La
otra tarde estuve hablando con Pablo Rodríguez López, uno de mis amigos de
Madrid, a quien no veía desde hace varios años… Él nunca había sido un hombre
especialmente alegre, es decir, era más bien serio, “como del siglo XIX”
según el mismo se definía… Tuvo que venir a Málaga por un tema de negocios: es
un directivo de nivel medio de un importante laboratorio farmacéutico español,
y la convención anual se celebraba en el “Hotel
Imperial” de Málaga. Me llamó al móvil poco después de registrarse, y
quedamos para cenar temprano en el “Sushi
Bar”.
Al
entrar en el restaurante, recorrí todas las mesas con la mirada, y allí estaba
él, con su traje de raya diplomática, camisa rosa y corbata roja. Después de un
efusivo abrazo, nos sentamos los dos a la mesa… Estuvimos hablando unos minutos
(que si del Hotel, de mi trabajo, del suyo, de las convenciones, siempre tan
aburridas), pero desde el primer momento comprobé que había algo distinto en
sus ojos: ya no brillaba en ellos esa chispa de vida, que era su principal
atractivo… No sé, algo en él había cambiado, para peor… Y con la confianza que
da la amistad, le pregunté qué le pasaba…
“He pasado por un año
bastante malo, Ismael… De hecho, podría decirse que el 2011 ha sido para mí uno
de los peores de toda mi vida…”, me dijo...
“¿Problemas laborales?”,
fue lo primero que se me vino a la cabeza… Aunque sabía perfectamente que ese
no era el caso, pues la Convención estaba reservada para los directivos y
mandos intermedios más prometedores…
“No, es por Virginia,
mi ex mujer… Nos divorciamos en febrero de 2012, aunque llevábamos separados
desde agosto del año anterior…”
“¿Qué Virginia y tú os
habéis divorciado? Pero si llevabais quince años juntos, entre el noviazgo y la
boda… Siempre pensé que erais una de las parejas más estables y felices que
conocía…”
“Realmente, creo que no
fue una sorpresa… Por mi trabajo, yo me pasaba todo el día fuera de casa, o en
todo caso, más horas de las que me gustaría… Ya sabes lo absorbente que puede
ser una profesión como la mía, con los viajes, las reuniones… Ella estaba
trabajando de enfermera en una clínica privada de Madrid, con el turno de
mañana… Pero hace dos años, le ofrecieron un ascenso, a cambio de pasarse al
turno de noche… Y ella accedió sin consultarme… Ese fue el principio del fin…”
“¿Y cómo os afectó el
cambio? Porque supongo que entonces, cuando tú llegabas a casa, ella ya se
había ido… Y tenías que pasar las noches solo, y levantarte muchas veces antes
de que ella hubiera llegado…”
“Ese fue el comienzo
del problema… Los primeros meses, hice lo posible por adecuar mi jornada,
empezarla un poco después, para al menos verla unos minutos, compartir alguna
ducha, un desayuno temprano, y poder estar con ella aunque fuera unos minutos…
Pero llegó un momento en el que empecé a pensar que a ella le molestaba que
alterase mis horarios para estar juntos… Uno de los escasos fines de semana que
librábamos los dos, le pregunté lo que podíamos hacer… si no había alguna
posibilidad para ella de cambiar el turno, porque de todas formas había puestos
del mismo tipo en otras secciones del Hospital… Pero ella me dijo que estar en la
UCI no dejaba de ser un importante avance en su carrera… y que si la quería,
tenía que comprenderlo…”
“¿Y qué hiciste?”
“Aceptar su decisión…
aunque me doliera verla solamente los fines de semana que ella libraba, o bien
por las tardes que ella libraba… Incluso llegué a planear mi asistencia a
seminarios, convenciones, y mis contactos con los clientes, para poder estar en
casa al final de la tarde, cuando ella se despertaba, para al menos poder
prepararle un desayuno… Pero no era sencilla la convivencia: de matrimonio
habíamos pasado a ser compañeros de piso con derecho a roce, pero solamente un
día a la semana; y un fin de semana al mes… Poco a poco nos fuimos
distanciando, a lo largo de los últimos dos años… Y cuando estábamos juntos,
nos quedábamos sin temas de conversación… Empezaron los silencios… Y nos fuimos
separando…”
“¿Pero cómo llegasteis
al divorcio?”, le pregunté…
“Yo empecé a sospechar
que me era infiel, con uno de sus compañeros del trabajo… El mes de julio, un
maldito día de San Fermín, al irse a trabajar, se dejó encendido el portátil… Y
cuando fui a apagarlo, su sesión de facebook estaba
iniciada… Y había varios mensajes en su
muro de un tal Marcial… Habían quedado “para un ratito de sexo loco” en el
cuarto de material de enfermería de la sexta planta… Al día siguiente, después
de haber pasado una jornada de perros, intentando justificarla, pensando que
igual había sido un error, una mala interpretación mía, decidí llegar un poco
antes a casa, saltándome una reunión con los demás mandos intermedios, para
preguntárselo…”
“¿Y qué pasó?”
