Quizás fuera
el recuerdo del cuerpo de Yolanda contra el mío, aquellas maravillosas jornadas
en el piso de sus padres en Benalmádena, que por cierto, jamás pensé que
podrían llegar a ser tan "liberales"... la forma en que mis
manos se amoldaban a sus pechos... incluso la gota de sudor que, perfectamente
guiada por mis pensamientos, resbalaba hacia mi boca sedienta...
La certeza de
amar y ser amado, por primera vez, y sin límites, en toda mi vida... De
repente, Madrid entero se me quedaba pequeño, y me ahogaba entre las cuatro
paredes de mi habitación... Intenté dedicarme a la tesis doctoral con un poco
más de seriedad, a investigar en el pasado... tal vez esperando de esa manera
solucionar mi presente...
Y la única
preocupación de mi presente era el estar lejos de ella... y más que eso, el
darme cuenta de que no había otra solución... Dentro de un par de semanas,
Yolanda reanudaría sus estudios de Psicología en la Universidad de Málaga, y
sus padres consideraban más adecuado que los terminase allí, cogiendo a ser
posible algún tipo de práctica en clínicas o como voluntaria... Mientras que yo
me centraba en la tesis, que me estaba costando mucho... y seguía viviendo en
el domicilio familiar, claro…
Pasaba la
mayor parte del día fuera de casa, en la “Sala
de Investigadores y Microfichas Biblioteca Nacional”, y sobre todo en el “Ateneo Científico y Literario de Madrid”
(del que era socio desde los dieciocho años, la tercera generación viva),
muchas veces me llevaba un emparedado y una botella de agua, y con eso, e
incontables litros de de té negro que me llevaba en un termo de casa, aguantaba
el tirón... Las familias se habían puesto de acuerdo, en que lo mejor para
nuestro rendimiento académico era seguir estando separados... aunque meses más
tarde, nos confesaron que no dejaba de ser una prueba de amor... como otras
tantas que ya nos habíamos impuesto antes…
Pero no tiene
sentido engañarse a uno mismo, ¿verdad? Lo único que le daba sentido a mi vida,
eran aquellos ratos, cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte, en
los que bajaba a la misma cabina telefónica frente a mi casa, a las nueve y
media, para escuchar su voz... Al principio, era tanta la impresión que me
ocasionaba sentirla allí, tan cerca, como si me estuviese hablando muy bajito
al oído... y saber, sin embargo, que nos separaban casi seiscientos kilómetros
(bueno, quinientos cuarenta y tres de puerta a puerta… pero mil ochenta y seis
con el regreso), que cerraba los ojos al mundo entero, imaginando algo de ella
alcanzaba mi maltrecho corazón... y a Yolanda le pasaba lo mismo... y así
recuperábamos las fuerzas…
"Hola, amor..." Con esas dos palabras,
me saludaba, cada noche...
"Hola,
amor...", le respondía yo, intentando hacerme el fuerte... pero no lo
conseguía mucho tiempo...
"Hoy
te he añorado mucho, Ismael... porque el sol me ha despertado al amanecer... y
he recordado aquellos besos entre tus brazos, cuando me despertabas con tus
caricias, para ver el sol naciendo del mar..."
"Hoy,
como cada mañana, para ti ha sido mi primer pensamiento, ¿sabes?..."
"¿Y
cuál ha sido, amor?"
"Que
si todo esto era un sueño cruel, que me amases, los días que habíamos pasado
juntos, tus sentimientos hacia mí, que si todo era una fantasía de un romántico
convicto y confeso... prefería no despertar..."
"Pero
lo hiciste... y luchaste por mí... como cada día... igual que yo por
ti..."
"Como
todos los días, amor..."
"Piensa
que ya falta menos para que nos veamos otra vez... para que estemos juntos... y
que yo viaje a tu ciudad, o tú regreses a Málaga..."
"Esa
es, Yolanda, la razón de seguir luchando, un día más... por nosotros..."
"Espero
que duermas bien, Ismael... y que Hathor, la diosa de la noche, te proteja y te
acompañe a mi lado..."
"Hasta
mañana, amor...", me dice…
"Hasta
mañana, amor...", le respondo… y colgamos, casi siempre, con un beso
en los labios y el corazón encogido al tamaño de una uva pasa…
"Hola
amor..." ¿Cuánto sentimiento puede contenerse en aquellas dos
palabras, cuando los amantes han sido separados por el espacio? ¿Cuán grande es
su carga de dolor... y al mismo tiempo, es lo que te da la fuerza para seguir
adelante? Yo tenía veinticinco años, era géminis, y había nacido en Mayo...
