Y
este fue uno de nuestros relatos favoritos del año 2012… quizás porque evocaba
en nosotros sentimientos muy concretos… sobre las relaciones con las mascotas…
Su tono es muy melancólico, intimista… Y al escucharlo en la radio por primera
vez, no pude evitar el pensar en nuestros galgos consentidos… Y lo mismo le
pasó a los demás miembros del equipo, pues muchos de nosotros tenemos mascotas…
o mejor dicho, somos los acompañantes de nuestros amitos consentidos, sin
importar que se trate de perros, gatos o de otros animales más exóticos: Julián
Fernández Vegue, el técnico de sonido, tiene una pitón de casi dos metros y medio;
y Fernando Codina Rodríguez, el productor, tiene una mega tortuga de orejas
rojas dentro de un terrario… y una iguana que se pasea libremente por el piso…
“Como si fuera posible
hacerlo... te escribo para no olvidarte... Lágrimas de tinta y de sal han
corrido desde la última vez que nos vimos, la sal llama a la tinta, la alegría
a la tristeza, y tu sonrisa a mis recuerdos...
Nos conocimos una tarde
de marzo, bajo la lluvia, con mucho viento... Los dos nos refugiamos en el
hueco de un portal, entre la puerta y el chaparrón... Calados hasta los huesos,
intercambiamos una mirada, una sonrisa, un gesto...
Tú estabas muerta de
frío, se te notaba en la mirada, en tu respiración; y por eso, te acercaste a
mí, buscando el escaso calor que yo podía darte, temblabas todavía, pero menos
que antes; tu hermosa cabecita, orgullosa; tu mirada, tan límpida y serena, me
llevó a tomarte entre mis brazos; tu menudo cuerpo se amoldó sobre mi pecho,
buscando más calor, debajo de mi jersey, bajo mi abrigo, lo más cerca de mi
corazón...
Y así empezó nuestra gran historia
de amor, nuestro romance imposible; dos solitarios se encuentran bajo la lluvia
de marzo, en la ciudad gris; dos almas necesitadas de cariño y de amor, de
comprensión y de ternura; cuando menguó la lluvia, salimos abrazados,
indiferentes a las miradas, con tu preciosa cabecita rubia, y tus pequeñas
patitas, tan mojadas, asomando entre dos botones de mi abrigo azul, que tanto
te gusta; con una mano, te sujetaba; y con la otra, mantenía abierto el
paraguas...
Hermosa
gatita rubia de mis sueños, en cuanto llegamos a casa, te sequé con el primer
trapo que cogí en la cocina, de cuadros rojos y blancos, que desde aquel
momento se convirtió en tu talismán, tu símbolo, tu juguete; después, te puse
un cuenco de leche tibia, y otro de atún en escabeche, comías con tantas
ansias, que en pocos minutos te puse otra lata... ¿Quién le explica a un felino
hambriento lo que puede o no comer?... Si luego descubrí que te apasionaban los
mejillones picantes, los boquerones en vinagre, el queso manchego tierno, el
chorizo de Pamplona, y las fresas con naranja...
Y después del alimento, la
limpieza, comenzaste con tu larguísimo ritual, eliminando de tu enjuto cuerpo
hasta la última mota de suciedad, barro, pelo, que te recordase a las calles,
al ruido, a la soledad, a la lluvia... a la gris ciudad en la que nos
encontramos, náufragos empapados... Yo me fui a cambiar, también estaba calado
después del paseo, y con la ropa de andar por casa y las zapatillas a cuadros
de felpa, el típico regalo de madre para el hijo que se va a la gran ciudad, me
senté en el sillón del salón, frente a la tele apagada, tranquilo... Hasta que
saltaste a mi regazo, clavando las uñas en mis vaqueros, reclamando mi
atención, el calor de mis manos sobre tu cuerpecito, mientras me mirabas,
pidiendo mimos, y ronroneabas... dulcemente...
Unos días después,
descubriste tu sitio favorito: el poyete sobre el radiador del salón... Sobre
él te pasabas la mayor parte del invierno, ora mirando por la ventana hacia la
calle Rioja, ora dormitando... y siempre pendiente de todo, de los pájaros, los
niños, el autobús...
Muchas “novias” han
pasado por mi piso desde aquella tarde hace ocho años, Linda, pero solamente se
quedaban a pasar la noche aquellas que recibían tu aprobación, que curiosamente
eran las que más me gustaban a mí, extraña pareja la nuestra, como escogiendo
aquellas hembras amorosas que podrían darme lo que no podías tú, gatita linda
de mis sueños... Pero cuando conociste a Eloísa, fue un gran flechazo mutuo, entre
vosotras dos, tan grande, que incluso tuve celos al principio, lo confieso, por
esas confidencias femeninas, por esas miradas, por los ratos que pasabas en su
regazo... O cuando, años más tarde, ella hacía los patucos para el primero de
nuestros hijos, que ahora tiene cinco años, y está mirando la lluvia desde la
ventana del salón... Junto a ese radiador, con su poyete guateado, sobre el que
tanto te gustaba pasar el otoño, el invierno, y la primavera si traía frío...
Hace casi un mes, el 28
de noviembre, te encontré muerta en tu cuna, como dormida... Y eso le dijimos a
nuestro hijo Luis, "Linda está dormida, pero nos mandará uno de sus
amigos, para que nos haga compañía, sobre el radiador... y en el brazo del
sillón..." ¡Qué pequeña eras, Linda, qué ligera, mi gatita buena, mi
gatita lista, mi gatita rubia!
Envolví tu cuerpecito
en tu trapo de cuadros rojos y blancos, que tanto te gustaba, y salí, cómo no,
bajo la lluvia, en nuestro último viaje juntos, paseando sin paraguas por los
jardines de la Comunidad, con la lluvia enjuagando mis lágrimas, buscando un
lugar donde pudieras reposar, hasta que llegase tu Resurrección en el Cielo de
los Gatos... Reconocí un seto de camelias, el mismo bajo el cual tanto te
gustaba pasar la tarde, con tu arnés y tu correa, tu ratón de peluche y tu
trapo de cuadros rojos y blancos... Y allí te enterré, mi gatita Linda, mi
linda gatita, con la pala amarilla de mi hijo, bien profundo, lejos del olfato
de los perros, entre las raíces del seto florido...
Sé que cualquier tarde,
o cualquier noche, en uno de mis paseos por el barrio, encontraré otro gatito
necesitado de cobijo, y lo llevaré a casa, y se lo presentaré a Eloísa, a Luis,
y a la pequeña Beatriz, y les diré: "Éste es un pequeño amigo de Linda,
que nos lo ha mandado para que lo cuidemos, y para que nos cuide a
nosotros..." Y ellos le pondrán un nombre, espero que no sea uno de esas
horribles series de dibujos animados japonesas, prefiero algo más normal, como
Chiqui, Gato, Minino, Despertador, Piolín... Incluso Lindo, por qué no... o
Tito... se llame como se llame, ocupará un gran lugar en nuestra casa, en
nuestro corazón... pero nunca será como mi gatita Linda...”
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