ayudaría a seguir adelante con nuestros proyectos…

Mis dudas… eran también parecidas, al margen de la clase social que demostró no ser un problema, por nuestras semejanzas en tantas cosas; ni los distintos trabajos o enfoques vitales de las familias; en el fondo, siempre tuve el miedo de no ser nunca lo bastante bueno para “merecerme” estar un solo minuto más en la Tierra a su lado, y se me partía el corazón, literalmente, cada noche, cuando colgábamos el teléfono de la cabina, en medio de susurros de amor… Un par de meses más de noviazgo, y habríamos alcanzado las doscientas tarjetas telefónicas de prepago… ¿Ñoño? Es posible, pero incluso ahora, veinte años más tarde, conservamos muchas de ellas, en varias cajas de galletas alemanas, y tocarlas es regresar en el tiempo… y me hace llorar todavía, pero de felicidad…

El lunes once de diciembre nos levantamos casi de madrugada, para ducharnos una vez más juntos, desayunar el “sumito de naranja” con las tostadas y mi café negro (a ella siempre le gustó el dichoso “Cacao Maravillao”), la acompañé a las clases de la Facultad de Psicología, pero de camino, hicimos una breve parada en la lavandería junto al edificio, para dejar en el buzón de recogidas del señor Liu-Ping-Ma las sábanas, toallas y otros enseres que pudieran haberse porque el chocolate tibio tiene la mala costumbre de manchar sábanas, albornoces y toallas), y de repasar casi todas las superficies de la casa que hubiéramos podido desordenar por casualidad… Aquella mañana, de todas formas, Andrea, una vecina jubilada  que venía del pueblo y solía encargarse de realizar pequeñas limpiezas después de las vacaciones y completar la pensión de viudedad, se encargaría de darle un repaso a la casa…

 Y mi única duda, cuando intercambiamos en el hall de la facultad las pequeñas cruces ansatas de oro que habíamos comprado en la tienda esotérica la tarde anterior, era qué habría sido de mi vida de no haberla conocido antes, o si jamás se hubiera cruzado en mi existencia…

Y yo en la suya…

Un grupo de alumnos de Erasmus, muy madrugadores o trasnochadores, según se mire, celebraron con “¡Olés!” y el zumbido de sus cámaras Nikon y Minolta, aquél último beso, donde se fundían una vez más las almas y los cuerpos…

Mi sorpresa fue tremenda, el día de nuestra boda, cuando apareció una de aquellas fotos, con su marco de palisandro, en la suite de nuestro hotel tras la noche de bodas… Una de las estudiantes era  Pilar Dégamo Visiego, antigua amiga de Yolanda… y cuando viene a casa a recordar viejos tiempos, y ve la foto, todavía se sonríe, y hace que resalten las patas de gallo que las risas y los llantos han puesto en las comisuras de nuestros labios y ojos, para recordarnos que hemos vivido mucho…


Amor…

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