Poco después
de las siete y media de la mañana llegó mi madre, vestida de negro (por
desgracia, no nos faltaba ropa de aquél color desde la muerte de mi abuelo),
acompañada por mi hermana... Creo que ninguna de las dos contaba mucho con
verme, enfundado en mi mono de cuerpo, y todavía rodilla en tierra, llorando...
lo que no impidió que ambas se abalanzaran sobre mí, tal vez buscando mi
consuelo o mi amparo... No sé si estuve a la altura de las circunstancias o no,
después de viajar tantas horas, sacando el máximo partido de la “Harley”
en aquellos tramos donde no había radares, nada importaba demasiado... No me
cambié de ropa, total, no deseaba quedarme más de lo necesario en el tanatorio,
aunque había dejado un juego de ropa completo y efectos personales en las alforjas
de la moto, que había metido en la habitación.... solo hasta que se fuera la
gente... A las nueve en punto llegó el capellán, ofreciéndonos de modo maquinal la confesión de los pecados, como si
fuera un mercader ambulante de la gracia divina, pero le ignoramos...
Y fue
entonces cuando saqué el libro de la pequeña mochila: era un fragmento del
"Libro de los Muertos", traducido al español, y comencé a
leer, con aquella voz entonada que le gustaba tanto a Yolanda, los detalles
sobre el juicio del alma... No era yo el más adecuado para juzgarle, sino mi
madre... Serían las nueve y media de la mañana cuando terminé la lectura del
fragmento, y escuché un sollozo desde la puerta...
Era Ana María Gutiérrez Sánchez, la mejor
amiga de mi madre, y que nos quería a todos, con locura, pero que siempre había
encontrado en mi padre a su alma gemela, su amigo, su mentor... También estaba
a su lado su marido, Francisco Sanz
Calvo, que no había entendido el significado de las palabras, pero que sabía
cuál era su función: apoyar a su mujer, y a sus amigos... Fue un triste, tristísimo, abrazo de grupo... muy diferente
del que compartimos después de nuestra boda…
Luego
empezaron a llegar los demás: los antiguos compañeros de trabajo de mi madre,
los investigadores del laboratorio, del hospital, amigos de mi hermana, su
novio... Casi me derrumbo cuando la veo entrar a ella, a Claudia, mi segundo
amor... ¡Estaba embarazadísima, pero
jamás la había visto tan hermosa!... Alguien la había llamado (luego me enteré
de que había sido Yolanda, para que no estuviera tan solo...), y allí estaba
ella, a mi lado, abrazándome, al menos todo lo que permitía su barriga,
llorando entre mis brazos... Su marido, Federico Luis Torres, se mantenía en
segundo plano… Habíamos puesto un libro de firmas y un tarjetero junto a la
vitrina, la música clásica seguía sonando, y el nivel de las conversaciones era el habitual...
A mediodía,
nos informaron del traslado al cementerio de La Almudena a las tres de la tarde, donde
tendría lugar la incineración... Pasé un momento al baño, me quité el mono y me
lavé lo mejor que pude, antes de ponerme un vaquero negro y un jersey de cuello
vuelto negro, y guardé el resto en las alforjas... Creo recordar que
aprovechamos la hora y media que faltaba, para comer algo en la cafetería, el
típico sándwich mixto y una caña… Entré en el coche fúnebre con mi madre, mi
hermana y su novio (Alfonso Coronel Calvo), el trayecto fue corto, igual que la
homilía, que fue pronunciada sin interés por un sacerdote que ni siquiera
conocía ni le importaba un bledo ni mi padre, ni mi familia, por lo que no pude
evitar llamarle "¡Fariseo!" cuando nos daba el pésame en la
puerta, y nos decía que la mañana siguiente nos entregarían las cenizas, para
ser enterradas... Después de dejar en casa a la familia, volví al tanatorio con
el coche de duelo, pues el chófer, Abelardo, que de todas formas tenía que
recoger otros clientes en el Tanatorio, se ofreció a llevarme. Una vez allí,
volví a casa de mi madre en moto…
Es amargo
volver a un sitio, cuando sientes que tu verdadero hogar se encuentra a casi
seiscientos kilómetros de distancia: le había pedido a Yolanda y a su familia
que no vinieran, puesto que todo había sido demasiado precipitado, y ya
tendríamos tiempo de venir al funeral...
Estaba
agotado... Mi hermana me trajo un juego de toallas, y me di una larga y
reparadora ducha, en el cuarto de baño azul, que siempre compartía con mi
padre; luego, me cambié de muda, comimos un plato de pasta, y me fui a la
cama... era el antiguo cuarto del abuelo, puesto que el viejo cuarto de mi
hermana por fin lo había incorporado mi madre al comedor... pero todos sabemos
que la muerte deja mucho espacio libre en una casa...
