jueves, 21 de agosto de 2014

20. De los gusanos fósiles al huerfanito...

A pesar de que mis padres nunca fueron partidarios de tener animales dentro de casa ("que para eso ya tenemos bastante con tu hermana y contigo"), hace tiempo inmemorial que tenemos un pez rojo, metido dentro de su pequeño acuario...

Cuidar de una mascota había sido nuestra máxima aspiración, pero lo más cerca que estuvimos fue cuando nos regalaron una caja de gusanos de seda, les dimos de comer las hojas de morera, y para que estuvieran a gusto y calentitos dentro de sus recién estrenados capullos, los metimos, dentro de una cómoda en desuso, con algunas hojas de reserva... La naturaleza siguió su curso, salieron los pobres gusanos, royendo los restos de hojas y defecando casi por todas partes, hasta morir de hambre y olvido... Meses más tarde, nuestra madre nos hizo enterrar ese puñadito de animales desecados, en la jardinera izquierda de la terraza… donde todavía sigo poniendo algunas hojas de morera, a modo de penitencia…

Pero es no implicó que abandonásemos nuestras aviesas intenciones de ser padres o tíos adoptivos... de tener una mascota... sentirnos mayores y más responsables… Y mucho menos, cuando abrieron una tienda de animales de compañía en nuestra misma acera... unos días pedíamos un perrito... otros, un gatito... al siguiente, una chinchilla... después, dos hámster... no encargamos un tiranosaurio, porque no teníamos clara su alimentación… Era tal nuestra desesperación, que  incluso pretendimos sobornar al  Aniceto  San Juan, el dependiente con toda una selección de chuches, para que nos diera una cría de gorrión que se había caído de un nido aquella tarde...  y que fue devorada por la serpiente pitón aquella misma noche, aún palpitante…

Al comprender que nuestras súplicas se enfrentarían a un muro de silencio, y que ni nuestras, ruegos, llantos y promesas servirían de nada, nos dedicamos a lo más lógico: ahorrar... Hicieron falta tres meses, y reducir el consumo de chuches a la tercera parte, olvidarnos de los tebeos y el chocolate, para comprarle a Jose Juan, el hijo  adolescente del dueño de la tienda de animales, y demasiado interesado por “cosas de adultos” a "Don Groucho". Era el golpe perfecto, incluso nos ayudó a redactar y pegar las notas del periódico de mi abuelo, para darle más efecto al “rescate del huerfanito”…

Y como todos los planes conspiratorios que funcionan en casa, mi hermana fue la "incitadora", y yo el que puse los distintos elementos en marcha: depositar sobre el felpudo de la entrada un bol de cristal, con un pez rojo dentro, su bote de comida, y una nota en la que se explicaba lo siguiente: "Hola, me llamo Groucho, y mi familia no me puede atender. Como poco, abulto menos, y soy la mascota ideal." Contextualicemos el momento: yo tendría once años, mi hermana nueve, y todo el plan había sido de ella... ¡¡Tiembla, Doctor Maligno, que te ha superado una niña!!

Al abrir la puerta mi hermana, aquella mañana de sábado, solo se le ocurrió decir: "¡Oh, un pobre huerfanito! ¿Nos lo quedamos, verdad? Si tiene una carita de bueno..." ¿Cara de bueno, un pez naranja, que hace burbujas de aburrimiento en su pecera?

Mi madre, que evidentemente no se chupaba el dedo, comentó: "No deja de ser curioso que se llame Groucho, siendo ambos fans de "Los hermanos Marx", ¿verdad?" Mi padre dijo algo parecido a "Total, cuando se muera, lo tiramos por el retrete..."

Y mi abuelo, en aquél momento solemne de convulsión de la sacrosanta rutina familiar, no dijo nada... Pero un ratito más tarde, se acercó a mí y, cogiéndome por la oreja derecha, me dijo muy bajito: "Ya estás bajando al quiosco, y comprándome "El País"... La próxima vez que quieras dejar un animalito en adopción, utiliza el periódico del día anterior..."

Valiosa lección que a posteriori transmití a Luis y a Claudia, nuestros hijos, cuando aparecieron en casa con el mismo tipo de nota, y de pez de colores, llamado “Chicco”…

Supongo que más bien por cansancio, o porque les hizo la gracia la estratagema del "pobre huerfanito", nos quedamos con el pez rojo... Dormía en mi habitación, que era la más luminosa de la casa, cerca de la ventana, para que no se aburriese, y mirase la calle mientras que estábamos fuera… Pero lo cierto es que tardó poco tiempo en cumplirse la profecía de mi padre: menos de cuatro semanas después, aprendimos que el fresco de la noche no le venía bien, sobre todo con una encimera de mármol... "Groucho" y "Groucho" no tuvieron mucha más suerte: el primero comprendió, demasiado tarde, que no hay que saltar fuera de la pecera si estás solo en casa (¿Acaso fue un "pecicidio" por estrés?)... y el tercero se quedó un poco empachado por el exceso de comida, creo que se zampó medio bote, antes de explotar...

