No me gusta hacer
apuestas, ni sobre el resultado de una carrera de coches, la nota de los
exámenes parciales o finales, el número de personas que se van a quedar mirando
un accidente de tráfico, ni siquiera sobre el color del siguiente coche que
pase por delante del aula... Por eso, no habría apostado ni siquiera por mí
mismo, cuando vi por primera vez a Yolanda García Montes, la amiga de Esther,
durante mi tercer viaje a Málaga... Era el mes de agosto de 1993, el día nueve
para más señas, llevaba un par de días durmiendo en casa de Esther y de su
novio, y también de su gigantesco perro de color blanco, cuando ella me
preguntó si me importaba que fuéramos a Benalmádena, y pasásemos la mañana, y
quizás la tarde, con una de sus mejores amigas, que tenía ganas de conocerme...
Intrigado,
pero sin intuir lo que podía pasar, ni hasta qué punto ella cambiaría mi vida,
acepté... Fuimos en autobús, los dos solos, puesto que su novio (Marcial Gómez
Ramírez) tenía que trabajar aquella mañana, en el bar, preparando y sirviendo
los mismos churros maravillosos que luego compartíamos en la mesa de su pequeño
comedor... Es curiosa la manera en que las personas cambian al
independizarse... Mientras estuvo con su familia, Esther era una chica bastante
recatada y tranquila; pero al convivir con su chico... se soltó un poco la
melena, aunque seguía manteniendo una
relación aceptable con sus padres...
Once de la
mañana... El autobús nos ha dejado muy cerca de la casa de Yolanda García
Montes, a quien yo no conocía ni por fotos, con la vaga referencia de que me
iba a “gustar”…
Era un
conjunto de pisos, con jardín y piscina privada, en primera línea de playa de
Benalmádena... Entramos por la puerta principal directamente a la pradera donde
estaba la piscina, y veo los ojos marrones más intensos de toda mi vida, además
de una melena negra como una noche sin luna ni estrellas, corta por los
hombros, una carita hermosa con unos preciosos hoyuelos... y unos labios que me
moría por besar casi desde el primer momento... Llevaba un bañador verde que realzaba
su cintura, sus brazos y piernas estaban muy bronceados y bien torneados... No
sé, mientras nos acercábamos a ella, me parecía imposible que fuera la famosa
Yolanda, una de las mejores amigas de Esther... puesto que tenía todo el
aspecto de ser un espejismo, la materialización del más hermoso de mis sueños,
y no me atrevía a moverme…
Pero,
evidentemente, era ella... Yo me quedé sin palabras... Si por Claudia, con el
paso del tiempo, había desarrollado una fascinación absoluta… para enamorarme
de Yolanda me bastaron treinta segundos, el tiempo que tardó en darme un beso
en la mejilla...
Electricidad,
hormigueo, mariposas en el estómago, no sé, cualquier cosa buena que te puedas
imaginar, la sentí en aquellos momentos... y con cada minúsculo soplo de viento
que hacía ondear su pelo... y me traía el eco de su perfume de “Vittorio y Lucchino”… Mientras que yo,
con mis mejores galas de urbanita madrileño, incluyendo bermudas, camiseta
blanca y deportivas (además de la inevitable mochila con la toalla, la botella
de agua y la crema bronceadora) no podía hacer otra cosa, aparte de mirarla...
y ella dijo: “Muy hablador, tu amigo
Ismael… ¿Será que le ha comido la lengua el gato?”
¿Cuántas
posibilidades tiene un madrileño, super tímido, de encontrarse tumbado como un
pachá entre dos hermosas adolescentes, en una piscina privada, y dejarse
acariciar por el sol y el viento... mientras con la mirada (y amparado por las
gafas de sol, el mejor truco de los tímidos desde que las patentó más o menos
James Dean) puede recorrer montes y valles desconocidos? Maticemos: los chicos
nos fijamos en todo, igual que las chicas, pero somos menos discretos... Quizás
me sentía protegido por mi condición de universitario, por haber terminado mi
"Escuela de Prácticas de Periodismo" en el ABC, o por mi
culturilla general (en buena parte inculcada por mi padre) y mi afición a la
literatura... Por primera vez en muchísimo tiempo, me sentía seguro de mí mismo…
esa extraña sensación... que apenas conocemos
los tímidos...
Pero aquella
mañana, aunque ahora no recuerdo bien de qué hablamos, cambió mi vida, desde lo
más profundo de mi ser... Pigmalión, pero sin tantas clases de pronunciación,
saber estar, y sobre todo, se trataba de cambiar mi mente: el "ni de
coña" por el "¿y por qué no?"...
