A pesar de
que mis padres nunca fueron partidarios de tener animales dentro de casa ("que
para eso ya tenemos bastante con tu hermana y contigo"), hace tiempo
inmemorial que tenemos un pez rojo, metido dentro de su pequeño acuario...
Cuidar de una
mascota había sido nuestra máxima aspiración, pero lo más cerca que estuvimos
fue cuando nos regalaron una caja de gusanos de seda, les dimos de comer las
hojas de morera, y para que estuvieran a gusto y calentitos dentro de sus
recién estrenados capullos, los metimos, dentro de una cómoda en desuso, con algunas
hojas de reserva... La naturaleza siguió su curso, salieron los pobres gusanos,
royendo los restos de hojas y defecando casi por todas partes, hasta morir de
hambre y olvido... Meses más tarde, nuestra madre nos hizo enterrar ese
puñadito de animales desecados, en la jardinera izquierda de la terraza… donde
todavía sigo poniendo algunas hojas de morera, a modo de penitencia…
Pero es no
implicó que abandonásemos nuestras aviesas intenciones de ser padres o tíos
adoptivos... de tener una mascota... sentirnos mayores y más responsables… Y
mucho menos, cuando abrieron una tienda de animales de compañía en nuestra
misma acera... unos días pedíamos un perrito... otros, un gatito... al siguiente, una chinchilla...
después, dos hámster... no encargamos
un tiranosaurio, porque no teníamos clara su alimentación… Era tal nuestra
desesperación, que incluso pretendimos
sobornar al Aniceto San Juan, el dependiente con toda una
selección de chuches, para que nos diera una cría de gorrión que se había caído
de un nido aquella tarde... y que fue
devorada por la serpiente pitón aquella misma noche, aún palpitante…
Al comprender
que nuestras súplicas se enfrentarían a un muro de silencio, y que ni nuestras,
ruegos, llantos y promesas servirían de nada, nos dedicamos a lo más lógico:
ahorrar... Hicieron falta tres meses, y reducir el consumo de chuches a la tercera parte, olvidarnos de los
tebeos y el chocolate, para comprarle a Jose Juan, el hijo adolescente del dueño de la tienda de
animales, y demasiado interesado por “cosas
de adultos” a "Don Groucho
1º". Era el golpe perfecto, incluso nos ayudó a redactar y pegar las
notas del periódico de mi abuelo, para darle más efecto al “rescate del huerfanito”…
Y como todos
los planes conspiratorios que funcionan
en casa, mi hermana fue la "incitadora", y yo el que puse
los distintos elementos en marcha: depositar sobre el felpudo de la entrada un bol de cristal, con un pez rojo dentro, su
bote de comida, y una nota en la que se explicaba lo siguiente: "Hola,
me llamo Groucho, y mi
familia no me puede atender. Como poco, abulto menos, y soy la mascota
ideal." Contextualicemos el
momento: yo tendría once años, mi hermana nueve, y todo el plan había sido de
ella... ¡¡Tiembla, Doctor Maligno, que te ha superado una niña!!
Al abrir la
puerta mi hermana, aquella mañana de sábado, solo se le ocurrió decir:
"¡Oh, un pobre huerfanito!
¿Nos lo quedamos, verdad? Si tiene una carita
de bueno..." ¿Cara de bueno, un pez naranja, que hace burbujas de
aburrimiento en su pecera?
Mi madre, que
evidentemente no se chupaba el dedo,
comentó: "No deja de ser curioso que se llame Groucho, siendo ambos fans de "Los hermanos Marx", ¿verdad?" Mi
padre dijo algo parecido a "Total, cuando se muera, lo tiramos por el
retrete..."
Y mi abuelo,
en aquél momento solemne de convulsión de la sacrosanta rutina familiar, no
dijo nada... Pero un ratito más tarde, se acercó a mí y, cogiéndome por la
oreja derecha, me dijo muy bajito: "Ya
estás bajando al quiosco, y comprándome "El País"... La próxima vez
que quieras dejar un animalito
en adopción, utiliza el periódico del día anterior..."
Valiosa lección que a
posteriori transmití a Luis y a Claudia, nuestros hijos, cuando aparecieron en
casa con el mismo tipo de nota, y de pez de colores, llamado “Chicco”…
Supongo que
más bien por cansancio, o porque les hizo la gracia la estratagema del "pobre
huerfanito", nos quedamos
con el pez rojo... Dormía en mi habitación, que era la más luminosa de la casa,
cerca de la ventana, para que no se aburriese, y mirase la calle mientras que
estábamos fuera… Pero lo cierto es que tardó poco tiempo en cumplirse la
profecía de mi padre: menos de cuatro semanas después, aprendimos que el fresco
de la noche no le venía bien, sobre todo con una encimera de mármol... "Groucho 2º" y "Groucho 3º" no tuvieron
mucha más suerte: el primero comprendió, demasiado tarde, que no hay que saltar
fuera de la pecera si estás solo en casa (¿Acaso fue un "pecicidio" por estrés?)... y el
tercero se quedó un poco empachado por el exceso de comida, creo que se zampó
medio bote, antes de explotar...