 Lo más curioso es que, al final, fue mi madre quien se empeñó en que tuviéramos peces de colores, uno cada vez, para adquirir "sentido de la responsabilidad", y por supuesto, después de habernos estudiado dos obras clásicas: "Cómo hacer que su pez de colores sea feliz" (editorial Rialp) y "Los 100 errores fundamentales con un pez de colores" (Editorial Pez Globo)...

 ¿Cuenta como error el olvidártelo, con pecera de cristal y todo, sobre el techo del coche, cuando paras a repostar en la nacional III, en la peregrinación anual a la playa?

Y allí estaba yo, con "Groucho nº 17", el más reciente vástago de una estirpe de peces domésticos cada vez más longevos, cuyos últimos dos exponentes reposaban en una de las jardineras de la terraza, hablándole, en plena noche, de Yolanda... No estaba confuso, ni mucho menos, a falta de pocos meses para la defensa de mi tesis doctoral, había descubierto en los viejos ejemplares de "El Imparcial" informaciones suficientes para añadir dos capítulos nuevos, y estaba trabajando a destajo para tenerlo todo listo...

Y "Groucho nº 17" me miraba, con sus ojitos ligeramente estrábicos, sometiéndome a un tercer grado de cultura oriental y paciencia acuática... Tantos años compartiendo habitación habían permitido que nos comunicásemos: si estaba de acuerdo con algo que yo decía, soltaba una burbuja; si estaba en contra, soltaba dos; y si no hacía nada... bueno, es que no le interesaba...
           
Pero yo, aquella noche de típicas fiestas navideñas, necesitaba su opinión y consejo, puesto que había discutido con Yolanda... y carecía de la experiencia para arreglarlo... Como es de ley, nos peleamos por una tontería, que tal vez no lo fuera tanto: si el "Estudiantes" era o no mejor que el "Unicaja"... Tendría que haber supuesto lo que me respondería, teniendo en cuenta las dos torres que tenía por hermanos, y que estaban jugando en la división juvenil... del equipo malagueño… Estupidez o no, yo intercambiaba miradas con el pez…

Además... ¿qué coño me importaba a mí el baloncesto, si mis únicos conocimientos al respecto era que dos grupos de chicos (o chicas) en pantalón corto y camisetas corrían por una cancha, para meter una pelota en un aro? Supongo que fue una cuestión de orgullo, de hormonas... o quizás algo tan sencillo, como un reflejo de nuestra tristeza por no poder estar juntos el día de Navidad... A pesar de todos nuestros intentos, incluyendo buzoneo, reparto de octavillas por la calle, y en un par de ocasiones, disfrazarme de pollo frente a un "Kentucky", no habíamos conseguido ahorrar lo suficiente para irnos a cualquier lugar, sobre todo lejos de las familias y de ambas ciudades, juntos... ¿Tan extraño era que a mis veintiséis años cumplidos, quisiera estar a solas con Yolanda?

Mis padres, igual que los suyos y nuestros hermanos se daban cuenta de lo mal que lo estábamos pasando los dos, aunque ninguno de los dos era capaz de decirlo abiertamente... al menos, delante de ellos…

 Y por eso discutimos sobre aquella estupidez, por uno o dos triples soberbios, o si habían sido pasos clarísimos… Ella me colgó el teléfono, por primera vez desde 1991, y cuando la volví a llamar, su madre, Catalina, me dijo en voz muy bajita que Yolanda no se quería poner, pero que ella "se encargaría de todo"... Me sorprendió bastante, máxime cuando ella siempre me había parecido la más dura, la que con mayor fuerza estaba en contra de nuestro romance (o al menos, de que hiciéramos el amor bajo su techo)...

Y allí estaba yo, exhalando volutas de humo de mi pipa de brezo y tabaco holandés, intentando distinguir lo que debía o no hacer, preguntándole a mi pez de colores su opinión, y de ninguna manera podía dejar que las cosas siguieran como estaban... No se trataba de llamar a su casa de madrugada, por mucho que ella tuviera un teléfono en la habitación... Y también era demasiado tarde para pedirle perdón, o comprarme el equipo completo del "Unicaja" como si fuera nuestra versión del "calumet" de los indios americanos...

