Por suerte o
por desgracia, a veces, las cosas buenas vienen encadenadas... Por suerte, ya
que igual te sacan de una mala racha, de un momento complicado, incluso te
pueden aclarar los sentimientos o los sueños... Por desgracia, ya que el ser
humano es, ante todo, pesimista, y si tienes una buena racha, te duermes con el
miedo a que todo cambie… a peor... Al menos, eso nos pasaba (y nos sigue
pasando) a Yolanda y a mí...
Fue una
auténtica locura: encontrar un vestido de boda que nos gustase, y hacerle todas
las pruebas, para que estuviera listo el día de la boda... si bien conocimos a
una joven y talentosa diseñadora, llamada Isabel Sanz Extremera, una de las
jóvenes promesas de la alta costura malagueña... Nunca he sabido mucho de moda
femenina (como muchos hombres, me limito a decir si me gusta o no... y a tratar
que quitarlo lo antes posible, si el contenido merece la pena...), pero el
vestido de Yolanda era de color achampanado, con palabra de honor, unas
pequeñas mangas abullonadas, con un corpiño bordado, y cola media... y velo,
por supuesto...
Yo opté por
comprarme un traje de “Hermenegildo Zegna”,
la camisa blanca y los gemelos de “Gucci”,
la corbata de “Pappinosi”, y unos zapatos
italianos de “Giovanni Valdi”, y el
cinturón de “Ottavio Nuccio”... el
resto era de marcas más habituales, “Fruit
of the loom” y “Punto Blanco”…
puesto que, de todas formas, me apetecía sentirme especial aquél día... La
última prueba de Yolanda se hizo la semana antes de la boda, y según me dijeron,
estaba espectacularmente bella...
Los demás
temas se fueron encarrilando, las invitaciones, clásicas y en papel de alto
gramaje, se encargaron a una imprenta de calidad, pero no fueron numerosas:
ciento dos invitados, de los que yo aportaba doce al margen de mi familia, y
que al venir de Madrid, San Sebastián y las Canarias, se quedarían más tiempo.
Mi abuelo también vendría, con mis padres, mi hermana y su novio. Alfonso
Coronel Blanco, en avión, y ya en la ciudad, se habían concertado los servicios
de una enfermera: mi abuelo, garrota en mano, y con su silla de ruedas (en la
que llevaba un par de meses confinado), se salió con la suya: venir a nuestra
boda...
Utilizando
los contactos de mi suegra, alojamos a todo el mundo en el “Hotel Ibis
Málaga Centro”, con una tarifa muy adecuada. Y para el convite,
utilizaríamos los terrenos del prestigioso “Club de Golf de Marbella II”,
y un servicio de catering.
En cuanto a
la luna de miel... Siempre habíamos soñado con París...
Todavía nos
quedaban muchos trámites por hacer para nuestro negocio, y optamos por dejarlo
todo en manos de mis suegros, y que siguieran haciendo preguntas, informándose
de los requisitos, puesto que "dinero llama a dinero", es
cierto, pero más vale ser previsor, ya que teníamos importantes gastos en
puertas, entre otras, cambiarnos de casa (sin ascensor, y con un embarazo,
puede ser muy incómodo, y no había un cuarto para el bebé y sus cosas)... Las
dos veces que le comenté a mi suegro que nos buscase, si podía, una casa más
adecuada a nuestras futuras necesidades, me respondió: "No te
preocupes, que es buena época, para quien sabe esperar..."
Mientras, los
días y las semanas pasaban de forma inexorable, Yolanda mostraba ya un poquito
de tripita, y tenía los primeros antojos: fresas con leche condensada... a
todas horas... Yo continuaba trabajando en el “Hotel Imperial”, mientras me enfrentaba a la misión más dura de
todas: escoger a los fotógrafos de nuestra boda. Por supuesto, se encargarían
Leyre y Gonzalo, y como refuerzo, Montse y Marisa... a quienes respetaba desde
hace años por su trabajo con el blanco y negro...
El día 17 de
septiembre llegaron mis padres, mi abuelo, mi hermana y su novio... No
recordaba que él fuera tan mayor... ni que estuviera tan frágil... Incluso
estando en el aeropuerto, llevaba puesta su “txapela” negra, sus inmensas gafas de pasta, con aquella visera que
tanto le gustaba "por el sol",
estaba perfectamente afeitado, y su piel olía a "Álvarez Gómez"
las manos le temblaban ligeramente, y sujetaba el bastón...
Intentó levantarse, para besar a Yolanda... a
quien solo había visto tres o cuatro veces... pero no pudo conseguirlo... Y
ella, tan cariñosa y dulce como siempre, le besó en las dos mejillas...
mientras él le acariciaba suavemente la tripita, diciendo "mi bisnieto..."
A lo largo
del día 18 fueron llegando todos los demás invitados, los salvajes de siempre
(Borja y David) se empeñaron en hacernos una fiesta de despedida de soltero,
igual que varias compañeras de la facultad de Yolanda, pero conseguimos que
fuera conjunta... lo que mitigó los daños... y las resacas... ya que la
celebramos en un spa maravilloso... Como los niños buenos, al filo de la
medianoche, ya estábamos los dos en la cama...
Cada uno por
su lado, cumpliendo con la tradición...
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