Lo más curioso es que, al final, fue mi madre
quien se empeñó en que tuviéramos peces de colores, uno cada vez, para adquirir
"sentido de la responsabilidad", y por supuesto, después de
habernos estudiado dos obras clásicas: "Cómo hacer que su pez de
colores sea feliz" (editorial Rialp)
y "Los 100 errores fundamentales con un pez de colores"
(Editorial Pez Globo)...
¿Cuenta como error el olvidártelo, con pecera
de cristal y todo, sobre el techo del coche, cuando paras a repostar en la
nacional III, en la peregrinación anual a la
playa?
Y allí estaba
yo, con "Groucho nº 17",
el más reciente vástago de una estirpe de peces domésticos cada vez más
longevos, cuyos últimos dos exponentes reposaban en una de las jardineras de la
terraza, hablándole, en plena noche, de Yolanda... No estaba confuso, ni mucho
menos, a falta de pocos meses para la defensa de mi tesis doctoral, había
descubierto en los viejos ejemplares de "El Imparcial"
informaciones suficientes para añadir dos capítulos nuevos, y estaba trabajando
a destajo para tenerlo todo listo...
Y "Groucho nº 17" me
miraba, con sus ojitos ligeramente estrábicos, sometiéndome
a un tercer grado de cultura oriental y paciencia acuática... Tantos años compartiendo habitación habían permitido que
nos comunicásemos: si estaba de acuerdo
con algo que yo decía, soltaba una burbuja; si estaba en contra, soltaba dos; y
si no hacía nada... bueno, es que no le interesaba...
Pero yo,
aquella noche de típicas fiestas navideñas, necesitaba su opinión y consejo,
puesto que había discutido con Yolanda... y carecía de la experiencia para arreglarlo... Como es de ley, nos peleamos
por una tontería, que tal vez no lo fuera tanto: si el "Estudiantes"
era o no mejor que el "Unicaja"...
Tendría que haber supuesto lo que me respondería, teniendo en cuenta las dos
torres que tenía por hermanos, y que estaban jugando en la división juvenil... del
equipo malagueño… Estupidez o no, yo intercambiaba miradas con el pez…
Además...
¿qué coño me importaba a mí el baloncesto, si mis únicos conocimientos al
respecto era que dos grupos de chicos (o chicas) en pantalón corto y camisetas
corrían por una cancha, para meter una pelota en un aro? Supongo que fue una
cuestión de orgullo, de hormonas... o quizás algo tan sencillo, como un reflejo
de nuestra tristeza por no poder estar juntos el día de Navidad... A pesar de
todos nuestros intentos, incluyendo buzoneo,
reparto de octavillas por la calle, y en un par de ocasiones, disfrazarme de
pollo frente a un "Kentucky",
no habíamos conseguido ahorrar lo suficiente para irnos a cualquier lugar,
sobre todo lejos de las familias y de ambas ciudades, juntos... ¿Tan extraño
era que a mis veintiséis años cumplidos, quisiera estar a solas con Yolanda?
Mis padres,
igual que los suyos y nuestros hermanos se daban cuenta de lo mal que lo
estábamos pasando los dos, aunque ninguno de los dos era capaz de decirlo
abiertamente... al menos, delante de ellos…
Y por eso discutimos sobre aquella estupidez, por
uno o dos triples soberbios, o si habían sido pasos clarísimos… Ella me colgó
el teléfono, por primera vez desde 1991, y cuando la volví a llamar, su madre,
Catalina, me dijo en voz muy bajita que
Yolanda no se quería poner, pero que ella "se encargaría de todo"...
Me sorprendió bastante, máxime cuando ella siempre me había parecido la más
dura, la que con mayor fuerza estaba en contra de nuestro romance (o al menos,
de que hiciéramos el amor bajo su techo)...
Y allí estaba
yo, exhalando volutas de humo de mi
pipa de brezo y tabaco holandés, intentando distinguir lo que debía o no hacer,
preguntándole a mi pez de colores su opinión, y de ninguna manera podía dejar
que las cosas siguieran como estaban... No se trataba de llamar a su casa de
madrugada, por mucho que ella tuviera un teléfono en la habitación... Y también
era demasiado tarde para pedirle perdón, o comprarme el equipo completo del
"Unicaja" como si
fuera nuestra versión del "calumet"
de los indios americanos...
