jueves, 21 de agosto de 2014

18. Aquél otoño… de noches estrelladas.

Quizás fuera el recuerdo del cuerpo de Yolanda contra el mío, aquellas maravillosas jornadas en el piso de sus padres en Benalmádena, que por cierto, jamás pensé que podrían llegar a ser tan "liberales"... la forma en que mis manos se amoldaban a sus pechos... incluso la gota de sudor que, perfectamente guiada por mis pensamientos, resbalaba hacia mi boca sedienta...

La certeza de amar y ser amado, por primera vez, y sin límites, en toda mi vida... De repente, Madrid entero se me quedaba pequeño, y me ahogaba entre las cuatro paredes de mi habitación... Intenté dedicarme a la tesis doctoral con un poco más de seriedad, a investigar en el pasado... tal vez esperando de esa manera solucionar mi presente...
  
Y la única preocupación de mi presente era el estar lejos de ella... y más que eso, el darme cuenta de que no había otra solución... Dentro de un par de semanas, Yolanda reanudaría sus estudios de Psicología en la Universidad de Málaga, y sus padres consideraban más adecuado que los terminase allí, cogiendo a ser posible algún tipo de práctica en clínicas o como voluntaria... Mientras que yo me centraba en la tesis, que me estaba costando mucho... y seguía viviendo en el domicilio familiar, claro…

Pasaba la mayor parte del día fuera de casa, en la “Sala de Investigadores y Microfichas Biblioteca Nacional”, y sobre todo en el “Ateneo Científico y Literario de Madrid” (del que era socio desde los dieciocho años, la tercera generación viva), muchas veces me llevaba un emparedado y una botella de agua, y con eso, e incontables litros de de té negro que me llevaba en un termo de casa, aguantaba el tirón... Las familias se habían puesto de acuerdo, en que lo mejor para nuestro rendimiento académico era seguir estando separados... aunque meses más tarde, nos confesaron que no dejaba de ser una prueba de amor... como otras tantas que ya nos habíamos impuesto antes…
  
Pero no tiene sentido engañarse a uno mismo, ¿verdad? Lo único que le daba sentido a mi vida, eran aquellos ratos, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, en los que bajaba a la misma cabina telefónica frente a mi casa, a las nueve y media, para escuchar su voz... Al principio, era tanta la impresión que me ocasionaba sentirla allí, tan cerca, como si me estuviese hablando muy bajito al oído... y saber, sin embargo, que nos separaban casi seiscientos kilómetros (bueno, quinientos cuarenta y tres de puerta a puerta… pero mil ochenta y seis con el regreso), que cerraba los ojos al mundo entero, imaginando algo de ella alcanzaba mi maltrecho corazón... y a Yolanda le pasaba lo mismo... y así recuperábamos las fuerzas…

            "Hola, amor..." Con esas dos palabras, me saludaba, cada noche...

"Hola, amor...", le respondía yo, intentando hacerme el fuerte... pero no lo conseguía mucho tiempo...

"Hoy te he añorado mucho, Ismael... porque el sol me ha despertado al amanecer... y he recordado aquellos besos entre tus brazos, cuando me despertabas con tus caricias, para ver el sol naciendo del mar..."

"Hoy, como cada mañana, para ti ha sido mi primer pensamiento, ¿sabes?..."

"¿Y cuál ha sido, amor?"

"Que si todo esto era un sueño cruel, que me amases, los días que habíamos pasado juntos, tus sentimientos hacia mí, que si todo era una fantasía de un romántico convicto y confeso... prefería no despertar..."

"Pero lo hiciste... y luchaste por mí... como cada día... igual que yo por ti..."

"Como todos los días, amor..."

"Piensa que ya falta menos para que nos veamos otra vez... para que estemos juntos... y que yo viaje a tu ciudad, o tú regreses a Málaga..."

"Esa es, Yolanda, la razón de seguir luchando, un día más... por nosotros..."

"Espero que duermas bien, Ismael... y que Hathor, la diosa de la noche, te proteja y te acompañe a mi lado..."