Después de
haraganear un poco al sol, nos metimos en la piscina, el agua estaba muy
fresca, y pasamos un rato jugando con una pequeña pelota, volvimos a las
toallas, pero esta vez, moví la mía, para estar más cerca de ella... Y poder
mirarla, sin dejarme el cuello en la misión... Quizás fuera lo mismo que sintió
Claudia, cuando la dejé sola casi toda la tarde, para estar hablando con Esther
en1988; y tal vez por eso, casi todas las veces que yo miraba a la tercera en
discordia (Yolanda), me sonreía Esther...
Aviso a las
sirenas y a los besugos: a veces, no es la mejor idea el irte a la piscina con
dos mujeres-adolescentes-chicas hermosas... sobre todo porque el "Alien"
que anida en nuestro bañador tiene la manía de despertarse en los momentos más
inoportunos... No se trata de que tengamos súbitos ataques de calor, o que nos
interese mucho contemplar las hojitas de hierba, la danza de las hormigas
negras en la hierba, o tomar el sol en la nuca... es más posible que el bañador
que hemos escogido sea demasiado ceñido…
Esther y yo
nos quedamos a comer en el piso de Yolanda; y sus padres Julián García Fernández y Catalina Montes
Claros, nos invitaron a degustar el típico menú veraniego: filete con patas
fritas y ensalada, un gazpacho “bien
migao” y helado de chocolate como postre, aunque si me hubieran dado mofeta
guisada con pimientos de Padrón, no me habría enterado…
Fue una buena ocasión de conocer al clan
entero: sus hermanos pequeños David y Borja y su abuela Clotilde. Yolanda había
aprobado la selectividad con nota muy alta (de las más elevadas de la
autonomía), y llevaba dos años estudiando arquitectura, movida por su padre (un
promotor inmobiliario de prestigio). Su madre, Catalina, trabajaba en una
gestoría, buscando y tramitando subvenciones para nuevos empresarios; y sus
hermanos, todavía eran muy jóvenes para esas cosas, aunque su pasión era el
baloncesto... lo que no era de extrañar, puesto que Borja, a sus dieciocho
años, medía un metro noventa, y David, cinco años más joven, rebasaba el metro
ochenta.
Doña Clotilde había sido costurera,
agricultora y unas cuantas cosas más en el pueblo de Manilva, pero llevaba diez
años viviendo en Málaga, desde la muerte de Agustín, su marido…
Hablamos un
poco de todo en aquella primera toma de contacto, Esther me defendió "a
capa y espada", sobre todo porque los dos hermanos estaban locos por
ella y me veían como un rival… Lo que no impidió un interrogatorio bastante
cerrado de David y Borja sobre mis "intenciones con su hermana",
cuando salimos a la terraza para fumar un cigarrillo: todavía me intriga que
dos chavales se dieran cuenta de algo que ni yo mismo tenía seguro... pues de
todas formas, la acababa de conocer... A media tarde, volvimos a Málaga, pero
quedamos para el día siguiente. Aquella noche, tardé horas en dormirme: todavía
recordaba el olor de su piel después del baño, el brillo de sus ojos, la
belleza de su sonrisa, esa forma tan peculiar de recogerse un mechón de pelo
detrás de la oreja, y la paz que encontraba a su lado... Yolanda... Terminé
abusando de la hospitalidad de Esther, o mejor dicho, de su nevera, bebiéndome
medio litro de leche muy fría con “Cola-Cao”,
y devorando un paquete de "Príncipe"... Me volví a la cama
con las primeras luces del alba...
Aquella
mañana me desperté muy tarde, de todas formas, Yolanda no estaba libre hasta
después de comer (que en Málaga hacía un calor de muerte... y siguen sin
ponerse de acuerdo sobre si fue mayor o menor que la sofoquina de 1808), y me
fui a la playa con Esther... Estaba muerto de cansancio; ella parecía algo
triste, y al cabo de un rato tomando el sol, surgió el tema...
“¿Te has
enamorado de ella, verdad?”, me preguntó...
“¿De
quién? ¿De Yolanda? ¡Qué va!”... pero no lo decía en serio...
“No me mientas, Ismael, que llevamos mucho tiempo
como amigos, y no hace falta que disimules...”, me dijo, con esa sonrisa
pícara que tanto me gustaba…
“¿Tienes celos, Esther?”, le pregunté, encendiendo
un cigarrillo...
