¿Que si tenía
miedo al presente, más incluso que al futuro, aquella caliginosa tarde del octavo día de agosto, cuando salimos
abrazados de casa de Yolanda, después de haber recibido las bendiciones de toda
la familia… y la velada amenaza de sus hermanos?
Pues sí, es
más, me encontraba aterrorizado, porque aquél "noviazgo"
seguía siendo algo que no estaba muy seguro de comprender... Toda la vida había
sido el "mejor amigo" o bien el "amigo especial",
el “amigo a secas”, el “desconocido”, el “chico de ojos tristes de miope”… De adolescentes, niñas y mujeres
de quienes me había enamorado, a muchas de las cuales recordaba todavía en mí…
pero jamás había sido correspondido como yo soñaba… ni siquiera por Claudia… y
esto aumentaba mi nivel de soledad…
Solamente las
más especiales pasaban a la categoría superior, donde el deseo se sublimaba, y se convertían para
mí en diosas por quienes estaría dispuesto a dar la vida, y hasta aquél
momento, solo había conocido a dos en toda mi vida: a Claudia, y a ella… Luchar
contra los instintos más básicos no es tarea fácil, contra una atracción tan
fuerte que la separación física se convertía en angustia, en dolor, y yo tenía
miedo de que en cualquiera de sus cartas o llamadas, me dijera que estaba
enamorada de otro antes de aquella visita …
Empezamos una
relación complicada, aquella mañana junto a la piscina en 1991, en la que
ella me quería al diez por ciento, pero solo como amigo... y yo la amaba al
noventa por ciento, con toda mi alma... Y las razones de su cambio de actitud
me intrigaban....
Hacía calor
en la calle, casi cuatro años después; era una de esas malagueñas tardes de
agosto en las que solo pisan el asfalto los perros, los turistas, y los
enamorados que no tienen un lugar mejor donde refugiarse... y alguna que otra
pareja de la Guardia Civil… Quizás ahora suene mal, pero después de comprar
varias botellas de agua helada en un colmado cercano, le propuse ir a mi
habitación, para hablar, mientras esperábamos que el sol dejase de abrasar las
calles desiertas...
Y ella
aceptó... para mi enorme sorpresa… Sí, es cierto, más tarde me dijo que no fue
casual, que ella quería estar conmigo, y que estaba más que dispuesta… a tomar
la iniciativa… “si tú no te espabilabas
de una vez”, me comentó algunos meses después…
Yo estaba
confuso, necesitaba certezas… pero ella solo me ofrecería besos al aire… Nos
sentamos sobre la colcha de la cama, apoyando la espalda en la pared, mi
habitación daba a la calle, pero al tratarse de un tercer piso (sin ascensor)
apenas si nos llegaban los ruidos del mundo...
Hubiera sido mucho más romántico estar oyendo la banda sonora de “Ghost”, y con un par de cajas de
bombones, en una habitación de un hotel de lujo… Pero no teníamos nada más que
las cuatro paredes de la estancia, donde cabían a duras penas la cama de noventa
centímetros de ancho, la mesilla de noche y dos sillas, el pequeño cuarto de
baño con un plato de ducha, y la certeza de un número demasiado grande de
incógnitas, de sueños, de tristezas…
Y yo le hice
la Gran Pregunta, premiada con diez mil puntos en el “Trivial Poursuit Sentimental”: “¿Por
qué, Yolanda? ¿Por qué tienes que confesarme tu amor, en este preciso momento?”
"No
lo sé, Ismael... te quise desde el principio, lo sabes… como amigo... pero no
me enamoré de ti… Era la primera vez que conocía a una persona con tu capacidad
de empatía, de adivinar mis sentimientos, incluso mis necesidades, estando tan
lejos....
Siempre
que te he necesitado, que he pensado en lo mucho que deseaba hablar contigo
para que devolvieras un poco de sentido a mi vida, el teléfono ha sonado, y
eras tú… Cada vez que me faltaban las fuerzas para seguir adelante, recibía una
de tus cartas, de tus “paquetes bomba”, lleno de palabras, de ilusiones, de
sueños, de promesas, de ternura…
Y siempre
tan tímido, tan dulce, tan inseguro…
Pero el mejor de los regalos que me has hecho, es tu pasión por la
literatura… Tu paciencia por enseñarme aquellos autores que más te habían
llenado... Y tu amor incondicional, y tu miedo a perderme, que yo sentía
incluso estando tan lejos…"
"Está
claro, le dije bromeando, que no fue precisamente por mi
físico...." pues seguía acomplejado con mi altura, y los años de entrenamiento no
habían dado los resultados que yo esperaba… no era todavía como “Conan
el Bárbaro”…
ni lo soy ahora… ni me importa…
"¿Nunca
te has fijado en el efecto que causas en muchas mujeres, con tu estatura, tus
ojos, tu voz? No, está claro que no… No creas, casi desde el primer momento, me
fascinaron tus ojos de chico malo, y ese flequillo tremendo, que te daba ese
aspecto de golfillo madrileño...