"Hasta mañana, amor...", me dice…

"Hasta mañana, amor...", le respondo… y colgamos, casi siempre, con un beso en los labios y el corazón encogido al tamaño de una uva pasa…
"Hola amor..." ¿Cuánto sentimiento puede contenerse en aquellas dos palabras, cuando los amantes han sido separados por el espacio? ¿Cuán grande es su carga de dolor... y al mismo tiempo, es lo que te da la fuerza para seguir adelante? Yo tenía veinticinco años, era géminis, y había nacido en Mayo... Ella fue el regalo de reyes que los dioses pusieron sobre la tierra, para mí... Y estábamos viviendo la magia, quizás no del primer amor o de la primera relación sexual... pero sí de la entrega absoluta...

            Según se acercaba el puente del Pilar, que aquél año de 1995 cayó en jueves y fue todo un acueducto, los dos nos poníamos nerviosos, que no en vano llevábamos un mes entero sin vernos... Yolanda pasaría las fiestas con nosotros, para descubrir Madrid... conmigo... y “enfrentarse” a los leones, lobitos malos y a la Caperucita roja que componían mi familia…

            Llegó al aeropuerto de Barajas a media tarde, y la vi desde lejos... Es cierto que yo tengo debilidad por las chicas morenas, de piel bronceada, pelo largo y negro, y con cierto aire de muñeca... pero también lo era que jamás la había visto tan hermosa: llevaba un traje de chaqueta diplomática, sobre una blusa blanca, y con una gabardina “Burberry”... ¡Parecía, de repente, tan mayor! Por todo equipaje, una maleta tipo "trolley", y una bolsa de deporte... Y yo estaba allí, sintiéndome quizás un poco ridículo, por estar esperándola con mis pintillas habituales (chupa de cuero negra, camiseta heavy, vaqueros ajustados y botas)... y con un enorme elefante azul entre los brazos...

De haberse tratado de una película, cuando Yolanda me vio, se habría saltado el control de la Guardia Civil, arrastrando la maleta a toda velocidad, para lanzarse entre mis brazos (con peluche y todo), y comerme a besos... Pues bien, quizás por esas coincidencias entre realidad y ficción, aquello fue precisamente lo que hizo... bueno, menos lo de saltarse el control... y el pobre peluche terminó algo espachurrado... pero su sonrisa de felicidad era tan intensa, que casi ronroneaba… a pesar de no ser un gato de peluche…
  
Cosa rara en mí, localicé enseguida a "Brujita", el forito azul oscuro que tantas veces había viajado conmigo, persiguiendo a la luna, y que ahora, por primera vez, llevaba en su interior a la persona que era dueña y compañera de mis días y mis noches....
Mi familia era por aquél entonces bastante pequeña (ahora lo es mucho más), pero en cuanto les avisé por el teléfono móvil desde el semáforo anterior a nuestra manzana de la llegada de Yolanda, mi madre salió al balcón, como hace siempre que estamos esperando a alguien, tal vez con la ilusión de ver el coche desde lejos... emulando a Penélope mientras espera el regreso de Ulises…

Las calles estaban casi desiertas con la víspera del puente, por lo que el trayecto fue muy rápido, quizás demasiado para mi gusto, puesto que yo sabía que durante los siguientes días, cada uno de nuestros gestos, actitudes y deseos sería sometido a un examen tan intenso como si lo realizara el mejor de los forenses de cualquier serie y temporada de “CSI”...
  
A pesar de ser "de izquierdas", en ciertos aspectos eran mucho más conservadores que mis futuros suegros... Yo no les había comentado absolutamente nada (“absolutely nothing”, suena mejor, ¿verdad?), y Yolanda mucho menos, sobre nuestra escapada a la costa... pero supongo que el sistema de comunicación implantado por todas las madres del mundo, para intuir las cosas, o preguntárselas a la progenitora del otro, llevaba unos cuantos días echando humo: por eso, antes de salir para el aeropuerto, me dijo, con un tono vagamente amenazador: "... y ya puedes ir olvidándote de hacer cosas con tu novia mientras estés bajo mi techo..." Como medida disuasoria, instalaron una cama que les prestó un vecino en mi habitación... y a mí me mandaron al exilio, a dormir solo en el cuarto de mi hermana, que estaba junto a la cocina...