“No lo sé... No me gustan las relaciones a
distancia, creo que son muy complicadas, y quizás por eso llevamos tanto
tiempo, más de tres años, siendo solamente amigos, a pesar de tus viajes, y de
mi estancia en casa de tus padres las navidades pasadas...”
Cerró los ojos, se quedó en silencio, yo me quedé tumbado a su vera, y creí que se
había dormido... Cuando de repente me miró, con sus hermosos ojos verdes,
diciéndome: "Ismael… Ella es una buena persona... Una de mis mejores
amigas, y ya has conocido a sus caballeros andantes… Más te vale
cuidarla..."
Quizás fuera
por la falta de experiencia en las lides del amor (la mía era casi inexistente,
al margen de la amistad y de los amores imposibles, y de algunos que no estaba
dispuesto a confesar ante una dama), o que yo no consideraba la posibilidad de
interesar a alguien por mi físico (nunca me he tomado en serio, hasta que no
comprobé que mi cuerpo y mi mente respondían a los entrenamientos de Kenji
Watanabe), mis ideas y mis sueños… Por eso, las palabras de Esther me dejaron
intrigado y pensativo... ¿Podría haberme enamorado de ella cuando nos conocimos
en Madrid, si aquella fascinación del primer momento no hubiera derivado en
amistad? ¿Y ella, acaso había sentido algo por mí, o mi rol era el de ese
"hermano mayor" que nunca tuvo?
Volvimos a casa un pelín chamuscados por el
sol, nos duchamos, preparé algo de pasta para comer, y nos acostamos los dos en
su cama de matrimonio, pues “Gladiator”,
su Husky blanco, había tomado el sofá cama al asalto… Yo estuve mirándola un
buen rato mientras dormía: era la típica situación que solo compartes con un
buen amigo, dormir con una enorme camiseta (del “Unicaja”, cómo no), y con un tanga rojo como única ropa interior… Primero
se durmió mirando hacia la ventana, con la camiseta cubriendo todo lo que podía
su hermoso cuerpo… Pero luego, se giró hacia mí… y fue entonces, al verla tan
hermosa y relajada, cuando por segunda vez en toda nuestra relación, lamenté
haber sido una especie de hermano mayor… y nada más… Un ventilador de techo
removía el tibio aire de la habitación, y ella parecía tan vulnerable, y tan
pequeña, que no pude evitar besarla en la mejilla, antes de sumirme, yo
también, en el sueño…
Hacía mucho
calor, aquella tarde del diez de agosto, poco antes de la Feria... La Calle
Larios, con sus mejores galas, llena de farolillos, terrazas y veladores,
saludaba a la noche… Había mucha gente bien vestida, otros ya estaban
probándose la ropa para la feria, y yo, con mis vaqueros negros, la camisa
blanca... y los náuticos, me sentía un poco fuera de lugar… Aunque no empezase
oficialmente hasta el día catorce, Málaga es una ciudad que se vuelca por
completo en su fiesta más emblemática, sin contar el recogimiento y la
tradición de su Semana Santa, que ya había conocido en mi segundo viaje...
Quizás, yo pensaba en estar a solas con Yolanda, acaparar su atención, hablar
un rato, conocernos mejor, sobre todo disfrutar a su lado...