De todas formas, debo decirte una cosa: hasta
que no empezamos a escribirnos, a compartir nuestros problemas, nuestros sueños,
nuestros anhelos, hasta que no comprobé que me mandabas la primera carta, y
luego otra, no te tomé demasiado en serio... porque me parecía que estabas
demasiado lejos…"
"Entonces,
mi fugaz enamoramiento de la compañera de la televisión local tuvo que ser muy
duro para ti...", le pregunté, haciéndome el duro… pero temblando por dentro…
"Estuve
a punto de mandarte a la mierda, y para siempre, Ismael... Quizás fue entonces
cuando comprendí que ya tenías un lugar en mi vida... aunque fuera como mejor
amigo... y tú quisieras algo más…"
"Pero
eso no era suficiente, Yolanda, ni para ti, ni para mí... porque ya tenía
demasiada experiencia como amigo fiel, y de ti, lo quería o todo, o nada…
Estaba dispuesto a jugármelo todo a una carta, a enfrentarme a quien fuera,
para ayudarte a conseguir tus sueños…
Cuando
empezaste psicología ¿Recuerdas que tu abuela y yo fuimos los primeros en
defenderte, en darte el voto de confianza? Me costó mucho convencer a tu madre
de que te apoyase, contra el criterio de tu padre... quien por supuesto, estaba
seguro de que seguirías sus pasos en el negocio, pero con más formación, más
cultura, lo que él consideraba lo mejor para ti…
Si tu
objetivo hubiera sido descubrir las fuentes del Nilo, o marcharte a estudiar al
extranjero las colonias de insectos del Amazonas, también te habría apoyado,
siempre… Sí, Yolanda, es de estúpidos el estar dispuesto a sacrificarlo todo
por la persona amada, incluso el propio amor… pero yo soy de esa clase de
estúpidos… "
"¿Por
qué no me di cuenta antes, Ismael? ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me
escribiste durante un par de meses?", me preguntó…
"Porque
me estaba muriendo por dentro, Yolanda, porque en todas tus cartas me enviabas
mensajes de amistad, de confianza… Cuando yo necesitaba hablarte de amor y de
sentimientos, de sueños en común, de vida y de futuro, aunque ahora mismo, todo
lo que me rodea sea un caos... Y necesitaba certezas, conocer tus
sentimientos, porque si tú no me amabas, lo mejor era salir por la puerta pequeña
de tu corazón, sin hacer ruido, ni montar numeritos, ya que mi lugar no estaba
a tu lado... y de todas formas, tenía pendiente el compromiso con el
ejército..."
Quizás
hubiera dicho algo más en aquél momento... pero Yolanda no me
dejó hacerlo... Se levantó de la cama, después de beber un largo
trago de agua helada, y se dirigió a la ventana, para cerrar visillos
y cortinas... El estampado de flores en cremas y azules, le conferían una
luminosidad muy especial a la habitación, y a Yolanda...
Si en aquél
momento hubieran salido del cuarto de baño Joe Cocker y su banda, para
cantarnos a capela “You can leave you hat
on” y después el espíritu de Frank Sinatra interpretase “Strangers in the night” solo para
nosotros… terminando con “Unchained
Melody”, de la película “Ghost”,
aquella tarde no habría podido resultar más mágica… para los dos…
Pero bastaron
dos palabras suyas, para cambiarlo todo…
"¿Me deseas?", me
dijo, con ese tono especial de voz, ligeramente ronco, que en algunas
mujeres suele presagiar una revelación o una confidencia... y en otras la
mayor bofetada de tu vida…
¿Y yo, qué
podía responderle, si casi era incapaz de respirar? "¿No, ni te
deseo, ni te amo, porque soy gay?" (Con todo mi respeto hacia los gays, pues uno de
mis mejores amigos lo es)…
Por supuesto,
obtuvo la única respuesta posible, la misma que le sigo dando ahora: "Sí,
Yolanda, te amo, desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron...
Quizás incluso desde antes de conocerte... Porque no concibo la vida sin estar
a tu lado... ni seguir viviendo
lejos de ti".
