Una vez más, en
las postrimerías del año 2000, celebramos las fiestas de Nochebuena y Nochevieja en el Hotel. Fue un gran éxito de
público y de afluencia, incluyendo música en vivo, "dj´s", pero siempre tratando en lo posible de no molestar a
los vecinos con las carpas exteriores, que se pusieron en marcha para el
cotillón. También incrementamos la seguridad privada, con vigilantes de paisano, para evitar problemas con los
carteristas... Y ofrecimos la posibilidad de unas celebraciones más exclusivas
en el circuito de spas, piscinas
termales y masajes... terminando la velada en una de las mini suites por cada pareja... Es cierto,
salía bastante caro... pero las ofertas se cubrieron casi el mismo día del
anuncio...
Mi madre y mi
hermana se vinieron a pasar unos días con nosotros, para olvidar un poco las
dos pérdidas tan recientes... Llegaron en avión el sábado veintitrés de diciembre,
y en teoría el martes dos de enero volverían a su casa...
Fue entonces,
un par de días después de Nochebuena,
cuando les leí la carta de mi padre, delante de la chimenea, y circularon las
copias de las fotos... La reacción de mi madre fue de incredulidad, y mi
hermana rompió a llorar. Luis, por solidaridad, también lloró... y terminamos
allí, todos, sentados en el sofá del salón, con una llantina impresionante...
Luego, por
supuesto, comenzó la etapa de “lo bueno que era papá”, los “excelentes
recuerdos que había dejado”, los años de “agradable matrimonio”, su “gran
valía para la investigación”... Por supuesto, lo último era indiscutible,
pero tuve que realizar auténticos esfuerzos de memoria y autocontrol, para encontrar aquellos tan
cacareados “buenos recuerdos”...
Sí, me vinieron a la mente el viaje a Nueva York y a Walt
Disney World en 1981, cuando mi hermana y yo nos
turnábamos para dormir en el suelo de la parte de atrás del coche, porque nos
hacía mucha gracia, era un gigantesco coche automático de color amarillo...
También era inolvidable su cara, se ponía verde cada vez que subíamos en una de
las montañas rusas... Luego el viaje a París, cuando mi madre se quedó con mi
abuelo en la plaza, mientras que nosotros estábamos utilizando los tejados de
plomo de la torre de Notre Dame como trampolín, y mi padre lo filmaba todo,
riéndose... “Pedro y el lobo”, escucharlo juntos en la sala de espera,
y que nos explicase todo... El maratón
de “Mad Max”, que vimos en el típico cine de
barrio que luego fue derribado... Pero no recuerdo ni muchos abrazos, ni muchos
besos, ni cuentos... y las actividades que realizábamos
eran siempre las que él proponía...
Mi madre y mi
hermana se retiraron a sus habitaciones, y Yolanda, con Luis en su regazo, y yo
nos quedamos abrazados en el sofá, mirando las llamas en la chimenea... ¿Qué
tendrá el fuego domesticado, que nos llama tanto la atención? Los colores, las
formas, esa cacofonía de amarillos, rojos, naranjas, hacen que nos olvidemos de
todo... Para mí, lo único importante
era que tenía entre mis brazos a las
dos personas que más amaba en este mundo...
Fueron unos
días extraños, supongo que cada uno de nosotros llevaba el duelo lo mejor que
sabía: mi madre se levantaba muchas veces al alba, y recorría un corto trecho
hasta llegar a la playa, con su sillita
plegable... Hacía bastante frío aquellos días, por eso iba bien abrigada, con
su chándal, el forro polar, de vez en
cuando un gorro, y en una bolsa de lona, llevaba un libro (se trajo la serie
completa de “Los episodios nacionales” de Benito Pérez Galdós),
y varias madejas de lana, para hacerle bufandas y ropitas a Luis. Allí se pasaba casi toda la
mañana, luego, comíamos todos juntos (yo me pedí aquella semana de vacaciones,
después de haber dejado todo listo con los otros departamentos del hotel),
luego se acostaba para una siesta de una hora, y por la tarde se pasaba casi
todo el tiempo con Luis, leyéndole cuentos... No parecía tener intención de
salir de casa, recorrer el barrio, y mucho menos de conocer la ciudad... Era
como si viviera al margen del mundo...
A mi hermana le había dado por estudiar un
nuevo curso a distancia de especialización, y se había conectado a nuestra red
de ADSL... Solo un día se molestó en
bajar hasta la playa...
Por suerte, Julián
y Catalina vinieron al rescate, proponiendo una excursión a lo más típico: la
Alcazaba, el Castillo de Gibralfaro, la
Catedral y el Museo Catedralicio y el Teatro Romano... Creo que solo se
animaron con la Catedral, quizás por el ambiente, que les recordaba otros
momentos de su vida, más “felices”.
Antes de ir al Teatro Romano, hicimos una escala en la Calle Larios para comer. Todo el día nos movimos
con el monovolumen de mis suegros, y yo
tampoco tenía muchas ganas de conducir... En conjunto, fue un buen día...
En Nochevieja, mis suegros vinieron a casa, con Borja y David, y sus novias Cristina y
Catalina, las mismas que nos presentaron en sociedad el año anterior (¿se les
estaría pasando la etapa de “cabezas
huecas”?), y también el novio de mi hermana, quien se había escapado de
Madrid unos días. Él también estaba terminando su tesis, sobre los yacimientos íberos en la zona de Gandía, pero se ganaba la vida como teleoperador a tiempo parcial en una empresa de
seguros... además de su carrera como fotógrafo profesional que no terminaba de
arrancar del todo: le consideraban un fotógrafo demasiado académico y poco
innovador, lo que más tarde resultó excelente para su dedicación a la
arqueología…
Vimos
de nuevo “¡Qué bello es vivir!” por tradición familiar, mientras
esperábamos las campanadas, y luego mandamos a los “jóvenes” a la
tremenda fiesta que estaban organizando los vecinos, concretamente... Borja... quien ya tenía amueblada en parte la
casa, pero solo para “eventos sociales de máxima trascendencia”... Mi
madre se quedó haciendo punto cerca de la chimenea... y Yolanda y yo empezamos
el año como más nos gustaba: con un largo y relajante baño en el jacuzzi, un masaje estimulante con aceites
esenciales, y haciendo el amor muy lentamente... ¿Se le ocurre a alguien una
mejor manera de celebrar el Año Nuevo? A nosotros, desde luego, no...
Sobre las
seis de la madrugada volvieron a casa mi hermana, su novio y mis suegros,
quienes se repartieron por las habitaciones de invitados: siempre era más prudente
quedarse en nuestra casa, que conducir de regreso a Málaga una noche como
aquella. Sabiendo que todos estábamos a salvo, nos dormimos otra vez. El día
dos de enero de 2001, mi
madre y mi hermana volvieron a Madrid, no sin antes llevarse una copia de los
poderes firmados, para que actuasen en mi nombre en lo referente al testamento
de mi padre, la presunta herencia de los bisabuelos, las gestiones que habían
realizado mis tíos abuelos durante aquellos años, y por supuesto delegando en
nuestros abogados de Málaga y de Madrid todas las acciones necesarias. Tarde,
demasiado tarde, comenzábamos a
restañar viejas heridas...
El día tres
de enero de 2001, Luis me hizo el mejor de los regalos... Dijo una sola
palabra: "POPÓ"... y se fue
corriendo al orinal... Lástima que se olvidase de bajarse los pantalones y de
quitarse los pañales... Pero lo que cuenta es la intención, ¿verdad?
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