Volví a Madrid
como en una nube, con los ojos llenos de ella, de Yolanda, una persona
especial... que se había infiltrado en todas las células de mi cuerpo, tan
devastadora como el peor de los resfriados, y que me había robado el alma... del
sabor de sus besos en mis labios, la frescura de su vestido contra mi cuerpo…
conformaban sin duda alguna el mayor cuento de amor que jamás había
soñado… y que nunca había imaginado que
podría vivir…
Quizás por
aquél entonces yo pensaba ser invulnerable al amor, a la capacidad de soñar,
pero ella, con aquél único beso, me había roto, otra vez, todos los esquemas...
Mientras
esperaba el avión para volver a casa, me decía a mí mismo: "Olvídala...
Es una chica demasiado especial: encantadora, maravillosa, bellísima,
inteligente, como para que esté contigo... Además, la diferencia de nivel
económico y social es muy grande; ella está estudiando arquitectura; mientras
que tú, te defiendes con periodismo, y de milagro... No le digas nada a nadie,
no lo comentes: es la mejor manera de no hacer el ridículo más espantoso... Que
todo sea el sueño de tres días de agosto..."
El trayecto
fue muy rápido, pero no lo bastante, para hacerme cambiar de opinión: quedarme
a la expectativa, ella tenía tu tarjeta, y el libro... y también, el párrafo subrayado...
“¿Y qué haríais si Dios os hablara
directamente y os dijera: Os ordeno que seáis felices mientras viváis? ¿Qué haríais entonces?...” Y eso era, precisamente, lo
que yo necesitaba ver: la reacción de Yolanda... con el paso de los meses…
Volví a la casa de mis padres, encontrándola
vacía y bastante desolada, como aquella de Charles Dickens, y aproveché para
cribar la ropa, buscando tal vez su recuerdo, cosa muy difícil, pues había
dormido en casa de Esther y de su chico… y de su Husky siberiano...
Y, sin
embargo, aquél recuerdo tan deseado, que necesitaba igual que un náufrago en su
isla desierta, apareció entre las páginas del libro que estaba leyendo (“Melmoth el Errabundo”, de Maturin, nota
para los curiosos): era una servilleta de la cafetería de nuestra última cita,
con el logotipo impreso, y una pequeña mancha de zumo de naranja, que dejaron
sus labios... La guardé en mi cartera, junto aquél edelweiss que cogí hace
tantos años, durante una de mis excursiones de alta montaña, con el “Club Iberia”... y la receta del cóctel
de cava catalán que jamás elaboré, regalo de un chaval de la “PUBA (por
una Barcelona Alcohólica”)…
Regresó la
familia de hacer la compra, besos, comentarios de "qué moreno estás",
"¿has comido bien?", “tienes
la barbilla un poco más afilada”…
Pero fue mi
abuelo, perspicaz como solamente pueden aquellos ojos cargados con el peso de
mil vidas de tinta y de sangre, quien me preguntó, en cuanto estuvimos solos en
el comedor: "¿y tu corazón?"
Mi abuelo
Luis Márquez Fernández, tal vez un poco cansado de que yo me enamorase una y
otra y otra vez, para convertirme en fiel amigo o desaparecer en el anonimato
unos meses después, había dado en el clavo (una vez más), por lo que respondí
vagamente que: "igual hay una chica, se llama Yolanda, y parece un
milagro sacado de mis sueños. Es dulce, guapa, inteligente... Nos hemos visto
un par de veces en este viaje, hemos desayunado juntos... pero no quiero
ilusionarme, abuelo... Prefiero dejar de soñar... y ver lo que sucede con el paso
del tiempo..."
Y eso hice,
sin responder a las preguntas del resto de la familia durante el resto de la
semana, y soñando con un imposible: que ella se pusiera en contacto conmigo... algo
que por supuesto no iba a solucionarse bajando tres o cuatro veces al día a
escrutar el buzón familiar… ni cambiando mil veces de música en la cadena…
Llegué a un disco de “Ornette Coleman”…
y una vez más, aquellas “jam sesssions”
se apoderaron del aire asfixiante y caliginoso del mes de agosto de 1993… Días
aún más amargos, por no tener su teléfono, cosas que pasan...
Veintitrés de
agosto, el portero suplente me dice que me ha llegado una carta hace varios
días, pero que como no cabía en el buzón, la ha guardado en el cajón de su mesa...
y como tampoco nos habíamos visto...
Le doy
efusivamente las gracias, pero sin besos, que los dos llevábamos bigote… Era de
Yolanda, y abrirla implicó todo un ritual, digno de CSI (serie que no existía
en España en aquella época): ordenar la mesa de trabajo tirándolo todo al
suelo, limpiar algo con un paño, comprobación del remitente, del destinatario,
apertura utilizando el más afilado de los cúter de hacer maquetas que pude
encontrar, y descubro el papel de regalo, y una carta... ¡Me había comprado el
último libro de Clive Cussler, recién publicado en España, y del que hablamos
aquella mañana en el café!
Emocionado
por el detalle, abro la carta, ahíto de sueños y de futuribles... y entonces,
si el libro se hubiera convertido en una bomba nuclear que lo destruyera todo a
mi alrededor (yo incluido), no me habría extrañado nada...
A grandes
rasgos, Yolanda me decía que "pareces ser un buen chico, agradable y
culto", pero que "he salido hace muy poco tiempo de una
relación muy dolorosa", y que "lo último que me apetecería
es volver a enamorarme otra vez, de alguien que vive tan lejos"...
Luego, por si fuera poco, me dice: "sin embargo, me gustas como amigo,
me he sentido bien a tu lado, y no quiero perderte", añadiendo "creo
que eres una persona en quien puedo confiar, ahora y siempre..."
Aquél fue el último clavo para encerrar
mi corazón... lo que no quiere decir que aceptase las condiciones del
acuerdo...
Tampoco sé
por qué me sorprendió tanto, mi rol había sido el de amigo fiel... la persona
comprensiva que te escucha cuando te han partido el corazón, o se ha muerto tu
sueño, o simplemente, te has quedado sin fuerzas... ¿Pero alguien piensa en lo
que siente el amigo fiel? ¿A quién puede acudir, para que remiende su corazón
destrozado? ¿Quién le va a escuchar en sus pesares? Yo seguía teniendo a mi
abuelo… pero lo que necesitaba de verdad era un beso de Yolanda García Montes…
Los dos
últimos años de la carrera fueron, como poco, bastante confusos, en todos los
sentidos... y el sentimental no fue el menos importante... Siempre da miedo
terminar una etapa de tu vida, darte cuenta de que en breve tendrás que
enfrentarte a ese futuro laboral del que tanto te han hablado; que por fin
podrás demostrar lo que vales, pero a veces, no estás del todo listo... Y
sigues adelante, como un burro con anteojeras, haciendo los trabajos de clase
(que luego firman tres o cuatro personas más), estudiando... y, como no puede
ser de otra manera, enamorándote... porque no soportas sentirte solo... aunque
buena parte de tu corazón sigue perteneciendo a tu “malagueña salerosa”….
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