Antes, cuando
yo era joven, siempre decíamos que "las chicas buenas van al cielo, y
las chicas malas van a todas partes"... en inglés queda mejor “Good girls go to heaven, bad girls go
everywhere”… La frase no era nuestra, correspondía a la canción homónima de
"Modern Talking", pero reflejaba nuestra actitud hacia las
mujeres en general, las hermanas de nuestros amigos, y nuestras compañeras de
clase en particular...
El “Lycée
Le Petit Nicolas” era un instituto de carácter laico y endogámico, puesto
que en el sistema francés comenzabas por la enseñanza de asignaturas troncales
y comunes, y luego optabas entre ciencias, letras o económicas, para lo que
tenías que irte al “Liceo Francés”.
Eso, y los traslados de los padres a otros lugares (como sucedió en el caso de
Laura) era la mejor posibilidad de cambiar de ambiente y de compañeros... Como
yo escogí letras modernas, estuve básicamente con el mismo grupo durante doce
años... y solo los últimos cinco me dejaron buenos recuerdos... por mi
desarrollo físico, y por estar con Claudia… Es una de las pocas personas con
quien sigo manteniendo el contacto, después de tanto tiempo… aunque con el “carapocha” también he localizado a otros
compañeros con quienes me apetece chatear, y que me traen muy buenos recuerdos…
Las mujeres
son complicadas con la pubertad, con los cambios hormonales, las modificaciones
de su cuerpo y de su mente… Los hombres, sobre todo, nos volvemos gilipollas:
las hormonas se disparan, igual que las supuestas "proezas"
sexuales inexistentes, con un poco de suerte das el estirón de forma
contundente, tu voz cambia y te sientes distinto...
Ojo, eso no
quiere decir que las hormonas lo solucionen todo, que dejes de sentirte
distinto, y mucho menos con los putos granitos, pero es cierto que compartes
más experiencias con los demás compañeros de clase, aunque sea el interés por
las chicas malas... Pero... ¿qué era, en aquellos tiempos, una "chica
mala"? Supongo que básicamente, era la que se creaba mala fama o
vestía de forma distinta a las demás…
Sobre todo,
era una chica como Cloé Rueda Lenoir, la típica repetidora morena de piel
aceitunada, un par de años mayor que nosotros pero de estatura más pequeña, con
un gusto muy desarrollado por las mallas ceñidas, los pañuelos tipo fedayín, y
que no se cortaba un pelo a la hora de rodearse de los chicos más peligrosos no
solo de la clase, sino del instituto...
Tenía un
atractivo muy especial, como todo lo prohibido, pero nuestro interés disminuyó
bastante en cuanto se hizo novia de uno de los pandilleros más peligrosos del
instituto… Si bien el carácter de ella era tan decidido que lo enderezó, o eso
dice la leyenda blanca… Todavía conservo fotos de aquella época, Cloé sonríe,
tumbada en el poyete de una ventana en Granada, mientras que todos la
mirábamos; y recuerdo su voz cascada por demasiados cigarrillos; y algunas
noches de juerga, con un pedo monumental... aunque esto fue unos cuantos años
más tarde…
Si Cloé
encarnaba lo prohibido, el peligro, el “mal”
y hechizaba nuestras noches; el “bien”,
el atractivo de la aparente pureza dentro de un cuerpo escultural era
patrimonio exclusivo de Malena Rousseau Sylvain, una chica alta, de cuello de
garza, bien proporcionada, de increíble sonrisa y pelo rizado… y posiblemente
las piernas más largas y bellamente torneadas de toda mi adolescencia. Como
todas las bellezas, solía ir con una chica rubia, menos atractiva, pero que la
acompañaba en el instituto y en los entrenamientos, pero no recuerdo su nombre…
Malena era
una hermosísima patinadora profesional sobre hielo, a quien vi un par de veces
entrenando en la Pista del Real Madrid… y por hacerle caso me pegué uno de los
mayores batacazos de toda mi vida, puesto que jamás había patinado sobre hielo,
sin importar lo que yo le hubiera contado al entrar en la pista, y lo hacía agarrado
a la barandilla con la misma agilidad que un abuelito del “Imserso”… sin su andador…
Al menos, me
tuvo en su regazo, hasta que recuperé el conocimiento… La encarnación de la
belleza, con unos labios casi tan hermosos como los de Yolanda, pero no
recuerdo que nadie, jamás, presumiera de haberle dado un beso… Solo estuvo con
nosotros tres años, pero todavía la recuerdo…
Con el paso del
tiempo, se unieron a nuestra clase un par de chicas "heavys",
expertas bebedoras de cerveza, y otra que prefería el vodka... Luego, estaban
las chicas más convencionales, como mi querida
Claudia Galán García... y las que pasaban desapercibidas al principio, pero que
de repente, con la adolescencia, podían cambiar de manera radical… El patito
feo a quien nadie hacía caso en semana santa se había convertido en grácil
cisne en septiembre…
Y si además,
para la “rentrée” de septiembre se
cambiaban de peinado y de ropa… aquellas minifalda-pantalón, que causaron
tantos accidentes en las escaleras... los tops escotados con camisas
superpuestas… esos perfumes extraños, que se metían en la memoria... Y las
tremendas estupideces que eras capaz de hacer a los catorce años por
impresionar a una de aquellas diosas...