Entonces, el pez tuvo una gran idea... y a la mañana siguiente la puse en práctica: comentárselo a mis padres... y pedirles consejo...

Mi abuelo defendía que me subiera al coche, sin perder más tiempo, y que fuera a Málaga, y antes que cualquier cosa, la besara... Mi padre añadía: "pero no te olvides una caja de bombones... y unas flores..." Y mi madre me pidió que esperase veinticuatro horas, pero que la llamase aquella misma mañana... para pedirle perdón, aunque ninguno de los dos tuviera la culpa, salvo de un exceso de amor...

Mi familia nunca había sido demasiado religiosa, y en diciembre, con todo el lío de tíos, tías, primos y demás parientes repartidos por todas las casas, y la cena de Nochebuena contratada en un hotel de la zona, comprendí que mi lugar no era allí, sino con Yolanda... aunque fuera recorriendo toda la distancia en coche, y durmiendo en su portal…

Ya estaba comenzando a preparar la maleta, con los mejores de mis escasos trajes y mis dos corbatas, cuando mi madre entró en la habitación... "Tu vuelo sale dentro de tres horas... He movido un par de contactos, me he cobrado un par de favores... y he hablado con Catalina... Espero que lo paséis muy bien..." Y entonces, con gran misterio, me dijo "no olvides llevarte dos o tres bañadores, y algunas camisetas... y el traje de la última boda, que es muy bonito y no da calor...", al mismo tiempo que me daba dos sobres: el primero, el más importante, contenía un billete de avión; y el segundo, un "anticipo de tu regalo de cumpleaños... y del suyo... de la próxima década…" Me despidió con un cachete en el culo, y una sonrisa de conspiradora en los labios… y mi abuelo me abrió la puerta del taxi, como si yo fuera la persona más importante del mundo… y siempre lo fui para él, al menos, mientras vivió… y me entregó también dos tarjetas de teléfono, que nunca llegó a entender el misterio de los móviles…

Cuando llegué al aeropuerto, abrí ambos sobres: en el primero, encontré el billete de avión para Lanzarote, y la información sobre la reserva del hotel donde se solían alojar los pilotos de "Iberia": algo pequeño, pero con piscina y en primera línea de playa... y en el segundo, bueno, el resultado de una colecta exprés organizada por mi madre y por la suya... para que disfrutásemos algunos días juntos... Verla atravesar el control de la Guardia Civil, abrazarnos solos en tierra extraña, lejos de aquella navidad que tanto odiábamos… Como único regalo, intercambiamos las camisetas del “Estudiantes”: la usó para dormir durante muchos años, y la conservamos como glorioso recuerdo de nuestra primera de tantas lunas de bodas… Jamás en mi vida he visto un camisetón más sexy… Claro, la mía del “Unicaja” solo me quedaba un poco estrecha de sisas, pero lo importante era el detalle…

Sentados frente a frente, de rodillas, con un par de candelabros y una docena de velas, vestidos con las camisetas del equipo rival en la habitación, jugando a comer las fresas en vez de uvas de la suerte; y dos benjamines de cava helados; y dos botellas de agua mineral bien frías… Celebramos el año nuevo haciendo el amor en la bañera de agua ardiendo, sin llamar a nadie ni recordar el mundo, ni padres, ni hermanos…  Dormimos una vez más desnudos entre las sábanas y las mantas “emburruñadas”… y pusimos el despertador para estrenar el año nadando en la piscina climatizada, con los bañadores rojos de la suerte…

Por segunda vez en tan poco tiempo, pero sobre todo la perspectiva de estar otra vez juntos, durante cinco días con sus noches, desde el veintinueve de diciembre, fue el mejor regalo de toda mi vida… Recorrimos la isla entera, con viajes organizados por alemanes o franceses, admiramos las creaciones de César Manrique, sobre todo los “Jameos del Agua”… y adquirimos el primero de nuestros libros de viajes…

El sueño terminó el tres de enero de 1996, con nuestro regreso a la realidad... Aunque los dos sabíamos que sería por poco tiempo: en septiembre, me trasladaría a Málaga...  puesto que durante aquél tiempo por correo o por teléfono, conseguiría uno de los empleos que necesitaba… aunque fuera el de rey del pollo frito… Lo único importante para mí en aquellos momentos era el estar junto a ella, junto a Yolanda, al menos vivir en la misma ciudad, bajo el mismo sol y las mismas estrellas, saber que podría verla a diario si nos apetecía, y que ya no estaríamos a tantos kilómetros de distancia… Lo dejaba todo atrás: padres, amigos, proyectos de trabajo, solo por estar junto a ella…


Y sigo pensando que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida…

No hay comentarios:

Publicar un comentario