Fue una suerte que Yolanda les cayera bien... tal vez porque encarnaba todo lo que para ellos era bueno, adecuado, convencional y perfecto para mí: le interesaba la cultura, la lectura, las exposiciones, las obras de teatro... Le gustaba hablar, pero lo necesario, sin atronar a la gente con una exhibición de cultura, o de estupidez... Sin necesidad de asesoramiento, y solo por lo que habíamos hablado aquellas semanas por teléfono, fue capaz de traerle a cada uno de nosotros el detalle perfecto: a mi abuelo Luis, una lupa muy cómoda, para leer el periódico (que estuvo usando casi hasta el final de sus días); para mi madre, Carmen, un libro de repostería monacal ("¿Tú te has empeñado en frustrar mi dieta, verdad?", le dijo, amenazándola con el dedo índice, mientras buscaba la fórmula secreta de los tocinos de cielo); mi hermana, María, recibió un pequeño libro sobre los dioses egipcios; y para mi padre, un libro de Manuel Fernández Álvarez, "Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas", que él esperaba comprar, dedicado, en la Feria del Libro... Pero lo más curioso es que Yolanda, precisamente, había conseguido aquella dedicatoria... Y mi regalo… solo lo descubrí horas después, en medio de una madrugada de clandestina intimidad… Un único lazo rojo que se puso en el cuello, a la luz de las velas…

            ¡Cuatro días juntos, después de un mes y pico sin vernos... y toda nuestra vida separados, sin conocer nuestra existencia hasta aquella soleada mañana! Mis padres procuraron ser comprensivos, y no hacernos madrugar (fuimos más o menos “buenos y responsables”, y con las luces del alba ella volvió al dormitorio compartido con mi hermana), sobre todo porque nos pasábamos buena parte de la noche hablando muy bajito en la terraza, mirando las estrellas...

¡Universitarios, ya sabes! Sentirla sobre mí, en mi cama prestada, verla, estirarse como la gata que llevaba tatuada en el hombro derecho (pequeña, negrita, y con un lazo rojo y ojos azules), deslizando la mirada por su cuerpo, reluciente de luna llena... ver sus pechos, rozarlos... No, por supuesto que esta no es una novela pornográfica, no lo ha sido nunca... pero sí me parecía necesario añadir algún matiz a la historia... pues no hay nada más hermoso en esta vida que amar y ser amado...

            Al margen de las noches, también aprovechamos las horas de luz para hacer un poco de turismo con la familia, recorriendo su Madrid de los Austrias con mi padre y mi abuelo; y vimos un par de exposiciones en el Museo del Prado, y ya en plan más tranquilo, bajamos un par de noches, pero solo un ratito, al "Whisky Jazz Club", que estaba ubicado bajo mi casa... y ardió hasta los cimientos un par de años después... quizás como postrero homenaje a nuestro besos…

Ni siquiera en aquellos momentos, Yolanda y yo éramos proclives al exhibicionismo, al "magreo" y al "morreo", que el amor y la pasión se demuestran de otro modo, con algo tan sencillo como el cariño, los roces, el simple placer de sentir al otro a tu lado... y de mirar juntos en la misma dirección...
  
Hablamos, nos amamos pero sin hacer ruido, soñamos, dormimos, nos reímos hasta las lágrimas con "Algo de que hablar"... y pasamos un rato muy agradable en el Planetario, que los dos hemos sido siempre muy lunáticos... y lo seguimos siéndolo… incluso practicando artes marciales…

El viernes, paseamos por el Retiro, con las hojas del otoño entonando su sinfonía de amor y muerte... Me llevé la cámara de fotos, y aunque a ninguno de los dos nos gustaba posar, conseguimos algunas muy hermosas, gracias a la ayuda de mi amigo Bautista González Casas, el típico fotógrafo de la BBC (“Bodas, Bautizos y Comuniones”, ya sabes…), pero que a cambio de un par de "Heineken" (barriles de cinco litros bien fríos, es cierto) estuvo encantado de pasar un par de horas con nosotros... haciéndonos carrete tras carrete… y presentándose de improviso en mi piso un mes después, con un álbum magnífico… que nos costó otros dos barrilitos de “Heineken”…

Llegó el sábado, nos quedaban menos de veinticuatro horas para estar juntos, y mi abuelo nos dio una grata sorpresa, invitándonos a cenar fuera de casa, en un restaurante italiano que nos encantaba... No era nada fácil, seguir estudiando a los veinticinco años, sin importar que estuvieras luchando con la tesis doctoral: seguía dependiendo económicamente de mis padres, y de mi abuelo... Pero aquella era una situación que estaba decidido a cambiar...
Y esa noche, prescindiendo de 

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