algo de lo que se aprovechaban
descaradamente, a la hora de escoger los compañeros para los trabajos “de grupo”, donde comencé a estar mucho
más solicitado que los típicos chavales guapos y mazas, pero sin cerebro…
En ese
aspecto, las cosas no han cambiado mucho; lo de "cría fama y échate a
dormir", incluso el "tiran más dos tetas que dos carretas"
siguen siendo dos grandes verdades... Los "chicos malos" o
con apariencia de duros se llevaban de calle a las chicas malas (y a muchas de
las buenas), desaparecían en ciertos recovecos del instituto durante mucho
rato, y guardaban el mayor de los secretos sobre "lo que había pasado"...
Aquél era uno de los secretos mejor guardados... hasta que se convertía en la
comidilla de la clase... y ni siquiera entonces era una información fiable...
Como decían
los ingleses, nosotros estábamos enganchados a la moda americana "hooked
on classics": desde los pelos cardados e imposibles a lo John
Travolta y Olivia Newton John, eran nuestros arcanos modelos a imitar… Sin
olvidarnos de las zapatillas "Converse" (americanas, por
favor) y, por supuesto, los pantalones "Levi´s 501"... y la
"chupa" negra de cuero en invierno; mientras que en
primavera triunfaban las cazadoras vaqueras más o menos desgastadas... Estas
pautas en el vestir eran también válidas para las chicas... con la diferencia
de que algunas de ellas te quitaban la respiración cuando se desprendían de las
cazadoras... sobre todo cuando estaban de moda los jerseys de cuello vuelto un
par de tallas más pequeños, y en ocasiones, las camisetas muy ceñidas, pero sin
sujetador…
En mi
instituto siempre hubo un número elevado de chicos y chicas de color, hijos de
diplomáticos y de empresarios extranjeros, atraídos por el sistema de enseñanza
francés... y ellos también evolucionaron en su forma de vestir y de
comportarse... La primera vez que uno de ellos se puso a bailar "breakdance",
en medio de un corro de admiradores, nos quedamos petrificados... En cierta
ocasión, montaron una coreografía sobre el vídeo "Thriller"
de Michael Jackson, que habría ganado sin duda alguna cualquier concurso de
talentos...
Pero otra de
las cosas que recuerdo, de los últimos años, eran las peleas a puñetazo limpio
en el patio, o las palizas... Cuando escuchábamos aquellas cuatro palabras, que
surgían de un grupo apretado de chicos de color, sabías que algo muy malo
estaba pasando: "On veut du sang! On veut du sang!", es
decir, "¡Queremos sangre!"... Era aterrador, y ni siquiera
Javier Aragoneses López, el coloso de mis primeros años de instituto, hubiera
podido hacer nada…
Había
numerosos grupos, más o menos flexibles: los "rockabillys",
los "moddys", los "heavys", los "pijos",
los "empollones", los "skaters", los
"macarras", los "siniestros", los "punkis",
los "bichos raros"... y cada uno de ellos tenía sus zonas de
influencia, sus territorios, tanto en las escaleras interiores del edificio
(hasta que prohibieron la estancia de los alumnos en el centro durante los
recreos, al producirse algunos pequeños hurtos), como en los bancos de
hormigón, los distintos accesos al centro y, desde que fuimos autorizados por
los padres a salir a los catorce años, los dos extremos de la calle enfrente
del instituto… Nos encantaba mirar a los más pequeños, entre rejas, mientras
nosotros nos subíamos encima de las motos de algunos compañeros, o nos
apoyábamos en la pared recién encalada (es curioso, jamás hubo pintadas en
nuestra zona), enlazando un cigarrillo tras otro, muchas veces sin ganas, para
sentirnos “mayores” e “importantes”... Yo comencé a fumar a los
trece años, y no lo dejé hasta los treinta…
Mas nuestro
lugar de esparcimiento favorito era el
parque junto al colegio de monjas... Quizás fuera el encanto, el atractivo de
lo prohibido, pero en nuestro grupo de melenudos y de malotes, con la “litrona” en la mano a la una y media de
la tarde, y fumando muchos cigarrillos y
muchos porros, pero casi todos (y también alguna chica de nuestro grupo)
estábamos fascinados por esas diosas adolescentes, con sus camisas blancas,
faldas verdes y azules de estilo escocés que se arremangaban a voluntad,
calcetines blancos y zapatos negros de charol…
Era el año
1985, todo era mucho más sencillo… Al principio nos miraban con un poco de
asco, yo nunca llevé el pelo largo, como mucho un tremendo flequillo que me
tapaba casi media cara (ahora, ni me lo planteo), pero las mismas chicas que en
septiembre nos ignoraban… en marzo se sentaban con nosotros en los bancos, la “litrona” también “rulaba” para ellas… y aprendían a decir tacos y palabras de amor en
francés…
Supongo que yo fui pasando por varios grupos:
“gafapastas”, "empollones"
hasta la rebelión de los trece años; una tendencia "heavy"
con ciertos aires de "macarra", que acompañaban muy bien a
mi evolución física... Pero al final, terminé formando parte del más exclusivo
de todos los clubs, solo para dos personas: Claudia y yo...