Ella fue el regalo de reyes que los dioses pusieron sobre la tierra, para mí...
Y estábamos viviendo la magia, quizás no del primer amor o de la primera
relación sexual... pero sí de la entrega absoluta...
Según se acercaba el puente del Pilar, que aquél año de
1995 cayó en jueves y fue todo un acueducto, los dos nos poníamos nerviosos,
que no en vano llevábamos un mes entero sin vernos... Yolanda pasaría las
fiestas con nosotros, para descubrir Madrid... conmigo... y “enfrentarse” a los leones, lobitos malos
y a la Caperucita roja que componían mi familia…
Llegó al aeropuerto de Barajas a media tarde, y la vi
desde lejos... Es cierto que yo tengo debilidad por las chicas morenas, de piel
bronceada, pelo largo y negro, y con cierto aire de muñeca... pero también lo
era que jamás la había visto tan hermosa: llevaba un traje de chaqueta
diplomática, sobre una blusa blanca, y con una gabardina “Burberry”... ¡Parecía, de repente, tan mayor! Por todo equipaje,
una maleta tipo "trolley", y una bolsa de deporte... Y yo
estaba allí, sintiéndome quizás un poco ridículo, por estar esperándola con mis
pintillas habituales (chupa de cuero negra, camiseta heavy, vaqueros ajustados
y botas)... y con un enorme elefante azul entre los brazos...
De haberse
tratado de una película, cuando Yolanda me vio, se habría saltado el control de
la Guardia Civil, arrastrando la maleta a toda velocidad, para lanzarse entre
mis brazos (con peluche y todo), y comerme a besos... Pues bien, quizás por
esas coincidencias entre realidad y ficción, aquello fue precisamente lo que
hizo... bueno, menos lo de saltarse el control... y el pobre peluche terminó
algo espachurrado... pero su sonrisa de felicidad era tan intensa, que casi
ronroneaba… a pesar de no ser un gato de peluche…
Cosa rara en
mí, localicé enseguida a "Brujita", el forito azul oscuro
que tantas veces había viajado conmigo, persiguiendo a la luna, y que ahora, por
primera vez, llevaba en su interior a la persona que era dueña y compañera de
mis días y mis noches....
Mi familia
era por aquél entonces bastante pequeña (ahora lo es mucho más), pero en cuanto
les avisé por el teléfono móvil desde el semáforo anterior a nuestra manzana de
la llegada de Yolanda, mi madre salió al balcón, como hace siempre que estamos
esperando a alguien, tal vez con la ilusión de ver el coche desde lejos... emulando
a Penélope mientras espera el regreso de Ulises…
Las calles
estaban casi desiertas con la víspera del puente, por lo que el trayecto fue
muy rápido, quizás demasiado para mi gusto, puesto que yo sabía que durante los
siguientes días, cada uno de nuestros gestos, actitudes y deseos sería sometido
a un examen tan intenso como si lo realizara el mejor de los forenses de
cualquier serie y temporada de “CSI”...
A pesar de
ser "de izquierdas", en ciertos aspectos eran mucho más
conservadores que mis futuros suegros... Yo no les había comentado
absolutamente nada (“absolutely nothing”,
suena mejor, ¿verdad?), y Yolanda mucho menos, sobre nuestra escapada a la
costa... pero supongo que el sistema de comunicación implantado por todas las
madres del mundo, para intuir las cosas, o preguntárselas a la progenitora del
otro, llevaba unos cuantos días echando humo: por eso, antes de salir para el
aeropuerto, me dijo, con un tono vagamente amenazador: "... y ya
puedes ir olvidándote de hacer cosas con tu novia mientras estés bajo mi
techo..." Como medida disuasoria, instalaron una cama que les prestó
un vecino en mi habitación... y a mí me mandaron al exilio, a dormir solo en el
cuarto de mi hermana, que estaba junto a la cocina...
