Lenta mañana de domingo, cuando el tiempo se detiene,
y es el sol quien despierta a los amantes... Bueno, el sol, mi hermana, su
novio y nuestras madres, pues no ha funcionado el despertador, y los invitados
están esperándonos para despedirse, regresar a sus casas, y seguir adelante con
su vida... Se han congregado bajo el balcón de la "Suite Presidencial",
iluminado por el sol... a falta de algo mejor, nos ponemos en el baño los
albornoces con los anagramas del hotel, y abrimos las puertas acristaladas...
Casi cien
personas nos vitorean y abuchean al mismo tiempo, llamándonos entre otras
lindezas, "perezosos, dormilones, juguetones..." y, como no
podía ser de otra manera, Gonzalo aprovecha aquél momento, digno de una boda
real, para hacernos, con teleobjetivo, la ultima foto...
Mientras tanto, nuestras madres ya habían dejado toda
nuestra ropa de viaje preparada sobre la cama, cerrado de nuevo las maletas,
metiendo en ellas el neceser de viaje y mil pequeñas cosas (incluyendo mi
férula de descarga modelo Michigan, para mi problema de bruxismo), y por otra
parte, nuestros trajes de boda ya habían regresado a sus fundas,
pendientes de ir al tinte... Me habría encantado llevármelo a París, que no en
vano era de gran calidad, pero la madre de Yolanda era un poco "supersticiosa"
y dijo que podía traer "mal fario"... En media hora, ya nos
habíamos duchado, vestido y desayunado, porque eran la las doce y media, y
nuestro vuelo salía a las dos de la tarde... y sobre las cinco,
tendríamos a nuestros pies la ciudad más hermosa del mundo...
París, con Yolanda... ¿qué más podría pedir? No sé,
quizás, un poco más de tiempo, incluso de dinero, tampoco nos vendría mal...
Pero, estando juntos... El recorrido hasta el aeropuerto lo realizamos en taxi,
pero antes de irnos, abracé y besé a mi abuelo y a mis padres, y también le
estreché la mano al novio de mi hermana, uno de esos intelectuales con gafitas,
que te sorprenden luego hablando de escalada en roca, tirolina, salto base y cosas
en las que prefiero no pensar... Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra
para facturar el equipaje, tomarnos un pincho de tortilla bastante bueno (que
el amor da mucha hambre), y un par de cervecitas... sin alcohol…
El control de pasaportes fue de lo más rutinario, a
las dos y cinco minutos, el avión ya estaba en la pista de despegue, y los
motores aumentaban sus revoluciones... Caímos rendidos, la azafata me preguntó
si deseábamos comer algo, le respondí amablemente que no... Como llevábamos
puestos los cinturones de seguridad, lo siguiente que recuerdo es que otra
azafata estaba anunciado por megafonía la llega a "París-Charles de
Gaulle"...
Un chófer nos esperaba una vez pasado el control de
pasaportes, para llevarnos al que, durante cinco días, sería nuestro
alojamiento en París: el "Hôtel Madison", en el 143 Boulevard
Saint Germain... Absolutamente perfecto para nosotros, cerca de todos los
puntos de interés, muy bien decorado, y sobre todo, un trato exquisito...
Dejamos nuestro equipaje en la habitación y sin perder tiempo, salimos a
descubrir la ciudad de mis sueños... Yo la conocía de otros viajes, con mis
padres, con gente de la facultad, pero... estando al lado de Yolanda, la
descubría de nuevo, a través de sus ojos...