No pudo ser:
aunque ella estaba muy guapa, con su pantalón de pinzas azul oscuro, su blusa
de faralaes y sus zapatos de tacón bajo (aunque parezca ridículo, me resultaba
un poco raro verla con tanta ropa, habiéndonos conocido en bañador) pasamos la
noche en medio de una caterva de amigos, de la que formaban parte Esther y
Marcial (quien nos había despertado de la siesta a las siete de la tarde, “con un chorrito de agua de la nevera, que
tensa la piel”)... Del grupo, formado por unas doce o catorce personas, no
recuerdo un solo nombre, tres chicas más, y el resto, gorilas fiesteros de
todos los calibres... Pescaíto, vino fino, más pescaíto, incluso unos
cucuruchos de helado en un puesto callejero... y más vino fino (demasiado, no
volví a tomarlo en una larga temporada)… Tal vez, si hubiéramos ido a una
taberna, habría alternado un poco más con la gente, pero no hice otra cosa que
mantenerme cerca de ella en los desplaza-mientos, beber lo mínimo (nunca me ha
sentado bien el vino), y comer... el mejor quitapenas que existe son las “pijotas”, y el “bienmesabe”, palabra de explorador…
Un par de
veces, Yolanda me cogió la mano... y con aquél gesto, hizo que me olvidase de
todo... Quedamos en vernos a la mañana siguiente a las doce en la “Casa Aranda” (ya sabes, en la calle
Herrería del Rey), para un desayuno tardío... Una vez más, me costaba dormir, a
pesar del cansancio, pues faltaban pocos minutos para las cuatro de la madrugada
cuando llegué a casa... aunque tuve compañía en la cocina: “Gladiator” y yo compartimos leche y
galletas, y quizás, algo de tristeza, por las esperanzas que no se habían
cumplido aquella noche... la última de mi estancia en Málaga…
Once de
agosto de 1993, pasan unos minutos del mediodía, y llevo un par de horas
despierto... Después de cerrar la maleta, me he pasado por la librería “Luces”, uno de mis libros favoritos para
Yolanda: "Ilusiones", de Richard Bach... Y en la “Moderna Pastelería Ortiz”, un regalo de
despedida para Esther (con lo golosa que era, nada mejor que una caja de
bombones, que escondí en su nevera antes de mi cita), además de un detallito
para “Gladiator” en una carnicería
cerca de su casa…
Estoy nervioso, con una camiseta de “Mecano”
recuerdo
del último concierto en Las Ventas, mis vaqueros desgastados, las
sandalias de cuero... Yolanda vino diez minutos tarde... pero estaba tan
hermosa, que la habría esperado mucho más tiempo... Llevaba unas sandalias tipo
"Cleopatra" (como las de mi profesora...), y un vestido
ibicenco de algodón blanco que se ajustaba como una segunda piel... El tono
cobrizo de sus brazos y de sus piernas me hacía envidiar los rayos de sol que
la habían acariciado con tanto cariño, y la brisa que había alborotado sus
cabellos... Por tercera vez, Yolanda me dejó sin palabras, no había forma de
esconderse de sus ojos, ni de aquella débil aura que la envolvía... aunque más
tarde comprobé que había una claraboya, por la que se filtraban algunos rayos
de sol…
El mundo entero
se había detenido y comprimido, la Realidad se esfumaba a grandes pasos, y no
me habría extrañado que se escuchase la voz de Frank Sinatra, cantando “My way” o “Strangers in the Night”… Tan solo existíamos nosotros, con nuestros
cuerpos enmarcando una diminuta mesa redonda de tapa de mármol… que no tenía
grabada ninguna extraña inscripción en la parte inferior, como en “La Colmena”, de Camilo José Cela.
Dos cafés con
leche templada, dos zumos de naranja, dos cruasanes a la plancha, y dos horas a
solas con ella... ¿Acaso era posible pedir más? En aquél momento, no se me
ocurría nada inteligente que decir, no tenía casi hambre, era suficiente estar
con Yolanda, verla diseccionar el croissant, presenciar el mágico ritual de la
transubstanciación, por el que los simples alimentos se convertían en parte de
su hermoso ser de luz... de su corazón y de su alma… Todavía se ríe cuando le
explico que no existía nadie más que ella en todo el mundo… ni entonces, ni
ahora…
Le dejé tomar
la iniciativa, y por fin, comenzamos a hablar... De sus estudios, que no le
entusiasmaban, pero que había comenzado casi por imperativo familiar... de las
asignaturas que los dos debíamos recuperar, de los escritores que me gustaban
(“¿me presentarás alguno, verdad?”,
aquél fue nuestro primer nexo de unión), de la música (coincidíamos en “Pink Floyd”, “Dire Straits”, “Depeche Mode”,
“Mecano”… y “Wham”, pero ella no
soportaba “Hombres G” ni “Los Inhumanos”)... Tenía la impresión
de estar despidiéndome de ella, de que no habría mucho que hacer para mantener
el contacto... y por supuesto, que no probaría el sabor de sus labios...
Ya eran casi
las dos de la tarde, no me quedaba más remedio que ponerme en marcha, puesto
que mi avión salía a las cinco... Y me atreví a hacer dos cosas muy importantes:
le pedí a un camarero que nos hiciera un par de fotos a los dos.... y le di mi
tarjeta de visita, un capricho de mi madre que por primera vez me servía de
algo...
“Tengo
algo para ti, Yolanda”... le dije, al mismo tiempo que le daba el libro...