Fue una
suerte que Yolanda les cayera bien... tal vez porque encarnaba todo lo que para
ellos era bueno, adecuado, convencional y perfecto para mí: le interesaba la
cultura, la lectura, las exposiciones, las obras de teatro... Le gustaba
hablar, pero lo necesario, sin atronar a la gente con una exhibición de
cultura, o de estupidez... Sin necesidad de asesoramiento, y solo por lo que
habíamos hablado aquellas semanas por teléfono, fue capaz de traerle a cada uno
de nosotros el detalle perfecto: a mi abuelo Luis, una lupa muy cómoda, para
leer el periódico (que estuvo usando casi hasta el final de sus días); para mi
madre, Carmen, un libro de repostería monacal ("¿Tú te has empeñado en
frustrar mi dieta, verdad?", le dijo, amenazándola con el dedo
índice, mientras buscaba la fórmula secreta de los tocinos de cielo); mi
hermana, María, recibió un pequeño libro sobre los dioses egipcios; y para mi
padre, un libro de Manuel Fernández Álvarez, "Juana la Loca, la
cautiva de Tordesillas", que él esperaba comprar, dedicado, en la
Feria del Libro... Pero lo más curioso es que Yolanda, precisamente, había
conseguido aquella dedicatoria... Y mi regalo… solo lo descubrí horas después,
en medio de una madrugada de clandestina intimidad… Un único lazo rojo que se
puso en el cuello, a la luz de las velas…
¡Cuatro días juntos, después de un mes y pico sin
vernos... y toda nuestra vida separados, sin conocer nuestra existencia hasta
aquella soleada mañana! Mis padres procuraron ser comprensivos, y no hacernos
madrugar (fuimos más o menos “buenos y
responsables”, y con las luces del alba ella volvió al dormitorio
compartido con mi hermana), sobre todo porque nos pasábamos buena parte de la
noche hablando muy bajito en la terraza, mirando las estrellas...
¡Universitarios,
ya sabes! Sentirla sobre mí, en mi cama prestada, verla, estirarse como la gata
que llevaba tatuada en el hombro derecho (pequeña, negrita, y con un lazo rojo
y ojos azules), deslizando la mirada por su cuerpo, reluciente de luna llena...
ver sus pechos, rozarlos... No, por supuesto que esta no es una novela
pornográfica, no lo ha sido nunca... pero sí me parecía necesario añadir algún
matiz a la historia... pues no hay nada más hermoso en esta vida que amar y ser
amado...
Al margen de las noches, también aprovechamos las horas de
luz para hacer un poco de turismo con la familia, recorriendo su Madrid de los
Austrias con mi padre y mi abuelo; y vimos un par de exposiciones en el Museo
del Prado, y ya en plan más tranquilo, bajamos un par de noches, pero solo un
ratito, al "Whisky Jazz Club", que estaba ubicado bajo mi
casa... y ardió hasta los cimientos un par de años después... quizás como
postrero homenaje a nuestro besos…
Ni siquiera
en aquellos momentos, Yolanda y yo éramos proclives al exhibicionismo, al
"magreo" y al "morreo", que el amor y la
pasión se demuestran de otro modo, con algo tan sencillo como el cariño, los roces,
el simple placer de sentir al otro a tu lado... y de mirar juntos en la misma
dirección...
Hablamos, nos
amamos pero sin hacer ruido, soñamos, dormimos, nos reímos hasta las lágrimas
con "Algo de que hablar"... y pasamos un rato muy agradable
en el Planetario, que los dos hemos sido siempre muy lunáticos... y lo seguimos
siéndolo… incluso practicando artes marciales…
El viernes,
paseamos por el Retiro, con las hojas del otoño entonando su sinfonía de amor y
muerte... Me llevé la cámara de fotos, y aunque a ninguno de los dos nos
gustaba posar, conseguimos algunas muy hermosas, gracias a la ayuda de mi amigo
Bautista González Casas, el típico fotógrafo de la BBC (“Bodas, Bautizos y Comuniones”, ya sabes…), pero que a cambio de
un par de "Heineken" (barriles de cinco litros bien fríos,
es cierto) estuvo encantado de pasar un par de horas con nosotros... haciéndonos
carrete tras carrete… y presentándose de improviso en mi piso un mes después,
con un álbum magnífico… que nos costó otros dos barrilitos de “Heineken”…
Llegó el
sábado, nos quedaban menos de veinticuatro horas para estar juntos, y mi abuelo
nos dio una grata sorpresa, invitándonos a cenar fuera de casa, en un
restaurante italiano que nos encantaba... No era nada fácil, seguir estudiando
a los veinticinco años, sin importar que estuvieras luchando con la tesis
doctoral: seguía dependiendo económicamente de mis padres, y de mi abuelo...
Pero aquella era una situación que estaba decidido a cambiar...
Y esa
noche, prescindiendo de
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