La luz del
sol, tamizada por las cortinas de cretona y floripondios, reverberaba en su
hermosa melena negra, y en su vestido blanco… Yo estaba nervioso, el aire,
cargado de electricidad, y todo empezaba a ser posible entre nosotros…
Entonces, “con esa cara de niña buena pero traviesa que
no ha roto un plato en toda su vida”, comenzó a desnudarse muy despacio,
temblando un poco ante mis ojos, y haciendo realidad uno de mis sueños más locos
y anhelados…
Primero se
quitó la cazadora vaquera, y la dejó sobre una silla... Luego, las míticas “sandalias Cleopatra”, con un poquito de
tacón, de esas que se anudan con dos largas tiras de tela, hasta llegar justo
debajo de la rodilla... Y después desató los dos lazos de los hombros, con lo
que el vestido se fue deslizando sobre su cuerpo de diosa… Con único y fluido
movimiento, lo recogió, colocándolo sobre el respaldo de la silla… siempre tan
ordenada, incluso en aquellos momentos…
Yo no sabía
qué hacer, la miraba, la admiraba en todo su esplendor, y me hubiera conformado
en aquél momento con lo que Yolanda me había ofrecido, y morirme después, con
verla con su minúsculo tanga y su sujetador blanco de la 90-B… ahora, usa la
95-C… Se quedó delante de mí, espléndida en su semi desnudez, la culminación de
todos mis sueños y deseos, el final de todas mis soledades... Pero ella tenía
otros planes…
"¿Me
abrazas?"… y yo me levanté de la cama, tropezando con una inexistente
alfombra (quizás se materializó desde un universo alternativo, solo con ese
fin, o desde la “Sala de los Menesteres”)…Estaba
tan nervioso que me sobraban las manos y en las piernas no quedaba
absolutamente nada de mi anterior seguridad, solo con verla… me derretía…
Fue entonces
cuando ella me dijo... "quiero que estemos en igualdad de
condiciones... antes de que me beses otra vez"…
Tenía que ganar tiempo de cualquier manera, y
me refugié en la misma disciplina castrense que hasta hace poco había regido mi
vida…Y por eso, me fui quitando las botas de cuero reglamentarias, el vaquero y
la camiseta, los doblé sobre la cama (hasta tracé la raya en las mangas de la
camiseta) y los dejé sobre la silla... ¡No sabía qué hacer, ni siquiera pensaba
con claridad! Me acerqué a Yolanda, vestido únicamente con el bóxer de “Pato Donald”...
La abracé, en
silencio, y el mundo dejó de existir… piel contra piel...
Solo se
escuchaban los latidos de nuestros corazones, batiendo a la par, y el sonido de
nuestra respiración contenida... Su cuerpo parecía ser una versión reducida del
mío (le saco unos veinte centímetros, según los tacones que se ponga), pero
todas nuestras curvas y rectas se amoldaban como si hubiéramos nacido para
ello... Tenerla entre mis brazos, y morir de felicidad, ese había sido mucho
tiempo mi objetivo, pero ahora que nuestro abrazo íntimo era real... decidí que
tampoco me importaría vivir un poco más, siempre que fuera con ella…
Entonces,
Yolanda me acarició en la espalda, dio un paso atrás, tomó mi mano, y me llevó
hacia la estrecha cama... Nos tumbamos frente a frente, ella tan morena y yo,
en comparación, tan pálido menos los antebrazos y la cara (el dichoso “moreno militar”)… Nuestras manos se
encontraron a medio camino…
Descubrir su
cuerpo, muy despacito, deslizar mis manos por su espalda, sus hombros, el
cuello, las piernas... Cuando se quitó la ropa interior, pude ver que estaba
completamente depilada, lo que no era muy habitual en 1995… Yolanda me dijo,
sonriéndome igual que ahora: "lo hice porque vendrías..." Yo me había acostado con
dos mujeres antes de conocerla (una de ellas en Londres), pero fue la primera
ocasión en la que hice el amor…
Sudor...
amor... desde el mismo corazón del alma, dejándonos guiar por el instinto y el
deseo... Sus ojos, inmensos, reflejando
los míos… Nuestras manos, buscándose, acariciando, su dedo trazando arabescos
sobre mi espalda… mientras que yo me aventuraba en el peligroso valle entre sus
senos… Yolanda tomaba la píldora por un problemilla hormonal, pero de todas
formas había una farmacia cerca, de haber necesitado preservativos (y yo tenía
uno en la cartera)… Nos quedamos dormidos con el anochecer...
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