Siempre me ha gustado de ella el que no puede esperar a la hora de abrir un
regalo: el papel termina siempre igual de triturado que si se lo hubiera comido
“Gladiator”… Esa cara de felicidad
que se le pone cuando llego a casa con cualquier tontería, para ella o para los
niños, o nuestros galgos consentidos, “Atos”
y “Porthos”… También es cierto que se
le sigue dando muy mal esconder un regalo: la delata un pequeño tic en el ojo
derecho…
¡"Ilusiones"!
¡Muchas gracias, Ismael! Tenía pensado comprarlo, después de lo que me dijiste
el otro día”, me respondió, sonriendo... Se quedó unos segundos pensativa,
quizás dándose cuenta de que tenía las manos vacías… hasta que se le iluminó la
cara, y me dijo: “Yo también tengo algo que darte, para que me recuerdes…”.
Fue entonces
cuando se levantó de la silla, se inclinó sobre mí, y me besó en los labios el
tiempo suficiente para que surgieran los típicos comentarios entre algunos
parroquianos... Y yo me puse “colorao”...
aunque el moreno ayudó algo a disimular mis sentimientos... Sin saberlo, me
había dado el mejor regalo de toda mi vida…
Me cogió la
mano al salir de la cafetería... Y fuimos abriéndonos paso entre la gente...
hasta que nuestros caminos se separaron… con otro beso en los labios… Caminar
con una mujer hermosa a tu lado, sentir que tu corazón se va calentando muy
despacio, volver la mirada, y comprobar, una vez más, que no es un sueño del
que me pueda despertar bruscamente… Nos
despedimos con dos besos, esta vez en las mejillas, por eso de las apariencias,
y la promesa de escribirnos… Yolanda me dejó cerca de la casa de Esther, pues
tenía que hacer algunas compras, y yo la vi marchar, alejarse muy despacio, con
el sol haciendo brillar su hermosa melena negra… y su cuerpo cimbreándose entre
dos luces: la razón, y el deseo…
Nunca he sido
muy religioso, pero debo reconocer que aquella mañana, recé, haciendo un par de
promesas, si conseguía mantener aquella amistad, que recién nacida, ya se había
encaramado por las escalerillas de la confianza, de las cosas compartidas, de
algunos sueños en común… y de las esperanzas de baratillo, que hacen soñar...
Otras muchas
experiencias similares me habían enseñado que en las despedidas siempre hacemos
promesas tontas, que no pensamos cumplir… Y que es tan sencillo olvidarse de
una persona, cuando ya no la tienes delante; incluso hacer daño sin querer…
Todavía no estaba enamorado de Yolanda, al menos, no tanto como lo estaría en
1995, y mucho menos que ahora… ni ella de mí… pero en aquél momento…. Las cosas
“pintaban bien”…
Esther me
estaba esperando para tomar un café juntos, cuando llegué a casa y pude ver que ya
había descubierto los bombones, le di el regalo de “Gladiator” (un enorme hueso de ternera)… y se había puesto unos
pantalones pirata que rompían con la intimidad de aquella siesta de la víspera…
Ninguno de
los dos tenía muchas ganas de hablar, pero éramos conscientes de que algo muy
importante había cambiado entre nosotros… Nos besamos dos veces en las mejillas
y una en los labios, con el regusto de las oportunidades… que jamás nacieron… y
alguna muda pregunta de pasados incumplidos... Y nos despedimos en la puerta de
su casa... con dos tremendos ladridos de “Gladiator”,
dos besos de Esther, y quizás alguna lágrima de chocolate…
No recuerdo
nada del trayecto en taxi hasta el aeropuerto, ni si tuvimos buen o mal tiempo
durante el viaje de regreso a la realidad, a Madrid, la ciudad que me inspiraba
aquella extraña mezcla de amor y de odio, pero a quien estaba ligado mi pasado
y mi presente... pero no mi futuro… pues aquella fue la primera ocasión en la
que contemplé la posibilidad de una vida entre sus brazos, junto al mar… en mi
juventud…
Fue uno de los trayectos más extraños y surrealistas de mi vida, aunque no tanto
como aquella carrera contra el tiempo, contra el sol, para rendir homenaje al
rey caído, como fiel vasallo, a lomos de mi “Harley Davidson”, que realizaría algunos años después… Porque en mi
corazón estaba llorando, no estaba seguro de mis sentimientos, ni de nada... y
tenía mucho miedo de estar volviéndome a enamorar de un ideal, de un
imposible...
Y de no ser
correspondido… muchas veces por mi culpa… mi propia necesidad de agradar y de
amar y ser amado… un cachorrón de un metro ochenta, ya sabes…
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