Aunque ya
había llamado a Yolanda varias veces (la primera de ellas, un mensaje cuando
llegué al tanatorio), hablé con ella una vez más... Lo necesitaba, recordarla,
escuchar su voz, porque era el único hilo de cordura que me unía al mundo
real...
Tras dos
horas de siesta, me lavé de nuevo la cara, y comenzamos a cribar la vida de mi
padre... Empezamos por el dormitorio... La ropa, salvo algunas corbatas, la
gabardina y dos cazadoras, fue toda para el Asilo de las Hermanitas de los Pobres... Aparecieron
muchos paquetes de tabaco y mecheros; yo me quedé con el "Dupont" de oro (que no funciona),
un reloj... No sé, no lo recuerdo: según mi madre iba dándome las cosas, yo las
guardaba en una caja de zapatos, que no he vuelto a abrir durante años... El
despacho fue muy amargo: romper las fichas de todos los pacientes que atendía
en casa, para no saturar el centro de investigación con seguimientos dos días a
la semana, y comenzar la criba de sus libros...
Yo solo
quería los catálogos de las exposiciones "Las Edades del Hombre",
el resto de la colección de Tom Clancy (muchos de ellos los había comprado
yo), y de otros autores parecidos, como Ken
Follet, Robert Harris...
y los fui metiendo en cajas. Aunque no me los llevaría en persona, una empresa
de mensajería se haría cargo de todo, algunos días después... Los libros de
medicina, en principio, se donarían más adelante a la Facultad, salvo los de Gregorio Marañón y de Sigmund Freud,
que le apasionaban, y mi madre quería conservar... A la mañana siguiente, el
lunes veintiséis de noviembre de 2000, después del entierro de la urna, tenía
una cita con Almudena Suárez del Árbol, su ayudante y secretaria...
Llamé a "Pizza Hut", pero creo que ninguno de los
tres tenía mucha hambre... y la mayor parte acabó en la nevera
A las nueve
de la mañana, el coche de duelo nos recogió en la puerta, era Abelardo, el
mismo chófer la víspera... Estábamos solos, mi hermana, su novio, mi madre, el
chófer y yo, además de los enterradores, que ya habían abierto la fosa... A mi
padre no le pusimos bandera alguna, pero igual le habría gustado la de
Asturias, porque él se definía siempre como "Asturiano, mal cristiano,
loco y vano"... Se me hizo muy extraño tenerle entre mis manos... mi
madre lloraba, mi hermana también... pero yo no podía, no era el momento ni el
lugar...
Lo depositaron en la fosa, de la que emanaba ese
peculiar hedor a cosas muertas y tierra descompuesta que me hacía pensar en Stephen King...
y nos fuimos, no sin antes darle una propina a los empleados, y otra a
Abelardo, cuando nos dejó en casa... Yo me cambié de ropa, cogí la moto, y me
fui al Centro de Investigación Oncológica.
Allí me esperaba Almudena Suárez del Árbol, la ayudante de mi padre:
una mujer atractiva, en la cincuentena, que olía
a "Opium". Me llevó a
su despacho, un lugar aséptico, de paredes blancas, en el que destacaban sus
títulos y menciones honoríficas, que metimos en una caja, igual que el segundo
tomo de "Harry Potter", y dos o tres fotos de la
familia, incluyendo la que le mandé con Yolanda y Luis, unos cuantos compactos
de música clásica, varios diccionarios, los inevitables bolígrafos de
propaganda, y varias pelotas anti-estrés... También me dio un "pen drive", con diversos documentos
que había sacado esta mañana del ordenador, y que por ser personales, serían
destruidos... "Si le pide la contraseña para alguno de ellos, ya la
sabe..."
"¿Ya
la sé? No me parece muy factible...", le respondí, quizás un poco
molesto...
"Él
siempre ponía la misma, desde hace cuatro años... Ismaelyyolanda...", me respondió
con un poco de tristeza...
Me despedí de
ella con un firme apretón de manos y un beso en la mejilla, sujeté la caja con
un par de pulpos a las alforjas, y volví a casa de mi madre, a la hora de
comer, dejando las últimas pertenencias de mi padre sobre la mesa del comedor,
aunque por alguna razón me quedé con el "pen drive", que metí en uno de los
bolsillos del mono de cuero... Bajamos los cuatro a un restaurante cercano,
invité yo, luego subimos a casa, la típica conversación
sobre "lo bueno que era el muerto...", me despedí de todos
ellos, y emprendí el camino de vuelta a casa, con el rugido de mi moto, la
fuerte vibración entre las piernas, y la sensación de libertad...
Tardé algo más que a la ida, descansé para
repostar un par de veces, y a las once de la noche ya estaba de vuelta en
nuestra casa, viendo el futuro en los ojos de mi hijo... y el presente, en los
de Yolanda...
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