En el fondo, cuatro días y medio dan para poco... si
bien el tener un guía concertado para el martes y el miércoles resultó de gran
ayuda, agilizando sobre todo las colas en los museos... Seamos realistas: para
ver el Louvre a fondo, necesitáis una semana, como poco... pero si ves tres o
cuatro cosas muy selectas, como "La Victoria de Samotracia",
"La Virgen de las Rocas" y la "Gioconda", te
llevas cierta idea... Nuestro guía hizo lo mismo con Versalles, el museo de L´Orangerie, el Quai D´Orsay y el Museo Rodin... también visitamos Notre Dame, Les Invalides, Le Grand
Palais... Era un poco recorrer la ciudad "a la japonesa"... es decir, viendo lo suficiente, para admitir
que no te queda más remedio que volver unas cuantas veces más… pero con más
calma…
Pero la noche más mágica fue la del martes veintitrés,
cuando cenamos en lo alto del restaurante panorámico de la Tour Eiffel, con toda la ciudad bajo
nuestros pies... Por supuesto, nos empapamos durante uno de nuestros paseos por
culpa de los tan temidos aguaceros dignos de la ciudad más bella de Francia,
buscando el típico recuerdo para un par de amigos en la zona del Sacré Coeur, y de milagro,
conseguimos un hueco en la barra del mismo restaurante donde, casi veinte años
atrás, tomé la mejor sopa de cebolla de toda mi vida... Y seguía siendo
excelente... Recorrer París con Yolanda, y con nuestro hijo... Ya no le podía
pedir más a la vida...
Pero yo lo hice: regresar allí con ella, y seguir
descubriendo la ciudad, reflejada en sus ojos...
Viernes por la mañana, veinticinco de septiembre para
más señas, con la maleta lista y el ardiente café con leche quitándonos el frío
del estómago, un taxi nos lleva de regreso al aeropuerto... Todavía no le he
dicho cuál es la siguiente parte de nuestro viaje, pero sabe que se trata de un
destino de playa... Cuando por fin saco los billetes de mi cartera, y lee dónde
vamos, me besa, solo eso, como si le fuera el alma en ello... y nos llamó la
atención uno de los "gendarmes"... le respondí "jeunes
mariés..." (recién casados)... y si no supiera que Louis de Funes
murió en 1983, habría pensado que se trataba de él... Quizás su fantasma,
disfrazado de gendarme, se pasea por el aeropuerto, amonestando a los turistas,
y a los enamorados... Sí, nos íbamos a Lanzarote, porque Yolanda estaba
enamorada de César Manrique y de su obra, pero jamás había tenido la ocasión de
verla... en el lugar para el que fue diseñada… porque en nuestro anterior
viaje, el que nos pagaron nuestros padres como regalo de cumpleaños, apenas si
salimos del Hotel… y de la habitación… pecadillos de la juventud…
El viaje se nos hizo muy corto, quizás porque lo
pasamos durmiendo… y una vez más, un chofer de la agencia nos estaba esperando
después del control de pasaportes, y nos llevó al "Hotel Princesa
Yaiza"... sobre todo, porque se encontraba junto al mar, y era lo que
yo necesitaba: sol, calor, agua, mar... y, por supuesto, mi amada Yolanda... Concertamos un par de visitas, con un guía y
grupo de españoles, para recorrer las zonas Norte y Sur de la isla, pero hasta
el lunes, prácticamente ni salimos de la habitación, salvo para ir a las
tumbonas anexas a la piscina, tomar el sol en la playa, recibir un excelente
masaje cada uno, y hacer el amor... ¿Qué mejor actividad, para dos recién
casados?
Bueno, eso sin contar con la maleta de libros que yo
había preparado para la segunda parte del viaje... Pero todo lo bueno en esta
vida tiene un final, todas las madrugadas el sol resurge de las aguas, y la
noche del dos de octubre cenamos por última vez en nuestra pizzería favorita, y
nos dedicamos a disfrutar de la brisa sobre nuestros cuerpos, del canto de las
estrellas en las alturas, y de las últimas horas de un viaje que terminaría la
mañana siguiente... Quince días, casi, solos, tranquilos, disfrutando del
principio "oficial" de nuestra vida de casados, y del
resto de nuestra vida juntos...
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