Y los meses fueron
pasando, sin demasiadas sorpresas, quitando las actualizaciones periódicas de
las consignas provenientes de Hiroshima, y los nuevos combates de kendo, que
fueron ganando en espectacularidad con las nuevas técnicas que aprendí en
Japón... Se produjeron nuevas apuestas, con los beneficios invertidos en
diversas ONG´s. No hubo más viajes al extranjero en el año 2003, incluso los
nacionales se fueron convirtiendo más en una excepción que en una norma… Porque
en cada una de las delegaciones, se había creado un equipo autosuficiente,
aglutinando los departa-mentos de Comunicación, Relaciones públicas, Marketing
y Recursos Humanos, que operaban siguiendo las consignas de la Central de la
Corporación, pero reportando semanalmente ante Kenji Watanabe y ante mí, pues
nos encargábamos de aglutinar los esfuerzos y supervisar las tácticas
empleadas, al mismo tiempo que valorábamos la eficacia en el desempeño. En la
práctica, esto suponía que coordinábamos los esfuerzos de todos los hoteles de
la cadena en España, y la Central estaba satisfecha con los resultados.
Por supuesto, había gratificaciones, y bastante
generosas, en función de los objetivos cumplidos… y sanciones, para quienes no
estaban a la altura, aunque no nos llevamos demasiadas decepciones…
Sin darnos cuenta, llegó la Feria, y aquél trece de
agosto, lo disfrutamos mucho más que los anteriores, porque tras la separación,
incluso la más pequeña de las casetas nos parecía un mundo… y también fue la
primera vez que Luis se quedaba con nosotros en las atracciones, y empezaba a
bailar sevillanas y bulerías con los “mayores”,
aunque solo tenía cuatro años y pocos días… Él no podía saber que todo el mundo
estaba pendiente de sus reacciones, para llevarle a casa de los abuelos en
cuanto tuviera sueño… pero un poco más y era él quien nos llevó a todos a casa…
vestido de bailaor, y con sus zapatos acharolados… Además de haberse convertido
en un triunfador con una de las “bailaoras”
más atractivas de toda la caseta, porque se escondió detrás del vuelo del
vestido, se agarró a una de sus piernas, y repitió mi famosa frase, “¡Qué piernotas!”… generando la
previsible ola de carcajadas…
Al igual que en el otro embarazo, Yolanda no tuvo apenas
molestias, y repitió antojo: las fresas con zumo de naranja, y el helado de
dulce de leche… Aunque durante un par de días, solo le apetecía comer magdalenas
con boquerones en vinagre… pero solo fueron eso, un par de días… aunque debo
reconocer que la mezcla no era mala…
El 2 de noviembre de 2003, empezó a tener las
contracciones… La llevé al Hospital en nuestro pequeño “Smart”, y terminamos todos los papeles del ingreso sin problemas, a
las dos y media de la tarde… No hizo falta acelerar los trámites ni modificar
el ritmo habitual impuesto por la madre naturaleza… Ni tampoco hubo en esta
ocasión una presencia fantasmal… La noche entera, la pasé a su lado, cogiendo
su mano, acompañándola incluso en sus jadeos (de algo tenían que servirme los
dos libros sobre el parto, y las clases a las que asistimos de preparación al
parto desde mi regreso de Japón), y bajo la atenta mirada de la enfermera para
comprobar el goteo de los sueros…
A las cuatro y media de la madrugada, nos bajaron al
quirófano, y dos horas más tarde, nacía Claudia… por supuesto, en esta ocasión,
me puse en la zona buena. Es decir, mirando solo a la cara de Yolanda, para
hundirme en sus profundos ojos con cada contracción… y prestándole mi mano
izquierda, por si necesitaba un punto de apoyo durante las últimas
contracciones… y todo parece indicar que realmente lo necesitaba, porque me la
dejó hecha un guiñapo… Ni siquiera fue necesaria la episiotomía (una cosa menos
de la que ocuparme), y tampoco la palmadita en la espalda de la recién nacida:
Claudia siempre ha tenido buenos pulmones y ganas de vivir… La lavaron,
midieron, pesaron, y luego la pusieron sobre el pecho de Yolanda… y allí estaba
yo, haciendo las primeras fotos a las dos mujeres más importantes de mi vida
(con perdón de mi madre y de mi hermana, se entiende…) Tampoco necesitó un
manual de instrucciones: enseguida se puso a mamar… Tuvieron que separarlas
unos minutos, mientras lavaban a Yolanda y le cambiaban el camisón en la zona
de pos-operatorio, y luego las subieron a las dos a la habitación…
En ese preciso momento, noté el efecto del cansancio, de
la tensión acumulada… cuando Borja y David, acompañando a Julián y Catalina,
entraron en la habitación… mientras que yo tenía en el regazo a Claudia… y le
limpiaba un poquito la cara de sus primeras lágrimas… porque la habían separado
momentáneamente de su madre…
¿Y por qué Claudia, en vez de otro nombre? ¿Por qué
precisamente ponerle el nombre de un antiguo amor? Muy sencillo: porque sin
ella jamás nos habríamos conocido… y porque, en lo más profundo de mi corazón,
la seguía queriendo, por haberme otorgado los mejores recuerdos de mi adolescencia…
Yolanda, Luis, Claudia… con ellos se cerraba el ciclo de
la vida…
Los primeros días de convivencia con esta versión en
miniatura de Yolanda fueron una repetición de mis experiencias con Luis, aunque
esta vez ya estaba más preparado psicológicamente, y no me mareaba tanto al
cambiar los pañales, ni cuando me vomitaba encima por un atracón de leche
materna… Yolanda, esta vez, también se despertaba con los ocasionales sollozos
de la pequeña Claudia, y de esa manera yo podía dormir un poco más tranquilo…
por lo que rendía más en el trabajo… Y una vez pasados los seis primeros meses
de vida de mi hija, decidí someterme a una pequeña intervención quirúrgica,
cortándome la coleta de modo figurado, porque mi pequeño mundo ya estaba
completo…
Cuando Claudia tenía un año de edad, decidimos adoptar
dos galgos en una protectora, cediendo a los ruegos y veladas amenazas de Luis…
aunque antes que nada, los hicimos esterilizar… “Atos” es completamente negro, menos una estrella blanca en la
frente, y una especie de calcetín del mismo color en la pata delantera
izquierda… y “Porthos” es de color
canela, con manchas blancas en el lomo… Los dos tenían seis meses, y en junio
de 2005 celebramos su primer cumpleaños con nosotros…
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