Había otras
muchas modas, el momento de la uniformidad en cuanto a colores, estilos de ropa
y tendencias musicales... ¿Recuerdas los vaqueros elásticos "marca
paquete", o las veces en que cogías un par de pantalones recién
comprado, y lo sumergías durante varias noches en un cubo de agua con lejía,
para que no parecieran "nuevos"? ¿Y el viejo truco de
comprarte un vaquero un poco estrecho, y meterte con él en la bañera, pasando
allí la tarde y también la noche, para ceñirlo todavía más? ¿Y cuando
combinabas varias prendas superiores, por ejemplo camiseta "heavy", camisa de leñador abierta y
chaleco de cuero negro o marrón... en pleno mes de enero? ¿O todas las veces en
las que te daban una mala noticia, sin importar la que fuera, y te callabas,
por eso de "los hombres duros no lloran", mientras que le echabas
la culpa al humo?
Basta con ver
vídeos de "Alaska y Dinarama", "Loquillo",
"Mecano", "Hombres G", "Los
Inhumanos", “Duncan Dhu”, “Antonio Flores”, “Gabinete Galigari” y
otros muchos... para recordar aquellos tiempos… aquellas modas… la dichosa “movida” de la que todo el mundo hablaba,
pero seguíamos haciendo las mismas tonterías… Todos conocíamos algunas
canciones, y las berreábamos a pleno pulmón en ciertos garitos de Malasaña,
pero las dos más famosas eran “A quién le
importa” de “Alaska” (todo un
símbolo de rebeldía), “Qué difícil es
hacer el amor en un Simca mil” de “Los
Inhumanos” (que si la cantan una veintena de presuntos heavys greñudos
puede sonar un poco extraña)… y, en momentos nostálgicos y un poco beodos… “Temblando” de “Hombres G” (pero solo al terminar la noche)…
En los
últimos años de instituto, se produce una curiosa inversión de roles y edades:
del mismo modo que antes nos gustaban las chicas un poco más maduras y sobre
todo más desarrolladas que nosotros (y muchas de nuestras profesoras)... luego
comprobamos que nos sentimos atraídos por las hermanas pequeñas de nuestros
amigos y compañeros de clase... No éramos unos sátiros o unos corruptores de
menores, pues éramos más bocazas que otra cosa... Extraña sensación, de todas
formas... sobre todo porque es el momento perfecto, durante el cual las chicas
empiezan a interesarse por los chicos mayores... y se trata de negociar los
límites… aunque nunca olvidas que es la hermana pequeña de tu amigo, y en todo
caso, debes pedirle permiso para acercarte a ella…
Unos cuantos
chavales hablaron conmigo, antes de que mi hermana María se fuera a estudiar al
“Lycée Français”, pero yo confiaba de
sobra en su criterio: siempre ha tenido un buen tipo (aunque esté mal decirlo),
unos ojos increíbles y las piernas de una modelo, y una melena leonina… Yo
estaba tranquilo, porque le había enseñado algunas llaves de Judo y Jiu Jitsu,
y ella tenía muy claras sus prioridades… Años después, empezando la
Universidad, alguna mañana de domingo nos encontramos en la puerta de la casa
de mis padres, mientras que un misterioso motorista se alejaba calle abajo…
Y surgen
romances a los diecisiete, con diferencias de edad de tres años... Aprendes a
convivir con personas de otras clases sociales, con intereses muy distintos de
los tuyos, y con otros miedos... Cuando te das cuenta, ha terminado otra etapa
de tu vida, te enfrentas a la selectividad (española y francesa en nuestro
caso), y sales por fin de aquél lugar extraño, donde solo los últimos años has
sido feliz... Del que solo recuerdas con cariño el silencio de la Biblioteca,
el peldaño más elevado de la escalera, cerca de la puerta de la azotea, y el
segundo banco de hormigón empezando por la derecha… Un par de veces Claudia y
yo hemos comido de nuevo en el “Nait”,
y visto alguna película en “La Vaguada”,
pero ya no era lo mismo… o quizás éramos nosotros, quienes no compartíamos los
mismos sueños…
Las chicas
malas siguen yendo a todas partes, es cierto... Sigo pensando que mi vida
habría resultado mucho más sencilla si ella me hubiera amado, pero eso es algo
que no estaba en manos de ninguno de nosotros… Y su contribución más importante
es haberme presentado a su prima Esther… puesto que a través de ella conocí a
Yolanda… Pero no adelantemos “pequeños
detalles sin importancia” en la historia…
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