Entonces, el
pez tuvo una gran idea... y a la mañana siguiente la puse en práctica:
comentárselo a mis padres... y pedirles consejo...
Mi abuelo
defendía que me subiera al coche, sin perder más tiempo, y que fuera a Málaga,
y antes que cualquier cosa, la besara... Mi padre añadía: "pero no te
olvides una caja de bombones... y unas flores..." Y mi madre me pidió
que esperase veinticuatro horas, pero
que la llamase aquella misma mañana... para pedirle perdón, aunque ninguno de
los dos tuviera la culpa, salvo de un exceso de amor...
Mi familia
nunca había sido demasiado religiosa, y en diciembre, con todo el lío de tíos,
tías, primos y demás parientes repartidos por todas las casas, y la cena de Nochebuena
contratada en un hotel de la zona, comprendí que mi lugar no era allí,
sino con Yolanda... aunque fuera recorriendo toda la distancia en coche, y
durmiendo en su portal…
Ya estaba
comenzando a preparar la maleta,
con los mejores de mis escasos trajes y mis dos corbatas, cuando mi madre entró
en la habitación... "Tu vuelo sale dentro de tres horas... He movido
un par de contactos, me he cobrado un par de favores... y he hablado con
Catalina... Espero que lo paséis muy bien..." Y entonces, con gran
misterio, me dijo "no olvides llevarte dos o tres bañadores, y algunas
camisetas... y el traje de la última boda, que es muy bonito y no da calor...",
al mismo tiempo que me daba dos sobres: el primero, el más importante, contenía
un billete de avión; y el segundo, un "anticipo
de tu regalo de cumpleaños... y del suyo... de la próxima década…"
Me despidió
con un cachete en el culo, y una sonrisa de conspiradora en los labios… y mi
abuelo me abrió la puerta del taxi, como si yo fuera la persona más importante
del mundo… y siempre lo fui para él, al menos, mientras vivió… y me entregó
también dos tarjetas de teléfono, que nunca llegó a entender el misterio de los
móviles…
Cuando llegué
al aeropuerto, abrí ambos sobres: en el primero, encontré el billete de avión
para Lanzarote, y la información sobre
la reserva del hotel donde se solían
alojar los pilotos de "Iberia": algo pequeño, pero con
piscina y en primera línea de playa... y en el segundo, bueno, el resultado de
una colecta exprés organizada por mi
madre y por la suya... para que disfrutásemos algunos días juntos... Verla
atravesar el control de la Guardia Civil, abrazarnos solos en tierra extraña,
lejos de aquella navidad que tanto odiábamos… Como único regalo, intercambiamos
las camisetas del “Estudiantes”: la
usó para dormir durante muchos años, y la conservamos como glorioso recuerdo de
nuestra primera de tantas lunas de bodas… Jamás en mi vida he visto un
camisetón más sexy… Claro, la mía del “Unicaja”
solo me quedaba un poco estrecha de sisas, pero lo importante era el detalle…
Sentados
frente a frente, de rodillas, con un par de candelabros y una docena de velas,
vestidos con las camisetas del equipo rival en la habitación, jugando a comer
las fresas en vez de uvas de la suerte; y dos benjamines de cava helados; y dos
botellas de agua mineral bien frías… Celebramos el año nuevo haciendo el amor
en la bañera de agua ardiendo, sin llamar a nadie ni recordar el mundo, ni
padres, ni hermanos… Dormimos una vez
más desnudos entre las sábanas y las mantas “emburruñadas”… y pusimos el despertador para estrenar el año
nadando en la piscina climatizada, con los bañadores rojos de la suerte…
Por segunda
vez en tan poco tiempo, pero sobre todo la perspectiva de estar otra vez
juntos, durante cinco días con sus noches, desde el veintinueve de diciembre,
fue el mejor regalo de toda mi vida… Recorrimos la isla entera, con viajes
organizados por alemanes o franceses, admiramos las creaciones de César
Manrique, sobre todo los “Jameos del Agua”…
y adquirimos el primero de nuestros libros de viajes…
El sueño
terminó el tres de enero de 1996, con nuestro regreso a la realidad... Aunque
los dos sabíamos que sería por poco tiempo: en septiembre, me trasladaría a
Málaga... puesto que durante aquél
tiempo por correo o por teléfono, conseguiría uno de los empleos que
necesitaba… aunque fuera el de rey del pollo frito… Lo único importante para mí
en aquellos momentos era el estar junto a ella, junto a Yolanda, al menos vivir
en la misma ciudad, bajo el mismo sol y las mismas estrellas, saber que podría
verla a diario si nos apetecía, y que ya no estaríamos a tantos kilómetros de
distancia… Lo dejaba todo atrás: padres, amigos, proyectos de trabajo, solo por
estar junto a ella…
Y sigo
pensando que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi
vida…
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