“Al principio, se hizo
la ofendida… Que si “no sabes lo que es una mujer cabreada”… Que si “es una
vergüenza que estés mirando mi muro a mis espaldas”… Que si “quién me creía que
era yo…” Pero al ver que yo no cambiaba mi actitud, todo esto sin levantar la
voz para no despertar al gato… No le quedó más remedio que admitirlo… Aunque me
lo dijo con chulería: “comprenderás que una tiene sus necesidades… y que de
todas formas, con nuestros horarios, el sexo no es nada satisfactorio”… Y que
necesitaba compañía… Por eso había caído en las redes de Marcial, “aunque no es
nada serio, solo un polvete de vez en cuando para matar el aburrimiento”… Creo
que fue su frialdad lo que me sacó de las casillas: tuve que pegarle un tremendo
puñetazo a la pared para desahogarme (quedó una marca en la pared del pasillo)…
Y me metí en el despacho… Aquella noche, mientras ella estaba en el trabajo,
empecé a meter sus ropas de verano en las maletas que siempre utilizábamos para
irnos de vacaciones, y le dejé una nota
en la puerta de la nevera: “Comprenderás, Virginia, que no puedo aceptar una
infidelidad. Tienes una semana para buscarte otro lugar donde dormir, y
mientras tanto te agradecería que lo hicieras en el cuarto de invitados”… A la
noche siguiente, al volver del trabajo, las maletas ya no estaban, y la nota
tampoco…”
“¿Pero se fue sin
más?”, le pregunté, asustado por tanta frialdad…
“Me dejó otra nota en
la nevera, de la que por cierto había retirado todos sus imanes, y su cuadrante
del mes. En ella ponía: “Gracias por darme tanto tiempo. Estas noches dormiré
en una habitación del Hospital. Por cierto, me he llevado todas mis películas…
y puedes quedarte al gato”. Lo consulté con un abogado de la empresa, quien me
confirmó que su comportamiento representaba un “abandono del domicilio
conyugal”, lo que unido a la infidelidad confesada, era motivo suficiente para
el divorcio… Le mandé los papeles con la solicitud al Hospital. Sus padres
vinieron algunos días después del pueblo para llevarse el resto de sus cosas, y
solamente la he visto el día en que firmamos los papeles en el Juzgado de la
Plaza de Castilla…”
“Pero la casa…”
“La casa me la quedé
yo, era fruto de la herencia de mi padre, y además teníamos el régimen de
separación de bienes…”
“¿Y te has planteado
rehacer tu vida?”
“Creo que todavía es
demasiado pronto para ello… No es que la eche de menos… A ella, no… Pero sí
añoro el pueblo… Era un hermoso pueblo de Extremadura, ¿sabes? Y durante
nuestra relación, había establecido fuertes lazos de amistad con sus padres, los
amigos, la familia… Azuaga se había convertido casi en mi refugio, mi segundo
hogar, el lugar al que volver para descansar, recuperar fuerzas… Muchas veces,
me iba yo solo, para estar con sus padres, con los amigos, y desconectar de
Madrid… Era otra vida, que me era muy querida… Lo añoro todo… Y ahora la casa,
que monté con la ayuda de mi suegro (un auténtico manitas) se me cae encima…
Está demasiado llena de recuerdos buenos y malos… De ausencias… Es un mausoleo,
¿sabes? Un recordatorio permanente de lo que pudo haber sido, y no fue… Me he
planteado seriamente pintarla de nuevo, quizás lo haga en las próximas
vacaciones… Porque no puedo seguir viviendo en ella… También estaría la opción
de alquilarla, de irme a vivir a un lugar más pequeño, más céntrico pero con
plaza de garaje… Pero todavía no he tomado ninguna decisión… ¿Sabes que el
único lugar de la casa en el que me siento verdaderamente a gusto es mi
despacho, porque ella no entraba casi nunca? ¿O la cocina, que pinté de color
aguamarina hace un par de meses? Parece mentira, lo vacía que se queda una casa
cuando alguien ha salido de ella, y de tu vida, para siempre…”
“¿Y ahora qué piensas
hacer?”
“Seguir adelante,
Ismael, qué remedio… Pero sin Virginia… y sobre todo, sin su pueblo, los amigos
y la familia… noto que me falta uno de los pilares de mi existencia… Es cierto,
he vuelto a correr por las noches… He regresado al Ateneo de Madrid en mis días
libres… Estoy haciendo algunas marchas de alta montaña con una
asociación senderista… Escribo mucho
menos que antes, sobre todo poesía amorosa… Y creo que me estoy empezando a
enamorar de una chica catalana que conocí a través del face, y ella también lo
está de mí… Pero de momento, todo está en el aire… Dentro de un par de meses,
tengo que ir a Barcelona por negocios, y estamos hablando de quedar en la
Sagrada Familia y pasar unas horas juntos… Tengo muchas esperanzas depositadas
en aquél encuentro… Pero hoy por hoy, me siento bastante vacío por dentro…”
Creo
que aquella noche, los dos nos pasamos con el sake… De hecho, tuve que coger un
taxi para volver a casa… Yolanda ya estaba dormida, aunque por suerte, le había
dicho que aquella noche había quedado a cenar con Pablo…
Pero
al verla dormida, iluminada por la luz de la luna, no pude evitar besarla en
los labios, y retirarle suavemente un mechón de pelo que culebreaba por su
frente… Recordándome una vez más a mí mismo la enorme suerte que tenía por
tenerla a mi lado… Y preguntándome cómo me sentiría yo si me pasase una cosa
parecida a lo que le había sucedido a Pablo…
Y
comprendiendo perfectamente por qué se había extinguido esa chispa vital que
anidaba siempre en sus ojos… Porque durante aquella cena, tuve delante a un
hombre que había perdido la razón de su existencia…
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